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domingo, septiembre 04, 2011

Cuando a los 18 años me anoté en psicología, todos dijeron "sí sí, vas a ser buena psicóloga", por los rulos, la capacidad de escucha y mi obsesión por desentrañar los misterios de las conductas dañinas e incomprensibles.
Cienco años después, cuando mandé todo al carajo y me pasé a Letras, todos dijeron "ah, no, esto va mucho mejor, es para vos", por la lectura compulsiva de narrativa y el interés por la teoría literaria.
Un poco más tarde, cuando me agarró un acv que nadié percibió pero que estoy segura de que ocurrió (otra explicación no le encuentro) y me anoté en física, nadie dijo nada. Bueno, no, decían "está bien, si tenés ganas, hacelo".
Pero algo diferente sucedió cuando decidí anotarme en el joaquín y ser en unos años profesora de lengua y literatura. Se abrieron las aguas. Las opiniones se diversificaron. Ahora hay dos bandos. Los que dicen que voy a ser una profesora turra, exigente, intransigente, fría y distante y los otros que aseguran que voy a ser de esas que aparecen a las 7 de la mañana con mirada de no-me-acuerdo-cuánto.whisky-tomé-anoche y un escote revelador, tratando de hacerle parar el pito a los adolescentes.

Yo no sé qué clase de profesora voy a ser, lo que sí sé es que hace un rato me desperté de la siesta con una calentura x400 y cuando me acordé de lo que había soñado, casi me muero.
Resulta que estaba en una clase de literatura de cuarto año en el pelle, como ayudante. Había un pibe, un quinceañero, un borrego, unn gurí, que se partía al medio y yo le coqueteaba. Lo llamaba por su apellido y, mientras me hacía la linda, le halagaba sus observaciones sobre Triste, solitario y final.

lunes, junio 06, 2011

Hoy soñé que estaba en mi cama, tal como me había quedado dormida, que tenía los ojos cerrados y que si estiraba las manos, podía tocar la cara de un hombre con barba y labios carnosos. Sabía que estaba soñando y, por eso, también sabía que si abría los ojos, seguramente me iba a encontrar solamente con una pared frente a mí; así que seguía palpando, le acariciaba el labio inferior con la mano izquierda, mientras que apoyaba en su cuello la derecha. Lo que tienen de particular este tipo de sueños son las texturas. Yo no soñé que tocaba un rostro con una barba de tres días, toqué esa cara, sentí la aspereza, todavía lo siento en las manos. Es lo más cercano a la realidad y lo más despojado de simbolismo que puedo experimentar mientras duermo, por eso no quise abrir los ojos; porque cada vez que me sucedió algo así, el querer agregar un sentido a la experiencia dio como resultado el retorno brusco a vigilia. Pero, por otro lado, tenía que saber a quién estaba tocando, mi curiosidad actúa antes que yo muchas veces. Entonces, en el sueño, abrí los ojos. Y ahí estaba, alguien a quien nunca vi. Un hombre de treinta y pocos, muy blanco, ojos marrones y una boca que daban ganas de morder. Él me miraba fijo, sin ninguna expresión definida, dejándose manosear la cara con una calma sorprendente.
Me asusté. Lo tengo que reconocer, me cagué de miedo. De repente, no supe si estaba soñando o si un flaco re lindo se había materializado en mi cama mientras dormía la siesta. El tipo estaba ahí, lo sentía ahí, emanaba calor, me estaba empezando a mordisquear el pulgar que yo tenía a medio meter en su boca y no pude más que hacer un esfuerzo grandísimo por despertarme.
Y claro, me desperté. Abrí los ojos -esta vez los ojos-vigilia, no los ojos-sueño-, miré la pared blanca, me puse triste y volví a cerrarlos, intentando volver al estado anterior, a la barba, la boca, el chico, mis manos y su calor; obviamente, no pude. No tuve mejor idea que recordar. Otras barbas, otros chicos, otros calores. Otras cercanías, otras miradas; algunas verdes, otras negras, otras como delineadas, otras casi transparentes. Otros olores, otras expresiones y otros sentimientos, muy distantes de la tristeza.
Hice el mismo camino que hago siempre cuando decido entregarme a la nostalgia. Y cuando hablo de camino, lo digo casi literalmente. Camino por esa calle en la que corre un viento asesino sea verano o invierno, termino mi cigarrillo en la puerta, muerdo el caramelo que traigo en la boca y trago los pedacitos, toco el timbre y espero. Espero a que abra la puerta, pero también espero el momento ese en el que ya estamos cansados de coger y puedo quedarme dormida aunque me esté abrazando y mi cara esté pegada a su pecho. Espero poder recrear al menos una mínima parte de la sensación que siempre me generó tenerlo cerca; una mezcla de deseo inconmensurable, sentirme muy estúpida y muy chiquita. Como era de esperarse, logré la parte de la estupidez y un poco la del deseo, lo que me dejó en un estado de frustración un poco difícil de quitar, que no se fue con tocarme, aunque quise. Porque él no me tocaba, directamente me penetraba. Desde el momento en el que abría la puerta -en la vida real y en mis recreaciones a ojos cerrados-, se me metía adentro y no salía hasta despedirnos al otro día. Como si la puerta de esa casa fuera el mismo límite de mi cuerpo, parte de mi dignidad y mi deseo. Entrar ahí era dejar que él se diera el lujo de invadirme, penetrarme y someterme; de la misma manera en la que pensarlo es dejarme invadir, penetrar y someter por la imagen que me queda de él.
Extraño, no sé si lo extraño a él. Extraño su manera tan exquisita de faltarme el respeto. La liviandad con la que pasaba por alto mi discurso neurótico y apelaba a lo más primitivo que hay en mi, de la forma más chabacana y divertida. Extraño la saciedad después de haber pasado una noche con él y también extraño las ganas imposibles de aplacar que solo lo tenían a él como objeto; extraño no poder reemplazarlo con nada ni con nadie. Por eso siempre el mismo caminito, la búsqueda de esa intensidad sin llegarle ni a los talones; las mismas escenas, imaginarme las mismas miradas, obsesionarme con las mismas frases, una y otra vez. Noches y noches y noches intentando algo que solo es posible si entro en esa casa, no con mi mente, sino con mis piernas, mis pies y toda yo. Solo posible si me dejo avasallar por sus faltas de respeto que ofenden por lo inofensivas, por su liviandad inherente y por su habilidad para hacerme sentir deseada, estúpida, sometida y maravillosa, todo al mismo tiempo.

