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martes, enero 17, 2012

Me gustaría esribir sobre cosas lindas que me están pasando, pero no me sale. Si pudiera, escribiría un post sobre sábanas hechas un bollo, gin tonics y risas con amigas; pero no me sale, no me surge, no me dan ganas de romper la política personal de reserva de la intimidad que se me autoimpuso hace un tiempo. Me gustaría escribir también sobre la liviandad que me abraza y sostiene cuando no estoy atacada por la angustia, que se traduce en la risa fácil y la claridad a la hora de elegir objetivos.

Hace un tiempito, estaba en la terraza de una de esas casas devenidas en centros culturales y un chico que es tan dulce como deseable se me acercó un poquito a la oreja derecha para decirme algo. Mientras el aliento cálido me pegaba en el cuello y yo me ponía un poco nerviosa -como cada vez que un muchacho lindo se nos acerca un poco más para decirnos algo importante al oído-, me dijo que la libertad es saber para qué vino uno a este mundo y animarse a serlo.
Bueno, a veces, cada vez más seguido, me da la sensación de que estoy empezando a vislumbrarlo. Y sonrío.

viernes, enero 06, 2012

Compartir afición por la literatura y el cine no significa más que eso. Lo veo más claro desde que empecé a trabajar en una librería. Antes -ilusa-, estaba segura de que una especie de Hada-Madrina-Lectora-Cinéfila nos había hermanado, pasando la varita mágica por encima de la cabeza de todos nosotros: los que de niños usamos lentes y nos hicimos amigos del bibliotecario del colegio; los hijos de grandes lectores y amantes del cine de autor empeñados en traspasarle el hábito a su progenie; los que -sin nadie entender bien por qué- un día manotearon de los estantes de la biblioteca o del videoclub algo que les llamó la atención y nunca más pararon. Una logia sin registro de asociados. Una complicidad deschavada con comentarios sutiles y miradas intensas y fugaces. Pero no.

Compartir afición por la literatura y el cine no significa más que eso, pero a veces los lectores nos embarcamos en empresas destinadas al fracaso por cuestiones que exceden el ámbito de lo intelectual. Por ejemplo, los cupones de descuento.
Resulta que hace un par de semanas mi amigo P. (no sea cosa de dejar al descubierto su identidad, aunque tenga el nombre más común de nuestra generación) me comentó que le había llegado una oferta de cupones para Un tranvía llamado deseo, de Daniel Veronese. O, mejor dicho, de Tennessee Williams en versión de Veronese. Por 140 pesos íbamos los dos. Nos salía la mitad y, encima, nos tocaba una muy buena ubicación. Acepté no sólo porque la oferta caducaba en un par de horas sino porque había visto unos afiches en la calle y me habían dado ganas de ir, a pesar de ir al teatro muy de vez en cuando.
Vale aclarar que mis referencias de Un tranvía llamado deseo dan cuenta de que soy una hija de la televisión:
- La película con Marlon Brando y Vivian Leigh, dirigida -tanto en el teatro como en el cine- por Elia Kazan, que sé que vi de muy pequeña y ya casi no recuerdo.
- Un capítulo de Los Simpson en el que Marge se mete a hacer teatro y le toca el papel de protagonista de la obra. Como nota de color, Flanders se la pasa con el torso desnudo e interpreta a un hombre pasional y violento.
- Un episodio de Seinfeld en el que Elaine toma calmantes muy fuertes para aliviar un dolor de espalda y se pasa de dosis justo antes de ir a un evento en honor al padre de Jerry. Se la ve completamente dopada, riéndose de todo y aullando "Stellaaaaa... Stellaaaaa", que es lo que le grita todo el tiempo el personaje de Marlon Brando a su esposa.

Compartir afición por la literatura y el cine no significa más que eso y yo, en mi afán de ahorrarme 70 mangos y tener planes para el viernes a la noche, había aceptado ir al teatro con P., que es un tipo que se la pasa leyendo y mirando películas., pero nunca coincide conmigo. Nunca. Y si bien, técnicamente, una obra teatral no entra en ninguna de las categorías de conflicto, se trata, esencialmente, de lo mismo.

