sábado, febrero 26, 2011

¿Estoy pasándole la lija a los libros que tienen el lomo superior lleno de polvo? No.
¿Estoy cargando libros en Mercado Libre? No.
¿Estoy reorganizando estanterías para hacer lugar para los libros de texto? No.
¿Estoy preparando devoluciones? No.
¿Estoy vendiendo libros? No. Esta sí que no es culpa mía, hace dos horas que no entra nadie.
¿Estoy actualizando precios? No.

Averiguo dónde carajo se puede conseguir harina de maíz blanco precocida para hacer arepas. Planeo una pronta visita al barrio chino. Me fijo el precio del Campari. Me caliento con un hombre que me dice que me va a hacer correr peligro. Como galletitas con semillas de lino. Compro bombachas online.
Esquivo el trabajo como si fuera la peste.

UPDATE: ojota, que me acabo de hacer la linda y le vendí a un viejo El Cementerio de Praga, de Eco. Digo, como para que mi jefe no se dé cuenta de que hace tres horas no hago una goma.

viernes, febrero 25, 2011

En uno de esos diálogos extraños que suelo tener con mi jefe y una clienta sexagenaria súper canchera, el patrón se pregunta cuántas veces me habrán hecho el verso entrando desde lo literario. Abro la boca y revoleo los ojos, preparada para hacerme la canchera y decir que demasiadas, pero no, cierro la boca, pienso unos segundos y me doy cuenta de que casi nunca.
Me han hecho el verso con la música, con el dibujo y la pintura, con el baile, con la escritura, con el cine, con el teatro, con la escultura; no con la literatura.
Todos sonríen y dicen "qué bueno" cuando les digo que trabajo en una librerìa, pero nada más.
Que me gusta leer pero no tengo tiempo. Que sí, pero qué te puedo decir a vos que sos la experta. Que sólo en las vacaciones y cosas entretenidas. Que me gusta mucho García Márquez. Eso es lo que me dicen.
¿Hay algo más deserotizante que un tipo diciendo que le gusta García Márquez?
Sí, uno diciendo que le cae bien Vargas Llosa.

miércoles, febrero 23, 2011

Días en los que te despertás y sabés que la vas a pasar, como mínimo, para el orto. Eso es actitud, eh, pero en serio, hay días malparidos y uno lo sabe. Porque llueve, dormiste apenas cuatro horas, tenés resaca y es como si todavía no hubiera bajado el faso. Porque no tenés paraguas y desde la casa de Flor hasta la parada del bondi hay varias cuadras; y otras varias cuadras hay desde donde te deja el bondi hasta tu casa. Entonces aceptás la propuesta de tu amiga de acompañarla a su local, desayunar juntas y esperar a que pare la lluvia para ir a tratar de dormir un par de horas antes de tener que entrar a trabajar. Y mientras tu amiga arregla cuestiones laborales, vos te sentás frente a la compu y ves su facebook abierto. Primero corroborás que en tu perfil no se pueden ver las fotos y después, una idea que de tan brillante te pone un poco la piel de gallina.

¿Por qué no buscás desde el fb de Flor al chico ese al que estuviste viendo durante el año pasado y al que, después de cortar, decidiste bloquear porque no querías amargarte? Dale, ¿por qué no espiás al flaco este que se apareció después de siete años para hacerte acordar lo mucho que te gustaba y lo poco capacitada que estabas emocionalmente a los veinte años y, de paso, alegrarte el invierno y la primavera? Pero sí, metete, fijate si le escribió en el muro a alguna chirusa que va a tener el placer de escucharle la voz esa con la que a veces te despertaba -profunda, grave, acogedora- y te hacía poner como quinceañera. Aprovechá la oportunidad para mirar de vuelta sus fotos y pensar que es probable que pase mucho tiempo hasta que vuelvas a cruzarte con un hombre así, que calza perfecto con tu ideal físico masculino y que además es un amor de persona. Arriesgate a asumir que tal vez nunca más un tipo te va a invitar una noche a su casa para tomar una cervecita, darte de fumar, sacarte la ropa, masajear cada parte -ca.da.par.te- de tu cuerpo con aceite de almendras, cogerte un par de veces, cocinarte rico y volverte a coger; en ese puto orden. Si total, ¿qué podés perder? ¿La paciencia? ¿La compostura? ¿El temple? Dale, que te morís de ganas.

Esa idea tenés y mientras tipeás el nombre del muchacho en cuestión, ya sabés que de brillante no tiene un carajo. Pero retroceder nunca, reindirse jamás, una vez que empezás, la terminás y que sea lo que dios quiera. Entonces ahí está él, con las fotos, el muro, la chirusa con apodo cliché comentándole pavadas y sus dibujos, tan buenos sus dibujos.
Después de un rato tu amiga te pregunta que qué hacés y vos, derrotadísima, confesás el desliz. Chusmean un poco a sus amigos, porque entre ellos está un ex de ella y se toman un té con limón mientras que miran las ventanas del Pizzurno a través de la vidriera. No volvés nada a tu casa, porque te da fiaca, así que te tomás el 12 hasta el laburo y te morís de embole, sueño y nostalgia. Hasta que viene la clienta a la que le prestaste tu versión de Madame Bovary (c'est moi) y te la devuelve junto con un jaboncito de un aroma que te transporta a algún lugar silvestre y maravilloso. Y, por primera vez en el día, sonreís.
La estás pasando, como mínimo, para el orto; pero sonreís.

