lunes, junio 20, 2011

No me gusta el contacto físico con la gente extraña. No hablo de estar apretada en el bondi, eso no le gusta a nadie. Más bien me refiero a todo el despliegue de camaradería que se suele tener con personas con las que uno no comparte más que circunstancias espacio-temporales. Hablo de besos en la mejilla, palmadas en la espalda e incluso abrazos. Hablo de compañeros de trabajo, de facultad, clientes y personas que me encuentro por la calle que alguna vez formaron parte efímera de mi vida.
Cuando hacía vida de oficina y trabajaba con un equipo de cerca de quince personas, sufría mientras subía en el ascensor al saber que se acercaba el momento de saludarlos A TODOS con un beso en la mejilla. Era una locura. Todos los días. Un beso en la mejilla. Al llegar y al irse. A todos. Todos los días. O pienso en mi primer año en el profesorado; no saludé a nadie -salvo a La Secretaria y a Amarula, obvio- hasta noviembre más o menos, porque si bien soy bastante tímida y estoy segura de que la gente nunca registra mi presencia, también está esta cosa de negarme a andar besuqueando a la gente, entonces quedo como una antipática, amarga, misántropa, Daria, lalala lalá.
El saludo con beso en mejilla por compromiso me parece una invasión al espacio privado. Un avasallamiento a la intimidad. Un atrevimiento innecesario. Una regla de urbanidad inútil. Un horror. Y ni hablar de cuando me cruzo con esa gente que ni me conoce pero me abraza. O sea, ME ABRAZA. Digo, para mí, el abrazo es una muestra de cariño sincera que valoro mucho cuando viene de alguien cercano, o que brindo cuando me puede la ternura; pero que venga fulana o mengano a rodearme con sus brazos es algo que me crispa los nervios.
De más está decir que la gente esa que va a los parques, con sus carteles de "abrazos gratis" me parecen directamente macabros. No te acepto un abrazo de un desconocido ni que me paguen. Y me pasó algo terrible respecto a esto hace muy poco. Había un pibe que me gustaba mucho desde hacía un tiempo. Alguna vez terminamos los dos en un sillón, hablando muy de cerca, con su manaza masajeándome el cuello; alguna otra vez hablamos durante horas sobre libros y astrología; y aunque nunca haya pasado nada, siempre tuve la certeza de que sólo era cuestión de tiempo. Hasta que. Hasta que un día abrí mi facebook y ahí estaba él, el grandote que me re cabía, etiquetado en un album que se llamaba "abrazos gratis"; ahí estaba, con una sonrisa y abrazando gente desconocida en Plaza Francia; ahí estaba mi deseo, siendo chupado por un agujero negro para nunca jamás volver. Y todos dirán, "pero, nena, ¿qué problema tenés?" o "salí de la pose"; pero yo les digo que me tienen las pelotas llenas con la sobrevaloración de la sociabilidad y el contacto físico. Mirá si voy a dejar que alguien que no me conoce me toque. ¿Qué bienestar me puede generar pegotearme con un extraño?


Ah, me olvidaba, todo esto no aplica cuando se trata de ancianitos o infantes. Ahí sí, soy una más del montón.

viernes, junio 17, 2011

Soy la única impresentable a la que le gusta el yogurt de dulce de leche, ¿verdad?
Es que me hace acordar a la mezcla de mendicrim y dulce de leche de la chocotorta.

viernes, junio 10, 2011

Mail de Jefe:
Blabla blabla blabla... Ayer llegamos a Boston y mañana vamos a visitar Harvard y el MIT blablabla Blablabla. Vendé mucho.

Respuesta a mail de Jefe:
Blablabla blablabla bla bla... Uh, traeme uno del MIT, que me re caben los científicos blablaba Blabla bla. Besos.


Entro en períodos en los que me convierto en algo así como el análogo femenino de cualquier pajero que le mira el culo a todas las minas por la calle. Claro que lo mío es otra cosa, no ando relojeando bultos por la vía pública. Son épocas en las que el "me gustan todos" se acerca a la realidad. Y no se trata de querer encamarme con todos, eh; no, simplemente me pasa que los veo a todos mucho más atractivos.
El chico que hace un rato estaba haciendo un depósito en el cajero de al lado en el banco. El cerrajero de al lado que tiene una espalda maravillosa. El carnicero del chino de Guayaquil. El muchacho que hace un rato pidió Demian, de Hesse. Todo el cast de la última de X-men (menos el rubio con pinta de mariscal de campo). Uno de los personajes de la novela que estoy leyendo. T-O-D-O-S.
Entonces me pongo coqueta y flirteo -porque yo nunca flirteo, no me sale- con los clientes, el chofer del bondi y el verdulero. "Qué puta", me dijo Dedé el otro día, con cariño, pero no, ser puta es otra cosa; esto es como si, de repente, todo se volviera bello y no me quedara otra más que contemplar con una sonrisa. Y qué lindos son todos.
Eso sí, pedirle a mi jefe que me traiga un pibe del MIT porque me caben los científicos, es un error de registro imperdonable.

