Mostrando las entradas con la etiqueta autoafirmación. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta autoafirmación. Mostrar todas las entradas

viernes, noviembre 09, 2012

La primera excusa para dejar de escribir con continuidad en el blog fue que estaba intentando salirme del formato post. Escribí un par de cuentos y hasta podría decir que uno me salió bastante bien. Después -cuando la inspiración narrativa me abandonó-, me contuve de usar esto como canal para hacerle entender a un flaco que estaba triste por su culpa, así que tampoco escribí. El hábito que había mantenido durante tantos años se fue convirtiendo en algo casi desconocido, ajeno. Y al final, cuando me di cuenta de que extrañaba todo esto y quise volver, no pude.
Supongo el hecho de haberme puesto de novia influye bastante en toda la cuestión. ¿Cómo atreverme a romper con la armonía de solterita que oscila entre el despecho y la superación? ¿Permitir que este espacio se volviera un contenedor de frases cursis y abusar del concepto "esto sí es lo sano, perdón por haber intentado vender fruta durante tantos años"? Impensable, imposible.
Pero la realidad es que extraño el formato, el hábito, el territorio que se puede abarcar más allá de los 140 caracteres.
Aunque haya pasado de moda, vuelvo y soy millones. De posts.

domingo, agosto 05, 2012

Mi abuela llegó a Argentina desde Paraguay, sola, cuando tenía 16 años. No hizo un viaje demasiado largo, se instaló en Corrientes y trabajó durante un tiempo en una fábrica de botones -o de algún objeto pequeño y necesario de ese estilo- hasta que le agarró nostalgia y volvió a su pueblo, cuyo nombre guaraní no sé escribir pero que suena a "ibitimí".
Desde su relato, siempre me resultó difícil entender cómo fue que terminó en Buenos Aires con 18 años recién cumplidos y nadie que conociera en esta ciudad; pero el otro día, mientras yo comía un muslo de pollo que me había hecho en el horno mientras dormía la siesta, reveló el secreto. Resulta que su familia quería emparejarla con un argentino que trabajaba en Asunción y que pintaba como buen partido. En sus palabras: "judío, ingeniero, alto, rubio, trabajador, carácter tranquilo". Ante la presión de su entorno para que se casara con el tipo este que la encontraba fascinante, ella se sintió acorralada y se escapó.
Le pregunté si se arrepentía de la decisión que había tomado en ese momento y no me miró mientras respondía que a ella el rubio no le gustaba demasiado aunque sabía que le convenía, pero que sí se arrepentía de haberse dejado envolver por los encantos de mi abuelo: un petiso, morocho, marinero y misterioso. Ella sabía que no se había escapado de un hombre sino de una imposición que no tenía en cuenta  su deseo y que eso nunca daría lugar a reproches.
Se le llenaron apenas los ojos de lágrimas al mismo tiempo que seguía mirando un punto indefinido en el techo y no necesité que me explicara que en ese instante estaba haciendo todo un camino en reversa, lleno de suposiciones, hipótesis y suspicacias. Se imaginó una vida apacible con el ingeniero, con hijitos rubios y estudiosos. Fantaseó con la idea de un matrimonio honesto, sin engaños ni golpes bajos; un hombre que la aceptara y estimulara a explorar su curiosidad y potencial. Cuando volvió de su trance, me confesó que nunca le había contado a nadie el verdadero por qué de su llegada a Buenos Aires, pero que a mí sí porque sabía que yo la iba a entender; que a veces veía en mí esa misma supremacía de las ganas por sobre todas las cosas y se preocupaba mucho, pero que esa preocupación se complementaba con el orgullo de saber que a su nieta mayor nadie le iba a decir nunca lo que tenía que hacer.
Cuando mi abuela tenía mi edad, estaba embarazada de su quinta hija, las dos mayores estaban pupilas en un colegio de monjas porque ella no podía con todos y mi abuelo navegaba 8 meses al año. Cuando mi abuela tenía mi edad no tenía tiempo para reflexionar demasiado acerca de su vida sentimental, ni para toda la cháchara neurótico-masturbatoria en la que yo me doy el lujo de vivir inmersa. Y aún así, habiendo tenido vidas tan distintas, crianzas y experiencias tan diferentes, algo nos une y nos contiene.

-Bueno, pero si te hubieras quedado con el otro pretendiente, abuela, no habrías tenido una nieta tan linda y buena como yo, así que no te arrepientas, eh.
-Seríamos abuela y nieta igual, Cele, hay cosas que, simplemente, tienen que ser.

sábado, mayo 19, 2012

Hoy -con el aula de la clase de latín medio vacía y afuera anocheciendo- la conversación se disparó para el lado de la necesidad y el placer que puede reportar la tensión sexual en cualquier ámbito donde uno pase una cantidad considerable de horas. Mi compañerito me miraba con cara de que siempre llevo lo mismo para el mismo lugar; yo trataba de hacerle entender, muy solapadamente, que lo planteo en esos términos siempre que charlamos porque sé que en algún punto él comparte esa manera de experimentar el movimiento de energías en cualquier tipo de espacio.
Después, ya comenzada la clase, mientras él se hundía entre mis rulos para hacerme comentarios al oído y lograr que me pusiera como quinceañera alborotada, pensaba que el orden natural de las cosas puede adoptar muchas formas, cientos, la mayoría aún desconocidas.

Hace un par de semanas estaba sentada en esta misma cama y lloraba. Intercambiábamos anécdotas de citas exitosas con un amigo, cuando me di cuenta de que hacía bastante que no tenía una de esas; ni de ningún tipo, para el caso. Y sin darme cuenta me fui poniendo muy triste. Una tristeza sin angustia ni capricho. Una tristeza noble, de sincera pena ante la ausencia de algo deseado.
Al otro día, tenía un mail de Pirulo invitándome a su casa. Pirulo ya es viejo conocido, hay una especie de afecto -o al menos, respeto aprendido a fuerza de conflicto- tácitamente instalado entre los dos. Entrada la madrugada, con su edredón de plumas calentándome las piernas y uno de sus brazos abrazándome el torso, me dejé ir, me entregué al descanso y dormí plácidamente hasta el mediodía. Cuando llegué a casa y me miré en el espejo, era otra; más yo, más luminosa. Las endorfinas del orgasmo habrán tenido su cuota de participación en todo el asunto, pero también sé que esa intimidad que se da entre dos personas que saben disfrutarse, me pone en eje.

