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sábado, octubre 15, 2011

No quiero hacer apología a los libros de autoayuda ni nada parecido, solamente quiero contar una pequeña historia.
A principios de 2008, cuando decidí cortar con los trabajos en multinacionales, entré en un proceso de angustia muy intenso. No sabía qué quería hacer, no estaba segura de lo que iba a estudiar, me sentía absolutamente sola e incomprendida. Un garrón. También me sentía fuerte, porque por primera vez había tomado una decisión desde el convencimiento absoluto y me sentía capaz de sostenerla: la vida en empresa grande, con tres millones de jefes, exigencias de ponerse la camiseta y mística de "hacer carrera" no era para mí. En ese oscilar entre el orgullo y la desesperanza, hablé mucho con mi mamá, que para estas cosas es muy copada, porque es capricornio ascendente en capricornio y todo te lo convierte en un cuadro sinóptico. Ella me preguntaba qué quería hacer, más allá de mis estudios y posibilidades en ese momento, y yo lloraba desconsoladamente, porque nunca me había imaginado que iba a llegar a esa instancia de confusión. Un día, en otra entrega de mi lloriqueo neurótico, le dije a mi mamá y a una tía que estaba de visita "libros, me gustaría trabajar en una librería". Me dijeron que si eso era lo que quería, lo tenía que desear con mucha fuerza, visualizarlo todo el tiempo posible; imaginarme como librera. Las mandé a cagar, estaban tratando de evangelizarme en eso de El Secreto y yo no lo iba a permitir. Me hice la cacnherita y la rebelde, pero cada noche antes de dormir, fantaseaba con recomendarle libros a deconocidos.
Durante seis meses, no sé de qué viví. De dar clases de inglés, de tirar las cartas cada tanto, de cocinar, de agarrar cualquier changa. Ya no estaba tan compungida y estaba tan copada leyendo libros de física, que la sensación de entender las leyes del universo me daba una tranquilidad fantástica. Pero sabía que tenía que encontrar un trabajo fijo. No sólo por una cuestión de dinero, sino porque si no me imponen una rutina desde afuera, me convierto en un bardo. No por nada mi padre me apodó Barrileta.
En agosto empecé a trabajar en un local de ropa y accesorios. La madre de la amiga de una amiga necesitaba una empleada y caí yo. La pasé bien ahí. Me llevaba estupendo con mi jefa, la venta nunca me generó mucho conflicto y me la pasaba probándome anillos. Nunca, en los seis meses que estuve ahí, quise faltar. Iba contenta, dispuesta, pilas. El problema fue que a fines de febrero me tuve que ir. Bueh, mejor dicho, me echaron, por motivos que nada tuvieron que ver conmigo y no vienen al caso. Esa misma semana, el señor de la librería que quedaba a 10 metros se puso a buscar una empleada que lo ayudara con la temporada de textos escolares y mi ex jefa le habló de mí.
Empecé en la librería un sábado, el último de febrero. El trato era colaborar durante marzo, abril y parte de mayo, hasta que en los colegios dejaran de pedir libros. Era junio y todavía no se hablaba de que me fuera; mientras, ordené alfabéticamente todos los libros. Todos. Creo que nunca estuve tan mugrienta y tan feliz como cuando armaba pilas de mi misma altura para ir reacomodando. Me fui quedando, mi jefe fue relegando tareas y acá estoy, desde hace dos años y medio.
Me gusta mi trabajo. Me gusta mucho. Me gusta que las viejitas me digan que siempre les recomiendo bien. Me gusta que las madres me pregunten qué más pueden llevarle a sus hijos, porque lo último que les mandé les encantó. Me gusta leer contratapas, solapas y reseñas para tener una idea de lo que estoy vendiendo. Me gusta que ya me conozcan y confíen en mi criterio. Me gusta que mi jefe me halague cuando no estoy presente. Me gusta que me cuenten historias y charlar sobre literatura norteamericana con los clientes.