Compartir afición por la literatura y el cine no significa más que eso y por no recordarlo, estaba frente a un enigma del calibre del de Schrödinger y su gato. Uno de los dos la iba a pasar mal ese viernes. Uno de los dos iba a salir indignado del teatro, despotricando contra el director, los actores y la forma de tratar el argumento. Uno de los dos iba a tratar de convencer al otro de que no era tan así, pidiendo un poco menos de dramatismo y exageración. Uno de los dos iba a volver a su casa lamentando haber estado sentado dos horas en el Teatro Apolo y era imposible saber quién, si él o yo. Me entregué a Fortuna con resignación y me olvidé del asunto hasta el día de la función.

Quizás yo sea más fácil de contentar que mi amigo P., porque a mí la obra me encantó. Erica Rivas en el rol de la negadora, coqueta, narcisa y alcohólica Blanche es exquisita. El polaco Kowalski interpretado por Diego Peretti se ve un poco opacado por las actrices que lo acompañan, pero aun así, conmueve cuando está solo en escena. Paola Barrientos en el papel de Stella se destaca, aporta siempre la medida justa de dulzura, desinterés o violencia para que la tensión no derive en desastre. Me reí durante dos horas como uno puede reirse de ese pariente medio loco que lleva una vida muy triste, pero que de todos modos se satiriza a sí mismo y nunca muestra su dolor; una risa que tapa angustia e incomprensión. A P., en cambio, le resultó tibia, ruidosa, poco humana, "un sketch de Gasalla". Se quejó de la puesta en escena, de ciertos elementos de la escenografía, de la falta de compromiso respecto de la problemática central de la obra y de Peretti.
Fue inevitable llevar la discusión al campo de la literatura y el cine, porque somos belicosos y nos gusta argumentar en contra de los gustos del otro. Él esperaba que el conflicto fuera punzante, que mostrara las miserias de los personajes con seriedad y crudeza; quería a Faulkner, Hemingway y David Lynch. Yo quedé encantada con el sufrimiento perfumado, adornado con tiaras, puntillas y whiskey; me llevé a Capote, Bukowski y Tarantino.
Hasta las cuatro de la mañana nos quedamos charlando com P. acerca de mujeres, scotch, hombres, poetas, posguerras, machismo, psicoanalistas, salud mental y todas esas cosas en las que sí coincidimos. Porque compartir afición por la literatura y el cine no significa nada más, es cierto, pero a veces sostiene relaciones, amistades, noches largas, universos.

Algún mes primaveral de 2011

sábado, octubre 15, 2011

No quiero hacer apología a los libros de autoayuda ni nada parecido, solamente quiero contar una pequeña historia.
A principios de 2008, cuando decidí cortar con los trabajos en multinacionales, entré en un proceso de angustia muy intenso. No sabía qué quería hacer, no estaba segura de lo que iba a estudiar, me sentía absolutamente sola e incomprendida. Un garrón. También me sentía fuerte, porque por primera vez había tomado una decisión desde el convencimiento absoluto y me sentía capaz de sostenerla: la vida en empresa grande, con tres millones de jefes, exigencias de ponerse la camiseta y mística de "hacer carrera" no era para mí. En ese oscilar entre el orgullo y la desesperanza, hablé mucho con mi mamá, que para estas cosas es muy copada, porque es capricornio ascendente en capricornio y todo te lo convierte en un cuadro sinóptico. Ella me preguntaba qué quería hacer, más allá de mis estudios y posibilidades en ese momento, y yo lloraba desconsoladamente, porque nunca me había imaginado que iba a llegar a esa instancia de confusión. Un día, en otra entrega de mi lloriqueo neurótico, le dije a mi mamá y a una tía que estaba de visita "libros, me gustaría trabajar en una librería". Me dijeron que si eso era lo que quería, lo tenía que desear con mucha fuerza, visualizarlo todo el tiempo posible; imaginarme como librera. Las mandé a cagar, estaban tratando de evangelizarme en eso de El Secreto y yo no lo iba a permitir. Me hice la cacnherita y la rebelde, pero cada noche antes de dormir, fantaseaba con recomendarle libros a deconocidos.
Durante seis meses, no sé de qué viví. De dar clases de inglés, de tirar las cartas cada tanto, de cocinar, de agarrar cualquier changa. Ya no estaba tan compungida y estaba tan copada leyendo libros de física, que la sensación de entender las leyes del universo me daba una tranquilidad fantástica. Pero sabía que tenía que encontrar un trabajo fijo. No sólo por una cuestión de dinero, sino porque si no me imponen una rutina desde afuera, me convierto en un bardo. No por nada mi padre me apodó Barrileta.
En agosto empecé a trabajar en un local de ropa y accesorios. La madre de la amiga de una amiga necesitaba una empleada y caí yo. La pasé bien ahí. Me llevaba estupendo con mi jefa, la venta nunca me generó mucho conflicto y me la pasaba probándome anillos. Nunca, en los seis meses que estuve ahí, quise faltar. Iba contenta, dispuesta, pilas. El problema fue que a fines de febrero me tuve que ir. Bueh, mejor dicho, me echaron, por motivos que nada tuvieron que ver conmigo y no vienen al caso. Esa misma semana, el señor de la librería que quedaba a 10 metros se puso a buscar una empleada que lo ayudara con la temporada de textos escolares y mi ex jefa le habló de mí.
Empecé en la librería un sábado, el último de febrero. El trato era colaborar durante marzo, abril y parte de mayo, hasta que en los colegios dejaran de pedir libros. Era junio y todavía no se hablaba de que me fuera; mientras, ordené alfabéticamente todos los libros. Todos. Creo que nunca estuve tan mugrienta y tan feliz como cuando armaba pilas de mi misma altura para ir reacomodando. Me fui quedando, mi jefe fue relegando tareas y acá estoy, desde hace dos años y medio.
Me gusta mi trabajo. Me gusta mucho. Me gusta que las viejitas me digan que siempre les recomiendo bien. Me gusta que las madres me pregunten qué más pueden llevarle a sus hijos, porque lo último que les mandé les encantó. Me gusta leer contratapas, solapas y reseñas para tener una idea de lo que estoy vendiendo. Me gusta que ya me conozcan y confíen en mi criterio. Me gusta que mi jefe me halague cuando no estoy presente. Me gusta que me cuenten historias y charlar sobre literatura norteamericana con los clientes.