jueves, junio 09, 2011

Hace un rato un amigo me contó que le va a proponer casamiento a la novia. Me puse muy contenta por él, que es romántico, le gusta ser romántico, disfruta teniendo ese tipo de gestos y lo está haciendo con absoluta seguridad y convencimiento. Pero, claro, el mundo gira alrededor de mí, mi ombligo es un centro gravitatorio, así que no pude evitar empezar a pensar en el asunto desde mi perspectiva; lo ficticio que me parece hacer una propuesta así, el disparate de gastarse dos lucas en un anillo de compromiso, lo absurdo de preparar una fiesta que vale una fortuna -mucho más que lo que pueden juntar en regalos, dejémonos de joder con esa excusa-. También me di cuenta -como lo hago un par de veces por mes- de que nosotros dos vivimos en dimensiones paralelas, que lo que nos une es una comodidad en presencia del otro, pero nada más. Y qué jodido esto de estar feliz por alguien a quien quiero, pero al mismo tiempo tener este cúmulo de juicios de valor a punto de escaparse por la punta del índice acusador. Porque sí, entiendo que pertenecemos a mundos completamente opuestos, porque él eligió abandonar su música y meterse a estudiar una carrera gris en una facultad nefasta y porque yo nunca pude más que hacer sólo lo que me gusta y gratifica, a riesgo de ser la persona que menos se esfuerza en el mundo. Comprendo que él haya elegido eso, porque es sano, bueno, poco neurótico y viene de una de esas familias con almuerzos todos los domingos a la misma hora y una madre amorosa que le puso el límite a los alcances del Edipo en el punto justo. Y también me comprendo a mí y mis elecciones, porque TODO lo convierto en objeto de análisis exhaustivo y vengo de una familia que es un clan de gitanos, con una madre que nunca pudo pasar un domingo conmigo, ni llevarme a un cumpleaños y me mandó a vivir con mi abuela la mitad de mi infancia, y un padre biológico del que no sé ni el apellido, que está escondido detrás de todas las mentiras de mi madre y las versiones de los hechos de mis tías. Así, que sí, entiendo, entiendo todo y por eso me pongo contenta por mi amigo y me dan ganas de abrazarlo, aunque me tenga que conformar con llenarle de emoticones el messenger.
Entonces, quizás ninguno de los dos esté eligiendo mal, ¿no?. Aunque yo piense que se está condenando desde hace diez años a una vida que le queda chica. Aunque él nunca deje de decirme que me complico demasiado con variables desubicadas a su parecer. Aunque él se entregue a la búsqueda de un estilo de vida que a veces me resulta frívolo (ok, a veces se lo envidio, lo reconozco). Aunque él no entienda que no tolero condiciones por fuera de mis ideales y que eso da por resultado una vida austera y sin muchas ambiciones de corte material (ok, a veces me lo envidia, lo reconoce). Y es en este juego de contrastes tan notorios que me encuentro un poco a mí misma y a la gente que quiero. Porque más allá de los antagonismos obvios, hay algo más allá: la capacidad y voluntad de poner amor en cada acto. Y en eso sí somos iguales. El amor con el que él encara su relación de pareja me hace tener esperanza en la humanidad toda. El amor que yo le puse (y pienso seguir poniendo) a cada una de esas decisiones que tomé y me cambiaron la vida, me hace tener fe en mí.
Si me pongo en boba, me imagino una escena muy cursi, muy de peli yanqui, en la que yo hago tintinear una cucharita contra una copa de champagne, para pedir silencio y despacharme con un discurso parecido -no tan narcisista, claro- a lo que escribí acá arriba el día de la boda.
Pero, claro, a ninguna novia le cabe que entre los invitados esté la minita que su flamante esposo se garchaba antes de conocerla.

martes, junio 07, 2011

Hasta hace muy poco, pensaba que "apretar" era un verbo regular. Decía "uh, no me apretes".

Hasta terminada la adolescencia, estaba segura de que "documental" era un sustantivo femenino; "miré una documental", decía.

Una vez, no hace mucho, no garché con un tipo que no estaba nada mal porque me contó que no había podido aprobar Semiología del CBC y no pude no deserotizarme hasta la apatía.

Siempre me confundo y escribo "pretensioso" en lugar de "pretencioso".

Recién el año pasado me enteré de que "capaz" NO es sinónimo de "quizás" o "tal vez". Todavía no me recupero del shock.

Si un tipo escribe sin faltas de ortografía, ya tiene un cuarto del camino hecho. Si, además, tilda con corrección, soy suya.

Después de terminar el curso de ingreso al secundario, me madre me mandó a Pinamar en micro, sola. Para leer en el viaje, me llevé un diccionario.