Aveces pienso que quizás mi mamá y mi tía tienen razón, que si uno desea algo mucho, aparece; como a mí me apareció -como caída del cielo- la oportunidad de empezar acá. Pero en el momento en que lo enuncio me siento un poco pelotuda, porque ¿quién soy yo como para emitir semejante máxima acerca de la vida?

martes, septiembre 13, 2011

Primero entró la señora con pinta de freak que se llevó Las mujeres que aman demasiado y me contó que se lo iba a mandar por correo a un amigo suyo que estaba en psiquiátrico. Parece que hace como 40 años el tipo salía de un nosequé de meditación y justo había un enfrentamiento entre Montoneros y la policía y él cayó en la volteada, pero no se lo llevaron preso, lo metieron en el Borda. A los pocos meses lo dejaron salir, pero el pobre tipo ya había quedado del moño y nunca se pudo recuperar. Bueh, la cosa es que hace uno sños el flaco se enamoró de una mina que había conocido en uno de sus nosequé de meditación pero resultó ser que la mujer estaba más loca que él, así que terminó internado; por eso su amiga -mi clienta con pinta de freak- le estaba comprando el libro este. También andaba en la búsqueda de El arte de amar, pero ya no nos queda. La mina no registraba que estaba en una librería y no tomando un café con una amiga. Otra gente me pedía cosas mientras la señora narraba historias que no llegué a registrar porque me estaba poniendo de un pésimo humor.
Después, apareció uno que me preguntó por la trilogía de la fundación de Asimov, pero me costó entenderle porque en vez de "asimov" decía, "siminov". Este también me agarró de psicoanalista y me contó que él tenía toda la bibliografía de Asimov -o "siminov", para el caso es lo mismo- y también los seis tomos de Dune pero que después pasó una tragedia (sic). El tipo, no me explico por qué, se tuvo que mudar a la casa de su hermana hace unos cuantos años; se llevó todos sus libros y como a ella le parecía que ocupaban demasiado espacio, un día se los quemó. "¿Se los quemó? ¿En serio?", pregunté. "Llegué y había una caja con las cenizas", me respondió el fanático de siminov. Así que me conmoví, pero después se puso denso, preguntándome por mil títulos que no se consiguen ni en un universo paralelo, instándome a que los googleara y rastreara en Mercado Libre, y ya me puso de malhumor.
Entonces, sí, estoy de mal humor. No sólo por haber oficiado de oreja para estos dos sujetos carentes de ubicación, sino porque leí dos veces en lo que va del día el adverbio "altamente". "Altamente" es una aberración del idioma y quiero que todos los que lo usan se den el dedo chiquito del pie contra las patas de la mesa.

sábado, julio 30, 2011

Hace un rato entró una señora con cara de orto la librería y me preguntó si tenía Lo Siniestro, de Freud. Le dije que no, que de Freud algún tomo suelto, pero que en ninguno estaba Lo Siniestro. Me preguntó si estaba segura. Odio, detesto, me llena de ira que me pregunten si estoy segura. Claro que no todo el mundo tiene que saber que si no estoy segura me levanto y busco mientras enuncio, para que no queden dudas, "no estoy segura, me voy a fijar...". Le contesté que estaba segurísima porque ese era mi texto favorito de Freud y la mina puso una cara de "¿ese?" que me hizo inundar el cuerpo de indignación. ¿Qué tiene que no curta el greatest hits de Sigmund? Mi texto favorito es Lo Siniestro ¿y qué? Ya sé que no llega a ningún lado, que no desarrolla ninguna idea en especial, no me interesa, me parece genial por lo literario, por el análisis lingüístico, por retratar algo que me pasa todo el tiempo y confundo con superstición. Entonces, decía, la mina con cara de orto me increpaba acerca de mi competencia como librera mientras sacaba una libretita donde tenía anotado qué editorial había editado Lo Siniestro para ver si lo tenía. Le tuve que explicar, nuevamente: no-lo-tengo, no-está, no-vendemos-libros-de-psicología.
Y ahí pasó algo terrible.
Me di cuenta de que la señora con cara de orto había sido MI ANALISTA durante 6 meses, allá por el 2004.
Lo que me molestaba como paciente era que tenía cara de amargura y que siempre parecía que tenía el pelo sucio. No me caía bien, pero en ese momento necesitaba tratamiento a como diera lugar y me ayudó un poco. Cuando me alivié un poco de la angustia, huí, desaparecí.
Sigue teniendo cara de agria. Sigue yendo por la vida con el pelo engrasado.
¿Me habrá reconocido?