Aveces pienso que quizás mi mamá y mi tía tienen razón, que si uno desea algo mucho, aparece; como a mí me apareció -como caída del cielo- la oportunidad de empezar acá. Pero en el momento en que lo enuncio me siento un poco pelotuda, porque ¿quién soy yo como para emitir semejante máxima acerca de la vida?

viernes, septiembre 09, 2011

I wish I could drink like a lady
I can take one or two at the most
Three and I’m under the table
Four and I’m under the host
Dorothy Parker

Si bien ando muy sana y natural, desayunando licuados de frutilla con naranja y esquivándole al alcohol los días de semana, quiero darle la bienvenida a la temporada de aperitivos en la terraza, cervecitas a la salida del profesorado, juntadas con amigos regadas de fernet y, por qué no, veladas calenturientas maridadas con old fashioned y negronis.
Salú.

jueves, abril 07, 2011

Esos ex-novios de amigas que tienen una carrera súper exitosa y que una ve desde lejos y un poco contenta se pone. No sólo por el éxito en sí, sino porque cuando éramos jóvenes e inocentes, compartíamos cenas, salidas y espacios y después, plaf, esos noviazgos se terminan y una guarda la admiración en un cajón.
Hasta que.
Hasta que una amiga nos invita a una fiesta de apertura de festival de cine internacional e independiente y, después de dos fernets, una cerveza y un batido de gancia con andá a saber qué, nos cruzamos con el ex-novio en cuestión y además de variados temas de conversación, él pregunta si seguimos escribiendo.
Entonces, decimos que sí, que escribimos mucho sin que nadie lo sepa. Y emociona, en algún punto, que alguien nos identifique con la escritura; habiendo tantas anécdotas con las cuales asociarnos, esta persona nos une al acto de escribir. Acelera el pulso y nos hace sonreír.

También me afané un vasito de shot en el que venía un gazpacho buenísimo.
Ahora tengo de dónde tomar tequila.