Unos meses atrás conocí a un pibe. Estos pibes que hacen que una se sienta avasallada y magnánima al mismo tiempo, como si tuvieran el talento para convertir la lucha de poderes en equilibrio sostenido a fuerza de libido en movimiento. Un día no quiso verme más, nunca terminé de entender por qué. No es la primera vez que me pasa -y todo indica que no será la última-, pero de todos modos me dolió un poco. Sin despecho, sin enojo, simplemente con la sensación de que a veces me quedo un cacho sola en esto de apostar al contenido por sobre las formas. Así como con algunos se puede tomar lo que es sano y aprender que sólo están habilitados ciertos espacios, con otros es como si se bajara la persiana y listo, game over y te jodiste.

Hay personas a las que les calza bien el Manual de reglas para manejarse en relaciones convencionales. Hay situaciones en las que está bien visto que nos rebelemos contra ese juego de valores y levantemos en alto la bandera del metete-el-mandato-en-el-orto. Pero lo que (me) sucede en general es que no se está ni de un lado ni del otro, la mayoría de las veces no se trata ni de una cuestión de hacerse cargo del -trilladísimo- miedo al compromiso ni de tratar de hacer experimentos vinculares de amor libre. Es en ese intermedio que no se termina de ser claro ni con uno ni con el otro y surgen los malentendidos, los egos heridos y las puertas entreabiertas por las dudas. Es lógico: es tierra de nadie; un camino sin señales, sinuoso y lleno de bifurcaciones.
Podés coger con alguien cada dos meses durante años y saber que el deseo y los gestos de afecto son sinceros. Podés sostener la tensión sexual a diario sabiendo que no necesariamente hay que consumar para sentir satisfacción. Podés convertir lo romántico en fraternal y que la conexión se consolide. Podés dejar que el otro deje de ser una presencia tangible para pasar a ser una compañía cotidiana a la distancia, pero aún así mucho más concreta. Podés tirar de la piola hasta darte cuenta de que ya se cortó, el otro se fue y está bien que eso suceda, porque libera.
Podés explicarme todos tus porqués, yo te prometo que te voy a entender.

domingo, febrero 19, 2012

Ayer le abrí mi corazón a Sol y se me cagó de risa en la cara. Le estaba ventilando los trapos más sucios de mi psiquis y la flaca se agarraba la panza mientras carcajeaba y me decía "ay, Cel, no podés ser tan monga". Monga de torpe, de personaje de reparto de película; la disfuncional, medio chistosa, amiga de la protagonista. Así que yo también me reí un poco, porque la verdad es que cuando me pongo a analizar fríamente ciertos mecanismos, puedo verles el costado torpe y satirizar para que el relato sea más entretenido. Es sano reírse sin burlarse de la propia naturaleza, el problema aparece cuando más allá de lo histriónico, la anécdota y el remate, hay algo sobre lo que no se tiene control, que coquetea con lo compulsivo.
Después Sol entendió y escuchó y abrió los ojos muy grandes porque a veces no entiende mis motivaciones ni mi capacidad de disimularlo todo. Entonces quedamos en que no queda otra más que bailar, escribir, cambiar los muebles de lugar y cantar. Más que nada, cantar. Por eso, arreglamos trueque: yo le voy a dar clases de inglés y ella me vuelve a dar clases de canto.
Después de hacer el trato, apagamos la luz para dormir. Yo luché durante mucho rato para poder organizar mi cabeza y hacer un plan de acción que no me desvíe del deseo. Y mientras, tarareé mentalmente una de Etta James para aquietar la fiera.

sábado, febrero 11, 2012

Hace un tiempo, después de una cena familiar, mi mamá trajo mis cuadernos de primer grado para ver si me quería quedar con alguno. Me llamó mucho la atención un dibujo de mi propia mano. En la hoja del Rivadavia-tapa-dura-48-hojas-rayado-forrado-de-azul estaba el contorno de mi manita hecho con lápiz. "Cele, qué extraterrestre", dijo mi papá. Y con razón. La palma diminuta, los dedos larguísimos y finos, los nudillos prominentes. Apoyé mi mano adulta sobre la que alguna vez tuve y resulta que los dedos sólo me crecieron medio centímetro en casi veinticinco años. Era ET, no es joda.


Ahora mis manos siguen siendo chicas, los dedos siguen siendo largos, las uñas siguen siendo infantiles; la del meñique es un chiste de lo pequeña que es. La palma no tiene un color parejo, es un marmolado de rosa y blanco. Las líneas son muchas, todas entrecruzadas, como un mapa de rutas. A veces son suaves, aunque en general la piel se pone seca sin llegar a ser áspera.
Nunca había reparado en mis manos hasta el día que un flaco me dijo que le encantaban. Porque eran chiquitas y su pija parecía más grande cuando se la agarraba; porque parecían de nena y podía darle canal a su perversión de potencial viejo pajero. También porque le parecían muy lindas, claro.


Igual, llegar a las manos es un ejercicio de lo inquisitivo. Primero están los ojos. "Puro ojos", dice mi mamá cada vez que cuenta historias de mi primera infancia. "Mirada de loca". "No me mires así". "Son muy saltones". "Son hermosos". "Qué grandes". Eso han dicho otros. Yo nada más sé que una sola vez me entendí la mirada, una sola vez me miré a los ojos y entendí qué pasaba ahí. Me paré frente al espejo durante hora, sin poder dejar ese ritual de autohipnosis que me hizo llorar de emoción durante horas. Me entendí; me vi. Esa única vez. Pero con una sola vez alcanza, en serio.


