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jueves, agosto 26, 2010

Ayer mientras mi hermana lustraba sus botas -sí, mi hermana lustra sus botas- y yo le explicaba cómo se hace una rica vinagreta para una ensalada, nos dimos cuenta de que nuestra madre es buena cocinera, pero tampoco la pavada. Y qué golpe tan tremendo ¿no? Porque una va por la vida asegurándole a la gente que no-sabés-cómo-cocina-mi-vieja, creyendo que Doña Petrona parió este cuerpito y resulta que no. Resulta que la lechuga sólo con aceite y sal y el puré sin nuez moscada. ¡El puré sin nuez moscada! Eso sí, la tortilla de papas, una maravilla; y ni hablar de las masas de pizza y tarta. Digo, mi madre es una madre como cualquier madre, que a veces cocina un pernil de cerdo durante 14 hs para festejar Año Nuevo y otras hace una polenta que podría usarse para fabricar ladrillos.
Pensaba en esto hoy, mientras buscaba tahini por todo Caballito, desesperada. Después la gente se sorprende cuando digo que mi barrio favorito es Villa Crespo; sólo tengo tres cosas para decir al respecto: sanguchitos de pastrón y pepino en cualquier panadería, pletzalej realmente decentes y el barcito de la esquina de Sarmiento y Río de Janeiro donde se pueden avistar estudiantes de Ciencia Política. De más está decir que me fui a tres negocios de cosas ricas y a dos dietéticas y del tahini ni noticias. Recién a dos cuadras de la librería, en el árabe buena onda que me provee almuerzos en forma de sandwichs de falafel, conseguí un bendito frasco.
Así que mañana me levanto tempranito para preparar el hummus y la pasta de berenjenas, el pollo con salsa de yogurt que completará la cena romántica se preparará en el momento. También festejo que Dedé se muda en octubre a casa comprando moldes para muffins.

El día que mi hermana se convirtió ofcialmente en roomate, fuimos al bazar y compramos, entre otras cosas, una tartera.

Hijas de nuestra madre, nietas de nuestros abuelos. Es inevitable.

jueves, agosto 12, 2010

Hoy a las once de la mañana sonó el timbre. Lo escuché entre sueños pero no pude ignorarlo, terminé despertándome y yendo a ver quién era. Abrí la ventanita que está en la puerta que da a la calle y me encontré con cuatro señores con cara de nada y un pelado en traje. "Somos de Telefé", me dijo un canoso, "Venimos porque nos llamó Xxxxx Xxxxxxxx por el tema de la obra de al lado".

- Pero Xxxxx Xxxxxxxx es el del timbre 3, yo soy del 2.
- Sí, pero tocamos el 3 y no nos atiende nadie. ¿No nos dejás hacer unas tomas desde tu terraza? Es un segundito nada más.
- No.
- Fulano, mostrale la cámara -le dijo al camarógrado que se estaba fumando un pucho; el tipo levantó la cámara a la altura de mis ojos- ¿Ves que tenemos la cámara? No tengas miedo. Somos de Telefé.
- Ni tengo miedo ni desconfío, pero si vos arreglaste con el vecino del 3 para venir y el tipo no está, es un tema suyo. Yo no te voy a abrir la puerta.

Temía que repitiera "somos de Telefé" así que cerré la ventanita después de un seco "chau".
Tal vez debiera haberles dicho que no me iba a prestar para esa paparruchada de clase media pretenciosa y cacerolera, pero la verdad es que cero ganas de argumentar en el pasillo, a través de un cuadradito de 10x10, cagándome de frío. Bueno, la verdad es que si se me hubiesen venido a la cabeza las palabras "paparruchada de clase media pretenciosa y cacerolera" las cosas habrían sido diferentes, pero ¿qué quieren que les diga? a las once de la mañana no me funca la neurona.

Entre los martillazos desde las 8am, el olorcito a asado de cada mediodía y los obreros saludándome desde la medianera, esta obra puta me está arruinando la vida.

sábado, abril 10, 2010

- ¿Conocés el bar ese de Ambrosetti?