Cómo será de fuerte que ya perdí el hilo de lo que quería contar. Lo que quería contar era que soñé con un tipo, un desconocido, pero terminé poniendo la carga del sueño en otro, que sí conozco, y que se me arruinó un cacho del domingo.
Después puse Talking Heads y me sentí mucho mejor.

miércoles, mayo 04, 2011

El flaco me decía que mejor la cortáramos ahí porque yo quería "algo más". Y yo le respondía que claro que quería algo más, pero en un sentido más general de la expresión; que el "algo más" que
él estaba conjeturando era sólo una de las posibilidades de algos-máses a nuestra disposición. Que siempre quiero más y eso no necesariamente tiene que ver con un deseo romanticón de andar juntitos de la mano, de decirle a mi papá "te presento a mi novio" o de irnos juntos un fin de semana a algún lugar de la costa. Que con coger y sólo coger a mí no me alcanza, que es preciso que haya un ingrediente extra, como que el otro tenga mujer y todo tenga gustito a incorrecto y prohibido; o que broten fantasías y morbos como conejos de la galera; o que los diálogos sean tan estimulantes como reflexivos. Algo, lo que sea, pero que para tener orgasmos ya me tenía a mí misma. Así, "para acabar me alcanza conmigo misma".
Él me decía que no terminaba de entender a qué iba con esa declaración de principios y yo me daba cuenta en ese preciso instante de que el tipo no tenía ganas de nada conmigo, que el problema no era el "algo más", sino yo en general. Pero también caía en la cuenta de que él tampoco me alcanzaba y que tenía razón, mejor dejarlo todo ahí.


Genial, hasta en los sueños me hago la cancherita. Yo no sé qué quiere decir este sueño, lo que sí sé es que cuando un diálogo parecido se dio en la vida real hace unos meses, yo quería todos los máses con él y, bueno, él no.
Eso sí, el discurso de mi yo onírico me cierra por todos los costados. Siempre quiero más, más de lo que fuere, pero más.

