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domingo, agosto 05, 2012

Mi abuela llegó a Argentina desde Paraguay, sola, cuando tenía 16 años. No hizo un viaje demasiado largo, se instaló en Corrientes y trabajó durante un tiempo en una fábrica de botones -o de algún objeto pequeño y necesario de ese estilo- hasta que le agarró nostalgia y volvió a su pueblo, cuyo nombre guaraní no sé escribir pero que suena a "ibitimí".
Desde su relato, siempre me resultó difícil entender cómo fue que terminó en Buenos Aires con 18 años recién cumplidos y nadie que conociera en esta ciudad; pero el otro día, mientras yo comía un muslo de pollo que me había hecho en el horno mientras dormía la siesta, reveló el secreto. Resulta que su familia quería emparejarla con un argentino que trabajaba en Asunción y que pintaba como buen partido. En sus palabras: "judío, ingeniero, alto, rubio, trabajador, carácter tranquilo". Ante la presión de su entorno para que se casara con el tipo este que la encontraba fascinante, ella se sintió acorralada y se escapó.
Le pregunté si se arrepentía de la decisión que había tomado en ese momento y no me miró mientras respondía que a ella el rubio no le gustaba demasiado aunque sabía que le convenía, pero que sí se arrepentía de haberse dejado envolver por los encantos de mi abuelo: un petiso, morocho, marinero y misterioso. Ella sabía que no se había escapado de un hombre sino de una imposición que no tenía en cuenta  su deseo y que eso nunca daría lugar a reproches.
Se le llenaron apenas los ojos de lágrimas al mismo tiempo que seguía mirando un punto indefinido en el techo y no necesité que me explicara que en ese instante estaba haciendo todo un camino en reversa, lleno de suposiciones, hipótesis y suspicacias. Se imaginó una vida apacible con el ingeniero, con hijitos rubios y estudiosos. Fantaseó con la idea de un matrimonio honesto, sin engaños ni golpes bajos; un hombre que la aceptara y estimulara a explorar su curiosidad y potencial. Cuando volvió de su trance, me confesó que nunca le había contado a nadie el verdadero por qué de su llegada a Buenos Aires, pero que a mí sí porque sabía que yo la iba a entender; que a veces veía en mí esa misma supremacía de las ganas por sobre todas las cosas y se preocupaba mucho, pero que esa preocupación se complementaba con el orgullo de saber que a su nieta mayor nadie le iba a decir nunca lo que tenía que hacer.
Cuando mi abuela tenía mi edad, estaba embarazada de su quinta hija, las dos mayores estaban pupilas en un colegio de monjas porque ella no podía con todos y mi abuelo navegaba 8 meses al año. Cuando mi abuela tenía mi edad no tenía tiempo para reflexionar demasiado acerca de su vida sentimental, ni para toda la cháchara neurótico-masturbatoria en la que yo me doy el lujo de vivir inmersa. Y aún así, habiendo tenido vidas tan distintas, crianzas y experiencias tan diferentes, algo nos une y nos contiene.

-Bueno, pero si te hubieras quedado con el otro pretendiente, abuela, no habrías tenido una nieta tan linda y buena como yo, así que no te arrepientas, eh.
-Seríamos abuela y nieta igual, Cele, hay cosas que, simplemente, tienen que ser.

martes, enero 10, 2012

Era un sábado de marzo de 2002 y hacía calor. Mucho calor. The Roxy estaba hasta las manos. Se me pegoteaban los brazos con la espaldas húmedas de las otras personas. Me ubiqué cerca de la barra para poder pedir agua con hielo y me quedé bailando con una amiga. Desde un ángulo raro, el brazo de un extraño me puso una lata de cerveza helada sobre el hombro. Ni siquiera atiné a mirar quién me la estaba ofreciendo; tomé unos tragos, estiré la mano para atrás y seguí bailando. Fatboy Slim sonaba, Praise you. Al ratito, reapareció la mano con la lata. Cuando terminé de tomar, miré, lo miré. Era lindo, re lindo. Mientras esperaba a que se me acercara a hablar de una vez, él seguía dándome de sus cervezas y me sonreía. En algún tema de Moby, lo sentí justo detrás de mí: el calor en la espalda, el aliento en la nuca y un escalofrío cuando me mordió el lóbulo de la oreja izquierda. Si ahora no sé cómo es que funciona eso de la química entre dos personas, menos idea tenía a los 19 años, pero no pude enojarme ni hacerme la ofendida. Mientras mi amiga miraba sorprendida cómo un flaco, de la nada, me mordisqueaba el cuello, yo lo dejaba hacer, porque no concebía otra opción que no fuera esa.
Andrés se llamaba y los besos que me daba eran más lindos que su sonrisa encantadora. Me tocaba como si me conociera y eso ya era mucho decir; hasta ese momento nunca había disfrutado del todo del manoseo solapado contra alguna pared. Sí lo había experimentado, sí me habían calentado, pero nunca había sentido placer. Porque es esa la clave de todo: la calentura no es placer. La calentura es hambre, es necesidad de satisfacción; es lo que te atraviesa el cuerpo cuando sentís el olor que viene desde la parrilla mientras las mollejas hacen chispear el carbón. El placer es el bocado, el tinto a temperatura justa maridando con el vacío a la perfección, la salsa criolla en el pancito. El placer viene acompañado de más calentura, siempre, cuanto más placer se obtiene del objeto de deseo, más arremeten las ganas de seguir gozando. Keyword: más. Pero no es una relación bidireccional la que existe entre estas dos variables; a veces te quedás con hambre y nada más, no hay éxtasis; la tira de asado está dura, los chinchulines gomosos, no hay chimuchurri, esas cosas.
Andrés, el chico re lindo de sonrisa encantadora y cervezas siempre frías me hizo sentir por primera vez la retroalimentación del deseo. No entendía nada. Un chabón que no conocía me estaba tocando detrás de una cortina símil terciopelo, en el medio de un boliche que estallaba de gente y yo sólo podía registrar el camino que hacían sus manos y su boca sobre mí. Andrés, el chico re lindo de sonrisa encantadora me hizo acabar por primera vez. Porque, claro, yo tenía 19 años y era virgen. Sabía lo que era un orgasmo, pero no de esa manera, no con otra persona como el causante.
Cuando un patovica nos pidió que frenáramos con el exhibicionismo, nos dimos cuenta de que ya era de día. Me pidió el teléfono mientras retiraba mi cartera del guardarropas. No sé si se lo escribí mal de borracha (esas cosas pasan; o me pasaban a mí en la era pre telefonía móvil)o si el tipo no tuvo ganas de verme de vuelta, pero la cosa es que nunca llamó. Me puse un poco triste, más que nada porque para el lunes a la tarde ya había decidido que si arreglábamos para encontrarnos, me lo iba a coger sin dudarlo. Volví a The Roxy, como cada sábado hasta ese momento, mirando de vez en cuando a los chicos con pelo castaño muy cortito. Nunca más lo vi.

