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lunes, noviembre 01, 2010

Cuando se acabó el diario para hacer el fuego del asado, bajé hasta mi cuarto, agarré esos dos que ya tenía en la mira y los llevé para arriba.
Lei una oración al azar por cada hoja arrancada, algo así como una manera de despedirme. Todo era sobre él. Mi mundo giraba en torno a una persona.
Fui haciendo bollitos y mirando cómo el fuego los iba consumiendo.
Ya al final él ni aparecía. Sí se nombraba a otros: sucesores, repetidores, receptáculos de proyección, aparentes santos griales, portadores de la salvación. Menos mal que hay otros.
Quemé mis diarios período 2007-2009, vórtices de mi neurosis. La mejor idea que me dieron en los últimos meses.

martes, agosto 17, 2010

Llegué a la librería y prendí la pc. Hablé con el jefe sobre las novedades y volví al monitor.
Ahí estaba la ventanita nefasta.
El Innombrable pidiendo ser mi contacto de msn.

Y no, no acepté. Hay cosas de las que no hay retorno.
En eso venía pensando el último tiempo. Eso me venía diciendo la gente. Porque durante años le dediqué la mayor parte de mi energía a una relación que sólo evolucionaba en mi cabeza. Y ahora -si bien a veces extraño ciertas sensaciones-, que siento que gran parte del trabajo está hecha, puedo mirar para atrás y no entender cómo fue que dejé que sucediera. En serio: ¿cómo? ¿Cómo me hice eso? ¿Cómo le hice eso?

A veces miro para atrás y es como si nada hubiese sucedido, como si lo hubiese visto en una película larguísima e intensa. No me reconozco, no lo puedo entender; pero esa es mi visión, subjetiva y negadora. Por suerte tengo a mis amigas y a mi hermana, que en su momento me bancaron cada una de las crisis, cada uno de los llantos y no se olvidan. No se olvidan de nada. Y me recuerdan, no dejan que yo olvide, que active los mecanismos de defensa y suavice eso que me consumió durante años.

Algunas otras veces miro para atrás y lo siento todo de vuelta. El malestar en el cuerpo, la palabra siempre atravesada y nunca enunciada. El rechazo tácito. El reclamo implícito. Y también esa sensación de sentirme contenida, cobijada, comprendida. Me atraviesan el cuerpo las sensaciones, revivo y lloro, porque no puedo más que emocionarme. Esas veces son las menos usuales.

Necesito escribirlo. Necesito hablarlo. Son las únicas herramientas que tengo para no caer en la nostalgia, para no empezar a creer que tal vez sería una buena idea saber qué es de su vida. No me importa qué es de su vida, no me interesa saber en qué anda. Y tengo que repetírmelo, hacerlo mantra, porque si no la tentación avanza y las ganas de contarle lo fantástica que es mi vida sin él crecen.

No hay retorno. lo siento como algo que emerge desde lo más íntimo. Nunca más. Nunca más él. Nunca más nosotros dos juntos. Es imposible. Es impensable. No me interesa.

No, gracias.

sábado, junio 12, 2010

sa - ... Ah, un celesto.
- ¿Eh?
- Celeste versión masculina.
- ¿Por qué?
- ¿No te das cuenta? Vos ahora sos como Nicolás y él es como eras vos con Nico.
- ...
- Te dice que no le importa si no son algo más que amigos porque lo importante es tenerte cerca, que te quiere en su vida.
-...
- Mientras, vos ni regitrás su existencia.
- ...
- Se pone mal si le hablás de otros tipos pero no lo dice explícitamente.
- No lo puedo creer.
- ...
- Soy Nico.

viernes, marzo 26, 2010

Ese Año Nuevo no sabíamos que hacer, había un par de fiestas pero ninguna resultaba convincente. Un mensaje de texto de él me hizo terminar de decidir y arrastrar a las amigas con las que estaba a un lugar por costanera.
Lo vi apenas llegué, estaba apoyado contra una baranda, fumando un pucho. Seguramente quería dar una imagen de tipo misterioso, que se abstrae del mundo mientras el resto se emborracha y festeja. Me acerqué y le toqué la espalda; nos abrazamos muy fuerte.
Cuando el sol terminó de salir, metí una mano por debajo de su camisa y le pedí que nos fuéramos juntos a su casa. Miró hacia la nada, esperó unos segundos y asintió con la cabeza. Me desperté todavía acostada sobre él, con una resaca que me taladraba el cerebro pero que no me impedía creer que ese 2006 no podía ser malo, no si lo estaba recibiendo en su cama, encima de él. Veníamos de una época extraña, en la que yo le había pedido que por favor no nos viéramos más por un tiempo. El receso que habíamos acordado se nos interrumpió con la llegada de las fiestas, por la nostalgia que trajo ese diciembre.
A la tarde, cociné unos ravioles con crema y nos quedamos mirando la tele. Ya de noche, nos bañamos y salimos por ahí a buscar un lugar donde cenar. Las sandalias me habían sacado ampollas y lo único que esperaba era sentarme para desabrochármelas y tener los pies libres de vuelta. Terminamos en un Pippo por el centro, a diez cuadras de su casa, los talones me latían de dolor.
Mientras esperábamos la comida, lo dijo por fin. Que no estaba bueno que nos hubiésemos ido juntos de la fiesta esa, que él esperaba el momento en el que dejáramos de recurrir el uno al otro, que realmente quería otra cosa; que sabía que no me elegía pero que aún así, no podía evitar llamarme cada vez que quedábamos en poner un poco de distancia. "Pensé que esta vez iba a a ser diferente, pero al final caí en lo mismo de siempre". Lo mismo de siempre era yo. Como si se hubiese estado quejando con la madre de que siempre comían milanesas. Como si me hubiese estado contando de lo podrido que estaba de tomarse el subte todos los días. Lo mismo de siempre. Yo quería un siempre con él. Él trataba de evitarlo sin éxito.
Llegaron mis pastas y apenas pude probar bocado. Cambié de tema porque no sabía qué decir, porque ante la posibilidad de estrolarle el plato de sorrentinos en la jeta me acobardé, con tal de creer que existía la posibilidad de un "siempre" me callé y tragué infinidad de sorrentinos a lo largo de los años.
Terminamos de cenar y volvimos a su departamento. Los talones seguían en carne viva, pero mi poder de negación abarcó incluso el dolor físico.
Esa noche ni nos tocamos.
A la semana siguiente, planteó distancia.
El primer fin de semana de febrero, estábamos cogiendo en la pileta de la casa de mi tía.