miércoles, julio 27, 2011

Buah, resulta que al final la transacción por la venta de la librería se cayó. El comprador tenía un problema con la garantía para el alquiler y blablabla; se fue todo al carajo. También se fueron al carajo mis ilusiones de indemnización y, con ellas, la plata para pagar Pearl Jam. Así que estoy entre frustrada y ansiosa mandando cvs.
La búsqueda laboral se me está tornando un tanto extraña en este momento. Hace casi tres años que no busco trabajo ni tengo una entrevista. Mis prioridades cambiaron desde la última vez que pasé por esto y hay un montón de cosas que no estoy dispuesta a hacer por un sueldo. Necesito un trabajo que me deje el suficiente tiempo para cursar la mayor cantidad de materias posible, así me recibo y listo.
Quiero trabajar desde casa, más allá de que muchos digan que no está tan bueno como suena, es lo que quiero. Quiero manejar mis tiempos y hacer de la joggineta un uniforme. Quiero poder prepararme el almuerzo todos los días y salir a la calle por deseo y no por obligación. Quiero, quiero, quiero.
Así que si alguien sabe de algo, por favor le pido que me chifle. A cambio le regalo algo. No sé qué, un pastel de papas, una clase de latín, una linda versión de The man I love; no tengo mucho más para ofrecer.

viernes, julio 08, 2011

El fin de una era: se vendió la librería.

En más o menos un mes, tenemos que organizar este despelote como para que el nuevo dueño pueda encontrar un libro con un criterio más o menos razonable. Hasta ahora, nos manejamos con el método de la memoria y del "debe estar por allá". En más o menos un mes, voy a tener que definir si me quiero quedar bajo las órdenes de un nuevo jefe o si me aventuro a ver qué hay allá afuera. En realidad, está todo bastante definido, me voy a ir. Este lugar ya cumplió su ciclo. O yo me aburrí, lo que es muy probable también. O las dos cosas.

lunes, junio 27, 2011

Ayer cuando me desperté como a las cuatro de la tarde me desilusioné un poco. No tenía resaca, no estaba engripada después de haber chupado mucho frío la noche anterior, ni sentía remordimientos por comportamientos vergonzosos. Me desilusioné porque en el momento en el que abrí los ojos supe que iba a ser un domingo cliché y quería tener al menos una excusa para estar tirada todo el día fumando metida en la cama.
Así que miré la pared mucho tiempo, seguí con la lectura de El Pasado, miré Ghost World, escribí y sentí La Nada en su estado más opresivo y repugnante.
Hoy me desperté peor, al borde del llanto constantemente. Llegué a la librería, me vine para mi compu que está atrás de todod y me cubre de la mirada de los otros para poder llorar tranquila. En un momento vi que mi jefe se levantó para decirme algo y apenas pude pasarme las palmas de las manos por las mejillas para secarme un poco, pero el tipo, como ni enterado de mis ojos rojos e hinchados siguió hablándome como si nada de unos cheques. Por un instante me llené de bronca. ¿Cómo no me preguntaba qué me pasaba? ¿Cómo podía ser tan desalmado? Pero inmediatamente me di cuenta de que es lo mejor que puede suceder. Porque ¿qué le iba a decir? ¿Que me estoy por indisponer y que probablemente era algo hormonal? ¿Que me gustaría que me llame un chico pero como no lo hace me frustro? ¿Que a veces me desbordo emocionalmente porque el resto del tiempo no me permito bajar la guardia ni por un segundo? Entonces, mejor que no le importe, porque realmente no estoy interesada en que mi jefe conozca mis problemas, menos cuando no puedo ni explicarlos.
Después me quedé sola y me calmé, hablé por teléfono con mi mamá, me pasó una erceta de puchero y me dijo que me quería mucho. Puchereé después de cortar, porque a veces me emociona que me quieran así de mucho. Y ahora se me llenan los ojos de lágrimas mientras escribo esto porque estoy convertida en un ser ultrasensible que se conmueve con absolutamente todo.
Esto es insoportable, que alguien me usurpe las hormonas.