Después de Andrés pasaron muchos años hasta volver a sentir algo parecido. Sí me pasaron otras cosas, igual de significativas e intensas, pero cuando nuevamente sentí eso, eso de no querer quitar las manos del cuerpo del otro, eso de borrar por completo el escenario y que todo se convierta en un latido frente al más mínimo roce, supe que por ahí iba y venía la mano. Y quizás, a lo largo de todo este tiempo haya intentado engañarme muchas veces, diciéndome que con la atracción, la conexión intelectual o la contención emocional alcanza; pero no. Cada vez se torna más claro y es más fácil ser consecuente con la premisa: mi constante es el hambre, la búsqueda del objeto; y el deseo llano no es la meta sino lo otro, el bocado que llama al otro bocado, la dentellada que embadurna de avidez el cuerpo. Masticar, saborear, tragar. Querer más después de haber probado.

domingo, enero 08, 2012

Pedíamos una parrillada para compartir, armábamos un cigarro con tabaco y hachís y nos tomábamos un taxi hasta el centro. Ahí, nos encontrábamos con el resto de la gente y no sé, pasaban cosas raras. Esas cosas raras siempre involucraban mucho alcohol, tipos y amanecer en una cama metida en una habitación, metida en una casa de algún barrio inverosímil como Villa Ortúzar o Versalles.
Nunca cogí tanto ni tan mal en la vida.

No extraño tanto tener veintipocos, ahora que lo pienso.

viernes, diciembre 02, 2011

Hasta hace un año hubo un bar en Chaco y La Plata que era muy lindo. Supe la dirección después de haberme mudado al barrio. Antes de eso, siempre lo encontraba de casualidad, en esas caminatas larguísimas cuando salía con algún chico. Sabía que quedaba cerca de Parque Rivadavia, pero nunca me ocupaba de fijarme en qué calles; un poco porque me gustaba la idea de lugar mágico que aparece sólo cuando tiene que aparecer y otro poco porque estaba distraída con el flaco de turno.

Cuando Fulano me invitó a tomar una cerveza después de muchos años de no vernos, me dijo de encontrarnos en la esquina del bar ese. Con él había ido la primera vez, a sentarnos en el sillón enorme que estaba yendo para el fondo, un domingo que ya anochecía.
Hacía un frío que no puedo poner en palabras. Caminé las 10 cuadras a ritmo de maratonista, con los pies helados y las manos temblequeando. ¿Saben qué pasa cuando una llega a una esquina para encontrarse después de siete años con el primer chico con el que una se animó a algo más que revolcarse; el primero que se le presentó a las amigas; el primero que desestructuró el jenga de prejuicios y caprichos de pendeja tratando de escapar de la adolescencia? Nada sucede, salvo una sonrisa que transforma toda la cara y un abrazo fuerte en puntas de pie.
No nos pudimos sentar en el mismo sillón, había unos pibes ocupándolo. A veces es lindo ponerse al día con alguien después de tanto tiempo. Cuando lo que importa es la reflexión acerca del devenir y no la enumeración de éxitos, fracasos y anécdotas. Estructura por sobre contenido. Más tarde nos fuimos a casa, a tomar whisky para entrar un poco en calor. Él hablaba mientras yo iba poniendo excusas para acortar la distancia que había entre ambos. Él hablaba y yo no podía parar de mirarle la boca y dejarme encantar por el tono de su voz, grave -gravísimo- y acolchonado. Él hablaba y yo sabía que ninguno de los dos iba a dar el primer paso en lo que quedaba de madrugada, porque medirse reporta placer, porque la espera alimenta el deseo. Antes de pedirme que le fuera a abrir la puerta, me agarró de los hombros y me dijo "Ce, hay que pegar el salto".

Cuando cinco meses después estábamos en el balcón de su casa poniéndole fin al revival primaveral que habíamos venido teniendo, me habló de esa noche. De mi oscilación entre una vulnerabilidad -nueva en mí para él- que lo desarmaba y mis esfuerzos por mantener la guardia alta. Yo dejaba que un tercio de mi cuerpo colgara hacia abajo, mirando a la gente que caminaba por Juncal, sin contestarle nada pero pensando en que esa oscilación nunca había cesado, que el conflicto entre esas dos variables era una constante y que, en pocas palabras, con él la había cagado hasta el punto de no retorno. Pensé también en mi incapacidad para pegar saltos.
Preferí contarle que hacía unas semanas había pasado con el 15 por la cuadra del bar y que lo habían cerrado.

domingo, noviembre 06, 2011

Tenía el bar ese de la esquina que era el comodín. De día: licuado, apuntes de psico y avistaje de estudiantes de Ciencia Política. De noche: cerveza y citas.
Ahí lo llevé la primera vez que salí con Tomás. Nos tomamos siete Heineken y nos besamos como adolescentes desesperados. La camarera reponía el platito con maníes y nos miraba de reojo con un dejo de envidia. Tomás era muy lindo y a mí no me importaba que me mordieran el cuello en un lugar público.
Después, nos fuimos caminando por Río de Janeiro -hacia Rivadavia-, parando en cada mitad de cuadra para turnarnos en estampadas varias contra los umbrales de las casas. Cuando llegamos al telo nos dijeron que había cinco parejas esperando y que la demora era de, al menos, una hora. Horribles esos tiempos en los que vivía con mis abuelos y no quedaba otra más que hacer tiempo hasta la hora del pernocte. Tomás me propuso no esperar y tomar un taxi para el lado de Congreso -A.K.A teloland-; antes de parar un tacho, me llevó al costado de las vías del Sarmiento, me apoyó contra un enrejado y me sacó la bombacha. Se la guardó en el bolsillo del jean mientras sonreía y me acomodaba detrás de la oreja un mechón de pelo que me venía tapando la mitad de la cara.

Salimos del hotel al mediodía y caminamos por Independencia hasta encontrar un bar de viejos medio mugriento pero con mesas de madera. Los dos odiábamos la fórmica. Mientras tomaba el exprimido de pomelo me di cuenta de que con el sol los ojos se le ponían verdosos. Él me agarraba la mano que tenía libre y miraba para la calle, mientras la luz le jugueteaba en el iris, formando un dibujo de caleidoscopio color verdemiel.

Nos pusimos de novios. Yo me mudé a esta casa, él se fue para el lado de Nuñez. Me cuidó mientras estaba enferma, le cociné ravioles con estofado, vimos muchas películas tontas en el cine, jugamos partidas interminables de tutti frutti, escuchamos Le Tigre y Beastie Boys por decenas de horas, nos dimos panzadas grotescas con las milanesas que le preparaba la madre, cogimos a cualquier hora y en cualquier lugar. Me enseñó a descorchar botellas sin sacacorchos y el porqué de la caída de las tostadas sobre el lado de la manteca. Le expliqué su carta natal y le presté libros de Nick Hornby.