Y cuando ese siempre, unos años después, dejó de serlo, cuando se convirtió en un de vez en cuando, sufrí; dolió que ya no volviera una y otra vez, como arrepentido pero aún así presente. Con el tiempo la situación decantó en un nunca y ahí sí, se terminó.

A veces me pregunto si se acuerda de mí, si tiene recuerdos más gratos que los que a mí se me vienen a la mente cuando lo evoco. Porque cuando entendí que yo era para él como las milanesas de todas las noches, o el transporte público y agobiante de cada mañana, todo se tiñó de negro, ya no lo pude querer a pesar de todo, como alguna vez le había prometido que iba a ser. Ahí fue cuando decidí enfrentarme a todos esos platos de sorrentinos que nunca le había estampado en la cara.
Como para alimentar a todos los nenitos desnutridos del mundo.

viernes, febrero 05, 2010

Iba a decir que desconocía el funcionamiento de los grises intermedios entre las categorías novio/chongo y amigo. Pero qué necia que me pongo a veces, ¿cómo olvidarme de que pasé cinco años -CINCO AÑOS- explorando los matices del gris casi sin descanso?
Reformulo, entonces, y digo que ya no tengo ganas de entender los grises esos. Porque soy re copada (sic), y los tipos estos se relajan y cuentan intimidades, y está bien, me encanta eso; pero de ahí a que me cuenten a quién se garcharon después de una semana de haber estado conmigo en pelotas en la misma cama, con detalles y referencias a sentimientos que nunca habrían podido tener hacia mí, bueno, hay un trecho. Y en ese trecho conviven mi ego vapuleado y el fantasma de Nico, que mete más miedo que Pepito.
Por eso, declaro en este solemne acto, que de ahora en más me rehusaré a escuchar historias de felicidad ajenas -que involucren mujeres, obvio- de hombres que me hayan tocado las tetas y por quienes no siento ningún tipo de sentimiento más que simpatía.

También aprovecho y cuento que me hicieron una devolución del primer texto que escribí para el curso del profesorado que casi me hizo poner colorada.
Soy tan feliz con tan poco. No entiendo todavía cómo no es que soy feliz.

miércoles, enero 06, 2010

Anagrama editaba una vez por año un libro erótico, una especie de La Sonrisa Vertical de Tusquets, pero, bueno, como dije, de Anagrama. Al parecer, yo me compraba esos libros cada año, religiosamente. El de 2010, o 2009, lo había escrito alguien de quien yo nunca había oído hablar, venía en versión compactos, tenía la tapa roja y estaba medio en formato blog, como posts más o menos cortos. Me gustaba el libro, me enganchaba, me calentaba... pero en algún punto de la lectura, me empezaba a reconocer en ciertas frases, y también a Nico; hacia el final del libro había una foto en blanco y negro. Era MI espalda. Mi espalda, imposible de no reconocer si alguna vez se la ha visto. MIS tatuajes en esa espalda de esa foto de ese libro.
La situación me generaba vergüenza, indignación, intenso placer y desconcierto. Trataba de encontrar a Nico, pero ya no tenía más el mismo número. Planeaba incluso tomarme un bondi hasta su casa para tocarle la puerta y reclamarle explicaciones, pero no tenía la dirección. Finalmente, lo veía en sentado en un bar, estaba con una campera roja horrible y tomaba un trago de color extraño. Yo lo espiaba desde la barra, con un chopp en la mano. No me acercaba ni nada, no quería preguntarle por qué había dejado que publicaran algo tan evidentemente íntimo porque le iba a terminar diciendo que el libro me había encantado y ¿qué sentido tiene hacer una escena si al final se le va a terminar dorando la píldora al contrincante? Así que me iba del bar y listo, se terminó el sueño.
Me desperté y lo primero que vi fue Leviatán sobre la compu. El de Auster en versión compactos, que tiene tapa roja. También entendí cómo se sintió Nico algunas veces que yo esribí cosas absolutamente íntimas en mis múltiples blogs. Creo que hasta se me cruzó por la cabeza mandarle un mail pidiéndole perdón. Qué pelotuda. "Eh... sí, no nos vemos ni hablamos desde hace un año, pero te quería pedir perdón por esa vez que posteé que eras incapaz de hacer aflorar mi puta interior. Eso sí, no deja de ser cierto, pero bueno, no debería haberlo publicado. Buen 2010!". Después miré el reloj y entendí cómo se me había ocurrido tal estupidez, eran las ocho y media de la mañana; apagué el ventilador y me dormí de vuelta.

