Mostrando las entradas con la etiqueta praxis de lectura. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta praxis de lectura. Mostrar todas las entradas

miércoles, abril 04, 2012

Venía leyendo el libro de un poeta que es el novio de la amiga de una amiga -o alguno de esos parentescos fraternales que tanto cuesta enunciar sin perderse- y de repente me di cuenta de que me estaba poniendo a llorar. Estaba en el 180, casi llegando a casa y no pude evitar emocionarme. Cerré el libro, respiré profundo y esperé a que diera la vuelta por Alberdi para pararme y apoyar la mano sobre el timbre. Mientras, trataba de entender por qué me había desbordado la lectura. Primero llegué a la conclusión de que ando muy al borde del desborde últimamente y después reconocí que muchas de esas cosas de las que hablaba este chico en sus poemas alguna vez las había sentido. Y sí, más allá de la melodía y el humor, de su sensibilidad en la elección de palabras y todas esas cosas maravillosas, la identificación siempre me pega.

Entré a casa, le di de comer a Koshka, tomé un vaso con agua y largué el llanto que había tratado de detener en el 180. Ahí recordé la única poesía que escribí (si dejamos de lado las de la pubertad, llenas de rimas y muy parecidas a letras de canciones de Thalía). Está como posdata de un mail muy muy largo que le mandé a un chico muy muy lindo con el que salí unos meses hace un tiempo. Es un mail de agradecimiento y confesión, de lo más honesto que escribí en la vida. Y ahí, al final, seis versos. Toda yo en seis versos; un poco tierna, un poco atrevida, un poco cliché.
Lloré de vuelta, como para seguir en la misma línea de emocionalidad descabellada.
Creo que a mi vida le falta un poco de poesía. Un poco más.

viernes, marzo 23, 2012

Si de categorizaciones hablamos, puedo decir que tuve muchos romances de novela.
Fulanito fue una experiencia levreriana: mística, melancólica, luminosa. Menganito, muchos cuentos de Salinger: en apariencia inocente e ingenuo, pero con un trasfondo de angustia y reflexión. Ese de hace muchos años fue lo más parecido a Houellebecq: frío por fuera, intenso por dentro; con una sombra de nihilismo que nunca pudimos despejar. Este de más acá, Laiseca: el humor al servicio de lo perverso y viceversa. Aquel que tanto me perturbó, una de Auster, pero de las que terminan más o menos bien: una espiral de eventos desafortunados que decantan en la epifanía, la comodidad y la paz. Ese que se me escurría todo el tiempo fue claramente un caso McEwan: demasiado moderno, demasiado canchero y al final, medio que la nada. Y este otro, tan presente en el recuerdo, muy Faulkner todo, porque a veces la clave no está en el contenido sino en la forma, esa forma tan enredada, poética y asfixiante. Hasta hay uno que podría ser tranquilamente una de Highsmith: motivaciones extrañas, misterio y peligro.
Que nadie se sorprenda, entonces, cuando hablo de mis libros como si fueran personas. Que nadie me juzgue cuando adorno demasiado el relato de unos tragos compartidos y unos besos.

Ahora entiendo por qué es que me gusta dormir con los libros que me gustan debajo de la almohada.

jueves, mayo 26, 2011

Hola, soy la chica que abre blogs.
Ahora, uno de reseñas literarias y crónicas/relatos/anécdotas que tengan que ver con la práctica de la lectura.
Os invito a visitarlo y, por qué no, a participar: Praxis de lectura.

viernes, mayo 06, 2011

Hola, vengo a hablar del hombre que me alegró la vida durante el último mes. No, no hablo de un amante (ay, si yo les contara TODO lo que pasó en el último mes en materia de amantes...), es Mario Levrero. Un señor escritor uruguayo que en realidad no se llamaba así sino Jorge nosécuánto y que se murió en 2004 por culpa de una aneurisma. 64 años tenía, pero, a decir verdad, estaba bastante baqueta. El otro día vi unas fotos suyas muy de entrecasa, en calzoncillos y musculosa blanca, y me sorprendió que pareciera como de 70. Pero, en fin, no creo que sea un dato relevante a la hora de leerlo.