lunes, febrero 21, 2011

Hasta tercer grado fui a una escuela alemana. Alemana y privada. Yo no entendía una goma de alemán, me rompía las pelotas tener pegada la vincha roja a la cabeza para que no se me desmadraran los rulos y me aburría muchísimo; así que cuando mi mamá me dijo que me iban a cambiar de colegio, mucho drama no me hice. Creo que ya desde la tierna infancia se iba planteando esta necesidad de cambio que persiste hasta ahora. Estar demasiado tiempo en un mismo lugar que no termina de satisfacerme me asfixia.

Parece que justo antes de empezar cuarto grado a mi madre le informaron que iban a aumentar la cuota y, sabiendo que no iba a poder pagarla sin endeudarse, se puso a buscar otra escuela. El problema fue que era pleno febrero y casi todos los cupos de los colegios cercanos a mi casa estaban llenos. Empezó a ampliar el radio barrial y terminó consiguiendo una vacante en una primaria detrás de Parque Centenario.

En un principio, mi mamá se levantaba a las 7 de la mañana, me traía el desayuno a la cama y nos tomábamos el subte B desde Pasteur hasta Ángel Gallardo. Ya promediando el año, la que se levantaba para llevar el desayuno era yo, eso cuando dormía en mi casa; en general, me quedaba en lo de mis abuelos, que vivían -y viven- a dos cuadras del parque. Como era de esperarse, para septiembre yo sólo veía a mis papás y a mi hermana una vez por semana; el resto del tiempo, con los abuelos, siendo malcriada. Mi abuelo sí entendía que yo no podía tomar cosas calientes a la mañana y me despertaba con el jugo de naranja recién exprimido y un abrazo. Mi abuela me daba plata ilimitada para stickers y me dejaba apoyar la cabeza en su regazo para ver la tele. Yo era feliz viviendo con mis abuelos y ni siquiera me daba cuenta de que no me importaba no ver a mi mamá por días y días. Con la misma soltura que había dejado el schule -sin lágrimas, sin posterior nostalgia-, me desprendí de mi mamá, mi papá y mi hermana; de mi cuarto y mi casa.
Antes de entrar a sexto grado me volvieron a cambiar de escuela. Mi madre sentía que cada vez había más distancia entre nosotras. Ya hacía un par de veranos que cuando llegaban las vacaciones yo armaba el bolso y me iba a pasar el verano entero a Pinamar; de vuelta, lejos de mi familia más cercana durante meses. En resumen, sintió que perdía a la primogénita y se la llevó para el nido de vuelta. Nuevamente, de mi parte no hubo quejas. Bah, nunca dije nada, porque sabía que no correspondía, pero la verdad es que yo prefería vivir con mis abuelos. No sólo por tener jugo recién exprimido todas las mañanas y un regazo mullido a mi disposición todo el tiempo, sino porque no me sentía parte de mi familia. A mi papá no lo llamaba "papá" y no tenía influencia directa sobre mi educación; mi mamá era un ser tan irritante como irritable, que cambiaba de humor como de bombacha, que podía pasar de la dulzura más enternecedora a la furia más desenfrenada sin detonante aparente; mi hermana era muy chica y demasiado traviesa, no teníamos espacios comunes. Completamente al margen, así me sentía; desatendida, incomprendida, lejana. Y por sobre todas las cosas, no involucrada. Si no los veía en meses -como sucedía en las vacaciones-, no los extrañaba. Si tenía que elegir dónde pasar mi tiempo libre, siempre elegía la casa de Parque Centenario, la de os jugos y regazos. No sé hasta qué punto había sentimientos negativos. Me duele reconocerlo, pero no sé si había sentimientos de alguna índole. Por algún motivo, no me eran indispensables.

Diez años después, mi mamá me echó de casa. Lo que yo deseaba desde chica -no vivir ahí- lo transformó en un acto de violencia. Me dio la oportunidad de condenarla y decirle todas las cosas que venía atragantándome desde que tenía uso de razón. Ella aprovechó para echarme en cara todas las veces que la había desilusionado con mi falta de ambición y compromiso. Viví con mis abuelos tres años más, desde los 21 hasta los 24, y desde ahí, a dos cuadras de Parque Centenario, fui construyendo el vínculo que tengo ahora con la mujer esta que me parió, que no será el más sano, pero se sostiene por amor. A mi papá empecé a llamarlo así después de cambiarme el apellido; porque aunque me haga la progre me parece que sí necesito las etiquetas. Con mi hermana nos fuimos volviendo cómplices a la distancia, viéndonos de vez en cuando pero conteniendonos si era necesario; hasta que el año pasado me la traje a vivir conmigo y a veces no me entra en la cabeza que haya sido alguna vez la pendejita que me hacía la vida imposible.
Y cuando nos sentamos los cuatro a la mesa y yo empiezo con mi monólogo sobre el buen hablar, el absurdo del matrimonio, el machismo en las mujeres o la Luna en Acuario, me siento parte de algo. Cuando no veo a mi papá por tres semanas, extraño hablar sobre películas y Paul Auster, lo extraño a él. Cuando alguien me rompe el corazón y me siento diminuta frente al monstruo de mi incapacidad afectiva, llamo a mi mamá, porque es la única que me tranquiliza.

