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viernes, marzo 23, 2012

Si de categorizaciones hablamos, puedo decir que tuve muchos romances de novela.
Fulanito fue una experiencia levreriana: mística, melancólica, luminosa. Menganito, muchos cuentos de Salinger: en apariencia inocente e ingenuo, pero con un trasfondo de angustia y reflexión. Ese de hace muchos años fue lo más parecido a Houellebecq: frío por fuera, intenso por dentro; con una sombra de nihilismo que nunca pudimos despejar. Este de más acá, Laiseca: el humor al servicio de lo perverso y viceversa. Aquel que tanto me perturbó, una de Auster, pero de las que terminan más o menos bien: una espiral de eventos desafortunados que decantan en la epifanía, la comodidad y la paz. Ese que se me escurría todo el tiempo fue claramente un caso McEwan: demasiado moderno, demasiado canchero y al final, medio que la nada. Y este otro, tan presente en el recuerdo, muy Faulkner todo, porque a veces la clave no está en el contenido sino en la forma, esa forma tan enredada, poética y asfixiante. Hasta hay uno que podría ser tranquilamente una de Highsmith: motivaciones extrañas, misterio y peligro.
Que nadie se sorprenda, entonces, cuando hablo de mis libros como si fueran personas. Que nadie me juzgue cuando adorno demasiado el relato de unos tragos compartidos y unos besos.

Ahora entiendo por qué es que me gusta dormir con los libros que me gustan debajo de la almohada.

martes, noviembre 15, 2011

Hace un rato un amigo me contaba que la novia -y futura esposa- casi lo echa de la casa porque él había ido a almorzar con una conocida y no le había dicho nada a ella. Él sólo había ido a comer una tarta, pero su concubina asumió que se la quería garchar; a la conocida y a todas las mujeres del planeta. Y es cierto, mi amigo se quiere coger a todo lo que se mueva y porte tetas, pero el detalle está en que no lo hace. Podría, pero no lo hace. Y no, la verdad es que a mí no me mueve un pelo que el tipo decida quedarse con una loca enferma de celos que no le permite relacionarse con mujeres por no soportar la certeza de que él le quiere dar murra a todas. A todas. Él me decía que no entendía nada, que hacía ocho años que estaba con ella, que la elegía como su mujer y que por nada en el mundo iba a violar su confianza; que cómo podía ser que ella fuera capaz de mandar todo a la mierda por algo tan insignificante. Como no quería echar leña al fuego dando mi opinión real sobre el asunto, me pareció pertinente hacerle entender que los celos que sentía su novia no venían de la paranoia de imaginarlo a él siéndole infiel, sino de la inseguridad que le causaba tener al lado a un hombre que es un cúmulo de deseo constante. Toda relación es un triángulo -ya lo decía Lacan- y, a veces, esa tercera pata es simplemente un concepto. Mi amigo se hizo el pelotudo después de mi monólogo acerca de la triangularidad, los celos y las prisiones que impone la idea de amor romántico en estos tiempos. Siempre me hace lo mismo; menos mal que lo quiero mucho.
Me quedé un poco indignada con el asunto. ¿Cómo puede ser que la mina esta no se dé cuenta de que necesita una terapia urgentemente? ¿Por qué él sigue dándole soga a una comportamiento que sólo empeora si no es tratado? ¿Por qué la gente se embarca en relaciones que anulan esferas enteras de su personalidad? ¿En pos de qué? ¿Realmente se está priorizando "el amor" o es más cómodo hacer el caminito del casamiento, los hijitos y esconderle a la esposa las fantasías de promiscuidad orgiástica? Porque cuando me indigno por estos asuntos, me pongo muy Carrie Bradshaw con Luna en Acuario y tendencias a la vida en comunidad.

