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domingo, febrero 19, 2012

Ayer le abrí mi corazón a Sol y se me cagó de risa en la cara. Le estaba ventilando los trapos más sucios de mi psiquis y la flaca se agarraba la panza mientras carcajeaba y me decía "ay, Cel, no podés ser tan monga". Monga de torpe, de personaje de reparto de película; la disfuncional, medio chistosa, amiga de la protagonista. Así que yo también me reí un poco, porque la verdad es que cuando me pongo a analizar fríamente ciertos mecanismos, puedo verles el costado torpe y satirizar para que el relato sea más entretenido. Es sano reírse sin burlarse de la propia naturaleza, el problema aparece cuando más allá de lo histriónico, la anécdota y el remate, hay algo sobre lo que no se tiene control, que coquetea con lo compulsivo.
Después Sol entendió y escuchó y abrió los ojos muy grandes porque a veces no entiende mis motivaciones ni mi capacidad de disimularlo todo. Entonces quedamos en que no queda otra más que bailar, escribir, cambiar los muebles de lugar y cantar. Más que nada, cantar. Por eso, arreglamos trueque: yo le voy a dar clases de inglés y ella me vuelve a dar clases de canto.
Después de hacer el trato, apagamos la luz para dormir. Yo luché durante mucho rato para poder organizar mi cabeza y hacer un plan de acción que no me desvíe del deseo. Y mientras, tarareé mentalmente una de Etta James para aquietar la fiera.

viernes, agosto 13, 2010

Puedo hacer un relato detalladísimo, minucioso, con actuaciones y recreaciones de voces en off. Puedo y me encanta. Que la historia de lugar a opiniones, anécdotas, confesiones y conjeturas. Estiro los momentos, me voy de tema, me voy lejos y vuelvo. Disfruto la narración, muchísimo.
Por eso ayer me tomé el tiempo de la cena y gran parte de la sobremesa para contar qué había pasado la noche anterior. Sol me tiroteaba a preguntas y Dedé tiraba sus comentarios mientras yo avanzaba en mi cuentito. Porque es así, al principio cuento el cuentito. Me dijo-le dije. Hizo esto, hice lo otro. No sabés qué gracioso cuando. Me encantó que. Y es eso, limitarme a lo concreto, al comentario chistoso frente a eso concreto y todas nos matamos de risa mientras seguimos tomando fernet.
Pero después, ya bien entrada la madrugada, cuando el atado de puchos estaba por terminarse y era más hora de irse a dormir que otra cosa, abrí la boca y fui sincera. Porque esto de dejar de caretearla es algo que se está convirtiendo en hábito y nadie para de festejármelo, como si durante los últimos años me hubiese comportado como una perra sin sentimientos sanos hacia nadie.

"Estás más pisciana", me dijeron.
"Es la idea", contesté.