Yo había empezado escribiendo esto para contar que en quinto grado me sentaron al lado del peor del grado y que nos terminamos haciendo amigos.
Me estoy convirtiendo en una flojita.

viernes, febrero 18, 2011

Quinto grado. Entrega de boletines -segundo o tercer bimestre-.
Miro las notas, todo fantástico; salvo educación física, obvio. Jugar al quemado me parecía lo más pelotudo del universo, además, el profesor era un banana a pedal que me cargaba por mi apellido.
Sigo mirando y llego hasta el lugar donde dice "Se destaca en". Abro bien grandes los ojos y me ruborizo.
"Dulzura" había puesto mi maestro Carlos, el que daba Naturales y Matemática.
Se destaca en dulzura. Me acuerdo y me muero de amor. No hacia mí misma -bueno, un poco sí- sino hacia Carlos, que cuando iba los domingos al Parque Centenario pasaba por el puesto de mi mamá para saludarme.

Así que tomen, todos esos que me tildan de fría, amarga y malhadada. De hecho, en un acto de egolatría sin igual, les digo que sigo destacándome en dulzura. No siempre, no con cualquiera; pero cuando me toman el tiempo, yastá, vuelvo a ser esa nena de diez años que odiaba jugar al quemado.
Si me dieran un boletín en este momento, no aprobaría educación física, pero me sacaría un 8 en comida de Oriente Medio.

miércoles, febrero 16, 2011

En algún momento de la pubertad, en casa se rompió el televisor y mis padres decidieron no reemplazarlo ni arreglarlo. Al principio fue raro cenar sin la pantalla de fondo o ir al colegio y no saber de qué estaban hablando mis compañeritos, pero después de un tiempo me terminé acostumbrando a leer antes de dormir en vez de mirar algún programa y me hice amiga de la radio. Lo mejor fue que las salidas al cine se multiplicaron.
Ya un poco más grande, cuando estaba tercer año, empecé a ir los martes a la casa de mi abuela. Salía de la escuela y llegaba justo para CQC, seguía con Cha cha cha y esperaba hasta la 1am, hora a la que empezaba la seguidilla de Friends, That 70's show, Dawson's Creek y creo que Felicity. Con esa dosis de televisión semanal estaba hecha.
Siempre me pareció buenísimo que mis padres hubieran decidido quitar la tele de casa. Calculo que en el momnto se debe haber sentido como un garrón. Tener que contar mi día en la cena a los 12 años suena más a pesadilla que a buen momento en familia; pero ahora, con una mirada diferente -iba a decir "adulta", pero todavía me cuesta ponerme en ese lugar-, me parece que fue una de las mejores cosas que hicieron respecto de la educación de mi hermana y mía.
Hace unos años, cuando ya me habían rajado del nido, volvieron a poner una tele. Al principio todo parecía bastante normal, pero cuando el año pasado iba a cenar y la conversación se frenaba porque empezaba Malparida, me empecé a alarmar. Mi mamá sabía los nombres de los gatos del programa de Tinelli. Mi papá veía Filmoteca en canal 7, sí, pero antes se daba una sobredosis de basura. Les transmití mi inquietud, pero se me rieron en la cara, así que me desentendí del asunto y listo.
Ayer íbamos en el 141 con mi hermana, yendo para casa, y le llega un mensaje de texto de nuestra madre: SE QUEMÓ LA TELE. POR FAVOR MIRÁ LA NOVELA DE ECHARRI ASÍ DESPUÉS ME CONTÁS. BESITO.

¿Cuál será el destino del matriarcado? ¿Adónde iremos a parar?

lunes, febrero 14, 2011

La vida no para de darme indicios de que ya estoy medio vieja. Todos los días encuentro una nueva cana, me duele en el cuerpo salir dos días seguidos, tiendo a prejuzgar a los jóvenes; esas cosas.
Me pasa esto y creo que mientras no se me caigan las tetas voy a llevar todo el asunto con bastante decencia. O no. Porque la vida te da sorpresas. Sorpresas horribles.

Hace un par de noches estaba compartiendo un momento conmigo misma, o sea, no quiero usar eufemismos para decir que me estaba toqueteando, así que eso, me estaba haciendo una paja -qué poco femenino que queda si lo digo de esa manera, menos mal que mi mamá no me lee el blog, si no, me retaría- y cuando estaba a punto de subir el último peldaño que me llevaría al éxtasis absoluto, me dio un calambre en la cadera.
Un calambre en la cadera.
¿Me captás? ¿Me sentís?
Un calambre en la cadera. ¿Saben a quiénes le dan calambres en la cadera? A mi abuela. Y a otros abuelos. Y a mí cuando me toco. Porque estoy vieja. Y, claramente, me falta potasio.


