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sábado, julio 17, 2010

Me acuerdo perfecto, creo que hasta puedo tirar la fecha y todo. Enero, 13 o 14, de 2008. Era domingo y estábamos en la cocina de casa, cn Nat, tomando jugo de pomelo y leyendo el libro de las lunas de Carutti. La luna en Acuario nos reunió esa tarde y nos tuvo hablando hasta que se empezó a hacer de noche. Y al que no le importe la astrología que deje de leer en este instante.
El señor este dice que si te tocó la luna esta, te jodés. Bueno, no lo dice así, pero más o menos. Acostumbrate al abandono, a que los afectos desaparezcan repentinamente. Que esto genera que cortes vos los vínculos antes de tiempo, si total, tarde o temprano se va a terminar. También dice que es una luna que no sabe sentir sin pensar previamente y que lo que para cualquiera, a nivel emocional, es una brisa, para la luna acuariana es un tornado que se lleva todo puesto.
Con Nat hablamos de nuestras infancias, pubertades y adolescencias; de nuestras familias, romances y amistades. Encontramos puntos en común, relacionamos, analizamos y armamos un plan de acción para poder experimentar esta luna con un poco más de placidez. Nos preparamos un fernet y brindamos por el cosmos. Ese fernet se convirtió en dos, en tres y en mucho más. Cuatro horas después, yo había llenado mi cuarto de velitas y buscaba un marcador para dibujar las paredes. Un marcador. Para escribir las paredes.

"El único refugio es la ausencia de refugio"

Esa frase escribí a los pies de mi cama, y esa frase fue la que lei cada día al levantarme durante tres meses hasta que pintamos toda la casa y terminó cubierta de pintura color cremita.
La gente entraba al cuarto y preguntaba por qué, por qué justamente eso. ¿Y cómo explicales? Preferí convertirlo en una anécdota de borrachera, de tomé mucho fernet y me pintó escribir las paredes. Pero no, no se trató sólo de agarrar un marcador y ponerme a rayar la pared. Fue la necesidad de convencerme de que no me queda otra, tengo que cruzar la línea, tengo que confiar en la absoluta falta de certeza. Saber que esa sensación de desprotección constante es sólo eso, percepción. Que sólo me voy a sentir refugiada cuando entienda es el todo lo que me cobija.

Hace unas semanas escribí esa misma frase en un post-it y lo pegué en el espejo, al lado del alfabeto cirílico. Todos los días práctico la fonética de las letras rusas, todos los días me recuerdo que no hay refugio.

domingo, mayo 30, 2010

En la primera clase del curso introductorio del profesorado nos hicieron escribir un texto que hiciera alusión a alguna situación que nos hubiera llevado a estar sentados en esa silla, queriendo ser docentes, queriendo enseñar literatura. No necesité pensarlo mucho.
A los once años me enamoré de un libro. Había una colección de libros españoles en la biblioteca del colegio. Tenían la tapa color maíz y la traducción era de esas que ahora me resultan un poco molestas pero que en ese momento ni registraba. Me llevé el librito este, de una escritora alemana, a mi casa un viernes. El domingo a la tarde lo había terminado, después de haber pasado por todos los estados posibles.
Fue en ese fin de semana que surgió el ritual, un acto que se repite cada vez que una lectura me llega y me completa. Pasó con Yo que he servido al rey de Inglaterra de Hrabal, pasó con Océano mar de Baricco, también con El maestro y Margarita de Bulgakov; pero nunca tan intenso como con Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel: el amor más kitsch, comprometido y adornado. Lloré durante horas por esa mariquita llena de puntillas, flores; por el guerrillero de corazón enorme que tal vez sí, pero no. Después, devolvérselo a Nat con eterno agradecimiento y despedirlo con un pañuelito blanco, como enamorada en estación de tren.

El libro debajo de la almohada. Tenerlo cerca durante un par de noches. No querer despegarme de la sensación. La fuerza del objeto.

Por eso cuando ayer a la tarde Ita sacó el libro del chileno de su biblioteca y me lo dio, me lo regaló, un escalofrío me recorrió el cuerpo. La fuerza del objeto.
Llega en el momento justo. Cuando siento que la transición me parte en dos. Cuando ya no más tengo miedo, torero sino tengo miedo torero*.



(*) El valor de una coma, cosa de no creer, eh.