viernes, noviembre 20, 2009

Resaca. Esto que me pasa ahora, se llama resaca. Por haber mezclado cerveza con vino tinto y uno de esos brebajes de minita que son una cosa espumante con gusto a melón; porque cuando son las 3 de la mañana y no hay delivery de alcohol, y tenés ganas de seguir, y ya no queda nada salvo la cosa esa que está en la heladera desde la fiesta de cumpleaños de Genève, como que ya no importa nada, y adentro.
Sabia Mariela que se fue a dormir antes de terminarse su vaso. Ignorantes mi hermana y yo, que nos terminamos la botella mientras nos hacíamos confesiones de borrachas; ella, con mirada cálida, aseguró que soy otra -una versión mejorada de mí misma- desde hace un tiempo largo ya, tiempo largo que concuerda con el tiempo que he pasado sin ver a El Innombrable; yo, con rubor en las mejillas, hablé de mi deseo animal hacia un libriano de sonrisa poderosa y mente inflamable. Después, cada una a su cuarto.
Y a pesar de haberme ido a dormir con una sonrisa orgásmica dibujada en la cara, el inconsciente me jugó una mala pasada y me hizo tener uno de esos sueños que si siguiera haciendo análisis jungiano, alimentaría la terapia por meses. Me desperté angustiada, y esa angustia no se fue hasta bien entrada la tarde, hasta que no identifiqué un par de elementos de esos que forman un patrón en mi historia onírica.
Llamé a Flor desesperando, contándole que en el sueño había un vecino de mi abuela que me acosaba, que su pasividad agresiva hacía que lo sintiera espiándome todo el tiempo, como una sombra; que el tipo, un cincuentón que se parecía a Manuel Puig, estaba obsesionado con arruinarme la existencia, que me revisaba la basura y pegaba hojas de mi diario en las puertas de las casas del Pasaje San Ireneo; y hasta ahí una pesadilla común y corriente, el problema era la escena en la que con desesperación le decía a mi mamá "es que si este monstruo me persigue es porque lo tuve todo este tiempo adentro y no lo quise ver, ¿no te das cuenta? viene de afuera porque no lo quiero ver adentro. atraerlo y hacerlo venir como algo externo era la única manera de hacerme cargo". Qué lúcida soy cuando duermo, eh. Me cago en mi culto a la proyección y la sobredosis de información que me estuve dando en estos días. Flor quiso resolver todo rápido "Boluda, es clarísimo, el monstruo es El Innombrable. Todos los ex son monstruos". Menos mal que no me dejé llevar por esa premisa.

En otro orden de cosas, pueden decidir qué ver este finde y mi primera crítica cinematográfica junto con la bonita presentación que hizo Ale de mí en Noche de peli.

Ahora mi mente olvida los embates de mi inconsciente y se dedica a tratar de decidir qué cocinar mañana a la noche. Estarán los clásicos guacamole, hummus y tal vez me ponga las pilas y tire unas berenjenas sobre las hornallas para hacer una pasta. Panes árabes, papitas y demases porquerías y algunos quesos; pero como que no estoy conforme, hace falta más. Menos mal que con las tortas soy de lo más decidida, la chocotorta es el combo perfecto que combina practicidad y ricor.
Y pensar que cuando tenía quince pensaba que me iba a morir a los 27.
Ni loca. N-I-L-O-C-A.

martes, noviembre 17, 2009

Alguna noche de insomnio del verano de 2005.
Le pedí que me contara alguna historia antes de irme a dormir, ese era (y asumo que sigue siendo) su trabajo, no tenía que costarle demasiado. Qué clase de historia, me preguntó. La que cuente cómo voy a conocer al amor de mi vida, le contesté. Después de un ratito me di cuenta, me estaba contando el argumento de French Kiss. Y ponele que yo me re copo con un Kevin Kline, es muy mi tipo, pero ambos bien sabíamos que no hay manera de convertirme a mí en una Meg Ryan, no encajo en el perfil. Además se suponía que tenía que ser una historia original, a mi medida.
Después de unos días, la vimos juntos, en vhs. Cuando terminó, me acurruqué contra él y le dije bien despacito que lo quería. A partir de ahí, The Big Chill -peli, debate y soundtrack- y The Accidental Tourist, también de Lawrence Kasdan; y tragarme los tequiero, tratar de convencerme de que todo había sido producto de la comedia romántica y el vino.

Muchos años después, alguna noche de primavera de 2009, Sol toca el piano y yo canto Dream a little dream of me. Más teatral que dulce, recordando esa peli que desde esa primera vez en HBO cuando tenía quince años hasta ese tequiero el verano de 2005 vi demasiadas veces -me arriesgo y digo que casi decenas-. Después no pude, porque la melancolía es una patología y parece que a mí me tocó en el sorteo.
Más tarde, Dedé confiesa que nunca vio Pretty Woman; Genève y yo chillamos, que cómo puede ser, que en qué tupper vivís. En dos minutos se arma el top five de comedias románticas. Yo mantengo el mío a rajatabla. When Harry Met Sally. French Kiss. Bridget's Jones Diary. Chasing Amy. Clueless. No necesariemente en ese orden.

Hoy a la mañana.
Semana Jodida no da respiro y no tengo mejor idea que poner a bajar French Kiss.
Porque cuando quiero, soy muy pelotuda.

miércoles, noviembre 11, 2009

Tratando de encontrar un mail con una propuesta laboral extrañísima que le había reenvíado una vez a mis amigas, abrí la caja de pandora, AKA la carpeta de enviados.