#listolodije

lunes, junio 06, 2011

Hoy soñé que estaba en mi cama, tal como me había quedado dormida, que tenía los ojos cerrados y que si estiraba las manos, podía tocar la cara de un hombre con barba y labios carnosos. Sabía que estaba soñando y, por eso, también sabía que si abría los ojos, seguramente me iba a encontrar solamente con una pared frente a mí; así que seguía palpando, le acariciaba el labio inferior con la mano izquierda, mientras que apoyaba en su cuello la derecha. Lo que tienen de particular este tipo de sueños son las texturas. Yo no soñé que tocaba un rostro con una barba de tres días, toqué esa cara, sentí la aspereza, todavía lo siento en las manos. Es lo más cercano a la realidad y lo más despojado de simbolismo que puedo experimentar mientras duermo, por eso no quise abrir los ojos; porque cada vez que me sucedió algo así, el querer agregar un sentido a la experiencia dio como resultado el retorno brusco a vigilia. Pero, por otro lado, tenía que saber a quién estaba tocando, mi curiosidad actúa antes que yo muchas veces. Entonces, en el sueño, abrí los ojos. Y ahí estaba, alguien a quien nunca vi. Un hombre de treinta y pocos, muy blanco, ojos marrones y una boca que daban ganas de morder. Él me miraba fijo, sin ninguna expresión definida, dejándose manosear la cara con una calma sorprendente.
Me asusté. Lo tengo que reconocer, me cagué de miedo. De repente, no supe si estaba soñando o si un flaco re lindo se había materializado en mi cama mientras dormía la siesta. El tipo estaba ahí, lo sentía ahí, emanaba calor, me estaba empezando a mordisquear el pulgar que yo tenía a medio meter en su boca y no pude más que hacer un esfuerzo grandísimo por despertarme.
Y claro, me desperté. Abrí los ojos -esta vez los ojos-vigilia, no los ojos-sueño-, miré la pared blanca, me puse triste y volví a cerrarlos, intentando volver al estado anterior, a la barba, la boca, el chico, mis manos y su calor; obviamente, no pude. No tuve mejor idea que recordar. Otras barbas, otros chicos, otros calores. Otras cercanías, otras miradas; algunas verdes, otras negras, otras como delineadas, otras casi transparentes. Otros olores, otras expresiones y otros sentimientos, muy distantes de la tristeza.
Hice el mismo camino que hago siempre cuando decido entregarme a la nostalgia. Y cuando hablo de camino, lo digo casi literalmente. Camino por esa calle en la que corre un viento asesino sea verano o invierno, termino mi cigarrillo en la puerta, muerdo el caramelo que traigo en la boca y trago los pedacitos, toco el timbre y espero. Espero a que abra la puerta, pero también espero el momento ese en el que ya estamos cansados de coger y puedo quedarme dormida aunque me esté abrazando y mi cara esté pegada a su pecho. Espero poder recrear al menos una mínima parte de la sensación que siempre me generó tenerlo cerca; una mezcla de deseo inconmensurable, sentirme muy estúpida y muy chiquita. Como era de esperarse, logré la parte de la estupidez y un poco la del deseo, lo que me dejó en un estado de frustración un poco difícil de quitar, que no se fue con tocarme, aunque quise. Porque él no me tocaba, directamente me penetraba. Desde el momento en el que abría la puerta -en la vida real y en mis recreaciones a ojos cerrados-, se me metía adentro y no salía hasta despedirnos al otro día. Como si la puerta de esa casa fuera el mismo límite de mi cuerpo, parte de mi dignidad y mi deseo. Entrar ahí era dejar que él se diera el lujo de invadirme, penetrarme y someterme; de la misma manera en la que pensarlo es dejarme invadir, penetrar y someter por la imagen que me queda de él.
Extraño, no sé si lo extraño a él. Extraño su manera tan exquisita de faltarme el respeto. La liviandad con la que pasaba por alto mi discurso neurótico y apelaba a lo más primitivo que hay en mi, de la forma más chabacana y divertida. Extraño la saciedad después de haber pasado una noche con él y también extraño las ganas imposibles de aplacar que solo lo tenían a él como objeto; extraño no poder reemplazarlo con nada ni con nadie. Por eso siempre el mismo caminito, la búsqueda de esa intensidad sin llegarle ni a los talones; las mismas escenas, imaginarme las mismas miradas, obsesionarme con las mismas frases, una y otra vez. Noches y noches y noches intentando algo que solo es posible si entro en esa casa, no con mi mente, sino con mis piernas, mis pies y toda yo. Solo posible si me dejo avasallar por sus faltas de respeto que ofenden por lo inofensivas, por su liviandad inherente y por su habilidad para hacerme sentir deseada, estúpida, sometida y maravillosa, todo al mismo tiempo.