Un día me dejó.
Nunca más volví al bar que estaba a un par de cuadras de Sociales y del Parque Centenario.
Nunca más lo volví a ver a él. Mentira. Una vez, temprano a la mañana, desde un 141, parado en la esquina de Acoyte y Rivadavia. Barbudo, espléndido.

Menos mal que no usa Facebook.

sábado, octubre 29, 2011

Tenía cuatro años. Sé que a esa edad ya sabía que mi papá no era el biológico, que todos en la familia de él estaban al tanto de la situación y que trataban de hacerme sentir lo más cómoda posible. Era Navidad y yo no tenía ganas de estar ahí, me sentía lejana, ajena, angustiada. No pertenecía a esa parte de la familia; ni siquiera eran mi familia. Mi familia era otra cosa, más relajada, más alegre, más auténtica. Y, por sobre todas las cosas, en esa casa de gente que no era mi familia, yo no era el centro de atención; supongo que era eso lo que me más molestaba. No era la preferida de esos otros abuelos, tan distintos a los padres de mi mamá; a nadie le importaba qué me parecía interesante ni que me supiera de memoria la capital de Albania o los nombres de los planetas del sistema solar. Desde ese margen los observaba, triste.
A mi abuelo se le ocurrió que todos dejáramos un mensaje grabado en un aparato que mi tío acababa de comprar y con el que mis primos jugaban a darle al REC, putear sin sentido, rebobinar, escucharse y reír como monitos drogados. A mí me tocó última, porque era la más chica.
"Yo... Yo quiero decir que estoy muy emocionada y... y...".
Y ahí me largué a llorar.

Mi mamá me abrazó sin entender mucho qué era lo que me pasaba, nunca fue muy buena descifrando mis vaivenes emocionales.
Mi papá también me abrazó.
Mis primos me cargaron hasta que cumplí quince.
Pensaron que me había puesto así porque era la primera navidad que pasaba con ellos. Yo lloré porque empezaba a sentir el peso de una historia que no me pertenecía y aun así me afectaba más de lo que podía tolerar.

A veces solamente quiero decir que estoy muy emocionada, largarme a llorar y que alguien me abrace aunque no entienda del todo qué me pasa. Pero me quedo en el margen, un costado imaginario, y observo, triste.

domingo, septiembre 11, 2011

Y aunque tenga que levantarme en cinco horas para tomarme una combi rumbo al lejano sur, me desvela la energía del sábado. Me mantengo despierta para no sentir que desperdicié "el finde". Me mantengo despierta revolviendo logs e historiales en busca de una conversación en particular llena de revelaciones; y sí, esto podría ser un eufemismo del desperdicio, pero no, esta vez no. Me mantengo despierta y encuentro lo que buscaba. También me encuentro a mí en un momento de mierda, de mucha tristeza y lo encuentro a él, mi ángel de la garcha desde hace casi una década. Si tuviera que escribir mi educación sentimental, él sería mi maestro, sin dudas.
Me levanto y huelo la tapa del desodorante Dove, porque me hace acordar a él, que siempre tenía olor a jaboncito y el pelo suave a lo Johnson&Johnson. Sigo leyendo logs y me río, me sonrío, me enrosco el pelo y me pongo contenta. Lo retuiteo, lo faveo y le mando un saludo por línea privada, creyendo que no se imagina la huella que imprimió en mi manera de definirme. Pero él sabe.
Nos mandamos besos, abrazos, nos prometemos cosas, rememoramos otras.
Un día voy a agarrar y ponerme a escribir toda nuestra historia como si fuera una novela para veinteañeras calenturientas que leen la cosmo, pero todavía no, no es el momento aún.


A veces me da la sensación de que tipeo más veces "un abrazo" que los abrazos que realmente doy. Pero no importa. Un DM, un emoticón, un post, un mail, también pueden ser gestos de amor. Y yo de amor estoy llena. Llenísima.

sábado, julio 16, 2011

Me gustaba Tito porque tenía cara de insatisfacción. Tito no se llamaba Tito, tenía un nombre inadecuado para un pibe de 15 años en 1998; pero a mí no me importaba ese nombre de viejo que llevaba, ni que su pelo fuera una masa medio mugrienta con vida propia, ni que siempre tuviera puesto el mismo buzo, porque una vez a principios de tercer año soñé que caminábamos juntos por una plaza y al otro día, al entrar al aula y verlo, supe que me gustaba mucho.
Yo me sentaba al lado de uno de los amigos de Tito, un chico lindísimo que me robaba las biromes y usaba un piloto gris aunque hiciera calor sofocante. El amigo de Tito me cargaba por tener una foto de Leonardo Di Caprio en la carpeta y por escuchar a los BackStreet Boys, aunque yo le dijera que era una etapa superada en mi vida -eso había sido en segundo año, las vacaciones me habían transformado-, que ya no más boys bands y le mostrara la carpeta ausente de fotos, sólo inscripciones en liquidpaper. Todos me cargaban por eso, de hecho, menos Tito, que siempre estaba sumido en su melancolía y Nirvana, con su maraña de pelos horrenda llena de bolitas de papel que le tiraban desde los bancos del costado y su buzo azul con gris que tenía las mangas un poco cortas.
Con el chico del piloto nos sentábamos atrás de todo, última fila a la derecha; Tito se sentaba con un petiso fanático de Pearl Jam que era el más gracioso de la división, anteúltimafila del medio. No presté atención en todo el año, me limité a mantener mi cabeza apenas orientada hacia la izquierda para mirarle en el cuello a Tito y enredar en su porra inexplicable mis fantasías de compartir los auriculares del walkman. Me gustaba de un modo que nunca más, ni antes ni después. Yo quería cuidarlo, escucharlo, cantarle bajito Crystal ship, quería que se sintiera mejor, que dejara de tener tanta tristeza en la mirada. Pero no hacía nada, salvo mirarlo. Mirarlo en el aula, en el recreo, en la puerta antes de entrar, a la salida, los viernes a la noche en la plaza frente al Pizzurno, en el pool de Santa Fe y Larrea. Y no me daba cuenta de que todo el mundo se daba cuenta de cuánto lo miraba; porque siempre -y más en esa época- me sentí medio invisible, como si nadie terminara de registrar mi presencia.
Obviamente, hay algo trágico en la historia. Bueno, trágico para una piba de 15 años que escribía cuentos sobre suicidas y se sentía invisible. La típica, un día sus amigos le dijeron a mis amigas que Tito gustaba de mí y propusieron armar celestinaje. Ellas aceptaron entusiasmadas, intentaron entusiasmarme a mí -sólo lograron ponerme nerviosa- y a los pocos días ellos dijeron que era todo mentira y me dejaron tan expuesta que no me animé a mirar más que al pizarrón durante el resto del año.
Y sí, sufrí mucho y me quedé dormida llorando muchas noches y tuve muchas ganas de no ir a la escuela infinidad de veces y le conté a mi madre que sólo me aconsejó que me alejara de los virginianos; pero lo importante vino después. Nuestro (no)vínculo se instituyó en los recreos. Una vigilancia de su parte que en un principio interpreté como hostigamiento y humillación, hasta que le noté en los ojos la misma melancolía que le espiaba en las clases de contabilidad cuando éramos compañeros. Me miraba a mí, durante los recreos, en la plaza los sábados a la noche, en las fiestas canilla libre de los viernes, en las marchas, en los pasillos, al lado de las máquinas de golosinas, en el anfiteatro, en los antros, subsuelos y galpones con techos sudados donde nos emborrachábamos con tequila de cincuenta centavos el shot. Nos mirábamos y limitábamos el contacto verbal a pedirnos cigarrillos o alcanzarnos cervezas de la heladera del kiosco. Fumaba esos parissienes -el sabor repugnante, el humo espeso, un asco- y tomaba del pico de esas cervezas con una entrega como de bruja en un ritual mágico que nunca más, sólo a los 16 o 17, sólo por Tito.