Se supone que no tengo que tomar ningún tipo de decisión importante dentro de los 56 días previos a mi cumpleaños. Creo que lo que (me) está pasando va a derivar en una decisión muy importante, una decisión que vengo posponiendo desde hace mucho tiempo.
Hace poco menos de un año, mi analista, ese que se fue a Córdoba, me sugirió que tenía que definirme con respecto a vos. A los 3 días estaba comunicándote mi resolución, no verte más. Otra vez me había enamorado, eso si alguna vez me había desenamorado, claro.
Al tiempo de eso, ese mismo analista trató de hacerme entender que yo no me había definido nada, que dejar de verte o verte en plan fraternal era otro de mis escapes frente a ese miedo inmenso que siempre me dio cada vez que imaginé la posibilidad de estar en pareja con vos. Verte en un bar, ir a tu casa, que vinieras a la mía, era todo más de lo mismo. Aún estando yo con otra persona, había algo con respecto a vos que seguía haciendo ruido en algún lugar, la sensación de saber que si yo estaba en ese momento con esa otra persona, era sólo porque vos no habías querido darme una oportunidad, porque yo nunca había querido que me dieras esa oportunidad.
En un principio (bastante lejano ya) quise tenerte sólo por el hecho de tener la certeza de que en algún momento te me ibas a escapar, esa certeza se fue desvaneciendo con el correr del tiempo, me empecé a dar cuenta de que amagabas con desaparecer pero que nunca lo hacías, y sí, es probable que yo haya ayudado de alguna manera a que vos permanecieras, pero eso sería atribuirme todo el crédito y es imposible, si no te fuiste es porque desde algún lado percibiste que te podías quedar, que te querías quedar.
Yo no sé si puedo confiar, creo que sí, pero por ahora desde un lado muy distante. Confío en tu criterio, en tu generosidad, en tu humildad, en tu capacidad de amar y entregarte. El (mi) problema es que no sé si puedo ser la depositaria de todas esas cualidades que te veo y admiro. Todo esto, en mi cabeza. En lo real, recibo de vos todo el tiempo. Cada palabra tuya, cada abrazo, cada caricia, se me hacen carne, no me olvido nada, nunca. Podría hacer una lista larguísima de cada vez que me sentí feliz estando con vos, pero es como si a partir de todos esos hechos no pudiese armar la hipótesis más simple y más comprobable, “INSERTE AQUÍ EL NOMBRE REAL DE MR BLONDE AHORA CONOCIDO COMO EL INNOMBRABLE quiere a Celeste”. ¿Cómo hacer para dejar de pensar en términos de teorías, hipótesis y contraste con la realidad?
Quiero estar con vos. Y es la expresión de deseo más intensa que haya tenido. Más que el “por favor, quiero querer a alguien alguna vez” o que el “por favor que alguien me quiera”. Lo otro era mirar para arriba y pedir, esto va dirigido, tiene un blanco. Quiero estar con vos. Quiero que confíes en mí, que te dejes caer porque sabes que detrás te voy a estar sosteniendo. Que me des un beso cada vez que tengas ganas de darme un beso, que me llames cada vez que tengas ganas de escucharme, que no tengas la necesidad de pedirme abrazos porque te los voy a estar dando, siempre. Porque te quiero abrazar y besar y tocar todo el tiempo. Quiero que nos demos una oportunidad de algo más que vernos una vez por semana.
No quiero tener más miedo y sé que vos tampoco. Dejame entrar, y entrá vos. Aceptame, porque nunca tuve tantas ganas de aceptar a alguien. Te juro que pienso en todo lo que te quiero y me agarra una sensación extrañísima en el plexo, ahí te tengo alojado.
La definición no pasaba por dejar de verte o bancarme que no me correspondieras. Esto es definirme. Esto. Decidir que quiero tener un proyecto con vos, que quiero acompañarte a dónde sea que quieras ir y dejarme acompañar por vos. Querer coger con vos y con nadie más. Querer arriesgarme a decirte todo esto sabiendo que existe la posibilidad de que vos no quieras lo mismo. Esto me define como persona. Yo te quiero a vos. Te quiero a vos y no me importa si me conviene o no me conviene, si nos veo un futuro acotado o casi eterno. No puedo permitirme seguir dilatándolo. Si me hago la boluda una vez más, me recibo de discapacitada emocional, porque tener tanto amor por alguien y sólo darle una mínima parte es bajo, es egoísta, es horrible.
Animate, atrevete, dejá de escaparte, vení conmigo. Sabé que estoy para vos, siempre, en cualquier en momento y bajo cualquier circunstancia. Para lo que quieras. Tirá abajo la barrera. No hay barrera, vos sos la barrera. Yo soy la barrera. Seamos cursis y digámonos cosas lindas al oído, caminemos de la mano, llamémonos con apodos estúpidos, llenémonos de besos, todo el tiempo.

Y cuando terminé, pensé "wow". Wow porque hasta hace una hora estaba sacándole el cuero a más no poder. Wow porque ya casi no tengo registro de haber sentido todas esas cosas. Wow porque lo escribí hace casi exactamente dos años. ¿Tan rápido se desvanecen ciertas cosas? Wow por acordarme que nunca me respondió ese mail, que nunca lo nombró, que nunca nada.

jueves, septiembre 24, 2009

- Con esto, restó 38 puntos.
- Basta con eso.
- ¿Con qué?
- Con los puntajes y las listas. Basta.
- Bueno... bajó en concepto.

Llegué a casa, jugué con Plutón, hice un pastel de papas -que se derrumbaba pero que estaba muy rico-, me fumé un porro, comí un poco de chocolate, vi diez minutos de Wild at Heart, vi quince de la de los hermanos Grimm y salí al patio, a seguir fumando y charlar con Genève (que me dijo que parase con las listas). Volví a mi cuarto con un disco con pelis. Un par de Almodovar, la de los Simpson y Sex & the City. Terminé viendo a Carrie y su pandilla, por tercera vez. Tercera vez. Esta vez, no lloré, ni me rei. Nada. Y aparecía Big, y nada. Porque siempre -o por lo menos hasta hace unos cuantos meses- quise creer que algún día mi historia con my-own-private-Mr-Big iba a virar para el lado de los fuegos artificiales, los corazones y las confesiones tardías de amor eterno. En cambio, ayer me di cuenta de algo. No. No pasó, no va a pasar, ni quiero que pase. Es como si todos esos años se hubiesen convertido en un recuerdo casi irreal. Como el viaje de egresados a Córdoba cuando tenía 12 años. Como el primer día de clases en primer grado. Cosas que en su momento fueron de lo más emocionantes, cosas que viví con absoluta intensidad, pero que en el presente no significan nada; son imágenes, a lo sumo el recuerdo de alguna situación, pero no más que eso.
Entonces apagué la compu y el velador. Me metí debajo de las colchas y traté de ver qué pasaba. Sonreí. Una sonrisa con todos los dientes, en la oscuridad. Porque, por fin, siento que se fue el peso de encima. No está más. Estoy liviana. No lo puedo creer. De veras, realmente no lo puedo creer.
De todos modos, esto va a llegar a su fin cuando deje de ser El Innombrable. Cuando ya ni siquiera sea nombrado.