Mis manos se mueven lentamente, nunca siguen el ritmo de lo que digo. Le hacen contrapeso a la intensidad de la mirada.
Si estás frente a mí, no te dejes llevar por el revoleo de ojos, ni por las miradas que escrutan intimidades, ni por las bajadas de pestañas que coquetean.
Acordate de las manos, ahí guardo lo mejor.

lunes, febrero 06, 2012

No lo sabía, no era conciente en ese momento, pero desde que me gustó Javier en salita de 4 mi vida estuvo -en cierta medida- determinada por los intereses ajenos. Y la que diga que no aprendió cosas nuevas, estimulantes y maravillosas gracias a los tipos que le gustaron, es una mentirosa o una pobre mina carente de ambición que se cruzó sólo con chatos.
Primero fue Javier, entonces, que me enseñó que cuando se jugaba a la casita había que dedicarle un momento a la cocina y a la hora del almuerzo, porque su mamá preparaba las milanesas más ricas del mundo. Yo le creí, aunque nunca me invitó a su casa. Después, ya en primer grado, llegó Juan Pablo, que me hizo entender que ser perseguida era parte del cortejo. Él salía disparado detrás de mí apenas tocaba el timbre del recreo, para perseguirme por todo el patio, tratando de enchufarme un beso en la frente o bajarme la vincha y despeinarme; también hablábamos de construcciones con lego, el programa de Flavia y el nombre raro de la maestra.
De todos modos, la primera vez que me enfrenté realmente con mi ignorancia ante el conocimiento ajeno fue en 1993, la primera vez que Juan Pablo (otro, diferente del de primer grado) me habló de dinosaurios. Yo sólo había visto Jurassic Park y me consumía la curiosidad, así que me fui hasta la feria de Parque Centenario y me compré un libro que más o menos explicaba todo. Juan Pablo se sentaba conmigo, así que teníamos ocho horas por día para discutir y consensuar acerca de eras, bichos fantásticos y extinciones.
Con Enzo aprendí de autos, con Damián, de extraterrestres y comics, con Esteban de X-men y familias funcionales. Alejandro me tradujo canciones de The Doors, Iván me explicó el reglamento de hockey, Alberto me ayudó a entender el peso específico de las sustancias y el goce en la melancolía. Nahuel me hizo descubrir las costumbres de la religión musulmana y el destornillador con vodka de 3 pesos la botella y jugo tang. Francisco me enseñó a apreciar a los Rolling Stones, Matías me hizo una introducción al judaísmo y Gonzalo me ayudó a dibujar con perspectiva. Y esos fueron sólo los amores platónicos de la pubertad y la adolescencia.
Más grande, pulí el talento, afiné la puntería y aprendí a escribir usando todas las tildes, a discutir sobre películas de Kevin Smith y arcos argumentales en guiones pocohocleros y series de 24 por temporada. Me metí en el mundo de la física cuántica y en el del ocultismo. Visité museos; leí a Bukowski, a Carver, a Bulgakov, a Hrabal, a Palahniuk, a Hornby, a Salinger, a Beckett, a King, a Le Guin, a Coupland, a Whitman;supe por qué la tostada caía del lado de la manteca; aprendí a cantar al oído canciones de Patti Smith, Barry White, Dylan, Charly, Fiona Apple y Joni Mitchell.
Aprendí a hacer cantos védicos, pasteles de papa, dobladillos a pantalones, dibujos llenos de colores, regalos de ferias americanas, caminatas sin rumbo pautado, barquitos de envoltorios de caramelos sugus, esculturas con papel metalizado de atados de cigarrillo, brownies, porros desarmados, té de yuyos recién arrancados, escenas de minita y masajes.
Y así, como veleta que va para donde pega el viento, fui creando identidad a partir de esos pedazos que ellos me dejaron sin darse cuenta. Se armó un camino sustentado en la curiosidad propia y el deseo de desentrañar la curiosidad del otro. Me convertí en el Frankenstein de una comunidad desconocida por sus propios miembros. No sé hasta qué punto soy, cocino, escribo, cojo, leo, canto y río por haberme quedado con un cachito de cada uno; quizás porque fue la única manera de seguir adelante cada vez que me dejaron, ignoraron, rechazaron, se fueron lejos o dejaron de interesar.

La melancolía es arrojar sobre el objeto una sombra de significación que lo supera, otorgándole al adorno una importancia desproporcionada.
Milito la melancolía desde salita de 4.

viernes, enero 20, 2012

No sé si le pasa al resto de la gente, pero a mí los últimos dos o tres años se me mezclan en una nebulosa de eventos. No puedo hacer un balance de nada porque me cuesta saber si fue hace seis meses o dos años y medio que empecé el profesorado; o me cuesta calcular si la última vez que me enamoré fue en 2009 o el año pasado. Mi mamá dice que es una cuestión planetaria -o cósmica, yo qué sé-; que la Era de Acuario y el fin del mundo y la inversión de los polos y la mar en coche. Yo la miro y asiento, pero en realidad no entiendo mucho lo que me dice, básicamente porque ella no entiende lo que me dice. Sus opiniones son premisas tiradas al viento sin ningún tipo de argumentación, y como siempre nos terminamos peleando porque yo la acuso de crédula comprabuzones y ella me trata de escéptica refutadora compulsiva, prefiero esbozar una media sonrisa y ya. Porque al final, qué me importa por qué el tiempo parece acelerarse, qué me importan las pseudo explicaciones new age de mi madre; qué me importa si no hay nada tan liberador como la sensación de que el tiempo no termina de ser una variable del todo relevante, por lo menos en lo que a retrospectiva y resignificación respecta.

La única coordenada temporal que no olvido se planta en el invierno de 2009. No sé bien qué estaba pasando en mi vida a nivel concreto -creo que estaba enganchadita con un pibe que tenía novia, se me hacía el lindo y me bicicleteaba los revolcones-, pero la cuestión es que un domingo, en la casa de Dedé, entramos en un estado de honestidad violenta y empezaron a florecer las epifanías. Desde ese día, prometí no olvidarme nunca de dos cosas que no pienso revelar porque quiero envolverme en un halo de misterio, pero que condicionaron mi accionar desde ese momento.
Oh, qué enseñanza de vida, cuánto aprendizaje. Me fumé un porro hace dos años y descubrí que estaba viviendo una mentira, que venía haciendo un personaje y que no me dejaba atravesar por el placer. Oh, la revelación, la iluminación, la lógica al servicio de la esperanza y un horizonte que se ensanchó en el transcurso de una madrugada.
Y aunque me burle, de protector de pantalla en la compu tengo un cartel que, en loop eterno, me recuerda "no te olvides". No me olvido.