Cómo será de fuerte que ya perdí el hilo de lo que quería contar. Lo que quería contar era que soñé con un tipo, un desconocido, pero terminé poniendo la carga del sueño en otro, que sí conozco, y que se me arruinó un cacho del domingo.
Después puse Talking Heads y me sentí mucho mejor.

viernes, junio 03, 2011

***** dice:
a ver... ordena los signos solares con los que tengas más afinidad, del más al menos

Ce dice:
piscis, libra, géminis, escorpio, acuario, sagitario, virgo, tauro, aries, capricornio, leo, cáncer

***** dice:
los de piscis son todos maracas

Ce dice:
jjajaaj sí, son RE maracas

***** dice:
cáncer son trastornados
libra, todo bien, pero hay veces que no saben lo que quieren
geminis: mentirosos

Ce dice:
seeee
MUY mentirosos

***** dice:
escorpio, un gran signo, pero te tenes que saber adaptar, tienen un carácter fuerte y puden ser indomables
acuario: liberales de cuarta

Ce dice:
jajaajaaaaaa

*****dice:
sagitario: solo quieren ir de viaje, no ven más allá del día de hoy

Ce dice:
mmm ahí no sé si estoy tan de acuerdo
pero seguí

***** dice:
virgo: todo lo bello del análisis termina siendo insoportable para el prójimo
tauro = aburrido
aries: intolerantes
capricornio: paranoicos TODOS
y leo... primero yo, después yo, después yo... al final, yo

Ce dice:
sí, totalmente
entonces, *****? no se salva nadie?

***** dice:
jaja
ehhh
no

Ce dice:
qué virginiano lo tuyo

***** dice:
digo lo bueno

Ce dice:
eso, queremos lo bueno

***** dice:
bueno, te hago la parte positiva
a ver
piscis: entienden el sufrimiento, te podés apoyar SOLO para compartir
libra, grandes intelectuales
géminis, son buenos escritores, aprenden rápido
escorpio, te defienden a muerte
acuario, linda combinación de un ser positivo y racional
sagitario, es bueno conocer gente optimista
virgo, siempre están para ayudar
tauro, tienen los pies en la tierra
aries, no se caen nunca
capricornio, siempre consiguen lo que quieren
leo, te protegen
cáncer, son muy afectuosos

Ce dice:
clap clap clap, amo la síntesis virginiana






Creo que está todo dicho.

jueves, junio 02, 2011

Tenía 15 y un cassette de The Doors. Antes de dormir lo metía en el walkman y ponía el lado que tenía Unknown soldier, Love her madly y L.A. woman. También tenía Riders on the storm. Si no te acordás, hacé memoria, porque no voy a subir la canción ni el video; quiero memoria. El ruido de lluvia, el piano de Manzarek; y era como si todo de repente se volviera gris y se llenara de neblina. Me ponía paranoica, supongo que porque there's a killer on the road y if you give this man a ride, sweet family will die. Algo me hacía sentir ajena, sin saber muy bien ajena a qué; pero de eso se trata la adolescencia, ¿no?
A veces -cuando me rateaba de computación-, me tiraba en las escaleras de la plaza que está frente al Pizzurno, me enchufaba los auriculares y cerraba los ojos para sentir que no había nada alrededor, que estaba suspendida en la nada, sintiéndome ajena incluso a mí misma, mientras Jim Morrison me cantaba al oído. En esa época la angustia era una constante real, tangible, una presencia sofocante; no había momentos felices, no había satisfacción de ninguna clase, no había nada, salvo una tristeza que lo envolvía todo y a todos. Y Jim Morrison, y Riders on the storm.

lunes, mayo 30, 2011

- Lo mejor de todo esto es que me acabo de dar cuenta de que no sos buena persona.
- ¿Cómo que no soy buena persona?
- No sos la encarnación del mal, boludo, no digo eso. Digo que no sos bueno. En el sentido mas Heidi del concepto, claro.
- Ah, obvio. ¿Vos pensaste que era bueno? Para ser tan desconfiada, le pifiás mucho.
- Qué tarada, ¿no? Años poniendo las manos en el fuego por tu bondad y resulta que nada que ver. Es la cara la que engaña. ¿Vos sabés que un día una amiga te vio en una foto y dijo que tenías cara de cura?
- No, la cara engaña la primera media hora. Vos pensaste que era un pobre muchacho que buscaba amor de maneras equivocadas y que sólo necesitaba un golpe de efecto del destino para encontrarme con una mujer fantástica, sanadora; la única capaz de entenderme, de captar mi esencia y ponerme de vuelta en mi eje. Como una especie de hada madrina.
- Claro, pero más puta. En vez de varita, una fusta.
- Vos no pensabas que yo fuera bueno, pensabas que era tu equivalente masculino.