jueves, mayo 19, 2011

Desde los 15 años hasta ahora:
- Atendí un local de ropa en la Bond Street
- Corregí pruebas y trabajos prácticos de alumnos de sexto y séptimo grado para un amigo de mi viejo que era maestro.
- Pinté remeras y pantalones para una de mis tías artesanas.
- Mandé a hacer camisolas y las vendí los fines de semana en plaza francia.
- Hice los chirimbolos esos de silicona de colores para pegar en los vidrios.
- Trabajé de vendedora en un local de ropa en Once.
- Fui soporte técnico telefónico de máquinas de revelado fotográfico para USA durante un año.
- Fui soporte técnico telefónico para usuarios de MSN en USA.
- Fui de esas que calientan vía sms en los servicios del estilo "¿querés encontrar pareja? envía AMOR al 2020"
- Fui de esas que leen el futuro vía sms en los servicios referidos en el ítem anterior.
- Tiré las cartas a cambio de dinero.
- Administré órdenes de compra para una gran multinacional durante casi dos años.
- Llamé a muchos morosos latinos residentes en USA instándolos a saldar las deduas que habían contraído comprando juegos de ollas de acero inoxidable.
- Dí clases de inglés.
- Atendí un local de ropa y accesorios en Palermo.

Y la librería desde hace más de dos años, claro. Así que ¿saben qué? estoy cansada de trabajar. Quiero unas vacaciones muy largas. Quiero un año laboralmente sabático. Quiero poder dedicarme al estudio y solamente al estudio por lo menos durante un ciclo lectivo. Quiero una licencia con goce de sueldo hasta sentir que realmente estoy descansada. Quiero un sponsor que me beque simplemente por ser yo. Pero como sé que no es posible, simplemente pido que la librería se venda antes de que tenga que salir a buscar un nuevo trabajo, así recibo la indemnización que me corresponde y hago vida de mantenida durante un par de semanas.
¿Dale, Cosmos, que te copás y mandás un comprador para cuando mi jefe vuelva de viaje?

viernes, mayo 06, 2011

Mi jefe me cuenta sus proezas romántico-sexuales de la juventud. También hace extensos monólogos acerca de su puesto como gerente comercial en diversas editoriales. Me hace fumar sus discursos llenos de orgullo hacia sus burgueses y exitosísimos hijos. Me interna contándome una y otra vez la misma anécdota en la que trata de defenderse ante mis acusaciones de homofobia. A veces también hace que me den ganas de abrazarlo, porque es buena gente; clase media pretenciosa, pero buena gente al fin.
Pero basta ya. No veo la hora de que se vaya de viaje y me deje sola. Voy a vender los libros que YO quiera. Voy a ordenarlos como YO prefiera. Voy a recomendar lo que a MI me parezca. Voy a pintarme las uñas en el mostrador. Ordenar los papeles bajo mi criterio. Sonreírle sugestivamente a los clientes apuestos. Poner la música que a mí me gusta. Leer a la hora de la siesta. Estudiar latín cuando no hay gente.
Y, por supuesto, voy a usar la librería de bulo; que es lo que vengo esperando desde que empecé a trabajar acá.

viernes, abril 08, 2011

- ¿Tenés algo de Danielle Steel? Es para una chica de doce años.
- ¿Doce años? ¿Danielle Steel?
- Sí.
- Pero... ¿No es demasiado melodramático para una nena de doce años?
- Nah, para nada. Se leyó El Conde de Montecristo, con eso te digo todo.
- Bueno, cuando dije "melodramático" quizás quise decir "malo". Si esta chica leyó El Conde de Montecristo, me parece que está para más que Danielle Steel.
- ...
- ...
- ...
- Ehm... No, bueno, sí, hay muchos de esta mujer: Accidente, Milagro, Deseos Concedidos...
- Accidente no lo tiene, me llevo ese.