martes, septiembre 15, 2009

Comíamos unas cosas parecidas a unos ravioles en la cocina de Lau. Entonces ella se preguntó qué es lo que deja uno en la vida del otro después de una separación. Hábitos, ciertos gustos, ideas; esas cosas. Con cara de soñadora, mirando para arriba, decia que tenía ganas de saber qué huella había dejado ella en cada uno de sus ex.
Ese deseo de trascender, de formar parte de la vida del otro aunque sea tácitamente. Esa necesidad de estar presente, el ego que se nos exacerba y quiere estar en todas, siempre.
También las ganas de saber qué es propio y qué vino de afuera, qué empezó siendo ajeno. Ella supo en ese momento que nunca habría visto partidos de fútbol si no hubiese sido por su primer novio; que nunca se habría animado a comer sémola con las manos de no haber salido con un chico africano durante un año.
Y yo supe que es probable que el haber empezado a fumar haya sido culpa del compañero de colegio que me en-can-ta-ba y siempre tenía un parissien colgando de los dedos; también caí en que mi forma de ver el cine cambió con El Innombrable; que Cat Power, Patti Smith y Red Kross fueron un regalo de mi primer profesor de canto; que Bukowski y Kerouac habrían sido dos desconocidos de no haber conocido a ese morocho enorme con ojos moros que me llamaba "pendeja"; que el primer interés por la física vino de la mano de Tomás.
¿Y qué les quedó a ellos? Quién sabe. Alguno me dijo una vez que después de conocerme, empezó a preguntarle a la gente de qué signo zodiacal era. Para eso mejor que no quede nada me parece.

martes, septiembre 01, 2009

Yo tenía la sensación esa, esa que me hce sentir que me voy a encontrar con alguien en cualquier momento. Entonces voy por la calle con las antenas paradas, mirando al frente y no mis pies como suelo hacer. Especulo, y me fijo en qué zona estoy para barajar los posibles encuentros.
La cagada es que siempre le pongo demasiadas fichas a la sensación. Bueno, la cagada es que siempre le pongo demasiadas fichas a demasiadas cosas, pero ese es otro tema.
Ayer, en el lugar habitual de los lunes, me crucé con un pibe con el que había ido al cine hace millones de años -circa 2005- y nunca más nada. Resulta que es amigo de un amigo. Lo que son las cosas de la vida, eh. Y me dijo que tengo cara de Puán; qué horror.
En el mismo lugar, divisé a un flaco con el que estuve hace unas cuantas semanas; pero este no cuenta porque nos habíamos conocido en ese mismo lugar. Lo que sí cuenta es que en este tipo de situaciones soy la peor, para cuando había terminado de dar mis mil quinientas vueltas, el pibe ya se había ido.
Y hoy, mientras caminaba por Perú y Moreno, con una resaca considerable a cuestas, lo vi -y pareciera que voy a decir algo emocionante, como "vi a mi primer amor" o "vi al Innombrable de la mano de una mujer embarazada", pero no, nada que ver-. Un chico que era amigo de un novio que tenía Lau a los quince años*. Nos habíamos dado unos besos en mi fiesta de egresados; yo estaba completamente borracha, así que no me acuerdo de mucho. Iba con un sobretodo negro y un pucho en la mano. Me gustó un poquito, pero más que nada por el sobretodo. Seguí caminando y para cuando había llegado a Avenida de Mayo lo supe, hasta ahí llegaba esta racha de encuentros, se terminó lo que se daba.
Sigo esperando encontrarme algún día con algo más suculento. Como la vez esa, que yo justo me había vestido de lo más putona para ir a la facultad y en la puerta estaba un chico con el que había salido unos meses el año anterior, esperando a su novia. O la vez que me encontré al Innombrable y al novio de Flor, juntos, en una panadería y casi le vuelo un vigilante de la mano. Es más divertido cuando me pongo nerviosa, me pongo colorada y se me traban las palabras.

*Mensaje personal para Marula: estoy hablando del amigo de Gastón con el que vos saliste. ¿Vos sabés que está igual? Una cara de nene de no creer. El sobretodo ese garpaba mucho, pero no sé si sos del tipo que se entrega por un sobretodo. Fin del mensaje personal para Marula.