viernes, febrero 26, 2010

Fui a lo de Dedé después de la librería, primero porque necesitaba provisión de antibióticos y segundo porque empecé a dudar de mi deseo enfermizo de soledad, considerando que mientras mi jefe hacía que no me veía yo me largaba a llorar una y otra vez, el germen de conclusión obvia empezó a crecer con la misma rapidez que el coso que me salió en el brazo y que hizo que requiriera antibióticos.
Estábamos sentadas las cuatro, Dedé, Sol, Genéve y yo. Mientras Sol proponía un domingo de maratón de Volver al futuro e imitaba la cara de Brad Pitt cogiendo por primera vez en Meet Joe Black, Dedé contaba sus peripecias en el centro de terapia ocupacional, donde le hicieron meter la mano en un frasco con porotos de soja. Yo acotaba comentarios de los que siempre meto en las conversaciones y Gen arengaba para que estafáramos a la pizzería que nos había mandado un pedido mucho más generoso que el hecho por nosotras.
Y si bien me sentí un poco al margen al principio, un par de risas -más bien carcajadas- me hicieron volver un poco. Volver a ese lugar que a veces descuido, el de la reunión, y no sólo reunión desde lo más concreto, sino desde otro lado, el de poder compartir un momento, el que sea, sin pretensiones, sin planteos neuróticos. Reírse un rato.
Sol se fue al ensayo -al que yo falté por no poder mover el brazo y sentirme afiebrada-, Gen partió al rato y yo me quedé a solas con Dedé. Después de unos cuantos cigarrillos y una charla sobre las madres, las lunas y la necesidad de terapia, terminé diciéndolo, porque sólo a ella podía confesárselo. Que tal vez mi incapacidad de relacionarme llegó a magnitudes desproporcionadas porque divisé un objeto de potencial afecto. Algo de lo más inocente, pero justamente por esa misma razón, un motivo de temor. Unas ganas genuinas de alguien, de un hombre en particular. Un hombre que me ha hecho reír con todo el cuerpo. Un deseo de lo simple, de recostarme en ese sillón y dejarme ser un rato. Alguien que me gusta.
Saltan las inseguridades, los miedos, las profecías nefastas, pero no pueden contra las ganas, que eclipsan mis pronósticos más desalentadores, esos que suelo tener en la punta de la lengua.
En veinticuatro horas, cambia todo, decido dejarme de romper las pelotas y empezar a disfrutar de esta sensación, esperando que a él le den ganas de compartirla conmigo. Y si no, si no quiere, si no percibe que estoy dispuesta a que me siga haciendo reír y a que me den ganas de abrazarlo mientras le acaricio el pelo, pues mala leche, tengo en claro que la posibilidad de la negativa de su parte existe, pero no me importa. Porque lo que siento -y no lo que pienso, ahí está la gran diferencia gran- es mío. Y se siente de puta madre.

miércoles, febrero 24, 2010

Y mientras Sol me contaba de su semana post-ruptura, de cómo no pudo parar de llorar en dos días y acerca de cuánto dolor sentía por haberse separado del amor de su vida, yo me encontré diciéndole que eso del amor de la vida está mal encarado. Que todos pensamos que el amor de la vida es una persona, un otro, le decía. Que si sos una tarada de las que toman daiquiris vas a llamarlo "esa personita especial"; a mí cuando alguien me habla de otra persona y se refiere a ella como "personita especial" me imagino a Corky, la fuerza del cariño, qué quieren que les diga. Pero que bueno, que al final todos terminamos pensando que el amor de la vida es un sujeto que no somos nosotros, que es una bisagra, que marca un antes y un después; pero que no, que el amor de la vida es justamente eso, el amor que uno tiene, que a veces lo comparte con felicidad, otras se vé rechazado por la contraparte y que algunas (cof cof) se lo guarda en un cajón hasta que el clima despeje un poco. Entonces, basta de "el amor de mi vida" porque está siempre ahí, no se agota, a lo sumo se esconde por una temporada. Eso le dije, palabras más palabras menos.
Y Sol sonrío, y quedó re contenta con mi insight.
Y yo también sonreí, hasta que me di cuenta de que no puedo ser tan hipócrita. No tengo derecho a hablar del amor de la vida, ni de ningún tipo de amor.
De todos modos, goal accomplished, Sol se quedó contenta, y yo me vine a mi casa a ver Chasing Amy por millonésima vez.

jueves, diciembre 17, 2009

- Esta vez tengo que tomarme mi tiempo. Siempre la cago cogiendo.
- Claro, esa es la especialidad de la casa. Señores, este es el menú Celeste. Como pueden ver, la caga porque es drogadicto. La caga porque es fóbico. La caga porque tiene novia. La caga porque es virgen. La caga porque eran amigos. La caga porque es inaccesible. Todo siempre acompañado de Luna en Piscis, Neptuno en 1 o Sol en 12.

Dedé está tan compenetrada en su rol de camarera que hace la mímica de estar mostrando un menú y aclara "¿ves? muestro con la mano, no se señala con el dedo". Nos reímos y nos ponemos a hablar de cualquier otra cosa.
Por eso, cuando ya llegó Sol, nos estamos preparando para tirarnos las cartas y las flores que tenía Dedé guardadas empiezan a hacer efecto, nos sorprendemos las tres cuando yo digo que lo que quiero en este caso particular es comunión. No sé si es la palabra o que yo no haya tirado una frase que incluyera la palabra "pija", pero sé que les di ternura. Sol habla de la luz, el destino y me ceba. Dedé me visualiza mucho más receptiva y me ceba.
Cebadísima estoy.
Y confiadísima.
Raro.