El año pasado, cayó en la consignación de novedades uno de sus libros: La Banda del Ciempiés. Yo había oído muchas veces su nombre en boca de gente de criterio confiable, así que apenas lo saqué de la caja, le avisé al jefe que me lo llevaba. Lo leí en un par de días y la verdad es que me gustó mucho. No sé si es un buen libro, de hecho, dudo que lo sea, pero hubo algo en su prosa que me atrapó. Como si me hubiera venido a chamuyar un flaco no muy lindo ni de muchas luces pero sí rebosante de carisma y buena onda. Me conquistó por completo. Ojo, recomiendo La Banda, me parece que tiene elementos humorísticos que uno hace que se ría sonoramente; y yo no sé ustedes, pero a mí eso no me pasa a menudo. Lo que sucede es que la historia viene bien, mantiene el nivel de tensión, suspenso y humor, pero al final se desinfla, como si al tipo se le hubieran ido un poco las ganas de escribir. Yo lo banco, a mí me pasa todo el tiempo lo mismo; ya se van a dar cuenta el día que publique una novela.

Después, tuve acceso a un par de sus cuentos y a la novela La Ciudad, que es parte de Trilogía Involuntaria, que editó hace poco Debolsillo! y que sale unos morlacos pero que será mi próxima inversión. Habiendo leído más, me cerró por completo. No sé bien qué cerró, mi cariño, supongo. Porque a mí me pasa eso con los escritores, los quiero, los deseo, imagino diálogos con ellos en mi cabeza, les sirvo whiskies imaginarios. Y con Levrero me pasó todo. Quise abrazarlo, charlarle, sacarlo a tomar aire, presentarle a mis amigas, hablar de Jung, que me contara de todas sus mujeres que el describe como diosas, santas proveedoras de experiencias sobrenaturales.

Hace un mes, compré La Novela Luminosa. Lo reconozco, la compré en una librería-monstruo-cadena-parezco-supermercado, pero fue porque nuestro distribuidor no me la traía y yo estaba por terminar el de Patti Smith y no podía concebir viajar en bondi sin un libro.
La cosa es así, en 1984, Levrero comienza a escribir La Novela Luminosa, que tiene poco de novela y mucho de ensayo velado, soliloquio y ventana a su cabeza. Quince años después, aplica para la Beca Guggenheim y la obtiene; su proyecto es, justamente, continuar con La Novela Luminosa y terminarla. Con ese dinero se dedicó a escribir su Diario de la Beca, que no sólo es el prólogo del libro sino también las tres cuartas partes de su contenido. Ese diario es la puerta a la vida de Levrero, su cotidianeidad, su vida onírica y achaques. Es conmovedor hasta en el relato de su lucha para cambiar el sistema operativo de la pc; conmovedor en el sentido más cotidiano de la expresión.
Cuando lo terminé, lloré un poquito. Supongo que porque estaba por indisponerme, pero también porque hacía muchísimo que no me sentía tan cerca de la palabra de alguien; lloré porque me emociona la experiencia de la lectura cuando me toca de ese modo tan particular, tan auténtico.

Un día del año pasado, poco después de terminar La Banda del Ciempiés, fui a lo de Lau a cenar; después de unos vinos, prendió el tocadiscos, puso un disco de Leo Maslíah y me dijo "escuchá esto que es genial". Eso que me hizo escuchar, era esto hecho canción y cuando al otro día me enteré de que era de Levrero me emocioné. Así, sí, se me inundó el cuerpo de una sensación bellísima. Ese hallazgo tan nimio me alegró una tarde de sábado. Y ahora lo entiendo, ahora me cierra. Esa es la luz de Levrero. No soy la misma después de él.