miércoles, marzo 30, 2011

La primera canción que grabé con Juan, mi primer profesor de canto, fue Dancing Barefoot, de Patti Smith. Él quería que yo me animara al speech en voz trash del final, pero, claro, hacía sólo un par de meses que nos conocíamos y él me gustaba un poquito, no me iba a atrever; bastante que accedía a agarrar un micrófono y dejarme grabar.
Juan moldeó gran parte de mi gusto musical actual. Yo llegaba a las clases sin saber con qué engrosar el repertorio y él siempre tenía algo para recomendarme que terminaba encantándome. Con el tiempo, nos fuimos volviendo amigos y esa influencia dejó de limitarse al espacio de profesor-alumna y empezó a invadirlo todo. Pasábamos mucho tiempo juntos; él vivía a pocas cuadras de lo de mis abuelos y yo tenía las tardes libres. Mientras llenábamos ceniceros con colillas y tomábamos cantidades industriales de té, la música sonaba y yo me iba maravillando de a poco. Neil Young, Redd Kross, Bob Dylan, Cat Power, Le Tigre y Patti. Oh, Patti.
Y a medida que la amistad se estrechaba, más nos soltábamos nosotros, mirando videos de Cristian Castro o haciendo covers de Britney Spears en los cumpleaños. Con él, cualquier cosa se convertía en juego o arte; la habilidad de Juan de explorarlo todo desde lo lúdica y creativo me generaba admiración pero también me inhibía un poco, sentía que no estaba a la altura. Sin embargo, me incluía, me invitaba, me hacía sentir parte-de en esas reuniones en las que de repente estaba sentada en una mesa con un concertista de piano, un escultor erotómano y un escritor freak, hablando de one hit wonders de los 90's.
Con Juan, con sus amigos, no sólo descubrí que había mucha gente -como yo- que guardaba una cantitdad absurda de información trivial y vital al mismo tiempo, sino que también entendí que había otro camino para hacer las cosas. A mis 21años, cursando materias de psico, ya no estaba tan segura de querer ser psicoanalista, las dudas respecto de lo vocacional cada vez eran más frecuentes y no tenía ni idea de qué podía llegar a hacer de mi vida si abandonaba la facultad. A lo largo de los últimos años me había planteado a mí misma un solo camino, un solo objetivo, pero esa ruta ya marcada no me convencía. Sabía que iba a mandar todo al carajo, lo que no sabía era qué tenía ganas de hacer después. Entonces, escuchaba programas en am de solos y solas en esa casa enorme de Villa Crespo, con Juan y sus roomates; jugábamos al pump-it-up en los videojuegos de Scalabrini y Camargo; preparábamos ñoquis para 12; comprábamos chucherías importadas de China por Lavalle; comprábamos baldes de pochoclo para acompañar pelis malísimas en el cine. Así, durante un par de años en los que grabamos muchas más canciones y nos desvelamos infinidad de madrugadas.
Después, no sé bien qué pasó. No sé si fue que yo empecé mi vida de empleada en multinacional o que el se puso de novio con una chica muy celosa. Nos dejamos de ver, él se mudó a microcentro, yo me fui para caballito. Nos dejamos de ver y si bien al principio me dolió un poco, también supe que era una etapa llegando a su fin; ya sabía que nunca iba a ser psicóloga y que lo que más me gustaba era la lectura, que mi carrera tenía que tener que ver con eso. De alguna forma, supe que Juan y sus amigos me habían ayudado a llegar a ese lugar y me fui olvidando de todo eso de a poquito. Hasta hace unos días.
El fin de semana saqué de la librería el último libro de Patti Smith, en el que relata su llegada a Nueva York a fines de los 60's y describe con un amor que conmueve su relación con Robert Mapplethorpe. Quizás porque fue Juan quien me hizo saber de ella, tal vez porque el retrato que ella hace de Mapplethorpe me hace hace acordar mucho a él, la cosa es que lloro cada 50 páginas, un poco por lo que leo y otro poco por nostalgia al recordar esa època. Lloro de emoción nomás, de hormonal, porque no hay tristeza implicada en los recuerdos que tengo de esos tiempos. Lloro y sonrío al mismo tiempo.

En una pared de la habitación de Lau hay una foto que alguien sacó en 2005. Juan y yo nos abrazamos, miramos a la cámara mejilla contra mejilla. Se nos ve felices, seguro que yo estaba borrachísima, se me nota en la mirada. En esa reunión conocí a Amarula, ella todavía se acuerda de nuestra versión de Baby One More Time. Cada vez que miro esa foto sé que ya se me pasó el cuarto de hora para algunas cosas. Por ejemplo, para tener un amistad cargadísima de tensión sexual y nunca terminar de hacer nada al respecto; para admirar y adorar a un hombre y no expresárselo; para jugar al pump-it-up; para tomar café hasta que se hace de día.
Éramos unos niños.

viernes, enero 14, 2011

Lo que más me gusta de la previa vacacional es elegir la música y los libros que me voy a llevar. Ya venía planeando el asunto de la las lecturas y lo tenía bastante resuelto, hasta que ayer al mediodía caminé desde lo de mi abuela hasta mi casa pasando por la feria de Parque Centenario y me gasté toda la plata que tenía encima.
Pero, finalmente, llegué a una decisión. Santuario de Faulkner, Ulises de Joyce (a ver si esta vez se puede), El barón rampante de Calvino, Hacia rutas salvajes de Krakauer, Cosmética del enemigo de Nothomb, Felicidad clandestina de Lispector y Las doce casas de Sasportas.
En cuanto a la música: Patti Smith, Mondo Cane, Easy Star All Stars, Faith No More, boleros cubanos, Massive Attack, Le Tigre, L7, Pearl Jam y Otis Redding.