Unas horas después, abrí el facebook. Entré -como hago cada tanto- al muro del ex que es ex dos veces; el ex saturnino, que aparece cada 7 años y me perturba la vida. Y ahí estaba toda la información. Ella hace esas danzas extrañas y da masajes y es toda etérea y espiritual. Le publica canciones cursis y lo etiqueta en fotos en las que está sólo ella. Abrí grandes los ojos, la boca. Me convertí en Medusa y en Úrsula de La Sirenita. Me poseyó el despecho de todas las mujeres del mundo. Como en trance, empecé a recitar un mantra de exabruptos frente al monitor. Los celos nacidos de lo absurdo se apoderaron de mis sentidos. Me dejé ser en ese estado durante un rato; ya entendí que no tiene mucho sentido tratar de contener la avalancha de inseguridad, tristeza e ira. Se me pasó en cinco minutos, me acordé de por qué no estamos más juntos, de la distancia, de los baches, de las necesidades completamente dispares. Para sellar la reconciliación con mi espíritu y mi mente, le di un block eterno y cerré la pestaña.

Ahora estoy en paz. Conmigo, con mi doble ex y con mi amigo; pero especialmente, estoy en paz con la futura esposa que se vuelve loca de celos.
No la juzgo más.
Me quedo en el molde.
Lo prometo.

viernes, agosto 26, 2011

Che, ¿de verás siguen existiendo tipos que diferencian a las minas en categoría "para novia" y categoría "para garchar"? Lo pregunto en serio, eh. En los últimos meses me contaron un par de historias que me dejaron con mucha indignación y ganas de pegarles un rodillazo en las pelotas a los retrógrados esos.
Ojo, eh, que yo sé que a veces conocemos a alguien y sabemos que la relación no va a dar para más que garchar porque la otra persona no nos cierra para un vínculo más profundo. No hablo de esos casos. Me refiero a los chabones que si una mina les chupa la pija y se traga la leche con alegría, en su fuero interno la tildan de puta y la tachan de la lista de potenciales madres de sus hijos. Los flacos que le meten los cuernos a sus novias lindas, buenas y virginales -que gustan de coger tanto como cualquier cristiano- con "esas otras" que no tienen problemas en explorar el catálogo de perversiones políticamente correctas. Los infelices que no pueden entender que a las minas nos copa, nos encanta, nos fascina garchar. Garchar. No hacer el amor. Garchar. Esos que se callan las opiniones y pilotean los ataques machistas, pero que cada noche, cuando piensan en todos los tipos que quizás su chica se cogió en el pasado, sufren y no tienen la fortaleza para superar ese obstáculo absurdo. Los que están seguros de que las mujeres cogemos para obtener otras cosas, materiales o del ámbito del status.
Y ahora que lo pienso, le pegaría un pelotazo en las tetas a las estúpidas que se horrorizan si su novio se pajea mirando algún videíto en poringa. A las que se piensan que el culo se entrega, como si fuera algún tipo de diploma por el que hay que hacer mérito para merecer. Esas que despliegan una telaraña de manipulaciones, negociados e histeriqueos sólo por revolcarse un rato. Las minitas que se piensan que les faltan el respeto y se ofenden si les dicen "putita" mientras les dan murra, pero que después son capaces de descartar a un pibe porque no tiene auto. Las conchudas que emiten juicio sobre la vida sexual de sus amigas más libertinas para sentirse mejor con ellas mismas. Las que creen que cogerte es hacerte un favor.
Bueh, parece que ya me contesté la pregunta. Y no sé si se habrán dado cuenta ya, pero estamos rodeados.

lunes, agosto 08, 2011

"(...) bueno, así que ya sabés, si en algún momento te sentís juguetona o estás quenchi, avisame, creo que puedo hacer que cambies de opinión respecto a mí"


Esto fue lo que recibí en el día del orgasmo femenino (ah, no sé de dónde salió esto; yo lo leí en twitter). Un banana a pedal que se piensa que puede generar algo en mí "si le doy una oportunidad", sin darse cuenta de que, justamente, es el modo en el que pide esa oportunidad lo que hace que mi libido desaparezca instantáneamente.
Dudo, ¿le contesto? ¿Le explico que la palabra "quenchi" es de coordinador de viaje de egresados que sólo se la pone a adolescentes ebrias? ¿Le aclaro que el verbo jugar entramado en lo sexual debe ser usado con sumo cuidado, porque si no tiene un efecto perjudicial? ¿Le pido que por favor se olvide de mi existencia y vaya a revolotearle a otra con un perfil más acorde a su persona?
Me decido por no contestarle nada, la situación no amerita más que un post en este blog.

quenchi. qué hijo de puta.