martes, enero 10, 2012

Era un sábado de marzo de 2002 y hacía calor. Mucho calor. The Roxy estaba hasta las manos. Se me pegoteaban los brazos con la espaldas húmedas de las otras personas. Me ubiqué cerca de la barra para poder pedir agua con hielo y me quedé bailando con una amiga. Desde un ángulo raro, el brazo de un extraño me puso una lata de cerveza helada sobre el hombro. Ni siquiera atiné a mirar quién me la estaba ofreciendo; tomé unos tragos, estiré la mano para atrás y seguí bailando. Fatboy Slim sonaba, Praise you. Al ratito, reapareció la mano con la lata. Cuando terminé de tomar, miré, lo miré. Era lindo, re lindo. Mientras esperaba a que se me acercara a hablar de una vez, él seguía dándome de sus cervezas y me sonreía. En algún tema de Moby, lo sentí justo detrás de mí: el calor en la espalda, el aliento en la nuca y un escalofrío cuando me mordió el lóbulo de la oreja izquierda. Si ahora no sé cómo es que funciona eso de la química entre dos personas, menos idea tenía a los 19 años, pero no pude enojarme ni hacerme la ofendida. Mientras mi amiga miraba sorprendida cómo un flaco, de la nada, me mordisqueaba el cuello, yo lo dejaba hacer, porque no concebía otra opción que no fuera esa.
Andrés se llamaba y los besos que me daba eran más lindos que su sonrisa encantadora. Me tocaba como si me conociera y eso ya era mucho decir; hasta ese momento nunca había disfrutado del todo del manoseo solapado contra alguna pared. Sí lo había experimentado, sí me habían calentado, pero nunca había sentido placer. Porque es esa la clave de todo: la calentura no es placer. La calentura es hambre, es necesidad de satisfacción; es lo que te atraviesa el cuerpo cuando sentís el olor que viene desde la parrilla mientras las mollejas hacen chispear el carbón. El placer es el bocado, el tinto a temperatura justa maridando con el vacío a la perfección, la salsa criolla en el pancito. El placer viene acompañado de más calentura, siempre, cuanto más placer se obtiene del objeto de deseo, más arremeten las ganas de seguir gozando. Keyword: más. Pero no es una relación bidireccional la que existe entre estas dos variables; a veces te quedás con hambre y nada más, no hay éxtasis; la tira de asado está dura, los chinchulines gomosos, no hay chimuchurri, esas cosas.
Andrés, el chico re lindo de sonrisa encantadora y cervezas siempre frías me hizo sentir por primera vez la retroalimentación del deseo. No entendía nada. Un chabón que no conocía me estaba tocando detrás de una cortina símil terciopelo, en el medio de un boliche que estallaba de gente y yo sólo podía registrar el camino que hacían sus manos y su boca sobre mí. Andrés, el chico re lindo de sonrisa encantadora me hizo acabar por primera vez. Porque, claro, yo tenía 19 años y era virgen. Sabía lo que era un orgasmo, pero no de esa manera, no con otra persona como el causante.
Cuando un patovica nos pidió que frenáramos con el exhibicionismo, nos dimos cuenta de que ya era de día. Me pidió el teléfono mientras retiraba mi cartera del guardarropas. No sé si se lo escribí mal de borracha (esas cosas pasan; o me pasaban a mí en la era pre telefonía móvil)o si el tipo no tuvo ganas de verme de vuelta, pero la cosa es que nunca llamó. Me puse un poco triste, más que nada porque para el lunes a la tarde ya había decidido que si arreglábamos para encontrarnos, me lo iba a coger sin dudarlo. Volví a The Roxy, como cada sábado hasta ese momento, mirando de vez en cuando a los chicos con pelo castaño muy cortito. Nunca más lo vi.

Después de Andrés pasaron muchos años hasta volver a sentir algo parecido. Sí me pasaron otras cosas, igual de significativas e intensas, pero cuando nuevamente sentí eso, eso de no querer quitar las manos del cuerpo del otro, eso de borrar por completo el escenario y que todo se convierta en un latido frente al más mínimo roce, supe que por ahí iba y venía la mano. Y quizás, a lo largo de todo este tiempo haya intentado engañarme muchas veces, diciéndome que con la atracción, la conexión intelectual o la contención emocional alcanza; pero no. Cada vez se torna más claro y es más fácil ser consecuente con la premisa: mi constante es el hambre, la búsqueda del objeto; y el deseo llano no es la meta sino lo otro, el bocado que llama al otro bocado, la dentellada que embadurna de avidez el cuerpo. Masticar, saborear, tragar. Querer más después de haber probado.

sábado, noviembre 19, 2011

Hace un par de años se me ocurrió una idea que en ese momento me pareció una genialidad: 12 cuentos eróticos, cada uno de ellos haciendo referencia a un signo del zodíaco. Comprendo que no es una idea brillante; en todo caso, podría haber sido un proyecto decente si hubiera tenido un poco más de constancia. Solamente llegué a terminar dos, Libra y Sagitario. Libra porque era el relato de una noche que había tenido hacía unos meses y Sagitario porque me cabe el signo.
Escribiendo, me di cuenta de que yo no sabía cómo se escribía un cuento. O, mejor dicho, que quizás era completamente incapaz de escribir uno. Releí estos dos hace un tiempo y me gustan, pero me gustan porque me calientan y porque me hacen recordar buenos momentos, pero no porque sean buenos. Son como una softporn. Una mínima introducción, gente que se coge un rato y una reflexión entre pretenciosa e inútil al final. Y listo. Una cagada, si me lo pongo a pensar un poquito.
Sigo sin saber cómo escribir un cuento. Hay decenas de .doc incompletos dando vueltas por ahí.

Me di cuenta de que hablo más del hecho de escribir que lo que escribo; y de que escribo más sobre garchar que lo que garcho. Y sin embargo, todo forma un núcleo discursivo que me termina definiendo.
Escribir me calienta, la calentura me hace escribir y me comunico mucho mejor cuando cojo que cuando hablo.