Cuando salí de la cama me puse a buscar unas hojas cuadriculadas para un tp del profesorado y ahí estaba, escondido entre otros papeles, el guión del corto del hombre soñado. Me acordé de Freud y su texto Lo Ominoso (o Lo Siniestro, según la traducción) y traté de armar redes entre manifestaciones del inconsciente; pero antes de ponerme a especular le eché un vistazo y no sentí ni angustia ni melancolía; todo lo contrario, me dieron muchas ganas de que algún día pueda filmar esa idea tan bella. También deseé que le diera pelota a mis correcciones, pero eso por el bien de la sintaxis.

Y así, mientras dormía, fue que me dije a mí misma que -otra vez- quiero más.
Alguien más.

miércoles, febrero 09, 2011

Típico. Típico de mí II.
Cuando sueño algo que no me gusta o me altera, me despierto pensando que puede ser cierto. Esa certeza puede tener durabilidad variable; a veces, demasiada.

Ejemplo primero
Cierto señor que durmió incontables noches conmigo podría testificar que se despertó varias veces por un golpe propinado por quien les escribe. Codazo en los riñones, rodillazo en la tibia, patada, empujón; utilicé varias técnicas. Resulta que soñaba que me engañaba o que me decía algo feo y cuando la angustia me despertaba, pumba, violencia física y un traumático pasaje a vigilia al son de "la puta madre, ¿pero qué te pasa?". A los pocos segundos caía en la cuenta de que había sucedido todo en mi mente y seguía durmiendo lo más pancha.

Ejemplo segundo
Esto pasó sólo una vez, pero temo que vuelva a suceder. Un día, hace no mucho, soñé que estaba embarazada; que acababa de salir del hospital donde me habían dado la noticia y que cuando estaba por prenderme un pucho, me daba cuenta de que cigarrillo-alcohol-porro no more y casi psicotizaba ante el panorama de tener a un ser humano dependiendo de mí hasta los 18 años. Al otro día -o dos días después, no me acuerdo- llamé al muchacho con el que estaba en ese momento y lo interpelé acerca de la posible rotura del forro en nuestro último revolcón y demases paranoias.
Un llamado un día de semana, a las 4 de la tarde, que comienza con "soñé que estaba embarazada" NUNCA es bien recibido. Se lo cuento a las lectoras por si no lo sabían.

martes, febrero 08, 2011

Típico. Típico de mí -y de andá a saber cuántas más- soñar con un tipo al que no veo hace mucho y despertarme con la certeza de que el flaco está tratando de comunicarse telepáticamente conmigo. Bueno, no, telepatía no. Pero sí que está pensándome con intensidad.

martes, octubre 12, 2010

Soñé que era hombre y, por supuesto, tenía pene. Sí, tomá Freud, tenés razón. Mi inconsciente volvió a algún momento previo al complejo de castración y me hizo soñar que tenía pene (yo pondría "pija" que es la palabra que uso siempre, pero capaz es medio violento).
Igual, un bajón. Llegaba con mi mujer (!!!) de una fiesta y yo quería ponerla pero ella estaba muy cansada. La mina mandaba a dormir a nuestros hijos (!!!) y después se tiraba boca abajo en la cama, rendida por el cansancio. Yo trataba de calentarla un toque y la muy aguafiestas me tiraba la onda de que me la cogiera dormida. Ahí se me bajaba por completo; un tremendo garrón.
Al final, me tiraba al lado de ella y también me quedaba dormido.
Hay que ser turra, eh. La única vez que porto aparato reproductor masculino y la guacha no le pone ni un poco de onda.

El tamaño era normal, eh. Nada estrafalario.

jueves, julio 22, 2010

Tenía el pelo más largo que ahora. Mucho bucle, mucha onda; muy lindo. Primero leía unos apuntes de epistemología -me parece que todavía estudiaba psico y estaba cursando metodología de la investigación- y después de comprar galletitas de manteca en un supermercado, me ponía en pelotas y salía a trotar.
Corría desnuda por Palermo y los rulos se me despeinaban.
Como Lady Godiva pero sin caballo.
Al principio me daba un poco de vergüenza, más que nada porque no quería escandalizar a las viejas paquetas del Boulevard Charcas, pero cuando veía que a nadie le importaba demasiado empezaba a disfrutarlo realmente.