viernes, diciembre 03, 2010

Cuando tenés 15, 18, 20, 23 años que te guste o no un flaco está determinado por una serie de variables: música que escucha, carrera que estudia, instrumento que toca, ideología política, libros que lee, directores de cine favoritos (y si no sabe nada de directores, ¡next!), estilo al vestir y cada una tendrá su juego particular de etecéteras.
Sí, sí, después te enamorás de uno que escucha Jóvenes Pordioseros y estudia Organización de Eventos y la vida te tapa la boca. O al contrario, siempre salís con muchachos con buen gusto, ideales e intelecto inquieto y resulta que a la final terminan siendo unos neuróticos tibios que sólo se permiten escribir historias y nunca vivirlas en carne propia. Se imaginarán cuál de los dos casos me toco a mí.

Cuando tenés 26, 29, 32 años esas variables que antes determinaban el curso de un vínculo ya no tienen tanto peso. Qué importa si se sabe todas las letras de Sabina, devora Sidney Sheldon y vota como gorila. No, bueno, esto último sí importa. ¿Realmente tiene importancia que sea artista plástico, estudiante de física o abogado? No, bueno, abogados nunca más; y ya que estamos, guitarristas tampoco.

Y recién ahora me doy cuenta. Mi manía por etiquetarlo todo me movió el eje durante muchos años. Ahora las variables determinantes son completamente diferentes.
Me he convertido en una romántica. Quién lo hubiera dicho.

miércoles, septiembre 29, 2010

Cuando lo cotidiano me agobia, cuando las personas cercanas me presionan y juzgan, cuando surgen emociones que no sé controlar, me voy de vacaciones a un lugar que puede ser tan maravilloso como nefasto: mi cabeza.
Es un viaje con escalas, eso sí. No es que de repente, pumba, estoy metida para adentro. De hecho, a veces quedo a medio camino porque me necesitan en el mundo real y no me queda otra más que volver.
A continuación un breve recorrido por el tour que me hago cada dos o tres años.

1. Iniciando la travesía
Se despierta el interés por material de lectura que no estimule la imaginación sino que la organice. Por ejemplo, abandono las novelas para agarrar los libros de física que leo una y otra vez porque no hay manera de meterme la información en la bocha.

2. Mirando por la ventanilla del micro
Empieza a producirse el desprendimiento de la realidad per se. Esto es, comienzo a verlo todo desde una especie de afuera imaginario. Como si estuviera en un zoológico, miro al resto de la gente como si perteneciera a una especie diferente de la mía.

3. Uh, cagamos, se rompió no sé qué pendorcho, nos tenemos que quedar esperando el respueto en la ruta
El conflicto se presenta en forma de angustia inexplicable e insoportable. El mal humor se hace constante, lloro a escondidas y hago una retrospectiva de mi vida amorosa para convencerme de que no estoy hecha para relacionarme con el resto de los seres humanos.

4. El viajar es un placer
Se estabilizan los ànimos y me entrego al vicio, absolutamente convencida de que la única satisfacción posible es la que se obtiene a través de los sentidos. Me hundo en una nebulosa de scotch, sexo sin sentido, drogas blandas y delicias de oriente.

5. Houston...
Los seres queridos notan la distancia y la frialdad y arman la campaña del "¿y vos cómo estás?". Mientras mi entorno cuchichea a mis espaldas acerca de mi cambio de conducta, yo me encargo de repetir el mantra "me chupan todos un huevo, no necesito a nadie".

6. Un paisaje inquietante
Todo lo que no responde a la lógica deja de tener sentido y valor. Me encierro en mi casa y nadie me ve el pelo. Mientras disfruto de la soledad, aspiro a una vida sin ataduras sentimentales de ningún tipo. La autosuficiencia se eleva como la cualidad más atractiva y la única pregunta que le hago al universo es ¿qué sentido tiene acercarse a la gente?

7. No quiero volver nunca más
Se niega todo atisbo de emoción. Las relaciones interpersonales se limitan a conversaciones superficiales y sexo con desconocidos de los que no quiero saber ni el nombre. Todo lo que sucede, sucede en mi cabeza. No necesito nada del afuera. Me manejo con aparente soltura en la esfera de lo cotidiano, escondiendo el terrible secreto: estoy absolutamente ausente.