sábado, mayo 28, 2011

Esto de estar trabajando sola durante diez horas por día se está convirtiendo en una experiencia rara. Por un lado, me encanta. Tengo los papeles ordenados, escucho la música que quiero, puedo leer sin culpa ciertos libros -y nunca voy a confesar de qué libros hablo, NUNCA- y hablar por teléfono tranquila cuando no hay gente. Pero por otro lado, son demasiadas horas en silencio conmigo misma; más allá de la música, de mi criterio del orden y de los libros pésimos a mi entera disposición, está ese silencio que es como un agujero negro. No sé bien qué hay del otro lado, pero mete miedo.
Entonces el día transcurre sin sobresaltos, o al menos eso parece. Hasta que me subo al bondi, me siento, leo un par de páginas del libro que llevo en la cartera y una frase me dispara hacia 28 pensamientos diferentes, paralelos, versiones más o menos adornadas de exactamente lo mismo; como una piñata de neurosis estallándome en el pecho, en el cerebro, en lo ojos.
Después, lo usual. El llanto disimulado, la careteada constante, los apuntes como herramienta de evasión, los sueños perturbadores, el encierro, la retrospectiva como búsqueda de sentido y fuente de obsesión; el kit de angustia que llevo en una valijita desde que mi mundo es mi mundo.
Me sorprende lo sádica que puedo ser conmigo misma y al mismo tiempo me explico el por qué de muchas cosas. Hay algo en el castigo que es el núcleo de mi esencia, enviste todo lo que soy y hago; que es como una planta carnívora, magnífica, bella, enorme, hipnótica, y se come a los pajaritos inocentes que le revolotean alrededor. Eso y el agujero negro. Meten miedo.

jueves, mayo 26, 2011

Hola, soy la chica que abre blogs.
Ahora, uno de reseñas literarias y crónicas/relatos/anécdotas que tengan que ver con la práctica de la lectura.
Os invito a visitarlo y, por qué no, a participar: Praxis de lectura.

sábado, mayo 21, 2011

- ¿Què pasó? ¿Te apoyó un tipo en el bondi?
- No. Un tipo no. UN NENE DE 13 AÑOS.
- Naaaah. ¿En serio?
- Sí, primero no entendía nada, estaba ahí parada leyendo mi libro y sentí algo raro, la energía apoyadora. Cuando miré de reojo para atrás lo vi al pendejito este que era más bajo que yo, imaginate. Justo cuando me debatía acerca de qué hacer, se desocupó el asiento delante de mí y me senté. ¿Podés creer que me empezó se empezó a apoyar en el brazo?
- Estaba re caliente el borreguito.
- Que el borreguito se haga una paja en su casa mirando Casi Ángeles, que no se suba a un 141 a apoyarle el pitito a una piba que podría ser su hermana mayor.
- O su madre.
- Hermana mayor, la puta que te parió, hermana mayor. Bueh, la cuestión es que lo miré fijo hasta que me miró y le dije bien bajito, pero modulando bien para que entendiera, "basta". Me pidió perdón y yo volví al libro.
- Ay, pobre...
- Sí, me dio un toque de pena, no iba a armarle un escándalo a un pibito, por eso cuidé que nadie se diera cuenta. Pero no va que el desacatado vuelve a apoyarme a los treinta segundos. Ahí sí me enojé y le dije "dejá de apoyarme".
- ¿En voz alta? ¿A los gritos? ¿Lo acusaste con el chófer por pedófilo a la inversa?
- No. un tono normal tirando a bajo. El pibe puso cara de protesta y me saltó con "es que me están empujando". Sí, claro, te están empujando la pija medio dura contra mi brazo. Yo no sé qué cara tendría, porque últimamente no la puedo pilotear, se me escapa el gesto sin control, pero te juro que podía sentir cómo la mirada era un rayo láser. Tomé aire, exhalé, y le dije bieeeen lento "dejá de apoyarte en mi brazo".
- ¿Y?
- Se puso todo colorado y me pidió perdón de vuelta. Hasta cierto punto, se me partió el corazón. En ese momento de vergüenza tenía cara de nene, mirada de nene, gesto de nene. Espero que se haya sentido tan avergonzado que no le den ganas de apoyarse a una mina nunca más en la vida.
- Cel: educando al ciudadano. Latín, lengua y literatura, inglés, diplomacia sexual y urbanidad.

viernes, mayo 20, 2011

Me gusta el formato serie; de 25 minutos o 50. Me gusta eso de plantear un conflicto y que se resuelva rápido, pero que al mismo tiempo haya un hilo conductor que me lleve a mirar el episodio siguiente. Hay épocas en las que mi concentración no se banca una película de dos horas entera (¿por qué todas las películas, de repente, pasaron a durar dos horas mínimo? ¿qué tenía de malo la hora y media?) pero puedo mirar 4 horas seguidas de How I met your mother. La serie me da la posibilidad de ver todo el desarrollo de un personaje, me permite encariñarme y meterme de lleno en la historia. Entonces, para mí, las series son tan trascendentales como las películas. Así como me acuerdo de la adrenalina que sentí mientras estaba sentada en la butaca del cine asombrándome con Jurassic Park, evoco la alegría estúpida que me recorrió el cuerpo cuando Chandler y Monica se encamaron por primera vez. Sin juicios de valor implícados, David Lynch y Kevin Williamson me atravesaron con igual intensidad, cada uno a su manera, claro; no soy tan necia como para decir que están a la misma altura, pero sé muy bien que a los 15 años lloré durante toda una noche con el final de la primera temporada de Dawson's Creek y que a los 20 no dormí en toda otra noche tratando de descifrar Mulholland Drive.