Ahora me siento liviana.

lunes, julio 12, 2010

Dormí ocho horas. En esas ocho horas tuve tres sueños con introducción, nudo y desenlace. Porque acá se sueña prolijo, nada de andar confundiéndose o saltar de un escenario a otro sin la transición pertinente; a nivel contenido, lo que se te cante, pero si hablamos de forma, orden, yo necesito orden. Tres sueños diferentes con tres tipos diferentes.
En el primero, LlaveInglesa me dejaba plantada; been there. Claro que lo perdonaba; done that. En el segundo negociaba por msn con uno que todavía no conozco. Él quería ir a El Imaginario y yo a La Subasta. Al final terminábamos discutiendo porque yo le avisaba que no iba a dejar que me pagara nada. El tercero fue el más real, con más texturas. Estaba en mi cuarto, metida debajo de las frazadas, apenas entraba luz de afuera y cuando miraba a los pies de la cama veía el contorno de un hombre. Era el tipo este, que es lo más, pero, pequeño detalle, desaparece cuando se le canta. "¿Volvió a aparecer?" me preguntaba yo mientras él me mostraba un collage que me había traído y pegado en la pared. Tenía unas letras enormes que formaban una frase, pero como estábamos en el medio de la penumbra, sólo podía leer una palabra: "paz". Le pedía que se metiera conmigo en la cama, porque afuera hacía frío. Mientras miraba su figura desvestirse me moría de ganas de tocarlo. Evoco la imagen y juro que siento las ganas en las manos. Después, juntos, casi pegados, adivinando los gestos del otro a pesar de la poca luz que entraba y yo que no podía dejar de acariciarle la cara.
Me despertó el timbre del teléfono y después de gruñirle al vendedor de telecentro -me quería ofrecer no sé qué-, me angustié. No había nadie más en mi cama, nadie a quien tocar. En la pared, en vez del collage con la frase misteriosa estaba el cuadro que Flor pintó pensando en Nico y en mí -tengo que sacar ese cuadro con urgencia-. Y las ganas que no se van.

viernes, julio 02, 2010

Llego al aula y me siento, siempre adelante -esto de no usar lentes hace cinco años requiere una serie precauciones a las que ya estoy habituada-. La profesora entrega el parcial. Son hojas en papel fotográfico. ¿Cómo carajo voy a hacer para completar lo que pide en papel fotográfico? es la primera duda que me ataca. Empiezo a leer las hojas del examen y no entiendo un carajo. En la primera pide una interpretación extrañísima de Grimal y en la segunda hay una historieta sobre las Guerras Púnicas, los globitos de diálogo en las viñetas están, obviously, en latín y yo tengo que hacer análisis morfosintáctico y traducir. Realmente no entiendo una goma y me doy cuenta de que me olvidé el diccionario. Invoco a Vox, que el lexicón que tengo en el inconsciente colectivo venga a mí; invoco a Jung, que el espíritu de Virgilio me posea. No pasa nada, no hablo en latín como por arte de magia, la puta madre.
Me levanto y me hago la enferma. La Secretaria me dice "dale, no te hagas" y yo me pongo roja como un tomate. Vuelvo a sentarme y todos entregan con cara de satisfacción.

Me despierto en pánico y tardo cinco minutos en tranquilizarme.
Eso sí, de sentarme y ponerme a estudiar como se debe, ni hablar.

miércoles, mayo 05, 2010

Cuando llegué a casa después de cursar, avisé que no iba a ensayar porque la garganta se me está enfermando, me preparé un bife, una ensalada con muchas semillas y espanté a Plutón mientras comía, quería tirarse encima del plato sin escuchar razones. Y mientras disfrutaba de mi sobremesa en soledad mirando un capítulo de In Treatment, fui quedándome dormida, muy de a poco; luchando contra el sueño, eran las diez de la noche y siempre se corre peligro de despertar a las dos de la mañana con todas las pilas, fui cayendo en esa nebulosa pre-onírica que dispara imágenes sin sentido. Esta vez, repetición de escena sucedida hace apenas horas.
Estaba yo entonces en esa cama ajena, en la más completa oscuridad, con música -¿clásica?- de fondo y muy satisfecha, muy contenta. Una mano apoyada en su barba, entre acariciando y rascando. De repente, más cercanía y casi que podía ver sus ojos abiertos. La respiración que se iba agitando cada vez más y ganas, muchas ganas. Un deseo que se me desbordaba, que no me dejaba quitarle las manos de encima.
Tan perfecta había sido en su versión original, que cuando se iba repitiendo mientras caía por ese túnel que lleva directo al sueño profundo, me hizo revivir cada sensación. Mientras sentia la electricidad subiéndome por la espalda pensé que era necesario escribirlo. Que ponerlo en palabras de alguna manera ayudaría en algo. No sé para qué.
Y ahora que hice el intento, con las imágenes nítidas a la altura de la frente, no me sale. Ni quiero que salga.
Me lo guardo para mí.