miércoles, marzo 30, 2011

La primera canción que grabé con Juan, mi primer profesor de canto, fue Dancing Barefoot, de Patti Smith. Él quería que yo me animara al speech en voz trash del final, pero, claro, hacía sólo un par de meses que nos conocíamos y él me gustaba un poquito, no me iba a atrever; bastante que accedía a agarrar un micrófono y dejarme grabar.
Juan moldeó gran parte de mi gusto musical actual. Yo llegaba a las clases sin saber con qué engrosar el repertorio y él siempre tenía algo para recomendarme que terminaba encantándome. Con el tiempo, nos fuimos volviendo amigos y esa influencia dejó de limitarse al espacio de profesor-alumna y empezó a invadirlo todo. Pasábamos mucho tiempo juntos; él vivía a pocas cuadras de lo de mis abuelos y yo tenía las tardes libres. Mientras llenábamos ceniceros con colillas y tomábamos cantidades industriales de té, la música sonaba y yo me iba maravillando de a poco. Neil Young, Redd Kross, Bob Dylan, Cat Power, Le Tigre y Patti. Oh, Patti.
Y a medida que la amistad se estrechaba, más nos soltábamos nosotros, mirando videos de Cristian Castro o haciendo covers de Britney Spears en los cumpleaños. Con él, cualquier cosa se convertía en juego o arte; la habilidad de Juan de explorarlo todo desde lo lúdica y creativo me generaba admiración pero también me inhibía un poco, sentía que no estaba a la altura. Sin embargo, me incluía, me invitaba, me hacía sentir parte-de en esas reuniones en las que de repente estaba sentada en una mesa con un concertista de piano, un escultor erotómano y un escritor freak, hablando de one hit wonders de los 90's.
Con Juan, con sus amigos, no sólo descubrí que había mucha gente -como yo- que guardaba una cantitdad absurda de información trivial y vital al mismo tiempo, sino que también entendí que había otro camino para hacer las cosas. A mis 21años, cursando materias de psico, ya no estaba tan segura de querer ser psicoanalista, las dudas respecto de lo vocacional cada vez eran más frecuentes y no tenía ni idea de qué podía llegar a hacer de mi vida si abandonaba la facultad. A lo largo de los últimos años me había planteado a mí misma un solo camino, un solo objetivo, pero esa ruta ya marcada no me convencía. Sabía que iba a mandar todo al carajo, lo que no sabía era qué tenía ganas de hacer después. Entonces, escuchaba programas en am de solos y solas en esa casa enorme de Villa Crespo, con Juan y sus roomates; jugábamos al pump-it-up en los videojuegos de Scalabrini y Camargo; preparábamos ñoquis para 12; comprábamos chucherías importadas de China por Lavalle; comprábamos baldes de pochoclo para acompañar pelis malísimas en el cine. Así, durante un par de años en los que grabamos muchas más canciones y nos desvelamos infinidad de madrugadas.
Después, no sé bien qué pasó. No sé si fue que yo empecé mi vida de empleada en multinacional o que el se puso de novio con una chica muy celosa. Nos dejamos de ver, él se mudó a microcentro, yo me fui para caballito. Nos dejamos de ver y si bien al principio me dolió un poco, también supe que era una etapa llegando a su fin; ya sabía que nunca iba a ser psicóloga y que lo que más me gustaba era la lectura, que mi carrera tenía que tener que ver con eso. De alguna forma, supe que Juan y sus amigos me habían ayudado a llegar a ese lugar y me fui olvidando de todo eso de a poquito. Hasta hace unos días.
El fin de semana saqué de la librería el último libro de Patti Smith, en el que relata su llegada a Nueva York a fines de los 60's y describe con un amor que conmueve su relación con Robert Mapplethorpe. Quizás porque fue Juan quien me hizo saber de ella, tal vez porque el retrato que ella hace de Mapplethorpe me hace hace acordar mucho a él, la cosa es que lloro cada 50 páginas, un poco por lo que leo y otro poco por nostalgia al recordar esa època. Lloro de emoción nomás, de hormonal, porque no hay tristeza implicada en los recuerdos que tengo de esos tiempos. Lloro y sonrío al mismo tiempo.

En una pared de la habitación de Lau hay una foto que alguien sacó en 2005. Juan y yo nos abrazamos, miramos a la cámara mejilla contra mejilla. Se nos ve felices, seguro que yo estaba borrachísima, se me nota en la mirada. En esa reunión conocí a Amarula, ella todavía se acuerda de nuestra versión de Baby One More Time. Cada vez que miro esa foto sé que ya se me pasó el cuarto de hora para algunas cosas. Por ejemplo, para tener un amistad cargadísima de tensión sexual y nunca terminar de hacer nada al respecto; para admirar y adorar a un hombre y no expresárselo; para jugar al pump-it-up; para tomar café hasta que se hace de día.
Éramos unos niños.