En otro orden de cosas, esta es la escena ¿literaria? de mi vida, en la que yo elijo sesgar mi completitud y crear un personaje al que sólo le importa que se la pongan o la quieran un poco; las dos cosas no, tampoco la pavada, el personaje aún tiene que evolucionar (aunque, por otro lado, yo estoy a punto caramelo). Y ¿cómo no hablar de San Valentín? Digo, si tengo blog de solterita, algo debería decir, ¿verdad? Decir que odio este día, que no voy a salir a la calle porque ver parejitas me da náuseas. O extrañar a algún hombre atento y dulce. O pensar que nunca voy a conocer a un hombre que quiera y me quiera.
Pero no.
El 14 de febrero como festejo del día de los enamorados me tiene sin cuidado. Porque es el cumpleaños de mi abuela y como torta. Y si como torta, no hay manera de sentirme mal. La vida está buenísima si le ponés una porción de torta al lado. Y la vida también está buenísima si tenés una abuela como yo, que se llama Zenona, y te salva de la conmiseración de San Valentín porque cumple años y hace torta.



Un calambre en la cadera. Mi vida como la conocía hasta ahora se desmorona.

viernes, febrero 11, 2011

Epa Epa Epa. Acabo de mirar para la vereda de enfrenta y resulta que en el videoclub no está el pelotudo que siempre pone cumbia al mango y que se piensa que es rocker porque de vez en cuando escucha Turf. Hay un treintañero barbudo y lleno de tatuajes que sale a la puerta a fumar Marlboro. Yo digo que está reemplazando al otro subnormal en receso vacacional y que nos vamos a lanzar miradas impúdicas mientras los autos nos pasan por el medio.





Epa Epa Epa. Acabo de recordar que, por default, tengo cara de orto y que soy incapaz de seducir a alguien si no tengo manera de expresarme a través de la palabra.





Epa Epa Epa. Acabo de darme cuenta de que no tengo ni un ápice de energía para destinar a estos susanitismos.

miércoles, febrero 09, 2011

Típico. Típico de mí II.
Cuando sueño algo que no me gusta o me altera, me despierto pensando que puede ser cierto. Esa certeza puede tener durabilidad variable; a veces, demasiada.

Ejemplo primero
Cierto señor que durmió incontables noches conmigo podría testificar que se despertó varias veces por un golpe propinado por quien les escribe. Codazo en los riñones, rodillazo en la tibia, patada, empujón; utilicé varias técnicas. Resulta que soñaba que me engañaba o que me decía algo feo y cuando la angustia me despertaba, pumba, violencia física y un traumático pasaje a vigilia al son de "la puta madre, ¿pero qué te pasa?". A los pocos segundos caía en la cuenta de que había sucedido todo en mi mente y seguía durmiendo lo más pancha.

Ejemplo segundo
Esto pasó sólo una vez, pero temo que vuelva a suceder. Un día, hace no mucho, soñé que estaba embarazada; que acababa de salir del hospital donde me habían dado la noticia y que cuando estaba por prenderme un pucho, me daba cuenta de que cigarrillo-alcohol-porro no more y casi psicotizaba ante el panorama de tener a un ser humano dependiendo de mí hasta los 18 años. Al otro día -o dos días después, no me acuerdo- llamé al muchacho con el que estaba en ese momento y lo interpelé acerca de la posible rotura del forro en nuestro último revolcón y demases paranoias.
Un llamado un día de semana, a las 4 de la tarde, que comienza con "soñé que estaba embarazada" NUNCA es bien recibido. Se lo cuento a las lectoras por si no lo sabían.

martes, febrero 08, 2011

Típico. Típico de mí -y de andá a saber cuántas más- soñar con un tipo al que no veo hace mucho y despertarme con la certeza de que el flaco está tratando de comunicarse telepáticamente conmigo. Bueno, no, telepatía no. Pero sí que está pensándome con intensidad.

domingo, febrero 06, 2011

Llegó el día. El momento que vine pateando durante los últimos seis meses: ordenar la biblioteca.
Durante meses tuve la pila de libros que venía leyendo al pie de la cama, después me dio un poco de vergüenza ser tan crota y los pasé al escritorio. La pila fue creciendo -entre ya leídos, leídos por la mitad y próximos a leer- y el escritorio me fue quedando chico. Desde antes de las fiestas empecé a mentalizarme, imaginé modos de clasificar y procastiné hasta hoy, que en un arranque de bienestar, me puse a limpiar a fondo mi habitación.
Como había sospechado, no tengo espacio, me falta un estante de 1.5 m y todos los de literatura latinoamericana quedaron encima -a modo de sombrerito, como diría mi jefe- del resto.
Saqué mucho polvo, recategoricé y, casi lo más importante, aparté para regalar o vender. Aunque, ahora que lo pienso, no me da la cara para ir a vender o canjear esto que separé. Así que si alguna -o alguno, no juzgo- quiere unas 10 novelitas románticas chotas, me chifla, porque me da vergüenza llevar esto al parque Rivadavia. Ojo, eh, que no es Corín Tellado; son como comedias románticas a lo Bridget Jone's Diary pero hechas libro. También hay uno de Stephen King que nunca pude terminar, un par que me regalaron personas que me desconocen por completo y uno de Isabel Allende, pero ese mejor lo llevo para los usados de la librería, no quiero perjudicar a nadie.

sábado, febrero 05, 2011

Hola, ¿qué tal?
Sí, estoy acá para contar que me parece que no me voy a recibir nunca.
Acabo de mirar los horarios de la cursada de este año y me quiero tirar en el medio de la calle para que me pise un auto. No hay manera posible de cursar todas las materias que debería, para eso tendría que aprender a manipular variables tiempo-espacio, y todos sabemos cómo me fue estudiando física.