Hasta los primeros años de facultad, las vi todas -TODAS-, pasaba infinidad de horas frente a la televisiòn. Despuès me mudé con mi abuela que no tenía cable, me compré un reproductor de DVD y durante 3 años miré, al menos, una película por día. La dinámica de todo cambió cuando descubrí Lost. La primera temporada, en una semana. La segunda, en 2 días (me clavé 24 capítulos a lo largo de un fin de semana, no puedo ni siquiera empezar a explicar los sueños que tuve en las noches siguientes). La tercera, en lo que duró un fin de semana largo. Ya para la cuarta, iba bajando a medida que se transmitía en Estados Unidos. La quinta y la sexta fueron la cristalización del desesncanto, pero no importa. A partir de Lost, cambió la manera de mirar series. O mejor dicho, poder bajar toda una temporada de un tirón lo cambió todo; pero para mí, ese paso de un modo al otro vino de la mano de Lost y su delirio justificado y sostenido. Después de Lost, la nada; un vacío. Un vacío que traté de llenar con Dexter, The Wire, Breaking Bad o Mad Men; series geniales, impecables, maravillosas, pero no es lo mismo. Nunca más el vértigo de final de temporada, nunca más las charlas de horas y horas con amigos tratando de desentrañar el misterio, nunca más la curiosidad alimentada por pistas sueltas en diálogos; nunca más, una pena.
A lo largo del año pasado le seguí el rastro a J.J. Abrams y me topé con Fringe. Lei la sinopsis y pedí recomendaciones. Me dio la sensación de que era un X-files wannabe y además todos me dijeron que era malísima, salvo mi tía Nilda, que la seguía semana a semana en Warner y estaba chocha, le encantaba. Pasa que mi tía Nilda, a mi parecer, tiene un gusto televisivo horrible y nunca coincidimos en nada. Hace unos meses, un domingo de calor pegajoso y sofocante, me acordé de la serie esta y la busqué en Cuevana. Y sí, terminé el primer episodio ya considerándola una copia tibia de X-files, como casi todos; pero le di play al siguiente porque me dio un poco de intriga. Y al tercero. Y al cuarto. Así, hasta llegar al noveno.
Entonces ahora -que acabo de terminar la segunda temporada y no veo la hora de llegar a casa para entrarle a la tercera- les vengo a decir a todos que Fringe ESTÁ BUENA. No tiene nada que ver con X-files. Es otra cosa, es un delirio alla Lost (duh, comparten creador), sus personajes son mucho más transparentes y queribles, el personaje de Olivia Dunham es de una belleza que me conmueve, el científico Walter Bishop es absolutamente adorable, Pacey se parte al medio solo (siempre será Pacey para mí) y habilita el campo a la curiosidad sobre temas como teorías de universos paralelos, wormholes y viaje en el tiempo.
Nada llenará el espacio que dejó Lost, eso lo sé muy bien; pero, como hoy le decía a Lau, la insatisfacción es un modo de vida y es lo que nos define. En el hambre de estímulo me topé con Fringe, y qué contenta me pone.

jueves, mayo 19, 2011

Desde los 15 años hasta ahora:
- Atendí un local de ropa en la Bond Street
- Corregí pruebas y trabajos prácticos de alumnos de sexto y séptimo grado para un amigo de mi viejo que era maestro.
- Pinté remeras y pantalones para una de mis tías artesanas.
- Mandé a hacer camisolas y las vendí los fines de semana en plaza francia.
- Hice los chirimbolos esos de silicona de colores para pegar en los vidrios.
- Trabajé de vendedora en un local de ropa en Once.
- Fui soporte técnico telefónico de máquinas de revelado fotográfico para USA durante un año.
- Fui soporte técnico telefónico para usuarios de MSN en USA.
- Fui de esas que calientan vía sms en los servicios del estilo "¿querés encontrar pareja? envía AMOR al 2020"
- Fui de esas que leen el futuro vía sms en los servicios referidos en el ítem anterior.
- Tiré las cartas a cambio de dinero.
- Administré órdenes de compra para una gran multinacional durante casi dos años.
- Llamé a muchos morosos latinos residentes en USA instándolos a saldar las deduas que habían contraído comprando juegos de ollas de acero inoxidable.
- Dí clases de inglés.
- Atendí un local de ropa y accesorios en Palermo.

Y la librería desde hace más de dos años, claro. Así que ¿saben qué? estoy cansada de trabajar. Quiero unas vacaciones muy largas. Quiero un año laboralmente sabático. Quiero poder dedicarme al estudio y solamente al estudio por lo menos durante un ciclo lectivo. Quiero una licencia con goce de sueldo hasta sentir que realmente estoy descansada. Quiero un sponsor que me beque simplemente por ser yo. Pero como sé que no es posible, simplemente pido que la librería se venda antes de que tenga que salir a buscar un nuevo trabajo, así recibo la indemnización que me corresponde y hago vida de mantenida durante un par de semanas.
¿Dale, Cosmos, que te copás y mandás un comprador para cuando mi jefe vuelva de viaje?

lunes, mayo 16, 2011

Hoy, en crónicas del multitasking de la inútil: Buscar palabras en el diccionario de latín y pasar las definiciones al cuaderno mientras iba sentada en uno de los asientos de atrás del bondi.