miércoles, octubre 21, 2009

Desde los doce años hasta principios del 2007, vagué por casas varias. La de mis padres, mi abuela, mi otra abuela, Ale, Andre, Dedé, Lau, Ani, Ali, otras amigas, chongos, profesor de canto, tíos generosos. Un día acá, otro día allá; nunca dormí más de dos días seguidos en la misma cama, estaba acostumbrada a la mochila con una muda de ropa, a las distintas presiones del agua en las duchas, a despertarme y tardar un rato en saber dónde estaba. Me gustaba esa vida, ser medio nómade, sentir que ningún lugar era mi hogar, porque el hogar era otra cosa, más de adentro, algo que no tenía mucho que ver con un cuarto lleno de pósters o una heladera que dentro tuviera la mermelada del gusto que a uno le gusta. Entonces un día de febrero Nat me llamó y me ofreció el cuartito de arriba de la casa, acepté inmediatamente; planeé mi mudanza para el 21 de Marzo, el día que empezaba Aries -porque sí, yo hago esas cosas, calculo tránsitos planetarios antes de hacer las cosas-. Durante los primeros 4 meses no tuve muebles. Una cama prestada que me hacía retorcer de dolor, la repisa con los libros y nada más, todo en el suelo. Es difícil armar un espacio propio después de tantos años de andar vagando por ahì; pero en Julio me traje unos muebles de la casa matriz y me compré un colchón, empecé a habitar esa miniatura de cuarto. En Agosto La Secretaria se mudó, se vino Flor y la convivencia se hizo más tangible. Ver pelis las tres juntas, salir y compartir el taxi de vuelta, prepararles cenas, aprovechar las primeras noches de la primavera para tomar fernet con coca en la terraza. Un romance, eso tuve con mis roomates durante más o menos un año y medio, un romance también con la casa, empezar a apropiarme de un espacio me hizo ver que no todo era tan Acuariano como yo pensaba, que sólo se trataba de que lo creara yo.
En Marzo de este año se fue Flor y llegó Ani, su hermana. Por otro lado, Nat noviando amenazaba con que no iba a renovar contrato otra vez. La casa se oscureció, la abandonamos. Poca comunicación, poca dedicación, poca atención. Fueron meses raros, de estar mucho en lo de Dedé, de no querer volver a casa, de saber que había que tomar una decisión: mudarme para abajo o no, renovar contrato o no, saber quién se mudaría y de dónde carajo iba a aparecer una garantía. Resumiendo, me mudé al mejor cuarto de la casa, se renovó contrato a mi nombre, la garantía la pusieron mis abuelos y se vino Genève.
El torbellino Genève nos cambió la existencia. La casa está divina, da gusto llegar y colgar las llaves del ganchito. La convivencia vuelve a tomar forma de affair y es prácticamente imposible hacerme dormir fuera de casa. No me dan ganas de salir, mi cuarto es mi santuario. Plutón, el gato más bello, y mi hermana como invitada permanente no hacen más que sumar.
Todo esto para justificar que cuando salga de la librería en un rato, me voy a meter en un bazar bien grande y me voy a gastar la plata que no tengo en pelotudeces. Un coso para cortar ajo, por ejemplo.

martes, agosto 11, 2009

Acerca de cómo un mismo hecho puede ser visto a través de miradas completamente diferentes.

Por ejemplo, que yo invite a un hombre nuevo en mi vida a pasar la noche en casa.

Ani me codea y se pone a pura onomatopeya. "eeeeehhhhh", "eeeeesaaaa".. Así.

Flor inclina la cabeza, sonríe y pregunta dulcemente "¿y? ¿qué tal? ¿cómo la pasaste?". Muy divina ella, siempre.

Lau es la representante de los pies sobre la tierra. "Che ¿y qué hace de su vida?". Ella es de las mías, la compra más una profesión copada que un cuerpo escultural.

Nat indaga, habilita espacios, compara con otras experiencias, hasta que yo termino diciendo "bueno, sí, me hace acordar bastante a mi viejo...". Porque los hijos de psicoanalistas a veces son así.

Genève mira de reojo y con picardía dice "Bueno, vamos a lo importante ¿cómo la tiene?" desatando la carcajada y los detalles más suculentos.

Yo también me hago un par de preguntas clave.
No, nunca las confesaría.

miércoles, julio 05, 2006

Demasiadas mujeres en un lugar pequeñito. Humo de sahumerio y muchas copas de vino esparcidas por ahí.

No me siento del todo cómoda en esas lecturas. Comparto un cierto código con las mujeres que elegí fueran parte de mi vida, pero tengo que asumir que el resto me genera bastante repelencia.
Tanto corte de pelo masivo, tanto abrazo, tanto morral de cuero, tanto lente con marco negro y grueso. Sé que hasta cierto punto soy una más pero también sé muy bien que nunca podría pertenecer.

Ellas son perras incomprendidas que buscar al amor de su vida mientras viajan en bondi y yo... Yo creo que todavía no creo en eso del "amor de la vida".
Ellas son lesbianas que se informan acerca de la realidad femenina en los países de oriente y yo... Yo no abro el diario salvo para ver la cartelera de cine.
Sus performances son intencionadas, a mí me sale la Lucille Ball de adentro sin que pueda detenerla.

Y cuando ya quiero salir corriendo para llegar a mi casa y tomarme una chocolatada, las luces apuntan a Nat, que está un poco nerviosa y tiene los rulos resplandecientes. Lee y nos cuenta sobre las tetas de su abuela.
Me emociono más de la cuenta y los ojos se me llenan de lágrimas. Vienen los aplausos y todas la abrazan.
Yo me quedo sentada y prendo un cigarrillo mientras la miro desde un costado.