martes, noviembre 15, 2011

Hace un rato un amigo me contaba que la novia -y futura esposa- casi lo echa de la casa porque él había ido a almorzar con una conocida y no le había dicho nada a ella. Él sólo había ido a comer una tarta, pero su concubina asumió que se la quería garchar; a la conocida y a todas las mujeres del planeta. Y es cierto, mi amigo se quiere coger a todo lo que se mueva y porte tetas, pero el detalle está en que no lo hace. Podría, pero no lo hace. Y no, la verdad es que a mí no me mueve un pelo que el tipo decida quedarse con una loca enferma de celos que no le permite relacionarse con mujeres por no soportar la certeza de que él le quiere dar murra a todas. A todas. Él me decía que no entendía nada, que hacía ocho años que estaba con ella, que la elegía como su mujer y que por nada en el mundo iba a violar su confianza; que cómo podía ser que ella fuera capaz de mandar todo a la mierda por algo tan insignificante. Como no quería echar leña al fuego dando mi opinión real sobre el asunto, me pareció pertinente hacerle entender que los celos que sentía su novia no venían de la paranoia de imaginarlo a él siéndole infiel, sino de la inseguridad que le causaba tener al lado a un hombre que es un cúmulo de deseo constante. Toda relación es un triángulo -ya lo decía Lacan- y, a veces, esa tercera pata es simplemente un concepto. Mi amigo se hizo el pelotudo después de mi monólogo acerca de la triangularidad, los celos y las prisiones que impone la idea de amor romántico en estos tiempos. Siempre me hace lo mismo; menos mal que lo quiero mucho.
Me quedé un poco indignada con el asunto. ¿Cómo puede ser que la mina esta no se dé cuenta de que necesita una terapia urgentemente? ¿Por qué él sigue dándole soga a una comportamiento que sólo empeora si no es tratado? ¿Por qué la gente se embarca en relaciones que anulan esferas enteras de su personalidad? ¿En pos de qué? ¿Realmente se está priorizando "el amor" o es más cómodo hacer el caminito del casamiento, los hijitos y esconderle a la esposa las fantasías de promiscuidad orgiástica? Porque cuando me indigno por estos asuntos, me pongo muy Carrie Bradshaw con Luna en Acuario y tendencias a la vida en comunidad.

Unas horas después, abrí el facebook. Entré -como hago cada tanto- al muro del ex que es ex dos veces; el ex saturnino, que aparece cada 7 años y me perturba la vida. Y ahí estaba toda la información. Ella hace esas danzas extrañas y da masajes y es toda etérea y espiritual. Le publica canciones cursis y lo etiqueta en fotos en las que está sólo ella. Abrí grandes los ojos, la boca. Me convertí en Medusa y en Úrsula de La Sirenita. Me poseyó el despecho de todas las mujeres del mundo. Como en trance, empecé a recitar un mantra de exabruptos frente al monitor. Los celos nacidos de lo absurdo se apoderaron de mis sentidos. Me dejé ser en ese estado durante un rato; ya entendí que no tiene mucho sentido tratar de contener la avalancha de inseguridad, tristeza e ira. Se me pasó en cinco minutos, me acordé de por qué no estamos más juntos, de la distancia, de los baches, de las necesidades completamente dispares. Para sellar la reconciliación con mi espíritu y mi mente, le di un block eterno y cerré la pestaña.

Ahora estoy en paz. Conmigo, con mi doble ex y con mi amigo; pero especialmente, estoy en paz con la futura esposa que se vuelve loca de celos.
No la juzgo más.
Me quedo en el molde.
Lo prometo.

viernes, octubre 07, 2011

- ¿Sos romántica?
- Ay, esto parece una de esas entrevistas a gente medio famosita que aparecen en las revistas para minas.
- Sí. En mi tiempo libre entrevisto gente medio famosita para revistas.
- Esperaba más de vos.
- No me contestaste.
- ¿Si soy romántica?
- Eso.
- Ah... Bueno... Primero habría que definir "romántica". Porque yo diría que no, pero si me pongo a pensar, a veces me paso de romántica. Pero no romántica de pasacalles u oso de peluche; romántica de poeta decimonónico que se muere de tuberculosis.
- ...
- ...
- Entonces, no.
- No, no soy.

sábado, septiembre 10, 2011

Hay semanas tan cargadas de todo que ni tiempo dan para pensar; y cuando hablo de pensar no me refiero al análisis sintáctico de ablativos absolutos en latín sino al entramado de retrospectiva, observación de situaciones actuales y búsqueda de patrones conductuales, que viene siendo mi hobbie de los últimos 23 años más o menos. Al principio esa vorágine me hace sentir bien, productiva; me llena de energía levantarme y saber que tengo el día ocupado con cosas que me van a ser útiles. Hay un placer extraño al acostarme hecha percha y saber que me esperan pocas horas de sueño y un día lleno de actividades -tengo una faceta estoica que emerge cada tanto-, pero se me hace un cortocircuito cuando hay oportunidad de descanso. Como si millones de pequeñas ideas listas para ser desarrolladas hubieran quedado relegadas, latentes, y se amontonaran en algún umbral del inconsciente, preparadas para salir disparadas al menor indicio de tranquilidad.
Estos últimos días fueron agitados, largos, llenos de pequeñas responsabilidades impostergables. No estoy acostumbrada a esto, mi ritmo es otro; el compás me lo suelen marcar mi cabeza y mi deseo, no los turnos de médico de mi abuela, las fechas de entrega, las cursadas hasta entrada la noche o los trámites bancarios; pero, como dije antes, me adapto fácil a las nuevas reglas. El problema apareció ayer a la tarde, ya libre de obligaciones extra. Un tsunami de angustia se me vino encima. Una supernova de tristeza me estalló en el estómago. Todo junto: la soledad, las cuentas pendientes, la soledad, los problemas familiares, los asuntos de guita, la soledad, el escepticismo que me está costando frenar, la soledad, la expectativas académicas y laborales, la soledad. Llegué a mi casa al borde del llanto, con una bolsa con una cerveza negra colgándome del brazo y ganas de meterme en la cama sin cenar. Piqué algo en la cocina mientras trataba de tomar una decisión fundamental, ¿ponerme el pijama, cargar en cuevana una romántica lacrimógena que me hiciera sentir que nunca voy a sentirme capacitada para vivir el romance en todo su esplendor o abrir la cerveza, poner Bikini Kill al mango y ponerle onda a la vida? Como ya estoy re podrida de elegir la primera opción y embolarme, opté por la segunda. Para la una de la mañana los vecinos ya me habían llamado para pedirme que bajara la música (sin darse cuenta de que la música estaba baja, la que gritaba sobre Le Tigre era yo), se me había pasado la tristeza y estaba apenitas alegre de borrachera. A veces me olvido de que no hay mucho truco. La soledad es una constante, sólo tengo reencontrarme con la parte de mí que mejor me cae para no sentirla como un peso sino como algo inherente a la existencia. A veces me olvido de que, en general, yo soy la persona con quien mejor la paso. Y cuando me vuelvo a acordar, me inunda la satisfacción.
Después, me tomé un taxi hasta Villa Urquiza para garchar un rato, porque no hay mejor manera de festejar el reencuentro con la propia esencia que pegarse un buen revolcón con un amante rendidor.
O bien, no hay mejor manera de festejar. Lo que fuere que se festeje.
O bien, no hay mejor.