No, no voy a hacer un relato minucioso.
Pero que se sepa: NUNCA MÁS.

sábado, mayo 14, 2011

Se habla de géneros discursivos en la clase de Expresión Oral y Escrita II. Que las convenciones, que loa enunciados, que blabla. En un momento, el profesor -que es lo más de lo más de lo más-, habla de géneros más informales. Por ejemplo, el diario íntimo.
¿Alguien lleva un diario íntimo?, pregunta.
Y yo asiento sin pensar, sin darme cuenta de que el aula es chica y que cualquier movimiento puede ser notado. Así que el tipo me dice que sí, que yo, que hable un poco de eso. Entonces armo una oración atropellada, casi tartamuda, que incluye la frase "bola de catarsis".
Me cago en mi cráneo que asiente automáticamente y en mi falta de adaptación a los espacios. Una hora antes, el tipo me había devuelto un TP diciéndome "muy buena manera de resolverlo" y resulta que me las arreglo para arruinar mi imagen; bola de catarsis, qué estúpida.
Él es amable e indaga sobre otras cosas, por ejemplo, las convenciones. Me pregunta si fecho cada entrada del diario y ahí sí, ya estoy en graciosa-mode y le contesto que claro, que soy neurótica, que necesito el registro.
Todos ríen, el profesor ríe, yo río.

miércoles, mayo 11, 2011

Después de una semana de pura frustración sexual, mi inconsciente me tira una que, por lo menos, me alegró la mañana.
Soñé que me garchaba a Jeff Bridges. Pero no Jeff Bridges ahora, Jeff Bridges en la época de The Big Lebowski.
Me vuelve loca. Cuando tenía 15 años y era una amarga total, me quedaba viendo en HBO esa en la que él es profesor y anda con Barbra Streissand (o como se escriba); moñito usaba y a mí igual me cabía.
Soy tuya, Jeff.

viernes, mayo 06, 2011

Hola, vengo a hablar del hombre que me alegró la vida durante el último mes. No, no hablo de un amante (ay, si yo les contara TODO lo que pasó en el último mes en materia de amantes...), es Mario Levrero. Un señor escritor uruguayo que en realidad no se llamaba así sino Jorge nosécuánto y que se murió en 2004 por culpa de una aneurisma. 64 años tenía, pero, a decir verdad, estaba bastante baqueta. El otro día vi unas fotos suyas muy de entrecasa, en calzoncillos y musculosa blanca, y me sorprendió que pareciera como de 70. Pero, en fin, no creo que sea un dato relevante a la hora de leerlo.


El año pasado, cayó en la consignación de novedades uno de sus libros: La Banda del Ciempiés. Yo había oído muchas veces su nombre en boca de gente de criterio confiable, así que apenas lo saqué de la caja, le avisé al jefe que me lo llevaba. Lo leí en un par de días y la verdad es que me gustó mucho. No sé si es un buen libro, de hecho, dudo que lo sea, pero hubo algo en su prosa que me atrapó. Como si me hubiera venido a chamuyar un flaco no muy lindo ni de muchas luces pero sí rebosante de carisma y buena onda. Me conquistó por completo. Ojo, recomiendo La Banda, me parece que tiene elementos humorísticos que uno hace que se ría sonoramente; y yo no sé ustedes, pero a mí eso no me pasa a menudo. Lo que sucede es que la historia viene bien, mantiene el nivel de tensión, suspenso y humor, pero al final se desinfla, como si al tipo se le hubieran ido un poco las ganas de escribir. Yo lo banco, a mí me pasa todo el tiempo lo mismo; ya se van a dar cuenta el día que publique una novela.

Después, tuve acceso a un par de sus cuentos y a la novela La Ciudad, que es parte de Trilogía Involuntaria, que editó hace poco Debolsillo! y que sale unos morlacos pero que será mi próxima inversión. Habiendo leído más, me cerró por completo. No sé bien qué cerró, mi cariño, supongo. Porque a mí me pasa eso con los escritores, los quiero, los deseo, imagino diálogos con ellos en mi cabeza, les sirvo whiskies imaginarios. Y con Levrero me pasó todo. Quise abrazarlo, charlarle, sacarlo a tomar aire, presentarle a mis amigas, hablar de Jung, que me contara de todas sus mujeres que el describe como diosas, santas proveedoras de experiencias sobrenaturales.