Y se lo llevó nomás. Y también, quizás, las esperanzas de que una nena de doce años vaya por el buen camino literario.
Margaritas a los chanchos. Y ya sabemos quién es "los chanchos".

sábado, marzo 12, 2011

Mi jefe es lento.
l...e...n...t...o...
Tarda. Para todo tarda. Para hacer una factura. Para buscar un pedido. Para tomar un encargo. Para pedirle al distribuidor los libros.
A mí no me molesta, eh. Simplemente me exaspera un poco verlo hacer algo en el triple de tiempo que me hubiera tomado a mí. Pero es una exasperación de corte tierno. Porque mi jefe es un señor mayor y a veces me parte el alma darme cuenta de que con ciertas cosas se pone un poco gagá y se le mezclan todos los tantos.
Así que pasó lo que nunca. Eso que jamás me había permitido en toda mi vida como trabajadora de inverosímiles y diversos rubros. Eso a lo que le esquivé durante mi paso por multinacionales y callcenters exprime-juventudes.
Me siento indispensable para el funcionamiento eficaz de esta librería. Sí, así. INDISPENSABLE. Anteayer me fui una hora antes para anotarme en el profesorado y cuando volví al día siguiente, el patrón se las había apañado para armar todo el bardo que pudo. El miércoles vine a trabajar con casi 38 de fiebre, porqu sabía que si me quedaba en cama no iba a poder dormir pensando en los quilombos que se sembrarían en mi ausencia. Fue ahí -en un 141 lleno, a las 9 am, abrigada, sudando, mientras todos estaban de short y musculosa- cuando me di cuenta de que todo se desmoronaría si no existiera yo, con mi practicidad y rapidez asombrosas; con mi capacidad resolutiva y buena memoria.
Ay, sí, yo, la inigualable e irremplazable.
¿Esto es ponerse la camiseta?
Porque nunca terminé de entender ese concepto.

martes, marzo 01, 2011

Cuando vino la otra vez yo estaba de vacaciones, así que no pudimos encontrarnos. Hoy me enteré de que está de vuelta en Buenos Aires, así que voy a salir a buscarlo por las calles de la ciudad.
Ah, sí, porque John Cusack está en el Faena hospedándose.
Y yo estoy enamorada de John Cusack desde que era chica y lo veía en las comedias románticas ochentosas.
Ale me dijo que se dice por ahí que es gay, pero me niego a creerlo. Posta, no da gay, ni un poco. ¿O si? ¿Acaso es algo que todos notan y que para mí está velado porque su imagen ha sido objeto de mi fantaseo hollywoodense desde la pubertad?
Además, imagino que me llevaría re bien con Joan Cusack, si esa no es cuñada copada, ¿quién lo es?
Así que, bueno, si lo ven, ¿no le avisan que lo estoy esperando en la librería? No en mi casa, no en su habitación, no en un bosque frondoso donde poder hacer un picnic sobre un mantel a cuadros blanco y rojo; en la librería, donde voy a estar metida por 10 horas todos los días de mi trágica existencia.
Ok, todos no, hasta junio. Déjenme exagerar.

lunes, febrero 28, 2011

Resulta que hoy empezaron las clases y yo tuve que empezar a hacer doble jornada. Y no hablo de jornada completa. Doble jornada. Once horas estoy metida acá. Escuchando a madres criticar a las maestras de sus hijos. Cabeceando frente al monitor porque ayer me quedé despierta hasta tardísimo. Anotando pedidos de libros de texto. Y mientras anoto no puedo entender cómo no les da vergüenza a los editores permitir que haya libros escolares que se llaman "Caramelos de coco y dulce 2" o "Tomi, Pili y Luli 3".
Loco, con el manual Kapelusz -que en Junio ya estaba deshecho- salimos todos bastante bien.
¿O no?

sábado, febrero 26, 2011

¿Estoy pasándole la lija a los libros que tienen el lomo superior lleno de polvo? No.
¿Estoy cargando libros en Mercado Libre? No.
¿Estoy reorganizando estanterías para hacer lugar para los libros de texto? No.
¿Estoy preparando devoluciones? No.
¿Estoy vendiendo libros? No. Esta sí que no es culpa mía, hace dos horas que no entra nadie.
¿Estoy actualizando precios? No.

Averiguo dónde carajo se puede conseguir harina de maíz blanco precocida para hacer arepas. Planeo una pronta visita al barrio chino. Me fijo el precio del Campari. Me caliento con un hombre que me dice que me va a hacer correr peligro. Como galletitas con semillas de lino. Compro bombachas online.
Esquivo el trabajo como si fuera la peste.