viernes, agosto 12, 2011

El otro día Dedé se quejaba. Decía que parece que si no tenés nada para contar relacionado con tipos, sexo y esas cosas, no hay nada que pueda generar interés en una charla con mujeres. Está claro que no estuve de acuerdo, me parece que ella tiene un tema de negación en lo que respecta a su vida romántica, eso en algún punto le molesta y proyecta esa molestia en la mirada ajena; pero más allá de que la acusación estuviera teñida de preconceptos basados en la nada, sí me quedé pensando acerca de la importancia del relato. No importa si conociste a un pibe en un boliche, si te gusta un compañero de la facultad que no sabe de tu existencia o si te estás enamorando del pibe con el que salís; más allá del nivel de intensidad del sentimiento -si es que hay sentimiento, claro-, siempre existe la necesidad de contar lo que está sucediendo. Ese ejercicio femenino del sobreanálisis, del medijo-ledije, de abrir el abanico de realidades paralelas y seguir el camino de cada una hasta el final, es algo que reporta un goce tal que a veces me pregunto si no vamos por ahí a revolcarnos con gente por el placer de tener una anécdota fresca para contar en la próxima reunión. No sé ustedes, yo sí lo he hecho.
Pareciera, entonces -al menos según el criterio de mi amiga-, que me vida es poco interesante. Porque no cuento nada. Pero no. No sé si mi vida pueda interesarle a otros o no´; sí sé que a mí me resulta interesante. Pero a lo que voy es a que ya no cuento como antes. En algún momento dejó de parecerme pertinente el relato de detalles y nimiedades; ya no me divierte, me embola. Ahora tiro los titulares y ya. A veces, ni siquiera eso. Debe ser porque nadie me interesa lo suficiente como para que me ponga a gastar tiempo y energía en narrar cómo fulanito preparó una cena o cómo menganito me hizo saber que estaba casado y con una hija. Digo, hay cosas que son difíciles de transmitir y son esas, justamente, las que me vienen sucediendo últimamente. ¿Cómo hago para explicar que un orgasmo con tal me deja contenta durante 48 horas? ¿Cómo hago para poner en palabras la certeza de saber que estoy conectada cósmicamente con tal otro pero que en este momento no estamos sincronizados? ¿A quién le puede importar si ni siquiera ocupa demasiado lugar en mi cabeza?
Como si, de repente, algo se hubiera despejado. Como si toda esa nebulosa de tipos, conversaciones, presunciones, sospechas, necesidades, impulsos, histeria e insatisfacción se hubiera esfumado. Sinceramente, a veces no sé qué hacer sin toda esa confusión y tristeza, es como si me hubieran dejado la casa sin muebles.
Como si yo no fuera yo.
Como si, de vuelta, tuviera toda una vida por delante.

lunes, julio 25, 2011

Hace varios años, un tiempo después de abrir el primer blog, se me ocurrió que tenía que darle algún tipo de estructura a mis textos y me puse a tomar clases con un chongo que vivía en lejísimos de mi casa. Yo estaba segura de que era graciosa, cómica, ocurrente y creía que dándole un poco de forma a mi modo de escribir, podía terminar escribiendo una sitcom o algún delirio similar.
La cuestión es que el viernes a la noche me puse a hacer limpieza de mi cuenta de gmail y encontré cosas que escribía en esa época para el taller que hacía con mi amante de zona norte. Una bazofia. Algo realmente desastroso. Más allá de errores de sintaxis, puntuación y coherencia, escribía cosas que no podían hacer reír a nadie salvo a mí. Un juntadero de anécdotas -insólitas algunas, mediocres otras- narradas sin consistencia ni ritmo. Y lo digo con la mayor objetividad posible; pasaron como siete años, puedo darme el lujo de criticarme sin sentir que me estoy atacando. Entonces, agarré y me puse a leer, en orden cronológico, todos los archivos de todos mis blogs. Horas tardé, pero finalmente pude identificar los diferentes momentos, los estilos distintos, qué elegí contar, qué tono decidí aplicar y todas esas cosas que pueden interesarme sólo a mí para mantenerme activa en el ejercicio de la neurosis. Desde el primer momento en el que tomé el espacio como diario íntimo, el intermedio en el que me aboqué a la crónica de lo cotidiano hasta ahora, que ya no me da el cuero para contar con quién garché, qué me dijo fulanito cuando me dejó o hacer un relatominucioso, lleno de reflexiones, acerca de mi sábado a la tarde en plaza francia con Lau y su perra.
Desde la mirada más técnica, hay una evolución. También cambió el rol de la escritura en un costado más íntimo, pero cada vez que estoy frente al cuadrado en blanco de "nueva entrada" me pregunto por qué este blog, para quién, con qué finalidad. Tengo decenas de borradores que nunca me animé a publicar por miedo a herir susceptibilidades; ideas que me parecerían desperdiciadas si las usara para un post y no para un cuento; teorías larry-david-wannabe que prefiero compartir en reuniones con amigas; llantos melodramáticos impublicables.
No sé, no quiero decir con todo esto "entonces voy a cerrar el blog", porque no es la intención, pero sí noto que me da lo mismo escribir acá como no hacerlo; no tengo una motivación. Hay demasiada gente que me conoce que lo lee y después vienen los quilombos del "porque en tu blog vos dijiste x cosa de mí/de fulano/a". Y yo no digo nada de nadie. Hablo de mí y solamente de mí, todos los personajes que aparecen son eso: personajes. Convertir una experiencia en literaria es ficcionalizarla, para mí es algo clarísimo pero, evidentemente, no es así para todos. La verdad es que, en este momento, me dan más ganas de contarle un mail a un amigo sobre con quién me acosté hace dos días, limitarme a los 140 caracteres de twitter o escribir un cuento antes que medir lo que pongo y lo que no. Y el que diga que no me tiene que importar la opinión ajena, no me conoce ni un poco; me importa y no quiero que nadie me rompa las bolas en la misma medida que no quiero romperle las bolas a nadie.
Así que llego a este punto en el que me doy cuenta de que haber tenido un blog durante tanto tiempo me ayudó a crear el hábito de la escritura, pero que ya no me es necesario. Ahora escribo para otros espacios, para el profesorado y en mis .doc que todavía no me animo a mostrar. Se rompió la asociación entre el acto de escribir y la existencia del blog, porque escribir se convirtió en otra cosa, alejada de la descarga y la necesidad de poner en texto los soliloquios que me manijean. Volví a terapía, ya tengo una escena de catarsis.
Y ahora, quién sabe. Quizás me empiecen a pasar cosas absurdas y vuelva a sentir que soy graciosa como para postear acá. O tal vez vuelva a ese estado de observación permanente y vuelva al relato minucioso de lo más cotidiano. Me encantaría hacerme la canchera, poder decir que tengo demasiada vida allá afuera como para perder el tiempo acá (mentira, no lo haría, me encantaría sentirlo, pero no lo haría), pero la realidad es que todo sigue más o menos igual. Sigo resucitando hombres, sigo vendiendo libros, sigo queriendo ser profesora de literatura, sigo viviendo con amigas, sigo tomando whisky, sigo pintándome las uñas de azul. Hay algo que sí empezó a cambiar de un tiempo hasta acá, pero aún no lo tengo del todo identificado. Por lo pronto, sé que escribir ahora representa otras cosas, con eso me alcanza y tengo laburo para rato.