La entrega de diplomas fue un año después de egresar. A la mañana, tempranísimo, en el salón de actos de la Facultad de Derecho. Un torre absoluto del que escapé a los quince minutos para ir a fumarme un pucho a la puerta. Y sobre una de las columnas enormes que están antes de la escalinata, estaba apoyado Tito, con uno de sus parissienes colgándole de los dedos. Le pedí fuego, nos preguntamos cómo andábamos, nos quedamos en silencio tirando humo. Él había empezado a abrir la boca para decir algo cuando sentí la voz de mi madre taladrándome los tímpanos. Que tenía que entrar ya porque había salido mejor compañera y me tenían que dar la medallita. Puse cara de sorpresa, puso cara de sorpresa, mi mamá siguió gritando y entré casi corriendo.
En algunas de las fotos de ese día, se me puede ver al lado de mis amigas, con el diploma en la mano y el pelo larguísimo. Y a lo lejos, apoyado sobre una columna, Tito mirando al objetivo de la cámara.

jueves, junio 02, 2011

Tenía 15 y un cassette de The Doors. Antes de dormir lo metía en el walkman y ponía el lado que tenía Unknown soldier, Love her madly y L.A. woman. También tenía Riders on the storm. Si no te acordás, hacé memoria, porque no voy a subir la canción ni el video; quiero memoria. El ruido de lluvia, el piano de Manzarek; y era como si todo de repente se volviera gris y se llenara de neblina. Me ponía paranoica, supongo que porque there's a killer on the road y if you give this man a ride, sweet family will die. Algo me hacía sentir ajena, sin saber muy bien ajena a qué; pero de eso se trata la adolescencia, ¿no?
A veces -cuando me rateaba de computación-, me tiraba en las escaleras de la plaza que está frente al Pizzurno, me enchufaba los auriculares y cerraba los ojos para sentir que no había nada alrededor, que estaba suspendida en la nada, sintiéndome ajena incluso a mí misma, mientras Jim Morrison me cantaba al oído. En esa época la angustia era una constante real, tangible, una presencia sofocante; no había momentos felices, no había satisfacción de ninguna clase, no había nada, salvo una tristeza que lo envolvía todo y a todos. Y Jim Morrison, y Riders on the storm.

miércoles, marzo 30, 2011

La primera canción que grabé con Juan, mi primer profesor de canto, fue Dancing Barefoot, de Patti Smith. Él quería que yo me animara al speech en voz trash del final, pero, claro, hacía sólo un par de meses que nos conocíamos y él me gustaba un poquito, no me iba a atrever; bastante que accedía a agarrar un micrófono y dejarme grabar.
Juan moldeó gran parte de mi gusto musical actual. Yo llegaba a las clases sin saber con qué engrosar el repertorio y él siempre tenía algo para recomendarme que terminaba encantándome. Con el tiempo, nos fuimos volviendo amigos y esa influencia dejó de limitarse al espacio de profesor-alumna y empezó a invadirlo todo. Pasábamos mucho tiempo juntos; él vivía a pocas cuadras de lo de mis abuelos y yo tenía las tardes libres. Mientras llenábamos ceniceros con colillas y tomábamos cantidades industriales de té, la música sonaba y yo me iba maravillando de a poco. Neil Young, Redd Kross, Bob Dylan, Cat Power, Le Tigre y Patti. Oh, Patti.
Y a medida que la amistad se estrechaba, más nos soltábamos nosotros, mirando videos de Cristian Castro o haciendo covers de Britney Spears en los cumpleaños. Con él, cualquier cosa se convertía en juego o arte; la habilidad de Juan de explorarlo todo desde lo lúdica y creativo me generaba admiración pero también me inhibía un poco, sentía que no estaba a la altura. Sin embargo, me incluía, me invitaba, me hacía sentir parte-de en esas reuniones en las que de repente estaba sentada en una mesa con un concertista de piano, un escultor erotómano y un escritor freak, hablando de one hit wonders de los 90's.
Con Juan, con sus amigos, no sólo descubrí que había mucha gente -como yo- que guardaba una cantitdad absurda de información trivial y vital al mismo tiempo, sino que también entendí que había otro camino para hacer las cosas. A mis 21años, cursando materias de psico, ya no estaba tan segura de querer ser psicoanalista, las dudas respecto de lo vocacional cada vez eran más frecuentes y no tenía ni idea de qué podía llegar a hacer de mi vida si abandonaba la facultad. A lo largo de los últimos años me había planteado a mí misma un solo camino, un solo objetivo, pero esa ruta ya marcada no me convencía. Sabía que iba a mandar todo al carajo, lo que no sabía era qué tenía ganas de hacer después. Entonces, escuchaba programas en am de solos y solas en esa casa enorme de Villa Crespo, con Juan y sus roomates; jugábamos al pump-it-up en los videojuegos de Scalabrini y Camargo; preparábamos ñoquis para 12; comprábamos chucherías importadas de China por Lavalle; comprábamos baldes de pochoclo para acompañar pelis malísimas en el cine. Así, durante un par de años en los que grabamos muchas más canciones y nos desvelamos infinidad de madrugadas.
Después, no sé bien qué pasó. No sé si fue que yo empecé mi vida de empleada en multinacional o que el se puso de novio con una chica muy celosa. Nos dejamos de ver, él se mudó a microcentro, yo me fui para caballito. Nos dejamos de ver y si bien al principio me dolió un poco, también supe que era una etapa llegando a su fin; ya sabía que nunca iba a ser psicóloga y que lo que más me gustaba era la lectura, que mi carrera tenía que tener que ver con eso. De alguna forma, supe que Juan y sus amigos me habían ayudado a llegar a ese lugar y me fui olvidando de todo eso de a poquito. Hasta hace unos días.
El fin de semana saqué de la librería el último libro de Patti Smith, en el que relata su llegada a Nueva York a fines de los 60's y describe con un amor que conmueve su relación con Robert Mapplethorpe. Quizás porque fue Juan quien me hizo saber de ella, tal vez porque el retrato que ella hace de Mapplethorpe me hace hace acordar mucho a él, la cosa es que lloro cada 50 páginas, un poco por lo que leo y otro poco por nostalgia al recordar esa època. Lloro de emoción nomás, de hormonal, porque no hay tristeza implicada en los recuerdos que tengo de esos tiempos. Lloro y sonrío al mismo tiempo.