Hace unos días me subí al micro, los estoy mirando a todos desde la ventanilla.
Me quiero bajar. YA.

lunes, septiembre 20, 2010

Hay gente que cuando se pone de moda algo lo rechaza por el simple hecho de que todo el mundo lo pondera. Hay gente que se suma a las tendencias sin ningún tipo de pudor. Hay gente que se jacta de haber sido pionera y su frase de cabecera es "cuando nadie sabía siquiera que x-cosa existía yo ya..."
Y hay gente que, dependiendo del caso, es de una clase u otra. Como yo.
Por eso odio los cupcakes de manera irracional sólo porque asocio el frosting de las tortitas estas con treintañeras al pedo con ilusiones de armar su propio emprendimiento y que después terminan haciendo el catering en los cumpleaños de sus sobrinos y nada más.
Por eso ayer me deleité con 7 capitulos al hilo de Mad Men. Una maravilla. Primero, y porque soy muy pajera, el protagonista. Segundo, la dirección de arte. Tercero, me parece un poco una maravilla y otro poco muy terrible que haya existido una época en la que la gente fumara en cualquier espacio público y chupara whisky o vodka en horario laboral. Cuarto, el guión; hacía bastante que una historia no me llevaba de la mano tan plácidamente.
También puedo ser de esas que dicen "yo ya usaba twitter en el 2007", pero en general me callo porque no me gusta pecar de pelotuda.

lunes, marzo 22, 2010

Al chico de ojos increíbles lo dejé de ver porque empezó la temporada nefasta en la librería y el simple hecho de pensar en maquillarme para lucir presentable me agotaba; también porque había algo que no me cerraba -y la vez que algo sí me cierre explota todo, así que que crucen los dedos para que siga tal como está porque si no ya saben, it's the end of the world as we know it-. Pero sí seguimos hablando, porque es inteligente, buena onda y entra en la categoría de hombre-colchón. Los hombres-colchón son esos que reciben los embates de histeria actuando como un sommier recién comprado, oponiendo resistencia, sí, pero la mínima e indispensable, de esta manera una no rebota y vuelve al punto de partida casi en el instante (véase hombre-cama-elástica) ni queda llena de moretones (véase hombre-colchoneta-de-gimnasio). El hombre colchón escucha, deja que una diga, pregunta, repregunta, comprende, aguarda y cobija.
Como con los hombres-colchón me permito explorar los grises del vasto mundo de las relaciones humanas, lo llamé para invitarlo al cine a ver Shutter Island hoy a la noche sin tener en claro si tenía ganas de traérmelo para casa después o no. A veces prefiero ir acompañada al cine.

Con su auto estacionado en la puerta de casa y después de una amena velada en la que no hubo ningún signo que indicara intenciones de su parte de dejarse arrastrar hacia mi cama, seguía yo en la disyuntiva. ¿Decirle "no querés pasar a tomar un Campari" o no? ¿Acercar mi mano a su muslo, casi llegando a la ingle, y tirar alguna barrabasada o no? Bueno, no. De repente, más que como colchón, lo vi como una pileta vacía; sentarme en el borde y que me cuelguen las patitas, nada más. Así que pregunté la hora y enuncié las frases pertinentes en una despedida. Me dio un beso que no pude entender si era de compromiso o no. Yo no meto mi lengua en un beso si es de compromiso, pero andá a saber cómo funcionan la gente-colchón en ese tipo de situaciones, siempre me vi más como silla mecedora, a algunas personas les copa la idea de tener una, pero nadie se queda mucho tiempo en ellas, el vaivén se vuelve un poco insoportable después de un rato.
Me bajé del coche, saqué las llaves de la cartera y entré.
Por ahora, me quedo sentada en el suelo.