jueves, marzo 24, 2011

Iba leyendo El Sabotaje Amoroso en el 141 y pensaba. Pensaba que qué difícil es poder volver a traer a conciencia ciertas sensaciones que en su momento fueron de lo más intensas. Por ejemplo, Nothomb habla de una infancia rebosante de belicosidad y perversión. Y es tan sincera, tan cruda y auténtica, que me hizo sentir que para mí sería imposible llegar a esos niveles de honestidad respecto de mi pasado más lejano y decir cosas así de terribles. O sí, pero todavía no me animo. Quién sabe.
Entonces me acordé de la madrugada del domingo pasado. Veníamos con Flor del recital de Pink Martini -y Kevin Johansen y Tryo, caminando desde el Lawn Tenis, con los pies destruidos después de seis horas de puro baile. Nos sentamos al lado de la parada del bondi y hablamos de cosas que ya no registro, hasta que miré para la vereda de enfrente y recordé que justo en ese edificio de ahí a la izquierda vivía un chico al que yo quise mucho. Conté balcones hasta dar con el piso en cuestión y por un rato estuve ahí: cocinando huevos fritos, revisando mails, cantando canciones, cogiendo, durmiendo siestas, dando masajes. Y me vi, lo vi, nos vi y hasta casi que me quiso dar nostalgia; pero no, porque la pura verdad es que no pude entender qué hacía que yo volviera a tocarle el timbre cada semana para cocinar, coger, dar masajes, cantar o dormir siestas. No porque él fuera uno de esos personajes que una preferiría olvidar de una vez y por todas, ni porque el vínculo no hubiera sido intenso. No sé por qué, pero ya no hubo nada más que la perspectiva 2011, desde el escalón de entrada de una casa hacia el balcón de un departamento con las luces apagadas. Eso y los recuerdos, claro. Pero, ¿qué valor tienen esos recuerdos si no hay nada que los complete, si la sensación en el cuerpo ya desapareció y sólo quedan imágenes de un tipo dando vuelta panqueques y una piba usando una cuchara llena de dulce de leche de micrófono? No me cuesta recordar, de nada me olvido, nunca, pero, ¿de qué sirve si eso que evoco a voluntad y sin esfuerzo ya no me inquieta, alborota o perturba?
Cerré el libro, lo metí en la cartera y sobrevino la angustia. Angustia de duelo tardío ante la falta de conmoción frente a escenas recreadas que en otro momento me hacían llorar hasta gastarme un rollo de papel higiénico sonándome la nariz. Angustia de distancia que se agranda cada vez más con el tiempo y me hace preguntarme acerca de la veracidad de mis intenciones, deseos y sentimientos. Angustia neurótica de viaje en colectivo a las 9 de la mañana cuando sólo se han dormido unas pocas horas y el libro que reposa en la cartera inquieta con cada párrafo.

Después la gente no entiende por qué me gusta tanto leer.

miércoles, enero 26, 2011

En el micro de ida, empecé Hacia Rutas salvajes, de Krakauer, pero a las 50 páginas me dormí y me desperté recién en Merlo, un rato después del amanecer. Ese trayecto, de Merlo hasta Los Hornillos, me encanta. Me relaja, me hace sonreír. Decidí que la historia del muchacho este era para leer estando en movimiento, así que dejé el resto para el viaje de vuelta y eventuales traslados en colectivo a lo largo de las vacaciones en sí. Lo terminé hoy, tres días después de haber llegado. Y menos mal que todavía no estaba allá, porque, quién sabe, quizás me poseía el espíritu aventurero de algún jipi y no volvía más. Ahora Eddie Vedder canta bajito mientras escribo esto y me emociono un poco. Me inspira, me estimula saber de gente así, tan entregada, tan auténtica. Recomiendo el libro, recomiendo la película (acá, el link para ver online). "¿De qué se trata?" suelen preguntar los clientes cada vez que les recomiendo un libro. Y odio, odio esa pregunta. Se trata de la vida, yo qué sé, esa es la única respuesta que se me ocurre dar. Este, por ejemplo, se trata de un pibe que se toma el palo; pero también de un espíritu absolutamente libre y desapegado. Se trata de tomar decisiones y hacerlas carne; de elegir vivir de un modo y ser coherente.

Ya instalada y con un mate y una pava al lado, empecé con Santuario, de Faulkner. Me pasa algo extraño con este señor. Me cuesta, me cuesta bastante, pero sólo al principio. Me pasó con El ruido y la furia; me pasó con Las palmeras salvajes; con Luz de agosto. En general, cuando un autor me genera dificultades, lo dejo y punto. El momento de la lectura es demasiado placentero como para arruinármelo con autores que me desagradan, más allá de que estén cobijados por el canon occidental y haya que leerlos. Este en particular, no es el mejor de Faulkner, y lo sabía de antemano, pero lo conseguí barato en Parque Centenario y quería ver si me pasaba lo mismo que con los anteriores. Y sí, las primeras 100 páginas, medio un parto. Y después, todo fluye y me quedo pensando en cómo me cabe el tipo este. De todos modos, no, no lo recomiendo. Tiene cosas mil veces mejores.