En una pared de la habitación de Lau hay una foto que alguien sacó en 2005. Juan y yo nos abrazamos, miramos a la cámara mejilla contra mejilla. Se nos ve felices, seguro que yo estaba borrachísima, se me nota en la mirada. En esa reunión conocí a Amarula, ella todavía se acuerda de nuestra versión de Baby One More Time. Cada vez que miro esa foto sé que ya se me pasó el cuarto de hora para algunas cosas. Por ejemplo, para tener un amistad cargadísima de tensión sexual y nunca terminar de hacer nada al respecto; para admirar y adorar a un hombre y no expresárselo; para jugar al pump-it-up; para tomar café hasta que se hace de día.
Éramos unos niños.

jueves, marzo 24, 2011

Iba leyendo El Sabotaje Amoroso en el 141 y pensaba. Pensaba que qué difícil es poder volver a traer a conciencia ciertas sensaciones que en su momento fueron de lo más intensas. Por ejemplo, Nothomb habla de una infancia rebosante de belicosidad y perversión. Y es tan sincera, tan cruda y auténtica, que me hizo sentir que para mí sería imposible llegar a esos niveles de honestidad respecto de mi pasado más lejano y decir cosas así de terribles. O sí, pero todavía no me animo. Quién sabe.
Entonces me acordé de la madrugada del domingo pasado. Veníamos con Flor del recital de Pink Martini -y Kevin Johansen y Tryo, caminando desde el Lawn Tenis, con los pies destruidos después de seis horas de puro baile. Nos sentamos al lado de la parada del bondi y hablamos de cosas que ya no registro, hasta que miré para la vereda de enfrente y recordé que justo en ese edificio de ahí a la izquierda vivía un chico al que yo quise mucho. Conté balcones hasta dar con el piso en cuestión y por un rato estuve ahí: cocinando huevos fritos, revisando mails, cantando canciones, cogiendo, durmiendo siestas, dando masajes. Y me vi, lo vi, nos vi y hasta casi que me quiso dar nostalgia; pero no, porque la pura verdad es que no pude entender qué hacía que yo volviera a tocarle el timbre cada semana para cocinar, coger, dar masajes, cantar o dormir siestas. No porque él fuera uno de esos personajes que una preferiría olvidar de una vez y por todas, ni porque el vínculo no hubiera sido intenso. No sé por qué, pero ya no hubo nada más que la perspectiva 2011, desde el escalón de entrada de una casa hacia el balcón de un departamento con las luces apagadas. Eso y los recuerdos, claro. Pero, ¿qué valor tienen esos recuerdos si no hay nada que los complete, si la sensación en el cuerpo ya desapareció y sólo quedan imágenes de un tipo dando vuelta panqueques y una piba usando una cuchara llena de dulce de leche de micrófono? No me cuesta recordar, de nada me olvido, nunca, pero, ¿de qué sirve si eso que evoco a voluntad y sin esfuerzo ya no me inquieta, alborota o perturba?
Cerré el libro, lo metí en la cartera y sobrevino la angustia. Angustia de duelo tardío ante la falta de conmoción frente a escenas recreadas que en otro momento me hacían llorar hasta gastarme un rollo de papel higiénico sonándome la nariz. Angustia de distancia que se agranda cada vez más con el tiempo y me hace preguntarme acerca de la veracidad de mis intenciones, deseos y sentimientos. Angustia neurótica de viaje en colectivo a las 9 de la mañana cuando sólo se han dormido unas pocas horas y el libro que reposa en la cartera inquieta con cada párrafo.

Después la gente no entiende por qué me gusta tanto leer.

lunes, febrero 28, 2011

Resulta que hoy empezaron las clases y yo tuve que empezar a hacer doble jornada. Y no hablo de jornada completa. Doble jornada. Once horas estoy metida acá. Escuchando a madres criticar a las maestras de sus hijos. Cabeceando frente al monitor porque ayer me quedé despierta hasta tardísimo. Anotando pedidos de libros de texto. Y mientras anoto no puedo entender cómo no les da vergüenza a los editores permitir que haya libros escolares que se llaman "Caramelos de coco y dulce 2" o "Tomi, Pili y Luli 3".
Loco, con el manual Kapelusz -que en Junio ya estaba deshecho- salimos todos bastante bien.
¿O no?

miércoles, febrero 23, 2011

Días en los que te despertás y sabés que la vas a pasar, como mínimo, para el orto. Eso es actitud, eh, pero en serio, hay días malparidos y uno lo sabe. Porque llueve, dormiste apenas cuatro horas, tenés resaca y es como si todavía no hubiera bajado el faso. Porque no tenés paraguas y desde la casa de Flor hasta la parada del bondi hay varias cuadras; y otras varias cuadras hay desde donde te deja el bondi hasta tu casa. Entonces aceptás la propuesta de tu amiga de acompañarla a su local, desayunar juntas y esperar a que pare la lluvia para ir a tratar de dormir un par de horas antes de tener que entrar a trabajar. Y mientras tu amiga arregla cuestiones laborales, vos te sentás frente a la compu y ves su facebook abierto. Primero corroborás que en tu perfil no se pueden ver las fotos y después, una idea que de tan brillante te pone un poco la piel de gallina.

¿Por qué no buscás desde el fb de Flor al chico ese al que estuviste viendo durante el año pasado y al que, después de cortar, decidiste bloquear porque no querías amargarte? Dale, ¿por qué no espiás al flaco este que se apareció después de siete años para hacerte acordar lo mucho que te gustaba y lo poco capacitada que estabas emocionalmente a los veinte años y, de paso, alegrarte el invierno y la primavera? Pero sí, metete, fijate si le escribió en el muro a alguna chirusa que va a tener el placer de escucharle la voz esa con la que a veces te despertaba -profunda, grave, acogedora- y te hacía poner como quinceañera. Aprovechá la oportunidad para mirar de vuelta sus fotos y pensar que es probable que pase mucho tiempo hasta que vuelvas a cruzarte con un hombre así, que calza perfecto con tu ideal físico masculino y que además es un amor de persona. Arriesgate a asumir que tal vez nunca más un tipo te va a invitar una noche a su casa para tomar una cervecita, darte de fumar, sacarte la ropa, masajear cada parte -ca.da.par.te- de tu cuerpo con aceite de almendras, cogerte un par de veces, cocinarte rico y volverte a coger; en ese puto orden. Si total, ¿qué podés perder? ¿La paciencia? ¿La compostura? ¿El temple? Dale, que te morís de ganas.