Vuelvo en un rato.

domingo, enero 02, 2011

Un rato después de las 12 empezó la competencia de fuegos artificiales en alguna manzana cercana a casa. Desde la terraza lo pudimos ver casi todo.
Al principio fue sutil. Uno chiquito verde por acá, otro blanco, un poco más grande, por allá. Pero fue pasando el tiempo y el despliegue pirotécnico fue creciendo hasta dejarnos a los seis con la boca abierta.
Ahí, a metros de mis ojos, racimos de luces coloridas. Círculos, cometas, ramos de coronita de novia, palmeras. Y me sentí una niña. Creo que ni siendo una nena me sentí tan maravillada. Probablemente porque de chiquita era mucho más cínica que ahora.
Los ojos abiertos bien grandes y el corazón latiéndome más rápido que lo usal. Una sonrisa dibujándose en la boca y una sensación difícil de poner en palabras. ¿Ilusión? ¿Esperanza?
Todo eso a partir de fuegos de colores. Todo eso y una emoción que no siempre sé cómo manejar.
Como si tuviera que manejarla.
Como si no alcanzara con dejarme atravesar por los colores y ya.

martes, diciembre 21, 2010

Recién sobre el tren yendo a Tigre me enteré de que la casa del papá de Nieves quedaba a dos horas de lancha desde la estación fluvial. Debo haber puesto una cara muy particular, porque por un momento pensaron que me parecía demasiado lejos; hasta que expliqué que no, que todo lo contrario, que, justamente, lo que venía buscando era eso: a-le-ja-mien-to.
El río estaba bastante crecido y el primer día no pudimos hacer mucho más que comer tostadas con dulce de leche, tomar fernet, hacer cantos armónicos y hablar. Hablar, hablar y hablar. ¿Cuánto es que pueden hablar tres mujeres juntas? No hay límite. Si hiciéramos un esquema representativo de los temas tocados, nos quedaría un diagrama de árbol, una escala cromática, un mndala mágico, una vía láctea infinita. El sueño nos agarró relativamente temprano, así que a las 2 ya estábamos profundamente dormidas.
El domingo nos recibió con mucho sol, un vientito divino y el río bastante más bajo. Después de la preparación de la salsa criolla, las ensaldas y de la pasta de berenjenas asadas -que oficio de entrada- nos abocamos al asado propiamente dicho y no paramos de comer y tomar tinto con hielo hasta el mismo hartazgo. Creo que existe una sola característica que une a todas mis amigas: el placer ante el buen comer, el goce al cocinar.

Metido en los recovecos del ocio, el pensamiento tratando de emerger desde lo más profundo de las aguas de la negación. Como si la misma idea me hubiera llevado a aceptar sobre la hora la prpuesta de escapada. Como si hubiese sabido que tras 24 horas de descanso y armonía con el hábitat bajaría la guardia lo sufiente como para reconocerme a mí misma lo que venía esquivando desde hacía días.
Enfrentarme a las decisiones apresuradas y drásticas y reconocer que, tal vez, quizás, quién sabe, me apuré un poquito y me pasé de egocentrismo. Perdonarme, entenderme y obligarme a enmendar el error. Volver a sentir la fortaleza, respirar hondo y darme cuenta de que no es tan difícil.

Volví apenas colorada, bastante en paz y con un sentimiento de gratitud que hasta me sorprende.
De repente, me da la sensación de que estas sí van a ser felices fiestas.