Para cortar con el tono lúgubre de Santuario, agarré a Calvino, El barón rampante. Fue siempre un autor que medio ni-fu-ni-fa -salvo Bajo el sol jaguar, que me encantó-, pero hace unos meses un compañero de profesorado expuso una clase sobre este libro y la idea me gustó mucho: un pibe que un día se enoja con el padre y decide no pisar el suelo nunca más; se muda a la copa de los árboles y desde ahí participa de modo particular y encantador en la vida de la comunidad. Leer ese libro debajo de una higuera, con el arroyo a los pies, fue unas de las experiencias más satisfactorias en lo que va del año.

Después de El barón rampante pasé sin escalas a Ulises, de James Joyce. Allá por el 2005 me prestaron una edición pero nunca pude pasar de la página 30. Claro que en ese momento no sabía que a Joyce HAY que leerlo y todas esas cosas que dicen los snobs que se pasaron veranos enteros leyendo a Proust. Primero le dediqué un rato al estudio preliminar, que en vez de aclararme el panorama, me hizo pensar en cosas que poco tenían que ver con la literatura, así que me dediqué a la obra en sí, sin juego previo. Por momentos notaba que leía sin registrar contenido, pero al volver cada vez me encontré con una especie de armonía hilvanada frase tras frase. Imágenes y escenas que se fueron creando sin mi control. De todos modos, la lectura se me hizo un tanto pesada así que lo cerré y guardé en el bolso para continuar acá en Buenos Aires. Veremos qué sucede.

Agarré Cosmética del Enemigo una nochecita a puro viento y a las dos horas ya lo había terminado. De Nothomb había leído Antichrista, que fue, definitivamente, uno de mis libros preferidos del 2010. Este, aunque defrauda un poco en el giro final, tiene ese mismo componente que me había hecho llegar al límite de la exasperación con Antichrista. Esta mujer tiene una capacidad admirable para retratar personajes despreciables. La quiero. Y también quiero el resto de su obra. Claro que para eso voy a tener que esperar tiempos de mayor bonanza económica, porque aunque tenga descuento, Anagrama te da con un caño.

A último momento cambié Felicidad Clandestina de Lispector por Un Mundo Feliz, de Huxley, que era uno de los que venía leyendo muy esporádicamente antes de irme de viaje. Ya lo había leído a los dieciocho. La clásica ¿trilogía? de futuro fatalista -Fahrenheit 451 de Bradbury, 1984 de Orwell y este del que hablo ahora- me pegó bastante en ese momento, así que me dieron ganas de releer para ver si la mirada era la misma. Recuerdo que estaba obsesionada con la mirada que tenía acerca de la maternidad y que, como estaba pasando por una especie de etapa i-love-Freud, hasta me dieron ganas de un mundo sin madres.
Pero, bueno, no hubo demasiada resignificación. Me avivó ciertas ideas de revolución individual del deseo que me vienen carcomiendo desde hace rato, pero no más que eso. Eso sí, creo que es obligatorio en cualquier corpus de lectura para adolescentes.,

La noche anterior a la vuelta, encontré en la biblioteca de la casa de mis tíos Diego y Frida, de Le Clezio. Cuando empecé a trabajar en la librería acababa de salir y nunca me lo compré de colgada. Hacía mucho tiempo que no me quedaba leyendo toda la noche, es una de las cosas más lindas que experimento en soledad. Lo que no sé es por qué me pasó justo con este libro que, básicamente, es una biografía de Diego Rivera apenas mechada con datos y fragmentos del diario de Frida Kahlo. Digo, la pintura no es la expresión artística que me más me atrae y, en este caso en particular, lo que me hizo sacar el libro del estante fueron las ganas de saber más sobre ella, que, aunque en mi mente siga luciendo como Salma Hayek, me resulta absolutamente cautivante.

Alguien me definió hace poco con cuatro verbos: cocinar, dormir, coger y leer. Otro alguien me planteó una situación de lo más jodida: elegir entre coger y leer, si elegís leer nunca más cogés y viceversa. No pude responder.
Incluso ahora tampoco tengo la respuesta.