Esa idea tenés y mientras tipeás el nombre del muchacho en cuestión, ya sabés que de brillante no tiene un carajo. Pero retroceder nunca, reindirse jamás, una vez que empezás, la terminás y que sea lo que dios quiera. Entonces ahí está él, con las fotos, el muro, la chirusa con apodo cliché comentándole pavadas y sus dibujos, tan buenos sus dibujos.
Después de un rato tu amiga te pregunta que qué hacés y vos, derrotadísima, confesás el desliz. Chusmean un poco a sus amigos, porque entre ellos está un ex de ella y se toman un té con limón mientras que miran las ventanas del Pizzurno a través de la vidriera. No volvés nada a tu casa, porque te da fiaca, así que te tomás el 12 hasta el laburo y te morís de embole, sueño y nostalgia. Hasta que viene la clienta a la que le prestaste tu versión de Madame Bovary (c'est moi) y te la devuelve junto con un jaboncito de un aroma que te transporta a algún lugar silvestre y maravilloso. Y, por primera vez en el día, sonreís.
La estás pasando, como mínimo, para el orto; pero sonreís.

lunes, febrero 21, 2011

Hasta tercer grado fui a una escuela alemana. Alemana y privada. Yo no entendía una goma de alemán, me rompía las pelotas tener pegada la vincha roja a la cabeza para que no se me desmadraran los rulos y me aburría muchísimo; así que cuando mi mamá me dijo que me iban a cambiar de colegio, mucho drama no me hice. Creo que ya desde la tierna infancia se iba planteando esta necesidad de cambio que persiste hasta ahora. Estar demasiado tiempo en un mismo lugar que no termina de satisfacerme me asfixia.

Parece que justo antes de empezar cuarto grado a mi madre le informaron que iban a aumentar la cuota y, sabiendo que no iba a poder pagarla sin endeudarse, se puso a buscar otra escuela. El problema fue que era pleno febrero y casi todos los cupos de los colegios cercanos a mi casa estaban llenos. Empezó a ampliar el radio barrial y terminó consiguiendo una vacante en una primaria detrás de Parque Centenario.

En un principio, mi mamá se levantaba a las 7 de la mañana, me traía el desayuno a la cama y nos tomábamos el subte B desde Pasteur hasta Ángel Gallardo. Ya promediando el año, la que se levantaba para llevar el desayuno era yo, eso cuando dormía en mi casa; en general, me quedaba en lo de mis abuelos, que vivían -y viven- a dos cuadras del parque. Como era de esperarse, para septiembre yo sólo veía a mis papás y a mi hermana una vez por semana; el resto del tiempo, con los abuelos, siendo malcriada. Mi abuelo sí entendía que yo no podía tomar cosas calientes a la mañana y me despertaba con el jugo de naranja recién exprimido y un abrazo. Mi abuela me daba plata ilimitada para stickers y me dejaba apoyar la cabeza en su regazo para ver la tele. Yo era feliz viviendo con mis abuelos y ni siquiera me daba cuenta de que no me importaba no ver a mi mamá por días y días. Con la misma soltura que había dejado el schule -sin lágrimas, sin posterior nostalgia-, me desprendí de mi mamá, mi papá y mi hermana; de mi cuarto y mi casa.
Antes de entrar a sexto grado me volvieron a cambiar de escuela. Mi madre sentía que cada vez había más distancia entre nosotras. Ya hacía un par de veranos que cuando llegaban las vacaciones yo armaba el bolso y me iba a pasar el verano entero a Pinamar; de vuelta, lejos de mi familia más cercana durante meses. En resumen, sintió que perdía a la primogénita y se la llevó para el nido de vuelta. Nuevamente, de mi parte no hubo quejas. Bah, nunca dije nada, porque sabía que no correspondía, pero la verdad es que yo prefería vivir con mis abuelos. No sólo por tener jugo recién exprimido todas las mañanas y un regazo mullido a mi disposición todo el tiempo, sino porque no me sentía parte de mi familia. A mi papá no lo llamaba "papá" y no tenía influencia directa sobre mi educación; mi mamá era un ser tan irritante como irritable, que cambiaba de humor como de bombacha, que podía pasar de la dulzura más enternecedora a la furia más desenfrenada sin detonante aparente; mi hermana era muy chica y demasiado traviesa, no teníamos espacios comunes. Completamente al margen, así me sentía; desatendida, incomprendida, lejana. Y por sobre todas las cosas, no involucrada. Si no los veía en meses -como sucedía en las vacaciones-, no los extrañaba. Si tenía que elegir dónde pasar mi tiempo libre, siempre elegía la casa de Parque Centenario, la de os jugos y regazos. No sé hasta qué punto había sentimientos negativos. Me duele reconocerlo, pero no sé si había sentimientos de alguna índole. Por algún motivo, no me eran indispensables.

Diez años después, mi mamá me echó de casa. Lo que yo deseaba desde chica -no vivir ahí- lo transformó en un acto de violencia. Me dio la oportunidad de condenarla y decirle todas las cosas que venía atragantándome desde que tenía uso de razón. Ella aprovechó para echarme en cara todas las veces que la había desilusionado con mi falta de ambición y compromiso. Viví con mis abuelos tres años más, desde los 21 hasta los 24, y desde ahí, a dos cuadras de Parque Centenario, fui construyendo el vínculo que tengo ahora con la mujer esta que me parió, que no será el más sano, pero se sostiene por amor. A mi papá empecé a llamarlo así después de cambiarme el apellido; porque aunque me haga la progre me parece que sí necesito las etiquetas. Con mi hermana nos fuimos volviendo cómplices a la distancia, viéndonos de vez en cuando pero conteniendonos si era necesario; hasta que el año pasado me la traje a vivir conmigo y a veces no me entra en la cabeza que haya sido alguna vez la pendejita que me hacía la vida imposible.
Y cuando nos sentamos los cuatro a la mesa y yo empiezo con mi monólogo sobre el buen hablar, el absurdo del matrimonio, el machismo en las mujeres o la Luna en Acuario, me siento parte de algo. Cuando no veo a mi papá por tres semanas, extraño hablar sobre películas y Paul Auster, lo extraño a él. Cuando alguien me rompe el corazón y me siento diminuta frente al monstruo de mi incapacidad afectiva, llamo a mi mamá, porque es la única que me tranquiliza.

Yo había empezado escribiendo esto para contar que en quinto grado me sentaron al lado del peor del grado y que nos terminamos haciendo amigos.
Me estoy convirtiendo en una flojita.

viernes, febrero 18, 2011

Quinto grado. Entrega de boletines -segundo o tercer bimestre-.
Miro las notas, todo fantástico; salvo educación física, obvio. Jugar al quemado me parecía lo más pelotudo del universo, además, el profesor era un banana a pedal que me cargaba por mi apellido.
Sigo mirando y llego hasta el lugar donde dice "Se destaca en". Abro bien grandes los ojos y me ruborizo.
"Dulzura" había puesto mi maestro Carlos, el que daba Naturales y Matemática.
Se destaca en dulzura. Me acuerdo y me muero de amor. No hacia mí misma -bueno, un poco sí- sino hacia Carlos, que cuando iba los domingos al Parque Centenario pasaba por el puesto de mi mamá para saludarme.