martes, diciembre 14, 2010

Hoy, un hombre fue al local de Patricia -ex jefa, amiga, peronista y madre postiza-, compró una pulsera, pidió que se la envolvieran para regalo, escribió una dedicatoria en una tarjetita y pidió que entregaran el regalo a la chica de la librería.
Patricia caminó los pocos metros que la separan de la librería con una bolsa lila con un moño. Hizo la entrega con una sonrisa enorme y esperó a que la chica de la librería reaccionara.
La librera pidió detalles de la situación y Patricia describió al hombre regalador como interesante, educado y seductor. Con esos datos, no tardó en saber de quién se trataba; tampoco tardó en ruborizarse.
El hombre tiene edad suficiente para ser su padre -un padre joven, eso sí- y eso lo convierte en algo nuevo a los ojos de la chica de la librería. El hombre tiene otro código, más tradicional, pero no por eso menos atractivo, todo lo contrario.
La chica de la librería sabe que lo que hizo el hombre le va a alegrar el día, porque esas cosas no le pasan nunca y aunque se haga la canchera, es de público conocimiento que cada vez sucumbe más ante ese tipo de gestos.
El hombre hizo la jugada correcta. Ya le tomó el tiempo a la librera.

lunes, noviembre 29, 2010

Una mezcla de nostalgia, angustia, calentura y hormonazo. Eso siento. Me imagino una escena de sexo en este preciso instante, con este mismo estado de ánimo, y apuesto mis pocas pertenencias a que me convierto en una de esas que lloran cuando cogen. Una sola vez lloré después de acabar, el tipo ni se dio cuenta -como no se dio cuenta de nada, nunca, pero ese es otro asunto-; claro que fue parte de la puesta en escena que me había armado para mí misma: el tormento del amor inefable y nunca correspondido sólo podía ser cristalizado de un solo modo, llorando en silencio después del éxtasis de la intimidad, después de mirarlo a los ojos mientras el orgasmo nos atravesaba el cuerpo. O sea, puro blabla, pero de vez en cuando me gusta armarme shows para hacerme creer que soy una de esas mujeres intensas e inolvidables. Cada cual con su neurosis, no me pidan más que esto, hago lo que puedo.
El problemaa de este estado es que no queda otra más que esperar que decante y yo soy muy ansiosa. Y además, va a terminar mal. Nada bueno sale de la mezcla de nostalgia, angustia, calentura y hormonazo. En el mejor de los casos, me indispongo antes de tiempo. En el peor, salgo desesperada a encamarme con cualquiera para después sentirme vacía y desamparada. En el medio, se despliega un abanico de confusión, ataques de quinceañerismo y activación de los mágicos poderes de la Luna en Acuario.
Tengo el cuerpo impregnado de él. Su olor en mi ropa. La sensación en las uñas de la aspereza de su barba. Flashbacks, cientos de cuadros que forman secuencias, que foman escenas, que recrean momentos. Y todo eso me conmueve, me angustia, me calienta, me alborota.
La nostalgia es un bonus track que me manda la vida, porque es perra.

miércoles, noviembre 24, 2010

"Bastante lejos del convento está esta", dijo mi madre refiriéndose a mi laica soltería.
"Vos buscate DOS, siempre DOS", dijo mi abuela con respecto a las elecciones de maridos.
"También te voy a regalar una canción", dijo mi papá y peló armónica.
"Feliz cumpleaños", me dijeron mis padres, mis dos abuelas, mi abuelo, mis tres tías, mis cuatro tíos, mis cuatro primos, mi hermana, Dedé, una amiga de mi mamá y una prima segunda.
"28", decían las velas sobre la torta.
"Gracias" y "te quiero mucho", dije incontables veces a lo largo de la noche.

sábado, octubre 30, 2010

¿Sabés qué está bueno?
Dormir en bolas

Otras cosas también,
pero no es este el momento,
ni el lugar

viernes, octubre 22, 2010

Después de una jornada HORRIBLE en la que mi jefe me avisó del inminente cierre de la librería, sufrí los espantosos dolores de la depilación para que después me cancelaran un encuentro y me quedaran las manos secas por haber maniobrado toda la tarde con libros polvorientos, me vi la cara en reflejo de la ventanilla del colectivo y era la estampa del más puro odio. Me asusté.
De todos modos, como la vida es perra pero de vez en cuando me sorprende, Lau le hizo dar a mi día un giro de 180 grados. Me regaló la entrada para Massive Attack, me sirvió helado y fue poniendo uno a uno los discos de vinilo de su madre. Empezamos con Carly Simon y Zeppelin, seguimos con Joe Cocker, pasamos por los Beatles en su etapa gurú maharishi y terminamos a los gritos pelados con Janis Joplin. Janis te hace liberar tensiones, es un hecho comprobado.
Me fui a dormir un poco borracha, bastante caliente, un poco desilusionada y un poco contenta. La expresión de odio hacía rato se había borrado de mi cara y pensé y sentí que tal vez nada es tan terrible.