lunes, abril 19, 2010

Por las escaleras que dan a la terraza bajaba un perro, un ovejero alemán, que se me tiraba encima de lo más cariñoso. Al principio trataba de sacarlo, pero era imposible, pesaba mucho y estaba completamente dedicado a darme afecto perruno. Quién sabe como, el can mutaba, se convertía en hombre. Un morocho de casi dos metro y pelo medio largo; para el crimen. Todavía shockeada por la antropomorfización, manteníamos un diálogo limitado, el morocho no tenía muy clara la gramática española y humana. Después íbamos al supermercado y alguien se avivaba de que el tipo antes era perro y nos empezaban a perseguir para meterlo en un laboratorio e investigar el fenómeno. La escapada nos llevaba a una playa horrenda, con un puente, una autopista al costado y unos caños que despedían desechos tóxicos directamente en el océano. Al hombre-perro lo desilusionaba su encuentro con el mar y volvíamos a casa, donde se producía una escena cargada de tensión sexual y millones de sentimientos de tinte romántico en la que yo me debatía acerca de la perversidad de pegarnos un revolcón con el ovejero alemán devenido en morocho con porte de oso. Él me abrazaba y me decía que si lo sentía, lo dejara ser, que no tenía mucho truco el asunto. Yo me dejaba cubrir por sus brazos largos y sentía un amor inmenso que prácticamente no me dejaba respirar.
Me desperté angustiada, con la sensación del amor sin ser expresado en todo el cuerpo, especialmente en la boca del estómago.
La frustración, la desilusión, la impotencia.
Y todavía no se me fue.

jueves, abril 01, 2010

Se me escapa el principio, es una pena, pero la cuestión es que terminaba en una casa al lado de la playa con una madre y sus tres hijas; también estaba Dedé. La cosa es que yo tenía que coger con las tres hijas y creo que con la madre también. No quería, bajo ningún punto de vista, así que ideaba un plan de escape que constaba en decirles "miren, si quieren garchar, déjenme salir a correr una horita para energizarme", salir al trote y no volver nunca más.
¿Por qué estaba obligada a coger con las cuatro minas? ¿por qué Dedé no tenía que coger con nadie? ¿por qué una hora de jogging me energizaría? No lo sé.
Entonces salía a correr, me desvíaba en unas escaleras mecánicas que salían de la nada y me tomaba el palo. En algún momento me avivaba de algo terrible, todas -TODAS- mis cosas estaban en la casa de las brujas -porque para ese momento ya las había etiquetado como hechiceras-. Me desperté de la angustia, pensando qué vida tan triste iba a tener sin mis libros. Tardé casi un minuto en caer.

martes, febrero 23, 2010

Estábamos en el living de la casa de mi amigo y consejero y en el balcón aparecían, de la nada, una mina muy linda, una nenita diminuta también muy bonita y un camarógrafo con cámara al hombro. La cámara tenía un sticker enorme que era onda la mancha de Jugate Conmigo, blanca y tenía escrito en rosa "No te cases, no".
Salíamos al balcón y preguntàbamos qué onda y nos contaban que eran del programa "No te cases, no", que era un reality que buscaba a novias que se casaban por motivos ajenos al amor y las convencían de dejar plantados a los novios en el altar. La chica esta se casaba a pesar de no querer a su novio porque tenía una hijita y necesitaba cierta estabilidad económica. No sé de dónde, me salía un monólogo muy Simone, y la convencía de que no se casara, que ella sola podía, que cómo no confiaba en ella. Después, mi amigo y consejero se quedaba tratando de levantársela y yo me llevaba a la hijita a la cocina, cuando le preguntaba cómo se llamaba me contestaba "Monanda".