Claro que lo conozco, y cualquiera que quiera llevarme ahí, no entendió nada de nada. Al final no fuimos, porque yo empecé con mi perorata acerca de Caballito y la clase media, que tal vez en otra situación hubiese evitado, tengo la mesura suficiente como para no ser hinchapelotas desde el vamos; pero considerando el panorama, decidí mostrar la hilacha, qué tanto. Y si bien tuve que tomar un TÉ DE BOLDO porque mi estómago no me permite nada más fuerte estos días, creo que fui una buena primera cita. Mucho chiste y mucho dato curioso para dejar al otro pensando que guardo una cantidad inefable de información probablemente inservible, porque soy una excelente partenaire, incluso cuando el tipo no me mueve ni un pelo; de hecho, especialmente cuando el tipo no me mueve ni un pelo, como si el rechazo me volviera encantadora.
Me bajé del auto casi sin mirarlo, quise evitar cualquier tipo de momento-beso, que de todos modos no sé si se hubiese generado. Y siempre pasa lo mismo; abro la puerta, tanteo la cerradura con la llave porque no me gusta prender la luz y camino por el pasillo oscuro y hago un resumen de la velada. Esta vez: qué cagada, pero qué cagada esta falta de inspiración, esta escasez de deseo y motivación; qué pena que me salgan mal los experimentos vinculares, qué tarada por pensar que me puede llegar a funcionar esto de la cena-cine -o té de boldo-cine, es lo mismo- con un flaco que, claramente, no tiene un pito que ver conmigo, en nada. Posta, en nada. Es de esos que dicen "¿qué te fumaste?" o "no sé qué se fumaron cuando hicieron tal película". Qué mal me cae esa gente.

martes, enero 19, 2010

Volvía por Rivadavia, desde Medrano. Me puse el saquito porque levantó viento y pensé. Pensé como por diez cuadras. Que a veces no tengo por qué esforzarme tanto, especialmente cuando sé que se trata de una causa perdida. Que me ubico en lugares que no tengo las tetas suficientes para llenar, y que sí, que podría, pero ¿vale la pena el esfuerzo? Que sí, que siempre vale la pena, porque es una batalla per-so-nal, que si el fruto del esfuerzo nadie me lo quiere aprovechar en el presente, es algo que ya tengo ganado, una prueba menos a superar. Pero que ahora no, no me dan ganas, que tengo derecho a darme el lujo de elegir las batallas que peleo y a quién elijo de sancho para que me acompañe a enfrentar el conflicto. Que probablemente es la misma excusa que pongo siempre pero con otro enunciado. Que no me importa. Después llegué a Acoyte y me quise pegar un tiro, porque ese es el efecto de Acoyte y Rivadavia, ganas de suicidarse, o de empezar a los tiros indiscriminados. Así que dejé de pensar, diez cuadras es un montón.