Así que tomen, todos esos que me tildan de fría, amarga y malhadada. De hecho, en un acto de egolatría sin igual, les digo que sigo destacándome en dulzura. No siempre, no con cualquiera; pero cuando me toman el tiempo, yastá, vuelvo a ser esa nena de diez años que odiaba jugar al quemado.
Si me dieran un boletín en este momento, no aprobaría educación física, pero me sacaría un 8 en comida de Oriente Medio.

miércoles, febrero 16, 2011

En algún momento de la pubertad, en casa se rompió el televisor y mis padres decidieron no reemplazarlo ni arreglarlo. Al principio fue raro cenar sin la pantalla de fondo o ir al colegio y no saber de qué estaban hablando mis compañeritos, pero después de un tiempo me terminé acostumbrando a leer antes de dormir en vez de mirar algún programa y me hice amiga de la radio. Lo mejor fue que las salidas al cine se multiplicaron.
Ya un poco más grande, cuando estaba tercer año, empecé a ir los martes a la casa de mi abuela. Salía de la escuela y llegaba justo para CQC, seguía con Cha cha cha y esperaba hasta la 1am, hora a la que empezaba la seguidilla de Friends, That 70's show, Dawson's Creek y creo que Felicity. Con esa dosis de televisión semanal estaba hecha.
Siempre me pareció buenísimo que mis padres hubieran decidido quitar la tele de casa. Calculo que en el momnto se debe haber sentido como un garrón. Tener que contar mi día en la cena a los 12 años suena más a pesadilla que a buen momento en familia; pero ahora, con una mirada diferente -iba a decir "adulta", pero todavía me cuesta ponerme en ese lugar-, me parece que fue una de las mejores cosas que hicieron respecto de la educación de mi hermana y mía.
Hace unos años, cuando ya me habían rajado del nido, volvieron a poner una tele. Al principio todo parecía bastante normal, pero cuando el año pasado iba a cenar y la conversación se frenaba porque empezaba Malparida, me empecé a alarmar. Mi mamá sabía los nombres de los gatos del programa de Tinelli. Mi papá veía Filmoteca en canal 7, sí, pero antes se daba una sobredosis de basura. Les transmití mi inquietud, pero se me rieron en la cara, así que me desentendí del asunto y listo.
Ayer íbamos en el 141 con mi hermana, yendo para casa, y le llega un mensaje de texto de nuestra madre: SE QUEMÓ LA TELE. POR FAVOR MIRÁ LA NOVELA DE ECHARRI ASÍ DESPUÉS ME CONTÁS. BESITO.

¿Cuál será el destino del matriarcado? ¿Adónde iremos a parar?

jueves, diciembre 23, 2010

A Juan lo conocí hace más o menos un año y medio. Salimos un sábado a la noche, charlamos unas cuantas horas y terminé yéndome a casa en un taxi, sola, suponiendo que nunca más iba a verlo en mi vida. No porque no me hubiese gustado, sino porque en ningún momento de la noche el flaco dio algún indicio de interés. Todo muy ameno y un diálogo relativamente fluido, pero no mucho más que eso. Mentira, sí hubo algo más. Algo que en ese momento noté pero no cobró relevancia hasta hace bastante poco: una mirada que me resulta dificilísimo describir. Una mirada que al aparecer siempre me hizo sentir desubicada, distanciada, un poco rechazada. Como si yo estuviera haciendo o diciendo algo inmensamente ridículo y él se horrorizara por verme o escucharme.
Caminando por el pasillo de entrada de mi casa esa madrugada me dije a mí misma que sí, que el muchacho me había gustado, pero que toda la situación me gritaba HE'S JUST NOT THAT INTO YOU, así que decidí no poner ni media ficha y seguir en la mía. En ese momento acababa de salir de un duelo de 6 meses con forma de celibato y, para qué mentir, me estaba poniendo al día por el tiempo perdido.
Para cuando volvió a aparecer yo ya prácticamente me había olvidado de quién era. El tipo mandó un mensaje dos meses después de no haber tenido ningún tipo de contacto y a los pocos minutos de ida vuelta de sms se estaba invitando a mi casa a comer guiso de lentejas casero. Acepté porque estaba en la misma situación que él: caliente y con ganas de comer guiso de lentejas. También porque tenía ganas de cocinarle a un hombre. Aunque supiera que este tal Juan no se merecía (por paracaidista) el placer mezclado con stress que me representa cocinar para un otro, mis ganas de hacerme creer que podía jugar a la casita un rato ganaron. Necesitaba cocinarle a alguien después de tanto tiempo; a alguien que no fuera Nicolás.
Al otro día después de trabajar fui a comprar las cosas para cocinar y me fui para casa. Ani se había ido a lo del novio y Nat estaba de viaje, así que tenía la casa para mí sola. Me bañé, me encremé y me metí en la cocina. Abrí un tinto porque me estaba empezando a poner nerviosa y me puse a cortar, saltear, hervir y guisar. Para el momento en el que el guiso estaba encaminado y él tenía que estar tocando el timbre, yo ya estaba medio borracha, sí, pero bastante más relajada. Tan relajada que no me di cuenta de que no había dejado el fuego al mínimo para que la preparación redujera y pasó lo peor de lo peor: se me quemó el guiso de lentejas. Se me quemó. No hay peor tragedia que se me queme algo; y si es algo que cocino para otro, el sufrimiento es peor.
Ante la desventura culinaria, opté por reprimir mis más puros instintos melodramáticos y me dediqué a seguir entrándole al vino para olvidarme del desastre.
El sexo fue raro. Raro bien, pero raro. Tal vez yo venía demasiado acostumbrada a otro tipo de encuentros, con otro tipo de gente, pero lo que más recuerdo fue la sorpresa -grata- ante su dulzura. No me había parecido en ningún momento un tipo dulce o cariñoso, hasta que me desperté con una caricia muy suave a lo largo de mi brazo y su voz, tranquilísima, diciéndome que se iba.
Recorrí el pasillo de entrada de mi casa como aquella vez hacía dos meses, tratando de ordenar la situación en mi cabeza. Llegué a la misma conclusión que la vez anterior: no poner ni una ficha, seguir con mis cosas; aunque el tipo me gustara. Había algo que no cerraba por ningún costado.

Continuará...



Quiero informar que esto está escrito para el mismo Juan, que, a pesar de haberle pedido que no lea más mi blog, sigue entrando.