UPDATE: ojota, que me acabo de hacer la linda y le vendí a un viejo El Cementerio de Praga, de Eco. Digo, como para que mi jefe no se dé cuenta de que hace tres horas no hago una goma.

viernes, febrero 25, 2011

En uno de esos diálogos extraños que suelo tener con mi jefe y una clienta sexagenaria súper canchera, el patrón se pregunta cuántas veces me habrán hecho el verso entrando desde lo literario. Abro la boca y revoleo los ojos, preparada para hacerme la canchera y decir que demasiadas, pero no, cierro la boca, pienso unos segundos y me doy cuenta de que casi nunca.
Me han hecho el verso con la música, con el dibujo y la pintura, con el baile, con la escritura, con el cine, con el teatro, con la escultura; no con la literatura.
Todos sonríen y dicen "qué bueno" cuando les digo que trabajo en una librerìa, pero nada más.
Que me gusta leer pero no tengo tiempo. Que sí, pero qué te puedo decir a vos que sos la experta. Que sólo en las vacaciones y cosas entretenidas. Que me gusta mucho García Márquez. Eso es lo que me dicen.
¿Hay algo más deserotizante que un tipo diciendo que le gusta García Márquez?
Sí, uno diciendo que le cae bien Vargas Llosa.

miércoles, febrero 23, 2011

Días en los que te despertás y sabés que la vas a pasar, como mínimo, para el orto. Eso es actitud, eh, pero en serio, hay días malparidos y uno lo sabe. Porque llueve, dormiste apenas cuatro horas, tenés resaca y es como si todavía no hubiera bajado el faso. Porque no tenés paraguas y desde la casa de Flor hasta la parada del bondi hay varias cuadras; y otras varias cuadras hay desde donde te deja el bondi hasta tu casa. Entonces aceptás la propuesta de tu amiga de acompañarla a su local, desayunar juntas y esperar a que pare la lluvia para ir a tratar de dormir un par de horas antes de tener que entrar a trabajar. Y mientras tu amiga arregla cuestiones laborales, vos te sentás frente a la compu y ves su facebook abierto. Primero corroborás que en tu perfil no se pueden ver las fotos y después, una idea que de tan brillante te pone un poco la piel de gallina.

¿Por qué no buscás desde el fb de Flor al chico ese al que estuviste viendo durante el año pasado y al que, después de cortar, decidiste bloquear porque no querías amargarte? Dale, ¿por qué no espiás al flaco este que se apareció después de siete años para hacerte acordar lo mucho que te gustaba y lo poco capacitada que estabas emocionalmente a los veinte años y, de paso, alegrarte el invierno y la primavera? Pero sí, metete, fijate si le escribió en el muro a alguna chirusa que va a tener el placer de escucharle la voz esa con la que a veces te despertaba -profunda, grave, acogedora- y te hacía poner como quinceañera. Aprovechá la oportunidad para mirar de vuelta sus fotos y pensar que es probable que pase mucho tiempo hasta que vuelvas a cruzarte con un hombre así, que calza perfecto con tu ideal físico masculino y que además es un amor de persona. Arriesgate a asumir que tal vez nunca más un tipo te va a invitar una noche a su casa para tomar una cervecita, darte de fumar, sacarte la ropa, masajear cada parte -ca.da.par.te- de tu cuerpo con aceite de almendras, cogerte un par de veces, cocinarte rico y volverte a coger; en ese puto orden. Si total, ¿qué podés perder? ¿La paciencia? ¿La compostura? ¿El temple? Dale, que te morís de ganas.

Esa idea tenés y mientras tipeás el nombre del muchacho en cuestión, ya sabés que de brillante no tiene un carajo. Pero retroceder nunca, reindirse jamás, una vez que empezás, la terminás y que sea lo que dios quiera. Entonces ahí está él, con las fotos, el muro, la chirusa con apodo cliché comentándole pavadas y sus dibujos, tan buenos sus dibujos.
Después de un rato tu amiga te pregunta que qué hacés y vos, derrotadísima, confesás el desliz. Chusmean un poco a sus amigos, porque entre ellos está un ex de ella y se toman un té con limón mientras que miran las ventanas del Pizzurno a través de la vidriera. No volvés nada a tu casa, porque te da fiaca, así que te tomás el 12 hasta el laburo y te morís de embole, sueño y nostalgia. Hasta que viene la clienta a la que le prestaste tu versión de Madame Bovary (c'est moi) y te la devuelve junto con un jaboncito de un aroma que te transporta a algún lugar silvestre y maravilloso. Y, por primera vez en el día, sonreís.
La estás pasando, como mínimo, para el orto; pero sonreís.