miércoles, octubre 21, 2009

Desde los doce años hasta principios del 2007, vagué por casas varias. La de mis padres, mi abuela, mi otra abuela, Ale, Andre, Dedé, Lau, Ani, Ali, otras amigas, chongos, profesor de canto, tíos generosos. Un día acá, otro día allá; nunca dormí más de dos días seguidos en la misma cama, estaba acostumbrada a la mochila con una muda de ropa, a las distintas presiones del agua en las duchas, a despertarme y tardar un rato en saber dónde estaba. Me gustaba esa vida, ser medio nómade, sentir que ningún lugar era mi hogar, porque el hogar era otra cosa, más de adentro, algo que no tenía mucho que ver con un cuarto lleno de pósters o una heladera que dentro tuviera la mermelada del gusto que a uno le gusta. Entonces un día de febrero Nat me llamó y me ofreció el cuartito de arriba de la casa, acepté inmediatamente; planeé mi mudanza para el 21 de Marzo, el día que empezaba Aries -porque sí, yo hago esas cosas, calculo tránsitos planetarios antes de hacer las cosas-. Durante los primeros 4 meses no tuve muebles. Una cama prestada que me hacía retorcer de dolor, la repisa con los libros y nada más, todo en el suelo. Es difícil armar un espacio propio después de tantos años de andar vagando por ahì; pero en Julio me traje unos muebles de la casa matriz y me compré un colchón, empecé a habitar esa miniatura de cuarto. En Agosto La Secretaria se mudó, se vino Flor y la convivencia se hizo más tangible. Ver pelis las tres juntas, salir y compartir el taxi de vuelta, prepararles cenas, aprovechar las primeras noches de la primavera para tomar fernet con coca en la terraza. Un romance, eso tuve con mis roomates durante más o menos un año y medio, un romance también con la casa, empezar a apropiarme de un espacio me hizo ver que no todo era tan Acuariano como yo pensaba, que sólo se trataba de que lo creara yo.
En Marzo de este año se fue Flor y llegó Ani, su hermana. Por otro lado, Nat noviando amenazaba con que no iba a renovar contrato otra vez. La casa se oscureció, la abandonamos. Poca comunicación, poca dedicación, poca atención. Fueron meses raros, de estar mucho en lo de Dedé, de no querer volver a casa, de saber que había que tomar una decisión: mudarme para abajo o no, renovar contrato o no, saber quién se mudaría y de dónde carajo iba a aparecer una garantía. Resumiendo, me mudé al mejor cuarto de la casa, se renovó contrato a mi nombre, la garantía la pusieron mis abuelos y se vino Genève.
El torbellino Genève nos cambió la existencia. La casa está divina, da gusto llegar y colgar las llaves del ganchito. La convivencia vuelve a tomar forma de affair y es prácticamente imposible hacerme dormir fuera de casa. No me dan ganas de salir, mi cuarto es mi santuario. Plutón, el gato más bello, y mi hermana como invitada permanente no hacen más que sumar.
Todo esto para justificar que cuando salga de la librería en un rato, me voy a meter en un bazar bien grande y me voy a gastar la plata que no tengo en pelotudeces. Un coso para cortar ajo, por ejemplo.

miércoles, septiembre 23, 2009

Cosas que sí.
Ir al chino de Guayaquil a comprar papel higiénico y cruzarme a Alberto Laiseca en las góndolas.

Cosas que no.
No animarme a ir y decirle que lo admiro mucho y que justo estoy por empezar un libro suyo, que lo tengo sobre el escritorio para cuando termine con el que estoy ahora.

Es que estaba prácticamente en pijama y con cara de recién levantada, capaz se asustaba.

lunes, agosto 31, 2009

Antes, los domingos eran despertarse en algún momento entre las dos y las cuatro de la tarde, arrastrarse hasta la panadería, volver e instalarnos en el cuarto de Flor a ver pelis hasta las doce de la noche. Flor hacía panqueques, a la noche se pedía delivery y si era veranito, nos tomábamos unos fernets en el patio de abajo.
Ahora, los domingos son despertarme tipo 12, ir hasta la panadería a comprar algún sandwich, volver a mi cuarto y ver alguna serie hasta que las conversaciones de las chicas no dejan que me concentre. Limpian; ellas, los domingos, limpian. Si a mí pasar un domingo en la cama con alguna peli o un libro me resulta de lo más terapéutico, ellas no comparten; a ellas les hace bien limpiar.
Ayer, me arrastraron hasta la terraza. Mientras yo me fumaba uno, ellas baldeaban y lavaban las botellas de cerveza -cincuenta aproximadamente- que están ahí desde que se empezó a alquilar la casa. Y mientras flasheaba con el agua, el escobillón y la rejilla, ellas dale que te dale con la pulcritud. De repente, miré la terraza, cómo mejoró, lo linda que está y me puse contenta.
Mañana voy con mi tío a comprar unos estantes y una parrilla. Porque eso es lo que siempre le faltó a casa, una parrilla.
También nos falta un parrillero, pero eso es lo de menos.

domingo, agosto 09, 2009

Estoy en un bar de Acoyte y Rivadavia y mientras uno de los mozos se me hace el galán de maneras de lo más extrañas, mi amiga de la adolescencia que desde hace años vive en España me dice "bueno, vos nunca fuiste demasiado sentimental".
Ayer se me quemó un poquitín el guiso de lentejas -la culpa fue mía y sólo mía- y me pasé un poco con el cabernet. También recibí un poco de dulzura, algo que no experimentaba desde hace años. Sí, años.
Uno de esos fines de semana raros es este. Me gusta.