Ya está, eh. Leé cuando quieras. De hecho, me dieron ganas de que tuvieras mi percepción de los hechos. Digo, si tantas ganas tenés de saber qué tengo para escribir cada día -aunque no tengas deseos de lidiar con mi presencia en vivo y en directo-, te doy algo para que leas y te sientas literalmente identificado.

viernes, noviembre 26, 2010

Las cosas estaban mal. Yo estaba mal. Cumplía años -algo que siempre me cruza bastante- y había tenido una especie de pelea con Nico. Pero había que festejar. Flor y Nat me ayudaban con los preparativos y ya había mandado el mail invitando a bastante gente; así que no me quedaba otra, iba a tener que tirar la casa por la ventana de un modo u otro.
No recuerdo mucho, pero sí me acuerdo de que Dedé andaba con muletas porque se había accidentado en el laburo, que mi hermana nunca vino, que le tiré las cartas a un amigo del pibe que salía con Flor y que después me hice la linda con otro, incluso le encajé un beso, y que terminó pasando la noche con Nat. Después de darme cuenta de que me le había tirado encima al flaco que había venido chamuyando mi amiga durante toda la fiesta, me encerré en mi cuarto a llorar. Llamé a un lector del blog al que no conocía pero con el que nos mandábamos infinidad de mensajes textos diarios. Sí, cuando estoy borracha y triste me entro a desesperar y llamar a un tipo que no conozco a las seis de la mañana para que venga a mi casa a conocerme me parece de lo más correcto. Lo peor del asunto es que el pibe vino; era raro. Fuimos a comprar puchos, subimos a mi cuarto, nos recostamos en la cama y no pronunció palabra. Está claro que no le gusté ni un poco porque en algún momento atiné a acariciarle el pelo y prácticamente sálió disparado, pidiéndome que fuera a abrirle.
Ya era de día y no podía dormir, la mente me tiraba veinte pensamientos por segundo que se arborizaban en panoramas nefastos de futuros de soledad eterna y reseca. Era una máquina de llanto, no podía parar.
A las once de la mañana bajé a tomar agua y llamé a Nico. Después de mandarme a gritar a la terraza a modo de terapia de descargue, me dijo que quería seguir durmiendo, que cualquier cosa hablábamos más tarde. Seguí llorando hasta que atardeció. También lloré los días siguientes. Lloraba porque Nico cada día se alejaba más, porque nadie me elegía, porque no le podía gustar a nadie. Lloraba día y noche; en el trabajo, en el bondi o en mi casa. Lloraba imperceptiblemente y a lss gritos pelados. Lloré lo que quedaba de primavera y el verano, otoño e invierno siguientes.
Hoy me acordé de ese cumpleaños choto; de ese año choto. Era como si me lo estuvieran contando, como si yo no lo hubiese vivido. Y ahí supe por qué.
Es que soy otra. La misma, pero otra.

jueves, noviembre 11, 2010

Paso a inaugurar una nueva sección de este blog: A los veinte años me re cabían los treintañeros.
Ahora también me re caben, pero no es ese el punto.

Vamos a inventarle un nombre. Juan Carlos, ponele. Nunca me acosté con nadie llamado Juan Carlos, de hecho, el flaco este tenía un nombre súper lindo, pero en los blogs se acostumbra poner una inicial o un seudónimo y yo respeto el código blogger. Bah, salvo cuando empecé a llamar al Innombrable por su nombre, Nicolás; pero eso es porque dejó de ser un personaje y necesitaba dotarlo de realidad. Que fuera bien clarito para todas las instancias de psiquis: no fue Mr. Blonde quien me rompió el corazón sistemáticamente durante un lustro, no fue El Innombrable el que me dejó hecha una piltrafa célibe; fue Nicolás. Pero nada, estaba hablando de Juan Carlos.

Juan Carlos acababa de cumplir treinta años cuando lo conocí. Noviembre de 2003. Yo salía con un pisciano melanco que siempre me llevaba a Mundo Bizarro a pesar de mis quejas y no podía entender cómo yo prefería que fuéramos a la plaza a fumar un porrito y tomar una cerveza antes que echarme en un sillón de cuerina a beber en copitas triangulares tragos de colores. Y todo bien con el pisciano melanco, pero yo quería más. ¿Más qué? No sé, pero más. Otra cosa. Necesitaba que me sorprendieran. Y Juan Carlos se presentó como todo lo que se suponía que yo quería en un hombre: carisma, inteligencia, pasión, sentido del humor y una profesión que yo pudiera admirar (a esa edad todo el asunto de la profesión me tenía obsesionadísima). Es verdad, era medio banana. Recuerdo que tenía un sweater color natural que lo hacía recién salido de un velero, pero a mí no me importaba, porque era psicólogo, me contaba de sus pacientes y me garchaba en el diván del consultorio. Y ¿qué más podía querer una estudiante de psicología que escenificar la cristalización de sus pulsiones en un ámbito tan emblemático como "el consultorio"? Aparte, no era cualquier tipo de psicólogo, era psicólogo jungiano. Creo que durante lo poco que duró el romance me sentí mi propia ídola. Mentira, había un dejo de "dale, boluda, ¿no querías esto, vos? ¿no encaja con el perfil acaso?".
A decir verdad, era todo muy básico. Me tomaba el taxi, tocaba el timbre, nos manoseábamos en el ascensor, nos revolcábamos apenas él abría la puerta, hablábamos de sus pacientes o mis materias y volvíamos a coger. Después yo hojeaba libros un ratito y le pedía que me llamara un taxi. En la semana chateábamos o nos mandábamos mails softporn para alimentar el deseo y así, siempre lo mismo. ¿Por qué dije "básico"? No sé lo que es básico. Lo que tenía con Juan Carlos era divertido pero poco emocionante, no me satisfacía más que desde un lugar ficticio: "este tipo de hombre es el que vos querés, Cel", me decía a mí misma. Claro que en esa época también me decía que tenía que ser psicóloga y ya sabemos todos en qué terminó ese proyecto.
A él le debe haber pasado algo similar, porque de un día para el otro dejamos de hablarnos. Seguí entonces con el pisciano melanco, con el que teníamos discusiones inverosímiles acerca de nuestra relación y que con el tiempo se convirtió en Francisco-no-da-besos, un personaje monstruoso que me limó el cerebro con sus vaivenes y me dejó lo suficientemente hecha mierda como para que yo considerara que la única opción viable era el amor líquido. Pero esa es otra historia.
A Juan Carlos lo volví a ver un sábado a la mañana mientras esperaba el 124 en Corrientes. Si la memoria no me falla, era invierno de 2006. Iba con una chica de la mano y se lo notaba satisfecho. Ella era una de esas de pelo lacio divino y tenía pinta de ser psicóloga como él. Iban abrigados y felices. Yo andaba con resaca y los lentes me tapaban la mitad de la cara. Esconderme detrás de los vidrios oscuros me dio la libertad para inspeccionarlo de pies a cabeza.
No sentí absolutamente nada.

miércoles, noviembre 10, 2010

- Pero yo tenía la sensación de que te caía bien.
- ¡Obvio que me caías bien!
- ¿Si?
- ¡Claro!
- Y sí, a mí me parecía...
- ...
- Odiabas a todo el mundo. A mí por lo menos no me tratabas mal...

Y ese era el chico que me gustó durante todo segundo año y que mejor me caía de toda la división.
Siempre tuve problemas para demostrar interés, al parecer.