jueves, febrero 04, 2010

No sé cómo se llama, pero tiene cara de esos nombres que estaba tan de moda ponerle a las nenas a fines de los setentas o principios de los ochentas. Carolina, Natalia, Florencia, Julieta (hace millones de años que no conozco a ninguna Julieta ¿dónde están?).
Ella encarna a una de las clases de la argentina básica, la más tradicional y casera. Las que se quedas los domingos a la tarde preparando un bizcochuelo con su madre o una tía, a veces le ponen dulce de leche. Siempre tienen novio. Tienen novio desde los catorce, y pierden la virginidad rápido, porque serán caseras pero no boludas. Eso sí, al noviecito lo presentan de toque y hacen que preparen los asados del sábado al mediodía.
Esta en particular, tiene un tatuaje en el coxis, y hoy me di cuenta de que se levanta la musculosa y baja la pollera a propósito para que se note. Obvio que es un tribal, no podía ser de otra manera. Habla, hasta por los codos habla. Y no importa en qué momento pongas la oreja, siempre está hablando de algo completamente intrascendente. Que la madre se quemó haciendo churros, que le gusta tomar mate, que ocho años andaba en patines y yo qué sé cuántas cosas más. No levanta la mano para hablar, y eso, en un espacio con cincuenta personas más puede ser conflictivo. Ya le tengo reconocida la voz, no importa si está a diez metros de distancia o a ciencuenta centímetros. Ella habla. De hecho, estoy segura de que estudia esto para poder estar hablando durante cuarenta minutos con una audiencia que la escuche; capaz hizo el examen para entrar al lugar ese donde estudian locución y no entró, es una de las posibilidades de potenciales pasados que barajo.
Ella y las conjeturas que surgen a partir de sus gestos me llevan lejos, a cualquier lugar, a pensar que seguro tiene ahijados que la llaman "madrina" en vez de por su nombre de pila, a estar casi segura de que tiene un novio desde hace no menos de tres años, con quien garcha de lo más bien, porque no emana vibraciones de frígida. El novio se metió a la UTN para estudiar ingeniería en algo pero después dejó. Si vive en capital, es de Barracas o San Cristóbal. Si es de provincia, zona oeste, de cabeza. Casi nunca se acuerda de lo que soñó.
Algún día le charlaré para despejar mis dudas.

martes, febrero 02, 2010

En la fila de adelante, a la derecha. La linda que es medio jipi. Todo el outfit, eh. La musculosa de tela vaporosa, la pollerita, las sandalias. Los aros enormes que hacen que el lóbulo esté a punto de ceder, en cualquier momento. Una cara in-cre-í-ble y un modo de ponerse el rimmel que me dio mucha envidia. Claro que después abrió la boca. Y ahí se convirtió en la linda-medio jipi-era mejor cuando hacías ojitos y nada más. Y no, no por linda tonta, sino por linda que dice absolutamente todo lo que se le pasa por la cabeza, putea demasiado y usa la palabra "pete" innecesariamente -siempre seré partidaria de "chupar la pija", "pete" me hace acordar a Petete y su libro gordo y le quita toda la magia al asunto-.
Entonces, cuando la profesora -divina, perspicaz, graciosa; cuando sea profesora quiero ser como ella- pregunta quién quiere contestar cuál fue el último libro leído, un par levantan la mano y sí, las obviedades. El extranjero, Camus. El libro de arena, Borges. Crimen y castigo, (vamo') Fedor. Y la linda-medio jipi-qué rimmel usás, hace asomar su brazo, lo agita; el pueblo quiere saber. Anticristo, de Nietzsche.
"Nísche" para ella.

miércoles, enero 21, 2009

Parece que hace como un mes me puse a categorizar el 2008, ya me había olvidado. Faltan un montón de categorías más, pero la verdad es que me da paja ponerme a pensar. Esto es lo que había.

El 2008 en categorías.

Mejor Experiencia Cinematográfica: Tropic Thunder con Flor y Nat, en segunda fila y completamente fumadas.

Peor Experiencia Cinematográfica: Hulk, en el sillón de Lau. ¿Quién creyó que nos íbamos a comer que Liv Tyler podía ser científica? ¿Por qué Edward Norton se prestó a eso? Me quedé dormida a la media hora y me desperté con los créditos y un malhumor galopante.

Mejor Experiencia Literaria: Releer Levantad, Carpinteros, la Viga del Tejado y Seymour: Una Introducción, de Salinger.

Peor Experiencia Literaria: Ver el libro de Cumbio en las mesas de las librerías.

Mejor Decisión: Multinacionales no more.

Peor Decisión: Pensar que volver a ver a Mr. Blonde podía ser positivo de alguna manera.

Frase Más Escuchada: "Celele, eres tan Celele que celelizas la celelidad"

El Descubrimiento: "Boluda, ya sé por qué la gente se hace drogadicta. ¡Porque es divertido!