sábado, agosto 22, 2009

A veces se canta con Cat Power, con Patti Smith, otras con The Ting Tings, alguna que otra vez con Amy Winehouse; pero EL momento de cantar siempre es con Fiona Apple. Elijo unos cuantos temas -esos que me sé bien la letra y me salen lindos-, le doy play al winamp, me siento en la cama y canto. Canto con sentimiento, con los ojos cerrados, tomando aire en los momentos indicados, poniendo en práctica lo que se supone debo haber aprendido en cinco años de estudiar canto.
Me pasó ayer, mientras tomaba un té y pensaba boludeces; me entraron unas ganas de cantar insoportables. Media hora después me estaba acordando que alguna vez, hace mucho tiempo, yo compartía cosas con alguien que de vez en cuando me hacía feliz. "Vos podés ser Fiona Apple, y yo Paul Thomas Anderson, todo en versión tercermundista", me decía. Claro, como si yo pudiera ser tan oscura como Fiona y el fuera a ser tan talentoso como P.T. Anderson. Y así, mágicamente, la nostalgia desapareció. Al rato, abrí mi cuaderno/diario en cualquier página: "(....) y que se vaya con su zen, su meditación y su mac de puto a la mierda", fechado en septiembre del año pasado. Me agarró un ataque de risa mientras Plutón me miraba, puse You're so vain de Carly Simon, agarré el desodorante a modo de micrófono y brindé un estupendo show a mi inexistente audiencia.
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lunes, agosto 10, 2009

Estoy tratando de hacer memoria y no recuerdo un momento en el que haya dicho que querría enamorarme, que querría estar en pareja. Digo, en los últimos tiempos, meses. Y trato, eh, estoy teniendo flashbacks de incontables conversaciones y sí me acuerdo de haberle reclamado al universo un poco de compañía, un poco de sexo, alguien con quien pasar un domingo a la tarde, algo de romance, alguna conversación de esas que duran hasta que se hace de día. Pero no una pareja, no un novio, no.
Entonces, que alguien me explique por qué, desde todos los wines, escucho el “ya va a llegar”, el horroroso “cuando menos lo esperes”, el “tenés que abrirte un poco más” que hace que me den ganas de taparme los oídos. Mis amigas, mi madre, mi padre, mis tías. Es como un complot, o simplemente se supone que por tener veintiséis años y no estar con alguien me tienen que decir esas cosas.
Tal vez lo esperable es que mi deseo sea salir a comprar pan lactal al Disco de José María Moreno y que en la cola del supermercado conozca a un hombre grandote, alto, barbudo, que me haga algún comentario gracioso sobre el contenido de mi changuito y que yo me ría entre tímida e intrigada. Que me comente que es físico, o escritor, o creativo publicitario, o astrólogo, o músico, o historiador, o geólogo, o experto en teoría literaria, o profesor de literatura. Que después de pedirme mi teléfono para invitarme a salir me lleve al cine, o al hipódromo, o al Museo de Ciencias Naturales, o a perdernos por la ciudad, o a emborracharnos con cervezas importadas, o a su casa donde hay una biblioteca donde podría quedarme a vivir, o a comer una bondiola a la costanera, o a cenar a algún restaurant peruano, o árabe, o armenio, o alemán. Que después de varias noches juntos, otras tantas tardes de domingo viendo Lie to me, cientos de cigarrillos compartidos después de coger, decenas de sobrecamas hasta el amanecer, miradas intensas, presentaciones a amigos, abrazos oportunos y un tembloroso “te quiero”, el hombre éste de la fila del supermercado para menos de quince artículos me dé el lugar para que yo quiera seguir adelante.
Mi cabeza llega hasta los cigarrillos después del sexo. Hasta ahí, nada más. Puedo hacer un esfuerzo sobrehumano y a lo único que llego en el imaginar es a una semi-pelea en la que él me acusa de distante y yo le digo que no me rompa las pelotas. Después él se va y yo lloro un rato, por sentirme una discapacitada emocional, ponele.
Esa es mi idea de lo que me puede pasar si comparto demasiado tiempo con alguien, no es algo que pueda evitar en este momento. Mi deseo me lleva para otro lado, a desconocidos que tocan la puerta de mi casa de madrugada, a encuentros clandestinos con hombres uniformados, a argumentos de películas softporn; a la fantasía. Y tal vez sea escapista y evasivo y blah, no me importa, el deseo tiene caminos misteriosos, no estoy en posición de cuestionarlo.
Durante años pretendí encauzarlo todo, tener la sartén por el mango, hacer lo que se suponía que tenía que hacer una chica de veinte años, o veintiuno, o veintidós, o veintitrés, o veinticuatro. Lo único que me gané fue una relación estrambótica de cuatro años con un tipo que no quería ser más que mi amigo, que no me deseaba, y al que yo nunca terminé de desear. Si no hubiera tratado nada, seguro que me salía mejor. No debería haberle pedido tanto a ese vínculo, con la afinidad intelectual y la contención emocional debería haber bastado para sentirme satisfecha; pero no, fui y le puse la etiqueta rosa chicle de “AMOR” y tiré y tiré de la soga, reclamé deseo de su parte, le reproché hasta el cansancio cosas que no era capaz de reprocharme a mí, hasta que me di cuenta de que nadie estaba haciendo fuerza en sentido contrario del otro lado, que sólo éramos un pedazo de soga y yo.
Entonces, repito, que alguien me explique esta conspiración para que me den ganas de tener un novio. Es como si no lo vieran. Como si no fuera evidente que en este momento no puedo, que no es cinismo, ni resentimiento, ni amargura. Que no puedo, que toda la idea de enamorarme me suena a ciencia ficción, que estoy atrapada en otras cosas que en este momento me resultan más importantes. Que voy por ahí con la guardia alta no tanto por miedo a que me lastimen, sino más que nada por miedo a lastimar. Que claro que le tengo miedo al compromiso, porque el compromiso no es joda. Que primero me tengo que comprometer conmigo misma en millones de cosas antes de meter a otra persona en escena. Que nunca me sentí una de esas mujeres de las que los hombres se enamoran, esas que generan pasiones irrefrenables y que tal vez ahí esté uno de los puntos neurales de todo el asunto, pero que toma tiempo desenmarañar la bola de preconceptos, que estoy yendo de a poco.
Que alguien me explique también esto de la construcción propia de la identidad a través de la mirada del otro, porque me siento en un laberinto lleno de espejos, ya no sé qué es parte de la mirada ajena y qué es una jugada de la parte de mí que más me castiga.
Y si al releer lo que escribí hasta ahora no veo más que contradicciones, no puedo sorprenderme, más claro imposible. Así que me la bancaré así, en este conflicto de intereses, entre la fantasía de lo turbio y el a-esta-altura-ya-debería-estar-en-condiciones-de, entre las ganas y la incapacidad.
Y que sea lo que dios quiera, o mi neurosis, o mi deseo.