jueves, enero 27, 2011

Me está invadiendo la comodidad y no me gusta un carajo.
Por un lado, siento ganas de que los ejes burgueses de mi existencia se queden clavados donde están aunque haya una parte de mi que se inquiete y empiece a mover los barrotes de la jaula donde la tuve guardada estos últimos años al grito de GUARDIA, como Diego Torres en esa película de hace mil años.
Mi vida sentimental es un desfile de refritos en el que el único con el que valía la pena el revival no quiere estar conmigo. De mi vida sexual ni me ocupo, el 2010 terminó a todo trapo, pero en lo que va de este año, sólo tengo espacio para pensar -o sentir, en mi mundo parecen ser sinónimos- que del otro lado no hay tanto deseo como de mi parte. Tengo clarísimo que no me voy a sacar el corpiño delante de nadie que no comparta mi búsqueda del deseo en su estado más primitivo, pero también sé que está exigencia me va a dejar sentada esperando durante un largo rato.
En el trabajo se va gestando la temporada escolar y el simple hecho de saber que de vuelta me esperan dos meses de trabajo full time, agresión gratuita y stress casi permanente, me agota. Aunque con mi jefe hayamos quedado en que no me voy a someter a estados insalubres, sé que pasada la vorágine de libros de texto voy a tener que ponerme a buscar otra cosa, que me dé más plata y horarios más convenientes. Y eso me agota más aún.
Espero el comienzo de clases con una ansiedad sospechosa. Incluso le pegué una repasada a los apuntes de Latín, no sea cosa que me vaya a olvidar de las declinaciones. Quiero dedicarle este año al estudio. Necesito recibirme, la posibilidad de un trabajo más estimulante. Aunque me falten millones de materias y no pueda visualizarme como profesora ante una horda de adolescentes amenazantes.
Esquivo pensar sobre mi casa, pero las ideas fatalistas se me escurren y todo lo invaden. Tengo miedo a la posibilidad de que el contrato no se renueve y tenga que salir a buscar un nuevo lugar por ahí, quién sabe dónde, quién sabe con quién. Aunque tenga en claro que la vida en comunidad ya no me genera tanto placer y que bien preferiría un espacio para mí sola.
Voy haciéndome a la idea de que los melones se van acomodando con la marcha, sí. Acepto que esto es la vida y que aunque nadie me haya avisado nunca que las cosas serían así de movilizantes y agitadas, voy armando -no sin tropezarme- algo que cada vez siento más como propio.
No me queda otra más que esperar. Que el dueño de casa se decida a renovar o no. Que empiecen las clases. Que sea mayo para salir a buscar trabajo. Que conozca a un hombre que me guste y le guste. No me queda otra y en el medio me como las uñas, trato de no aislarme del entorno, miro muchas series, escribo, canto, juego con la gata y desespero.
Es como si durante muchísimo tiempo me hubiese estado preparando y ensayando para este momento.
Y tengo pánico escénico.

miércoles, diciembre 22, 2010

Me saca de quicio que mi jefe simule que leyó novelas que nunca abrió y que toda esta horda de viejas palermogólicas compre cualquier bazofia sólo porque el librero lo recomienda.
Me enerva hasta la ira en los puños que cuando soy yo la que recomienda cosas -que SI leí- me digan que van a volver a pasar cuando esté el señor.
A veces me dan ganas de salir a la puerta con un megáfono y que lo escuche bien clarito toda el barrio: "ESTE SEÑOR NO LEE UNA GOMA, VECINOS, ES UNA ESTAFA DE LIBRERO. EN SUS ÚLTIMAS VACACIONES SE LLEVÓ DAN BROWN Y DURANTE EL AÑO SE DEDICA AL CUENTO ERÓTICO Y NA-DA-MÁS".
Claro que despuès me doy cuenta de que el problema no es él. Ni las viejas chotas que confían ciegamente en su criterio.