viernes, octubre 08, 2010

Es justo en ese momento en el que voy entrando en trance que me gustaría abrir la boca para decir algo más que "sí" o "me encanta"; pero, justamente, porque de eso se trata el trance, mis facultades intelectuales merman para darle paso a lo sensorial. De repente todo es piel y química y pajaritos de colores y fuegos artificiales y esas cosas que los científicos intentan explicar con ECGs y las adolescentes calentonas con canciones de reguetón.
De todos modos reconozco que mi naturaleza es sabia -mucho más sabia que otras partes- y por eso me tapa la boca con un manto de gemidos. Porque ¿qué sería capaz de decir en esos momentos? ¿Podría ser yo una de esas que no ven las líneas divisorias y enuncian tequieros apresurados y cargados de moralina latente? ¿Podría hilvanar un rosario de guarradas irreproducibles en otro ámbito? Quién sabe.
La realidad es que me callo la boca y dicen por ahí que con la mirada todo lo digo.
Las palabras llegan después. Después de descansar y despertar en el mismo estado de ebullición que no me dejó caer rendida sobre la almohada la noche anterior. Me brotan las palabras por todos lados. Me lleno de palabras como hace unas horas me llené de piel, pajaritos y fuegos artificiales.
Te extrañaba, satisfacción.

jueves, octubre 07, 2010

A las nueve me despertó el llamado de una chica que pensó que estaba llamando a canal 7 y que antes de reconocer su equivocación me dijo un montón de cosas que no entendí. Después de un expresivo "¿Eh?" de mi parte, la chica pidió disculpas y yo seguí durmiendo. A las once volvió a sonar el teléfono, pero esta vez nadie se había equivocado. Era para mí y me alegró la mañana. Tanto, que no seguí hasta las doce como tenía planeado sino que salté de la cama para bañarme. No, bueno, salté de la cama porque de repente mi noche de jueves que iba a ser Mad Men y Boardwalk Empire con un cuarto de helado se transformó en velada en casa y cocinar para un muchacho que me llama a las once de la mañana y me saca las primeras sonrisas del día.
Todavía había sol cuando salí a la calle para ir a mi carnicería y verdulería amigas. Yo ando antojada de entraña, pero el carnicero siempre me cuenta la misma historia: que hay una sola por vaca, que le tengo que avisar con anticipación así me reserva, que con una para dos personas está muy bien y blabla. Al final me llevé un buen pedazo de vacío y estuve a punto de pedir bondiola de cerdo, pero por algún motivo me contuve. De ahí, caminé los dos metros hasta los bolivianos que me venden las paltas más cremosas y las espinacas más tiernas. El piola de Antonio, el verdulero, siempre me hace la misma, me llena de halagos a mí, llena de halagos su mercadería y trata de darme más de lo que le pedí, porque claro "no te podés perder estas frutillas, linda, llevate medio, no un cuarto", a lo que yo le tengo que explicar -como lo vengo haciendo desde el 2007- que soy yo sola, que medio kilo de frutillas es igual a que me las olvide en la heladera y las tenga que tirar en unos días. Le terminé debiendo dos pesos y me despidió con una simpatía que le admiro y envidio.
Llegué a casa, puse las cosas en la heladera y aparté unas mandarinas y frutillas para hacerme un licuado.
Medio kilo de frutillas cuando le había pedido un cuarto. Un kilo de mandarinas cuando estoy casi segura de que pedí medio. Antonio, petiso pícaro, si serás estafador.

lunes, septiembre 06, 2010

Ah, pero se largó la primavera con todo, eh.
El chico del videoclub de enfrente puso cuarteto a todo volumen y me tapa con Ro-ro-ro-rodrigo la música clásica que me obliga a poner el patrón todos los días. Todo bien con la música clásica, incluso con la ópera, cada vez me copa más; el problema es los sábados al mediodía, hay un programa de zarzuela y ópera española que me taladra el cráneo. Sigue Rodrigo y a mí se me mueve el piecito involuntariamente.
Surge desde un lugar desconocido un deseo genuino de alimentarme sanamente y hacer dieta. No sólo porque la ropa de la primavera pasada me queda un cacho ajustada sino porque septiembre me suele pegar así, sano. Debe ser el Sol en Virgo. Ya me estuve anotando una recetas -voy googleando en vez de trabajar, claro-; muero por hacer unas berenjenas con ajo, yogurt y eneldo. ¿Dónde consigo eneldo fresco?
Volvió la temporada-marihuana también. Era de esperarse. O no, no lo sé. Si sé que estuve como ocho meses sin fumar prácticamente y que ahora empiezo a pensar nuevamente que todo -absolutamente todo- es mil veces mejor si estoy fumada. Comer, beber, charlar, coger, cocinar, pasear, ducharme; todo.
Ayer inauguré la hamaca paraguaya, lástima que ya era medio tarde, el sol no terminaba de pegar en la terraza y me dio frío. De todos modos, subir la escalera con mi almohadón y mi librito, poner los ganchos, tirarme y mecerme me hizo sentir muy feliz, aunque esa felicidad haya durado solo diez minutos.