¿Nadie quiere ser mi mecenas?

miércoles, febrero 02, 2011

Siempre me jacté de no ser celosa hasta que el gato de mi abuela se llevó una concubina -felina, por supuesto- al patio de la casa de Villa Crespo en la que yo viví con ellos -mi abuela y el gato, sin concubina felina- durante tres años. Tres años en los que compartí tardes y latas de atún con ese animal. Inviernos en los que me calenté los pies con él sobre las mantas. Veranos en los que nos tiramos en el sillón debajo del ventilador. Tardes en las que me hizo compañía mientras leía o estudiaba. Mi gato preferido en el mundo. Un amor profundo y comprometido era el que teníamos el uno por el otro. Hasta que apareció la turra esta con su cara de loca y su fertilidad productora de animalitos por doquier.
Ahora, él ya ni nos presta atención. Es un padre de familia, un esposo fiel. Cada vez que voy a lo de mi abuela, no me da ni cinco de bola y yo sufro en silencio. Bah, el silencio lo mantengo hasta que aparece la chirusa y le digo cosas horribles a escondidas.

Por motivos que nunca llegué a entender, el gato de mi abuela se llama Canela. Sí, Canela. Es color naranja y tiene los ojos verdes. Un verano mi abuelita nos dejó solos y yo me quedé sin plata para comprarle el alimento. Durante esos días el micho probó: revuelto de zapallitos, polenta, fideos con tuco, brócoli y remolacha; después, se borró durante dos días y yo estuve con el corazón en la boca, mirando por la ventana que da al patio, esperando su vuelta. Nos llevábamos fantásticamente y una vez me dejó que lo sacara a pasear a la calle a escondidas de su dueña. Tiene 10 años y está enorme, tiene cara de sesentón con experiencia de vida. Es lindo, es re lindo. Siempre lo dije, si Canela fuera hombre, a mí me re gustaría.

Soy celosa, soy re celosa.
Pero que nadie se entere.

lunes, enero 31, 2011

- Es fascinante.
- ¿Qué cosa?
- Tu cabeza.
- ¿Eh?
- Sí, es como Lost.
- ¿Eh?
- Tu visión cinematográfica de las cosas. Del romance, más específicamente. Esta repleta de flashbacks y flashforwards. Ponele, conocés a un tipo, ¿no? No sólo es importante cómo se acerca, qué te dice para seducirte, cómo se vende. En paralelo aparece primero el fantasma del pasado. Eso que te dice el chabón alguna vez te lo dijo otro; y si no fue así, le encontrás el parecido de algún modo. Me imagino que tu mente se divide en dos y, al mismo tiempo, estás mirando al que te está encarando y al otro del pasado, hablando del mismo tema, haciendo el mismo gesto o andá a saber qué. Si en la comparación sale ganando el del tiempo presente, apretás el ff del control remoto neurótico y lo visualizás a la mañana siguiente, despeinado y con los ojos llenos de lagañas.
- Ajá, y después ¿qué?
- Bueno, si creés que podés soportarle el mal aliento matutino, le das para adelante.
- ...
- Por eso yo nunca dejé que tu vaso de whisky estuviera vacío.
- Ajá... ¿Y por qué eso?
- Porque era la única manera de nublar tu criterio y hacer que pasaras directamente a la dimensión paralela donde todo es posible y me imaginaras como un adonis la morning after.
- Nunca nos despertamos juntos nosotros.
- Bueno, fallas espacio-temporales de por medio, salió todo como esperaba igualmente.
- ¿Esto esperabas?
- Esto mismo, sí. Poder ser parte de ese guión que leía todos los días y que quería que se transformara en escena...
- Pero...
- Dejame terminar. Pero sin terminar etiquetado, literal o simbólicamente, como "innombrable", "pirulito" o "el neurótico que me hizo enojar miles de veces", que es la que mejor me calzaría.
- "El hombre que supo leerme entre líneas", esa podría ser tu etiqueta. Digo, "amigo y consejero" ya está tomada.
- Preferiría algo más sexy.
- Es fascinante.
- ¿Qué?
- Tu cabeza.