jueves, agosto 06, 2009

Hace un par de años atrás, mientras yo trataba de tener una relación monógama y sana con un estudiante de física que se había educado en colegios religiosos, El Innombrable se puso a salir con una chica. Al principio me alivió, si él estaba con otra mujer, no iba a tener ganas de extrañarme, llamarme y esas cosas; y aunque tal vez podría haber habilitado el lugar para los celos, no lo hice, a veces el autocontrol me funciona de maravilla.
Toda la paz y armonía que llevaba dentro con respecto a esa relación se fueron al carajo cuando me enteré de algo terrible. La mina con la que salía tenía las tetas grandes. Espalda chiquita y tetas grandes.
Yo sé que no soy la más linda, ni la más inteligente, ni la más tolerante, ni la más... No sé, no debo ser un buen partido para los hombres. Soy neurótica, distante, quisquillosa, rompebolas, fría, reservada, y muchas otras cosas más, pero sé muy bien dos cosas. Primero, mis comidas invernales hacen que cualquier hombre se quiera quedar conmigo por lo menos hasta la llegada del verano. Segundo, mis tetas son lo más, inolvidables, irremplazables; no importa si es verdad o no, no lo cuestiono, simplemente me lo han hecho saber.
Los celos no tardaron en aparecer, tampoco tardaron en cortar ellos, así que la cosa no llegó a mayores. De todos modos, el fantasma de la chica con (tal vez) mejores tetas que yo me seguía acechando, sigiloso, haciéndose notar cada vez que me sacaba el corpiño. La tortura terminó cuando El Innombrable expuso una teoría de su autoría: la de las tetas vacías. Según él, existía una extraña clase de teta, la que es grande, a veces enorme, pero que al momento de ser agarrada con pasión, parece escurrise, como un globo mal inflado. La que al ser observada bajo los efectos de la gravedad (léase, cuando la mujer está en cuatro) luce como un conito maltrecho.
No tardé en preguntar, alarmadísima, si las mías entraban en esa categoría. Él contestó con una rotunda negativa, pero mi desconfianza es mucha y pensé que me lo decía porque quería volver a verme en pelotas. De hecho, llegué a pensar que se había inventado la teoría para reivindicar mis pechos y poder volver a tocarlos. También me generaba curiosidad, ¿realmente existiían estás tetas engañosas? Recurrí a la eminencia en estos asuntos, LlaveInglesa, que nunca terminó de contestar a mi pregunta, estábamos bastante entretenidos con otras cosas, calculo.
Hace un par de días una amiga reflotó la cuestión y el interrogante volvió a instalarse.
Pensar en estas cosas con tanta dedicación es sólo un indicio más de que estoy bastante al pedo en la vida, lo sé.

domingo, marzo 08, 2009

Resulta que hace 3 años el Festival de Cine de Mar del Plata todavía se hacía durante el mes de Marzo. Y también resulta que yo me tomé un tren con Bar y Flor porque podíamos tomarnos unos días, Flor venía a ver a su novio y nos prestaban un departamento.
A las 48 horas de haber llegado, yo me escapaba de la fiesta de cierre en el Hermitage porque había visto al Innombrable yéndose del lugar con otra chica. Al día siguiente mandé a Flor a que le dejara una carta en el hotel. (Me acuerdo de dos frases de esa carta. "Sos un egoísta que cree que el mundo es una extensión de sus brazos y nunca tenés en cuenta que existe un otro" y "Y al final, sólo me vas a recordar porque hago ricos guisos de lentejas). Después nos dedicamos a comer postres Balcarce y fumar sin parar para paliar la angustia.
Y dije que nunca más iba a volver a esta ciudad que sólo me trae recuerdos horribles.
Tuve que comerme el nunca más, porque quería ver a mi papá, y él quería verme a mí. Y si no venía, no nos íbamos a ver las caras hasta semana santa.
Entonces, me subí al micro, dormí durante todo el viaje y me desperté cuando faltaban 15 minutos para llegar. Me estaban esperando mi mamá y mi hermana en la estación. Caminamos un par de cuadras y ahí estaba, imponente, el Hermitage. Me subió la angustia a la garganta (o tal vez bajó, quién sabe dónde se aloja la angustia) y casi que me pongo a llorar, pero no.
Los postres Balcarce siguen siendo un excelente medio para olvidarse de todo.

lunes, febrero 09, 2009

Hace un año y medio había encontrado en la casa de mi abuela el diario que tuve desde marzo hasta agosto de 2004. Al principio me reí mucho; de hecho, llame al Innombrable (a.k.a Mr Blonde) para que nos riéramos juntos, porque, claro, era todo sobre él.
La cuestión es que en esa segunda leída, con él ahí al lado mío, me agarró una especie de angustia. Yo había sufrido muchísimo esos primeros meses después de conocernos (y los siguientes, y los siguientes también) y si bien había un montón de cosas que ya estaban superadas, había otro montón que no tanto.
Entonces, después de leérselo, agarré y metí el cuaderno en una alacena de la cocina y olvidé su existencia.
Ayer, buscando lentejas para hacerme una ensalada, lo encontré.
Todavía no me recupero.
Creo que en este mismo estado estaba Fiona Apple cuando escribió todas sus canciones despechadas.