Hace un mes, compré La Novela Luminosa. Lo reconozco, la compré en una librería-monstruo-cadena-parezco-supermercado, pero fue porque nuestro distribuidor no me la traía y yo estaba por terminar el de Patti Smith y no podía concebir viajar en bondi sin un libro.
La cosa es así, en 1984, Levrero comienza a escribir La Novela Luminosa, que tiene poco de novela y mucho de ensayo velado, soliloquio y ventana a su cabeza. Quince años después, aplica para la Beca Guggenheim y la obtiene; su proyecto es, justamente, continuar con La Novela Luminosa y terminarla. Con ese dinero se dedicó a escribir su Diario de la Beca, que no sólo es el prólogo del libro sino también las tres cuartas partes de su contenido. Ese diario es la puerta a la vida de Levrero, su cotidianeidad, su vida onírica y achaques. Es conmovedor hasta en el relato de su lucha para cambiar el sistema operativo de la pc; conmovedor en el sentido más cotidiano de la expresión.
Cuando lo terminé, lloré un poquito. Supongo que porque estaba por indisponerme, pero también porque hacía muchísimo que no me sentía tan cerca de la palabra de alguien; lloré porque me emociona la experiencia de la lectura cuando me toca de ese modo tan particular, tan auténtico.

Un día del año pasado, poco después de terminar La Banda del Ciempiés, fui a lo de Lau a cenar; después de unos vinos, prendió el tocadiscos, puso un disco de Leo Maslíah y me dijo "escuchá esto que es genial". Eso que me hizo escuchar, era esto hecho canción y cuando al otro día me enteré de que era de Levrero me emocioné. Así, sí, se me inundó el cuerpo de una sensación bellísima. Ese hallazgo tan nimio me alegró una tarde de sábado. Y ahora lo entiendo, ahora me cierra. Esa es la luz de Levrero. No soy la misma después de él.

Mi jefe me cuenta sus proezas romántico-sexuales de la juventud. También hace extensos monólogos acerca de su puesto como gerente comercial en diversas editoriales. Me hace fumar sus discursos llenos de orgullo hacia sus burgueses y exitosísimos hijos. Me interna contándome una y otra vez la misma anécdota en la que trata de defenderse ante mis acusaciones de homofobia. A veces también hace que me den ganas de abrazarlo, porque es buena gente; clase media pretenciosa, pero buena gente al fin.
Pero basta ya. No veo la hora de que se vaya de viaje y me deje sola. Voy a vender los libros que YO quiera. Voy a ordenarlos como YO prefiera. Voy a recomendar lo que a MI me parezca. Voy a pintarme las uñas en el mostrador. Ordenar los papeles bajo mi criterio. Sonreírle sugestivamente a los clientes apuestos. Poner la música que a mí me gusta. Leer a la hora de la siesta. Estudiar latín cuando no hay gente.
Y, por supuesto, voy a usar la librería de bulo; que es lo que vengo esperando desde que empecé a trabajar acá.

miércoles, mayo 04, 2011

El flaco me decía que mejor la cortáramos ahí porque yo quería "algo más". Y yo le respondía que claro que quería algo más, pero en un sentido más general de la expresión; que el "algo más" que
él estaba conjeturando era sólo una de las posibilidades de algos-máses a nuestra disposición. Que siempre quiero más y eso no necesariamente tiene que ver con un deseo romanticón de andar juntitos de la mano, de decirle a mi papá "te presento a mi novio" o de irnos juntos un fin de semana a algún lugar de la costa. Que con coger y sólo coger a mí no me alcanza, que es preciso que haya un ingrediente extra, como que el otro tenga mujer y todo tenga gustito a incorrecto y prohibido; o que broten fantasías y morbos como conejos de la galera; o que los diálogos sean tan estimulantes como reflexivos. Algo, lo que sea, pero que para tener orgasmos ya me tenía a mí misma. Así, "para acabar me alcanza conmigo misma".
Él me decía que no terminaba de entender a qué iba con esa declaración de principios y yo me daba cuenta en ese preciso instante de que el tipo no tenía ganas de nada conmigo, que el problema no era el "algo más", sino yo en general. Pero también caía en la cuenta de que él tampoco me alcanzaba y que tenía razón, mejor dejarlo todo ahí.


Genial, hasta en los sueños me hago la cancherita. Yo no sé qué quiere decir este sueño, lo que sí sé es que cuando un diálogo parecido se dio en la vida real hace unos meses, yo quería todos los máses con él y, bueno, él no.
Eso sí, el discurso de mi yo onírico me cierra por todos los costados. Siempre quiero más, más de lo que fuere, pero más.

Cuando salí de la cama me puse a buscar unas hojas cuadriculadas para un tp del profesorado y ahí estaba, escondido entre otros papeles, el guión del corto del hombre soñado. Me acordé de Freud y su texto Lo Ominoso (o Lo Siniestro, según la traducción) y traté de armar redes entre manifestaciones del inconsciente; pero antes de ponerme a especular le eché un vistazo y no sentí ni angustia ni melancolía; todo lo contrario, me dieron muchas ganas de que algún día pueda filmar esa idea tan bella. También deseé que le diera pelota a mis correcciones, pero eso por el bien de la sintaxis.

Y así, mientras dormía, fue que me dije a mí misma que -otra vez- quiero más.
Alguien más.