Porque cuando a veces digo que una de las razones de este blog es conocer hombres, no miento.


domingo, enero 30, 2011

Hay un índice para evaluar cómo la pasé en una cita: cantidad de cigarrillos en el cenicero.
En una situación de atracción normal hacia el otro, el promedio es de 3 cigarrillos por hora. Si el tipo me gusta mucho, no paro de tocarme el pelo y la ansiedad motriz es canalizada en forma de incontables bucles. Si el tipo no me gusta nada, tiendo a callarme la boca, mirar mucho para todos lados y prender un pucho cada vez que se avecina el monstruo del silencio incómodo.
A no ser que se trate de uno de esos encuentros en los que los dos nos emborrachamos y yo termino contando anécdotas vergonzosas prendida de un gin tonic. Ahí fumo como descosida y termino revolcándome con el flaco; es curioso, porque si el hombre en cuestión no me gusta, es como si todo mi organismo se pusiera en guardia y no hay manera de que me ponga en pedo. La naturaleza es sabia.

Vengo de tomar un par de pintas y fumar 9 cigarrillos. 2 horas: 9 cigarrillos.
Necesito conocer a un muchacho divertido YA.

jueves, enero 27, 2011

Me está invadiendo la comodidad y no me gusta un carajo.
Por un lado, siento ganas de que los ejes burgueses de mi existencia se queden clavados donde están aunque haya una parte de mi que se inquiete y empiece a mover los barrotes de la jaula donde la tuve guardada estos últimos años al grito de GUARDIA, como Diego Torres en esa película de hace mil años.
Mi vida sentimental es un desfile de refritos en el que el único con el que valía la pena el revival no quiere estar conmigo. De mi vida sexual ni me ocupo, el 2010 terminó a todo trapo, pero en lo que va de este año, sólo tengo espacio para pensar -o sentir, en mi mundo parecen ser sinónimos- que del otro lado no hay tanto deseo como de mi parte. Tengo clarísimo que no me voy a sacar el corpiño delante de nadie que no comparta mi búsqueda del deseo en su estado más primitivo, pero también sé que está exigencia me va a dejar sentada esperando durante un largo rato.
En el trabajo se va gestando la temporada escolar y el simple hecho de saber que de vuelta me esperan dos meses de trabajo full time, agresión gratuita y stress casi permanente, me agota. Aunque con mi jefe hayamos quedado en que no me voy a someter a estados insalubres, sé que pasada la vorágine de libros de texto voy a tener que ponerme a buscar otra cosa, que me dé más plata y horarios más convenientes. Y eso me agota más aún.
Espero el comienzo de clases con una ansiedad sospechosa. Incluso le pegué una repasada a los apuntes de Latín, no sea cosa que me vaya a olvidar de las declinaciones. Quiero dedicarle este año al estudio. Necesito recibirme, la posibilidad de un trabajo más estimulante. Aunque me falten millones de materias y no pueda visualizarme como profesora ante una horda de adolescentes amenazantes.
Esquivo pensar sobre mi casa, pero las ideas fatalistas se me escurren y todo lo invaden. Tengo miedo a la posibilidad de que el contrato no se renueve y tenga que salir a buscar un nuevo lugar por ahí, quién sabe dónde, quién sabe con quién. Aunque tenga en claro que la vida en comunidad ya no me genera tanto placer y que bien preferiría un espacio para mí sola.
Voy haciéndome a la idea de que los melones se van acomodando con la marcha, sí. Acepto que esto es la vida y que aunque nadie me haya avisado nunca que las cosas serían así de movilizantes y agitadas, voy armando -no sin tropezarme- algo que cada vez siento más como propio.
No me queda otra más que esperar. Que el dueño de casa se decida a renovar o no. Que empiecen las clases. Que sea mayo para salir a buscar trabajo. Que conozca a un hombre que me guste y le guste. No me queda otra y en el medio me como las uñas, trato de no aislarme del entorno, miro muchas series, escribo, canto, juego con la gata y desespero.
Es como si durante muchísimo tiempo me hubiese estado preparando y ensayando para este momento.
Y tengo pánico escénico.

miércoles, enero 26, 2011

En el micro de ida, empecé Hacia Rutas salvajes, de Krakauer, pero a las 50 páginas me dormí y me desperté recién en Merlo, un rato después del amanecer. Ese trayecto, de Merlo hasta Los Hornillos, me encanta. Me relaja, me hace sonreír. Decidí que la historia del muchacho este era para leer estando en movimiento, así que dejé el resto para el viaje de vuelta y eventuales traslados en colectivo a lo largo de las vacaciones en sí. Lo terminé hoy, tres días después de haber llegado. Y menos mal que todavía no estaba allá, porque, quién sabe, quizás me poseía el espíritu aventurero de algún jipi y no volvía más. Ahora Eddie Vedder canta bajito mientras escribo esto y me emociono un poco. Me inspira, me estimula saber de gente así, tan entregada, tan auténtica. Recomiendo el libro, recomiendo la película (acá, el link para ver online). "¿De qué se trata?" suelen preguntar los clientes cada vez que les recomiendo un libro. Y odio, odio esa pregunta. Se trata de la vida, yo qué sé, esa es la única respuesta que se me ocurre dar. Este, por ejemplo, se trata de un pibe que se toma el palo; pero también de un espíritu absolutamente libre y desapegado. Se trata de tomar decisiones y hacerlas carne; de elegir vivir de un modo y ser coherente.