jueves, febrero 18, 2010

Soñé hace unos días que iba con un pibe a unos videojuegos y me ponía a jugar a uno en el que Kevin Smith mataba a unas hormigas gigantes. Después salíamos del lugar ese y nos paraba la policía, como yo no tenía los documentos encima, el rati -y yo nunca los llamo así, pero en el sueño pensaba "este rati de mierda"- agarraba su placa y me la refregaba por la cara.
Cuando me desperté, pensé que le tenía que contar al pibe en cuestión el sueño, pero me volví a dormir; así que soñé que le contaba y él hacía un análisis medio extraño y bastante acertado.
Cuando volvimos a hablar no le dije nada. La gente se pone rara cuando le decís que estuvieron en tus sueños.

viernes, enero 29, 2010

Sueño que estoy en lo de mi jefe y en el medio de la noche a la mujer le agarra un infarto. Como no encuentro el número de la obra social, llamo a información y el pelotudo que me atiende, me da el teléfono de osplad en vez del de osde. Mientras, mi jefe me dice que no llame a emergencias, que pida empanadas, y va tirando los gustos.

miércoles, enero 06, 2010

Anagrama editaba una vez por año un libro erótico, una especie de La Sonrisa Vertical de Tusquets, pero, bueno, como dije, de Anagrama. Al parecer, yo me compraba esos libros cada año, religiosamente. El de 2010, o 2009, lo había escrito alguien de quien yo nunca había oído hablar, venía en versión compactos, tenía la tapa roja y estaba medio en formato blog, como posts más o menos cortos. Me gustaba el libro, me enganchaba, me calentaba... pero en algún punto de la lectura, me empezaba a reconocer en ciertas frases, y también a Nico; hacia el final del libro había una foto en blanco y negro. Era MI espalda. Mi espalda, imposible de no reconocer si alguna vez se la ha visto. MIS tatuajes en esa espalda de esa foto de ese libro.
La situación me generaba vergüenza, indignación, intenso placer y desconcierto. Trataba de encontrar a Nico, pero ya no tenía más el mismo número. Planeaba incluso tomarme un bondi hasta su casa para tocarle la puerta y reclamarle explicaciones, pero no tenía la dirección. Finalmente, lo veía en sentado en un bar, estaba con una campera roja horrible y tomaba un trago de color extraño. Yo lo espiaba desde la barra, con un chopp en la mano. No me acercaba ni nada, no quería preguntarle por qué había dejado que publicaran algo tan evidentemente íntimo porque le iba a terminar diciendo que el libro me había encantado y ¿qué sentido tiene hacer una escena si al final se le va a terminar dorando la píldora al contrincante? Así que me iba del bar y listo, se terminó el sueño.
Me desperté y lo primero que vi fue Leviatán sobre la compu. El de Auster en versión compactos, que tiene tapa roja. También entendí cómo se sintió Nico algunas veces que yo esribí cosas absolutamente íntimas en mis múltiples blogs. Creo que hasta se me cruzó por la cabeza mandarle un mail pidiéndole perdón. Qué pelotuda. "Eh... sí, no nos vemos ni hablamos desde hace un año, pero te quería pedir perdón por esa vez que posteé que eras incapaz de hacer aflorar mi puta interior. Eso sí, no deja de ser cierto, pero bueno, no debería haberlo publicado. Buen 2010!". Después miré el reloj y entendí cómo se me había ocurrido tal estupidez, eran las ocho y media de la mañana; apagué el ventilador y me dormí de vuelta.

lunes, diciembre 28, 2009

Últimamente no sé si tomarme un diclofenac con relajante antes de irme a dormir para no soñar o dejar que mi vida onírica siga su rutina perturbadora.
A veces está bueno, como cuando tengo una especie de sueño lúcido y empieza a pasar lo que a mí se me canta, o como esa vez hace unas semanas, en las que soñé que me metía en un sueño ajeno, bien a lo Freddy.
Otras, es un garrón. Como ayer, que me desperté de lo más contenta porque pensé que había vuelto con el muchacho ese con el que la pasaba bastante bien; claro que a los cinco segundos cai en la realidad de mi soledad y me pasé el domingo entero en un estado de semi angustia. O como hace un rato, que soñé que iba a hacer no sé qué trámite del CBC de Ciencia Política y me terminaba garchando al del departamento de alumnos que era un canoso de mirada seductora, casi cincuentón; y podrán decir que está bueno soñar que se garcha, y yo les digo que no siempre. Es como si mi inconsciente me estuviera piqueteando el descanso.