El problema soy yo.
No doy intelectual
ni tengo cara de haber leído mucho
me faltan los lentes o portar cierta actitud
no sé qué, pero algo necesito
no me da el piné
la Cassandra de las libreras:
eso soy

miércoles, septiembre 15, 2010

¿Saben qué hace la librera mientras todos los lectores de palermo atacan las librerías de los shoppings? Bueno, quizás no están en Cúspide chusmeando los libros de arte carísimos, como hice yo ayer antes de entrar al cine; tal vez algunos estén tomando sol en alguna plaza o paseando con su perro, no lo sé ni me interesa. La cosa es que hace tres horas que mi jefe se fue por ahí y yo me quedé acá, pintándome las uñas de azul marino ("como la malparida" dijo mi madre hace un tiempo; ahí, en ese preciso instante, descubrió que su hija tiene mucho más talento que la nieta de Mirtha Legrand para poner cara de malparida), y preparando el serum reparador para las puntas resecas.
El serum, además de ser un nominativo de la segunda declinación, es un aceitito que me pongo en las yemas de los dedos y embadurno en el pelo porque el señor con el que me voy a ir a revolcar en un rato me dijo hace un tiempo que tengo lindo pelo pero "no te lo cuidás". Y si bien una parte de mi ego todavía se incomoda ante el recuerdo del comentario, no puedo más que coincidir. Digo, sí me lo cuido -y el que no me crea, que venga a ver el estante que me tocó en el organizador del baño-, pero tengo que bancarme las consecuencias de haber oscilado entre los caobas y el casi-negro durante unos años.
¿Qué hago hablando de pelo?

Mejor hablo de libros.
Ayer descubrí a Mario Levrero y fue amor a primera vista. Digo, recién voy por la página 40 y ya hay asesinatos de lo más violentos, un jefe de policía enterrado vivo y un monje zen de incógnito; todo envuelto en una nube de absurdo y reminiscencias de peli de los 50's.

Llegó mi jefe. Seguiría escribiendo, pero tengo que discutir sobre la militancia de los adolescentes y la mejor pizza de Buenos Aires.

martes, julio 20, 2010

Primero me dijo "feliz día" la mina de la imprenta que nos trae las tarjetas y los talonarios de facturas. Después, un compañero del profesorado que sólo me habló dos veces por msn para preguntarme qué era un acento enclítico. A la primera le sonreí y balbuceé algo parecido a "feliz día para vos también" porque me tomó desprevenida, al segundo ni le contesté el saludo fraternal y le respondí la pregunta que me estaba haciendo.
Todo bien, pero para que yo le diga felizdìa a alguien, tiene que ser amigo de verdad. Como Dedé, que me cocina milanesas de berenjena, me arma porros y le saca la numerología a los chicos que me gustan. O Lau, que siempre tiene ganas de tomar cerveza, ir a comer afuera, probar de cocinar recetas exóticas y mirar fotos de tipos lindos en Google. O amigo y consejero que me atiende el teléfono a las 12 y media de la noche aunque esté borracha, quejosa e insoportable.

Eso sí, a Lili, mi clienta octogenaria que se lleva novelas románticas, se pinta los labios de un rojo divino y usa unas hebillitas de lo más simpáticas para agarrarse las pocas mechas que tiene, sí le dije felizdía. Porque no somos amigas, es cierto, pero si yo hubiese nacido cincuenta años antes, lo seríamos.

sábado, junio 19, 2010

No quería reconocérmelo a mí misma porque no sé lidiar con la desilisión. Pero ya es hora de que lo asuma.
Mi jefe no leyó un carajo. Su universo literario es por demás acotado y no tiene intenciones de ampliarlo. Toda la mística que pudo haber tenido en un principio venir a trabajar a una librería pequeña, desordenada y polvorienta se esfumó cuando empecé a notar que este hombre es muy elocuente y persuasivo a la hora de vender, pero que detrás de eso no hay mucho más.
Digo, hace unas semanas se llevó el último de Dan Brown. Con eso me terminé de convencer.
Igual lo quiero.