Ya instalada y con un mate y una pava al lado, empecé con Santuario, de Faulkner. Me pasa algo extraño con este señor. Me cuesta, me cuesta bastante, pero sólo al principio. Me pasó con El ruido y la furia; me pasó con Las palmeras salvajes; con Luz de agosto. En general, cuando un autor me genera dificultades, lo dejo y punto. El momento de la lectura es demasiado placentero como para arruinármelo con autores que me desagradan, más allá de que estén cobijados por el canon occidental y haya que leerlos. Este en particular, no es el mejor de Faulkner, y lo sabía de antemano, pero lo conseguí barato en Parque Centenario y quería ver si me pasaba lo mismo que con los anteriores. Y sí, las primeras 100 páginas, medio un parto. Y después, todo fluye y me quedo pensando en cómo me cabe el tipo este. De todos modos, no, no lo recomiendo. Tiene cosas mil veces mejores.

Para cortar con el tono lúgubre de Santuario, agarré a Calvino, El barón rampante. Fue siempre un autor que medio ni-fu-ni-fa -salvo Bajo el sol jaguar, que me encantó-, pero hace unos meses un compañero de profesorado expuso una clase sobre este libro y la idea me gustó mucho: un pibe que un día se enoja con el padre y decide no pisar el suelo nunca más; se muda a la copa de los árboles y desde ahí participa de modo particular y encantador en la vida de la comunidad. Leer ese libro debajo de una higuera, con el arroyo a los pies, fue unas de las experiencias más satisfactorias en lo que va del año.

Después de El barón rampante pasé sin escalas a Ulises, de James Joyce. Allá por el 2005 me prestaron una edición pero nunca pude pasar de la página 30. Claro que en ese momento no sabía que a Joyce HAY que leerlo y todas esas cosas que dicen los snobs que se pasaron veranos enteros leyendo a Proust. Primero le dediqué un rato al estudio preliminar, que en vez de aclararme el panorama, me hizo pensar en cosas que poco tenían que ver con la literatura, así que me dediqué a la obra en sí, sin juego previo. Por momentos notaba que leía sin registrar contenido, pero al volver cada vez me encontré con una especie de armonía hilvanada frase tras frase. Imágenes y escenas que se fueron creando sin mi control. De todos modos, la lectura se me hizo un tanto pesada así que lo cerré y guardé en el bolso para continuar acá en Buenos Aires. Veremos qué sucede.

Agarré Cosmética del Enemigo una nochecita a puro viento y a las dos horas ya lo había terminado. De Nothomb había leído Antichrista, que fue, definitivamente, uno de mis libros preferidos del 2010. Este, aunque defrauda un poco en el giro final, tiene ese mismo componente que me había hecho llegar al límite de la exasperación con Antichrista. Esta mujer tiene una capacidad admirable para retratar personajes despreciables. La quiero. Y también quiero el resto de su obra. Claro que para eso voy a tener que esperar tiempos de mayor bonanza económica, porque aunque tenga descuento, Anagrama te da con un caño.

A último momento cambié Felicidad Clandestina de Lispector por Un Mundo Feliz, de Huxley, que era uno de los que venía leyendo muy esporádicamente antes de irme de viaje. Ya lo había leído a los dieciocho. La clásica ¿trilogía? de futuro fatalista -Fahrenheit 451 de Bradbury, 1984 de Orwell y este del que hablo ahora- me pegó bastante en ese momento, así que me dieron ganas de releer para ver si la mirada era la misma. Recuerdo que estaba obsesionada con la mirada que tenía acerca de la maternidad y que, como estaba pasando por una especie de etapa i-love-Freud, hasta me dieron ganas de un mundo sin madres.
Pero, bueno, no hubo demasiada resignificación. Me avivó ciertas ideas de revolución individual del deseo que me vienen carcomiendo desde hace rato, pero no más que eso. Eso sí, creo que es obligatorio en cualquier corpus de lectura para adolescentes.,

La noche anterior a la vuelta, encontré en la biblioteca de la casa de mis tíos Diego y Frida, de Le Clezio. Cuando empecé a trabajar en la librería acababa de salir y nunca me lo compré de colgada. Hacía mucho tiempo que no me quedaba leyendo toda la noche, es una de las cosas más lindas que experimento en soledad. Lo que no sé es por qué me pasó justo con este libro que, básicamente, es una biografía de Diego Rivera apenas mechada con datos y fragmentos del diario de Frida Kahlo. Digo, la pintura no es la expresión artística que me más me atrae y, en este caso en particular, lo que me hizo sacar el libro del estante fueron las ganas de saber más sobre ella, que, aunque en mi mente siga luciendo como Salma Hayek, me resulta absolutamente cautivante.