Cuando éramos adolescentes, no sé cuál de mis amigas decía que:
si soñás con comida, necesitás sexo.
si soñás con sexo, necesitás amor.

Claro que después me metí a estudiar psicología y me explicaron bien clarito que todas esas interpretaciones pedorras eran parte de la cultura popular y que poco tenían que ver con los sinuosos e inquietantes mecanismos de expresión del inconsciente. Y yo a ese profesor le creía todo, porque era alto, con una espalda enorme, sabía que le gustaba a todas sus alumnitas y agarraba el micrófono con una soltura de rockstar.

Apuesto mi ventilador a que esta noche sueño con asado de tira.

martes, noviembre 24, 2009

Parece que había una especie de secta que te ofrecía un paraíso en la tierra. No sé en qué terminos me convencían, pero de repente estaba en un lugar lleno de montañas, arroyos y verde, una cosa increíble. Yo vivía en una casita con una mina que era igual a Renee Zellweger en la época en la que no tenía la cara hecha percha y con Ani. Había mucha gente en esta comunidad y no sé bien a qué nos dedicábamos durante el día, eso no era relevante, lo llamativo e importante era que se podía tener sexo sólo una vez por semana. Pero había que tener sexo sí o sí, con quien fuera. Te daban tres horas, durante esas tres horas, se aprovechaba para garchar con quien se tuviera a mano; ah, y también abría una especie de proveeduría donde te vendían golosinas y porquerías, parece que el resto de la semana estaba cerrada.
La consigna era clara, se garchaba hasta las 20 hs, si alguien no estaba en su respectiva cabaña a esa hora, se lo devolvía a la civilización. De hecho, nos pasaban pelis de tipos que habían tenido que volver a la vida normal en la ciudad y terminaban como linyeras, sin poder adaptarse, extrañando la vida comunitaria.
El día que te permitían coger era el viernes. Nos juntaban a todos en una especie de plaza para que los no tenían pareja pudieran relojearse tranquilos. Ani se encontraba con Damián -su novio, en mi sueño y en la vida- y a mí se me acercaba un pelado que tenía una cara increíble. Fundía a negro y estábamos en mi habitación. Mentira, en mis sueños no se funde a negro, pero tenía ganas de decirlo. No teníamos muy buen sexo, pero cada vez que me sonreía, me calentaba automáticamente, así que mucho no me importaba. A las ocho menos cinco se iba de mi cuarto y yo me quedaba dormida.
Al otro día, Renee Zellweger se despertaba gritando. Parece que tenía un problema de personalidades múltiples y lo había apuñalado al pelado de sonrisa divina. El tipo estaba tirado en el jardín, de lo más muerto. Yo me entristecía porque iba a tener que buscarme un nuevo compañero de viernes a la tarde y temía por mi convivencia con la rubia psicótica.

Qué embole esos blogs en los que la gente cuenta sus sueños ¿no? Porque, a quién le importa lo que soñé la noche anterior. Bah, a quién le importa cualquier cosa que pueda llegar a escribir, si de cosas sin importancia estamos hablando.
Ya vendrán tiempos mejores.