lunes, diciembre 15, 2008

En las reuniones familiares escucho hablar a mis primas, que tienen entre quince y dieciocho años, y agradezco no haber sido adolescente en esta era de FB, msn, blogs, flogs y todas estas cosas. Bueno, en mi época estaba el icq, pero yo era una negada con la tecnología así que nunca tuve.
Digo, me imagino a los quince años, frente al monitor, pendiente de que el chaboncito de turno me hable en el msn, o espiándole todo en el FB, comiéndome las uñas, sufriendo, checkeando la lista de contactos que me tienen en su lista, sufriendo un poco más. Lo sé muy bien, la suma de exposición de información más paranoia galopante me habrían vuelto completamente loca y desdichada.
Menos mal que tengo 26, porque acabo de fijarme quién me tiene en su lista y me enteré de que Mr. Blonde me eliminó del msn.
Y primero abrí la boca, en forma de "O" bien grande, y después suspiré para adentro. Y después suspiré para afuera. Y después lo eliminé yo también, y del FB; y después les mandé doscientas maldiciones, a él y a su pija. Y después retiré la mitad de las maldiciones. Y después escribí este post.
Menos mal que tengo 26. Menos mal.

sábado, noviembre 22, 2008

Algunas consideraciones acerca de los cumpleaños y la comunicación.
Si alguien cumple años, no es lo mismo llamar por teléfono que mandar un sms o un mail. Está clarísimo para todos que no es lo mismo.
Cuando querés mucho a alguien y estás en confianza, llamás un ratito después de las 12 de la noche.
Cuando querés mucho a alguien y te acostás temprano o, no sé, no tenés la costumbre de llamar después de las 12 de la noche, llamás en algún momento durante la mañana o la tarde.
El mensaje de texto vale tanto para amigos que van a festejar y vas a tener oportunidad de felicitar en persona así como también para esos amigos y conocidos, queribles y queridos, que no ves muy seguido.
El mail es para cuando colgás y no tenés un teléfono cerca o para, como en el caso anterior, gente que uno vé poco pero que merece al menos una salutación cibernética. Dentro de la categoría "mail" podemos tener dos opciones. No es lo mismo un mail de 2 líneas, del estilo "feliz cumple, che" que uno en el que te explayás, en el que te tomás el tiempo para escribir un poco más.
La peor instancia es el Facebook. Como ya sabemos, Facebook es Satán, y es por eso que si conocés a alguien, has compartido una historia o han tenido vínculo medianamente estrecho , no podés, simplemente no-po-dés, escribirle en el wall ése del infierno alguna paparruchada cumpleañeril. El Facebook SOLO vale para ex compañeros de colegio, ex compañeros de trabajo, amistades de blog, antiguos romances, amigos que dejaste de ver hace 3 años, parientes lejanos, amigos en otros continentes y amigos de amigos; cualquier persona que no pertenezca a esas categorías tiene el deber de esforzarse un poco y comunicarse mediante otra vía, aunque esa vía sea el silencio, la indiferencia.

Algunas conclusiones.
Un sms a las 00.30 del día en cuestión vale lo mismo que un llamado teléfonico a las 23.30 del mismo día.
Un llamado de felizcumple a las 10 de la mañana de tu madre, por más que sea tu madre, genera conflictos.
Un mensaje privado de 2 líneas vía FB de Mr Blonde es la cristalización de lo incorrecto. Es una cosa de locos cómo en los últimos 3 meses este chabón ha venido haciendo TODO lo que no se debe hacer conmigo; no dejo de sorprenderme.
Un mail de 2 líneas (¡pero qué 2 líneas!) de LlaveInglesa es como un bálsamo.
Un llamado de mi abuelo desde Ingeniero Maschwitz hace que yo diga cosas como "mi bochita de amor" o "mi marinerito valiente".

lunes, noviembre 12, 2007

Yo tenía una musculosa rayada, verde y blanca, y unos jeans muy viejos. Cuando todavía usaba jeans. Caminamos por una avenida que nunca sé cómo se llama, ancha, que de noche siempre está demasiado iluminada.
Nos metimos en un bar con esas mesas para cuatro, contra la pared, que en vez de sillas tienen silloncitos. Como de dinner yanqui. Y hablamos, siempre fuimos de hablarnos mucho. A veces sólo veía cómo movía la boca, cómo su barba iba formando diferentes figuras, cómo los dedos inquietos rompían la etiqueta de la botella de cerveza. Y él hablaba y hablaba y se reía y gesticulaba y movía las cejas. Y yo le miraba la boca, la boca y la barba, la barba y los ojos y no lo escuchaba, no podía.
El bar nos cerró y de vuelta en la avenida. Mientras cruzábamos las vías se me rompió el botón del jean, que además de viejo tenía el cierre falseado. Andaba yo por la avenida sosteniéndome la cintura del pantalón porque si no me quedaba en bolas. Mientras, él hablaba.
Llegamos a la parada de mi colectivo y me apoyé sobre el caño del cartel con el número, que estaba frío. Creo que era Octubre y hacía mucho calor. Lo frío del caño contra mi brazo y un pedazo de mi mejilla me hacía sentir escalofríos. Claro que él seguía hablando. Y yo le miraba el pelo, el cuello de la remera, las manos moviéndose, sustentando visualmente todo lo que decía y yo no podía escuchar por estar tan concentrada en su boca, su barba, sus pelos revueltos y sus ojos que a veces le sonríen.
Y de repente, se largó a llover, me desconcentré de su cara y lo escuché. Me decía que se sentía como en una primera cita. Esa incertidumbre, no saber cuándo dar el primer beso. Le toqué el pecho con la mano y dije alguna estupidez mientras me reía y se me hacía un nudo en la panza. Me besó y me llevó debajo del techo de un kiosco para protegernos de la lluvia.