jueves, julio 21, 2011

La analista sugiere que tal vez me cuesta sostener una relación convencional a través del tiempo porque, en el fondo, quiero algo que se salga de ese molde. Evado darle una respuesta en concreto y me embarco en un relato de mi vida romántico-amoroso-sexual en los últimos 8 años. En resumidas cuentas, yendo a los puntos conflictivos de cada vínculo, me doy cuenta de que tiendo a reciclar, suelo huir en los momentos menos oportunos y desconfío profundamente de la capacidad ajena de brindarme seguridad. Entonces, me escucho y sueno a persona difícil de complacer, una jodida, una histérica. También sueno a despreocupación, diversificación prácticamente involuntaria, enojo efímero y búsqueda sostenida en el ámbito de lo sexual. Termino reconociendo que sí, que en algún punto sigo queriendo lo mismo que a los veinte en materia de afectos-un ideal acuarianísimo-, pero que me fue tan mal las anteriores veces que quise darle forma y aplicarlo que me da un poco de miedo. Ella me corrige, me marca que, a partir de lo que le conté en la última hora. la empecé a pasar mal en el preciso instante en el que traté de volverme convencional.
¿Cómo es que nadie me lo hizo notar antes? ¿Cómo no me di cuenta? ¿Cómo tardé tanto en volver a terapia?

domingo, julio 10, 2011

Me puse los lentes, el abrigo y caminé hasta Parque Centenario para votar en la escuela donde hice cuarto y quinto grado. Me busqué en los listados, me encontré y entré.
En la puerta del aula donde me tocaba había un cartel grande, blanco, con letras negras:

CUARTO OSCURO PARA PERSONAS CON NECESIDADES DIFERENTES

Y ahí me sentí re comprendida.

lunes, junio 20, 2011

No me gusta el contacto físico con la gente extraña. No hablo de estar apretada en el bondi, eso no le gusta a nadie. Más bien me refiero a todo el despliegue de camaradería que se suele tener con personas con las que uno no comparte más que circunstancias espacio-temporales. Hablo de besos en la mejilla, palmadas en la espalda e incluso abrazos. Hablo de compañeros de trabajo, de facultad, clientes y personas que me encuentro por la calle que alguna vez formaron parte efímera de mi vida.
Cuando hacía vida de oficina y trabajaba con un equipo de cerca de quince personas, sufría mientras subía en el ascensor al saber que se acercaba el momento de saludarlos A TODOS con un beso en la mejilla. Era una locura. Todos los días. Un beso en la mejilla. Al llegar y al irse. A todos. Todos los días. O pienso en mi primer año en el profesorado; no saludé a nadie -salvo a La Secretaria y a Amarula, obvio- hasta noviembre más o menos, porque si bien soy bastante tímida y estoy segura de que la gente nunca registra mi presencia, también está esta cosa de negarme a andar besuqueando a la gente, entonces quedo como una antipática, amarga, misántropa, Daria, lalala lalá.
El saludo con beso en mejilla por compromiso me parece una invasión al espacio privado. Un avasallamiento a la intimidad. Un atrevimiento innecesario. Una regla de urbanidad inútil. Un horror. Y ni hablar de cuando me cruzo con esa gente que ni me conoce pero me abraza. O sea, ME ABRAZA. Digo, para mí, el abrazo es una muestra de cariño sincera que valoro mucho cuando viene de alguien cercano, o que brindo cuando me puede la ternura; pero que venga fulana o mengano a rodearme con sus brazos es algo que me crispa los nervios.
De más está decir que la gente esa que va a los parques, con sus carteles de "abrazos gratis" me parecen directamente macabros. No te acepto un abrazo de un desconocido ni que me paguen. Y me pasó algo terrible respecto a esto hace muy poco. Había un pibe que me gustaba mucho desde hacía un tiempo. Alguna vez terminamos los dos en un sillón, hablando muy de cerca, con su manaza masajeándome el cuello; alguna otra vez hablamos durante horas sobre libros y astrología; y aunque nunca haya pasado nada, siempre tuve la certeza de que sólo era cuestión de tiempo. Hasta que. Hasta que un día abrí mi facebook y ahí estaba él, el grandote que me re cabía, etiquetado en un album que se llamaba "abrazos gratis"; ahí estaba, con una sonrisa y abrazando gente desconocida en Plaza Francia; ahí estaba mi deseo, siendo chupado por un agujero negro para nunca jamás volver. Y todos dirán, "pero, nena, ¿qué problema tenés?" o "salí de la pose"; pero yo les digo que me tienen las pelotas llenas con la sobrevaloración de la sociabilidad y el contacto físico. Mirá si voy a dejar que alguien que no me conoce me toque. ¿Qué bienestar me puede generar pegotearme con un extraño?