viernes, noviembre 20, 2009

Resaca. Esto que me pasa ahora, se llama resaca. Por haber mezclado cerveza con vino tinto y uno de esos brebajes de minita que son una cosa espumante con gusto a melón; porque cuando son las 3 de la mañana y no hay delivery de alcohol, y tenés ganas de seguir, y ya no queda nada salvo la cosa esa que está en la heladera desde la fiesta de cumpleaños de Genève, como que ya no importa nada, y adentro.
Sabia Mariela que se fue a dormir antes de terminarse su vaso. Ignorantes mi hermana y yo, que nos terminamos la botella mientras nos hacíamos confesiones de borrachas; ella, con mirada cálida, aseguró que soy otra -una versión mejorada de mí misma- desde hace un tiempo largo ya, tiempo largo que concuerda con el tiempo que he pasado sin ver a El Innombrable; yo, con rubor en las mejillas, hablé de mi deseo animal hacia un libriano de sonrisa poderosa y mente inflamable. Después, cada una a su cuarto.
Y a pesar de haberme ido a dormir con una sonrisa orgásmica dibujada en la cara, el inconsciente me jugó una mala pasada y me hizo tener uno de esos sueños que si siguiera haciendo análisis jungiano, alimentaría la terapia por meses. Me desperté angustiada, y esa angustia no se fue hasta bien entrada la tarde, hasta que no identifiqué un par de elementos de esos que forman un patrón en mi historia onírica.
Llamé a Flor desesperando, contándole que en el sueño había un vecino de mi abuela que me acosaba, que su pasividad agresiva hacía que lo sintiera espiándome todo el tiempo, como una sombra; que el tipo, un cincuentón que se parecía a Manuel Puig, estaba obsesionado con arruinarme la existencia, que me revisaba la basura y pegaba hojas de mi diario en las puertas de las casas del Pasaje San Ireneo; y hasta ahí una pesadilla común y corriente, el problema era la escena en la que con desesperación le decía a mi mamá "es que si este monstruo me persigue es porque lo tuve todo este tiempo adentro y no lo quise ver, ¿no te das cuenta? viene de afuera porque no lo quiero ver adentro. atraerlo y hacerlo venir como algo externo era la única manera de hacerme cargo". Qué lúcida soy cuando duermo, eh. Me cago en mi culto a la proyección y la sobredosis de información que me estuve dando en estos días. Flor quiso resolver todo rápido "Boluda, es clarísimo, el monstruo es El Innombrable. Todos los ex son monstruos". Menos mal que no me dejé llevar por esa premisa.

En otro orden de cosas, pueden decidir qué ver este finde y mi primera crítica cinematográfica junto con la bonita presentación que hizo Ale de mí en Noche de peli.

Ahora mi mente olvida los embates de mi inconsciente y se dedica a tratar de decidir qué cocinar mañana a la noche. Estarán los clásicos guacamole, hummus y tal vez me ponga las pilas y tire unas berenjenas sobre las hornallas para hacer una pasta. Panes árabes, papitas y demases porquerías y algunos quesos; pero como que no estoy conforme, hace falta más. Menos mal que con las tortas soy de lo más decidida, la chocotorta es el combo perfecto que combina practicidad y ricor.
Y pensar que cuando tenía quince pensaba que me iba a morir a los 27.
Ni loca. N-I-L-O-C-A.

domingo, noviembre 15, 2009

Cuando llegué me dio miedo. Nunca me da miedo estar sola en casa, pero esta vez sí. Después de enpiyamarme, me puse una peli y me tiré en la cama. Escuché, muy a lo lejos, a Plutón. Al rato, los maullidos seguían. Me avivé porque ya había pasado una vez. El muy guacho se escabulle, se mete en el cuarto de arriba -ahora de Geneve, antes de Nat, antes mío, antes de Lali, antes de Nat; si esas paredes hablaran- y después se queda encerrado. Me lo llevé al cuarto y al rato ya estaba durmiendo.
Soñé que estaba de vuelta con Tomás y que de vuelta me dejaba. Dos años y medio pasaron y yo sigo soñando que me sigue haciendo mierda. Es como cuando soñás que todavía estás en el colegio, que llegás al aula y que todo el mundo se está preparando para el examen de literatura y que vos ni siquiera sabés qué libro tenías que leer. La diferencia es que cuando me despierto después de El Horror En La Escuela Secundaria, respiro aliviada, menos mal que no estudio, pienso. Cuando sueño que Tomás me deja, pienso que todos me dejan, y eso en el mejor de los casos, la mayoría ni siquiera entra en el cajón te-dejo, se meten más que nada en la bolsa de me-desaparezco-si-te-he-visto-no-me-acuerdo-capaz-te-llamo-en-dos-meses-para-garchar.
Entonces me quedé en la cama un par de horas, sin moverme, un poco llorando, un poco mirando el techo; con la angustia instalada en todos lados. Y aunque las ganas de sentirme sola, abandonada y desesperada estaban, el sueño fue más fuerte. Cuando me desperté después de la siesta ya estaba más tranquila. Igual, es como apoyarme sobre la baranda de un balcón en un piso veinte. Clavar la barra en la panza e inclinarme hacia el vacío. Coquetear con la idea de una perdida de equilibrio. Cerrar los ojos y sentir un poco de miedo, porque podría pasar, nunca se sabe.
Me dormí otra siesta hace un ratito. Pero sigo en el balcón. Esta va a ser una semana jodida.