Mete miedo tanta satisfacción.

sábado, agosto 28, 2010

No sé si es porque dormí apenas 3 horas o si me da vergüenza reconocer ciertas cuestiones, pero la cosa es que podría escribir los versos más felices este mediodía y no me termino de animar. De veras, versos ("the horror", diría Conrad). Podría escribir poesías -etéreas, eternas- inspiradas en la salsa taratur y las berenjenas ahumadas; odas al modo ese que tiene de tocarme. Panegírica estoy y no me reconozco. Mejor agarro mi cuadernito y que nadie se entere de nada.


En otro orden de cosas, un muchacho con el que me vi un par de veces el año pasado SE DISCULPÖ por haberse borrado sin haber dicho siquiera chau. ¿Entienden la envergadura del asunto? Probablemente no, porque seguro que ustedes no tuvieron los primeros siete meses del 2010 minados de desaparecidos en acción, pero como yo sí, y sufrí como una marrana, se me llenó el corazón de gratitud ante tan noble gesto.


Me voy a dormir la siesta.

sábado, agosto 21, 2010

Me levanté sola, después de ocho reglamentarias horas de sueño; de buen humor a pesar de los sueños perturbadores que había tenido. Le di de comer a Plutón, me comí una mandarina y me fui a bañar. Con la sensación de "es, oficialmente, un nuevo día" me enjogginé y me fui hasta el lavadero. La señora oriental -yo creo que es coreana, pero no la tengo muy clara con los taiwaneses todavía, así que por las dudas no arriesgo- que lava mi ropa y me atiende siempre con una sonrisa enorme estaba con el esposo, ese que parece salido de una peli de Kim ki duk y activa lo más pecaminoso de mi imaginación. Me gusta porque se nota que se llevan bien, que dividen tareas y que se sonríen mientras le tiran suavizante a los lavados de acolchados de la clase media caballitense. Pagué lo que me correspondía y caminé por Formosa con mis dos bolsas repletas y la mirada hacia arriba. Y durante una cuadra y media mi cabeza se llenó de pajaritos. Porque a veces me inunda la gratitud y no puedo parar de pensar en cosas lindas, de verle el costado positivo a todo. Entonces se me puebla el pensamiento con bichos afelpados, cupcakes, guirnaldas, y papel picado. Y qué lindo día, qué lindo agosto, qué lindo que llegue la primavera, qué lindo tener toda la ropa limpia, qué lindos los coreanos (o taiwaneses), qué lindo que ella use ojotas con medias y no le importe nada, qué lindo que él use esas poleras de mafioso cool que tan bien le quedan, qué lindo qué lindo qué lindo, qué lindo ponerme mi pollera azul y mi saquito rojo, qué lindo ver esta noche a un chico tan lindo, qué lindos los pajaritos, qué linda la vida, qué linda mi vida.
Y de repente, PUMBA, siento cómo mi pie derecho se resbala, siento mi rodilla izquierda flexionarse para evitar darme la cara contra la vereda. Lo próximo fue estar ya parándome, sin detenerme a mirar para atrás. Caminé rengueando los dos metros que me separaban de mi casa. A los diez minutos -después de haberme lavado el tremendo raspón- ya habían vueltos todos los pajaritos y animalitos a mi cabeza.
Torpe, sí, pero feliz.

lunes, agosto 02, 2010

cervezas + vino tinto + porro asesino de Flor + mucho apuro porque hay que retirar las entradas para ver El Origen = las chicas (Ani, Lau, Amarula, Flor et moi) poniendo lo que les faltaba tomar en botellitas + las chicas bastante borrachas y fumadas apurando al taxista y llegando justito a retirar las entradas + las chicas bastante fumadas y borrachas tomando de las botellitas en la calle + las chicas absolutamente borrachas y fumadas sintiéndose un poco adolescentes.