Ah, me olvidaba, todo esto no aplica cuando se trata de ancianitos o infantes. Ahí sí, soy una más del montón.

jueves, junio 09, 2011

Hace un rato un amigo me contó que le va a proponer casamiento a la novia. Me puse muy contenta por él, que es romántico, le gusta ser romántico, disfruta teniendo ese tipo de gestos y lo está haciendo con absoluta seguridad y convencimiento. Pero, claro, el mundo gira alrededor de mí, mi ombligo es un centro gravitatorio, así que no pude evitar empezar a pensar en el asunto desde mi perspectiva; lo ficticio que me parece hacer una propuesta así, el disparate de gastarse dos lucas en un anillo de compromiso, lo absurdo de preparar una fiesta que vale una fortuna -mucho más que lo que pueden juntar en regalos, dejémonos de joder con esa excusa-. También me di cuenta -como lo hago un par de veces por mes- de que nosotros dos vivimos en dimensiones paralelas, que lo que nos une es una comodidad en presencia del otro, pero nada más. Y qué jodido esto de estar feliz por alguien a quien quiero, pero al mismo tiempo tener este cúmulo de juicios de valor a punto de escaparse por la punta del índice acusador. Porque sí, entiendo que pertenecemos a mundos completamente opuestos, porque él eligió abandonar su música y meterse a estudiar una carrera gris en una facultad nefasta y porque yo nunca pude más que hacer sólo lo que me gusta y gratifica, a riesgo de ser la persona que menos se esfuerza en el mundo. Comprendo que él haya elegido eso, porque es sano, bueno, poco neurótico y viene de una de esas familias con almuerzos todos los domingos a la misma hora y una madre amorosa que le puso el límite a los alcances del Edipo en el punto justo. Y también me comprendo a mí y mis elecciones, porque TODO lo convierto en objeto de análisis exhaustivo y vengo de una familia que es un clan de gitanos, con una madre que nunca pudo pasar un domingo conmigo, ni llevarme a un cumpleaños y me mandó a vivir con mi abuela la mitad de mi infancia, y un padre biológico del que no sé ni el apellido, que está escondido detrás de todas las mentiras de mi madre y las versiones de los hechos de mis tías. Así, que sí, entiendo, entiendo todo y por eso me pongo contenta por mi amigo y me dan ganas de abrazarlo, aunque me tenga que conformar con llenarle de emoticones el messenger.
Entonces, quizás ninguno de los dos esté eligiendo mal, ¿no?. Aunque yo piense que se está condenando desde hace diez años a una vida que le queda chica. Aunque él nunca deje de decirme que me complico demasiado con variables desubicadas a su parecer. Aunque él se entregue a la búsqueda de un estilo de vida que a veces me resulta frívolo (ok, a veces se lo envidio, lo reconozco). Aunque él no entienda que no tolero condiciones por fuera de mis ideales y que eso da por resultado una vida austera y sin muchas ambiciones de corte material (ok, a veces me lo envidia, lo reconoce). Y es en este juego de contrastes tan notorios que me encuentro un poco a mí misma y a la gente que quiero. Porque más allá de los antagonismos obvios, hay algo más allá: la capacidad y voluntad de poner amor en cada acto. Y en eso sí somos iguales. El amor con el que él encara su relación de pareja me hace tener esperanza en la humanidad toda. El amor que yo le puse (y pienso seguir poniendo) a cada una de esas decisiones que tomé y me cambiaron la vida, me hace tener fe en mí.
Si me pongo en boba, me imagino una escena muy cursi, muy de peli yanqui, en la que yo hago tintinear una cucharita contra una copa de champagne, para pedir silencio y despacharme con un discurso parecido -no tan narcisista, claro- a lo que escribí acá arriba el día de la boda.
Pero, claro, a ninguna novia le cabe que entre los invitados esté la minita que su flamante esposo se garchaba antes de conocerla.

jueves, marzo 31, 2011

Después de mi diatriba en clase contra los snobs de Puán -aclaré ante los compañeros que soy prejuiciosa, aunque me da la sensación de que seré tildada de resentida directamente- me di cuenta de que: 1. Tratando de defender una posición, terminé diciendo que leí la mitad de Ulises. No soy snob, soy la mitad de una snob. También recuerdo haber dicho algo sobre Mallarme. 2. Cuando un par de compañeras aseguraron que su escritor favorito era García Márquez, bajé la mirada y me esforcé por no revolear los ojos. Pero en mi interior los puse en blanco y me mordí el labio inferior en gestito de quehammmmbre. Bueno, eso. Eso de ser eso que uno detesta. La proyección. La Casa 7. Lo latente que aflora en forma de Otro. Eso.

jueves, marzo 03, 2011

Hace unos días, en el apogeo de la caipirinha y el par de secas que me andaban dando vueltas por el cuerpo, la revelación -o tal vez es algo que siempre supe pero formulé de modos diferentes-: Tengo incorporadísima la certeza de que acumulando conocimiento y entendimiento del universo voy a poder curar mi neurosis de angustia. Claro, ni que hubiera descubierto algo realmente interesante, pero para mí, que soy muy narcisista y llego a jodidos niveles de angustia, fue algo cercano a la epifanía.
Si la angustia es la sensación que nos dice que deberíamos saber algo pero sin saber bien qué, ¿qué mejor manera de aplacarla que tratando de entender el funcionamiento de la psiquis, el mundo que nos rodea, o la estructura de la herramienta que nos separa del resto de las especies, el lenguaje simbólico? ¿Cómo no querer conocerlo TODO, que no quede recoveco para lo ignorado, lo no comprendido? ¿Cómo no recorrer todas esas facultades, leer todos esos libros, abandonar esos recorridos? ¿Cómo no aliviar el peso de lo desconocido y amenazante con teorías, hipótesis y fórmulas? ¿Alguien puede explicarme cómo?
Ahora, sobria de tragos, marihuana y conversaciones absolutamente estimulantes, me digo a mí misma que no puedo ser tan pelotuda. Es imposible que la mente sea un camino de salida; al menos si se intenta salir del manijeo, claro. El pensamiento lógico, la categorización y la deducción son calmantes frente a ese dolor que no sé de dónde carajo viene, nunca una solución. Ahora, con el foco puesto más en el cuerpo y en la vida emocional, me digo que me tengo que dejar de romper las pelotas con la sobrevaloración de lo mental y poner voluntad para llegar a alguna especie de equilibrio.

Ahora, metida en la librería, veo entrar a un chico muy lindo. Pálido, ojos bellísimos, alto y un poco encorvado. Me apuro en atenderlo. Me pide libros de matemática: fractales y geometría nosequé. Le sonrío, le digo que no tenemos nada de eso y le recomiendo un par de librerías mientras lo imagino tratando de explicarme qué es una matriz. Lo fantaseo arrinconándome contr un pizarrón lleno de formulas inaccesibles para mí. Cuando se va, alabo a las matemáticas y todas las ciencias exactas. Invento odas a los hombres de ciencia que siempre me generan ese deseo inefable.

Parece que al final no era la mente lo que me abstraía de la neurosis.