Alguien me definió hace poco con cuatro verbos: cocinar, dormir, coger y leer. Otro alguien me planteó una situación de lo más jodida: elegir entre coger y leer, si elegís leer nunca más cogés y viceversa. No pude responder.
Incluso ahora tampoco tengo la respuesta.

lunes, enero 24, 2011

El tipo se había borrado y yo asumí que la culpa era mía, claro. No porque suela echarme culpas innecesarias encima (...not), sino porque era la única manera de encontrarle sentido a la situación. Si un tipo un día me dice que todavía siente mi perfume en su almohada o que se le para cuando habla conmigo y a los dos días desaparece, algo debo haber hecho para cagarla, ¿no?
¿No?
Yo pensaba, me deshacía desmenuzando cada momento compartido para ver qué barrabasada me había mandado para que el tipo se borrara repentinamente. ¿Se había molestado porque no quise que le pusiera calamares a la salsa de unos fideos? Es que el día anterior me había dado una panzada de mariscos. ¿Se había horrorizado ante mi relato sobre la relación con mi madre? Es que a veces me siento demasiado cómoda y muestro la hilacha (de hija resentida) muy rápido. ¿Había hablado dormida? No hubiese sido la primera vez que mis soliloquios oníricos me pusieran en aprietos.
La cosa es que no supe qué había sido eso que hice que lo hizo escapar y eso me produjo mucha confusión. Quizás porque estaba acostumbrada a vínculos indefinidos e inclasificables pero en los que siempre había presencia y comunicación por parte del otro o tal vez porque fue tan de repente que aplicar la lógica no era algo que funcionara.
Fue en ese momento en el que decidí que era necesario contar con la mirada masculina respecto de estos asuntos. Uno me dijo que el flaco sólo se había ido sólo "de la cintura para arriba", que era probable que volviera con el rabo entre las patas y las ganas de reencuentro carnal. Otro me dijo que no tratara de entender, que lo dejara todo como estaba y me dedicara a seguir explorando las verdes pasturas de la soltería. Los escuché, les hice caso y seguí con mi vida. Bueno, como si hubiera quedado otra opción. Tampoco iba a ser tan estúpida como para quedarme pensando en un tipo al que había visto por apenas un mes. Pero antes, le mandé un mail, instándolo a reflexionar acerca de su accionar; un mensaje buena onda, haciéndome la copada y pidiéndole que no le hiciera eso a otras chicas porque era muy feo. Nunca lo contestó, como era de esperarse.

Pasaron los meses. Conocí muchachos, pasé por una racha de encuentros inverosímiles con sujetos encantadores pero incapaces de conmoverme (ay, ella). Empecé a hacer coros en una banda de funk. Salí con amigas, me drogué, me emborraché y pasé incontables horas charlando acerca de sexo. En enero hice mi retiro anual de lectura y cura de sueño en el Valle Traslasierra y volví expectante; ansiosa por el comienzo oficial del año, por empezar una nueva carrera y todo lo que eso implica. Un momento de estabilidad y cierta calma. La sensación de satisfacción alojada en el cuerpo. Las certezas en cuanto al deseo puestas al servicio de la voluntad.
O sea, todas las condiciones dadas como para que Juan, un día cualquiera, me apareciera como conectado el msn.
El regreso de los muertos vivos.

viernes, enero 14, 2011

Lo que más me gusta de la previa vacacional es elegir la música y los libros que me voy a llevar. Ya venía planeando el asunto de la las lecturas y lo tenía bastante resuelto, hasta que ayer al mediodía caminé desde lo de mi abuela hasta mi casa pasando por la feria de Parque Centenario y me gasté toda la plata que tenía encima.
Pero, finalmente, llegué a una decisión. Santuario de Faulkner, Ulises de Joyce (a ver si esta vez se puede), El barón rampante de Calvino, Hacia rutas salvajes de Krakauer, Cosmética del enemigo de Nothomb, Felicidad clandestina de Lispector y Las doce casas de Sasportas.
En cuanto a la música: Patti Smith, Mondo Cane, Easy Star All Stars, Faith No More, boleros cubanos, Massive Attack, Le Tigre, L7, Pearl Jam y Otis Redding.

Vuelvo en un rato.

jueves, enero 13, 2011

Algún día de la semana siguiente, después de salir del trabajo, pasé por los chinos para comprar un vino y caminé hasta la parada del bondi que me llevaba a lo de Juan. Si no hubiese quemado mis diarios, podría haberme fijado qué tuve para decir en ese momento respecto de esa noche, pero las hojas esas iniciaron el fuego del asado de día de brujas, así que voy a tener que apelar a la memoria.
Me acuerdo de que le llevé unos sahumerios de regalo y que cocinó pizza. También recuerdo que me senté en el sillón de un solo cuerpo porque tengo jodidos problemas para generar acercamiento. Y tengo muy presente la sensación de estar escuchándolo y admirarme ante su falta de cinismo. Mientras me hacía reír con alguna anécdota sobre su padre, pensaba que tal vez me encontraba ante una persona sana. Sano por oposición al resto, claro. No había signos de resentimiento, se mostraba auténtico, sonaba sincero. Nada que ver a lo que venía acostumbrada. Nada que ver conmigo. Y yo, que venía de unos meses de intensa introspección con respecto a mi forma de posicionarme frente al mundo, lo vi como un ejemplo de que se podía ser sin estar en pose. Había algo en su manera de exponerse que me conmovía por lo honesto, por su transparencia.
Esa noche el sexo fue muchísimo mejor que las dos veces anteriores. Surgió eso que me nubla el criterio y hace mermar mis capacidades intelectuales cada vez que aparece: la necesidad de contacto, la satisfacción al acariciar al otro, la búsqueda de la mirada del otro; y que esa mirada sólo produzca una sonrisa.
El sexo nunca es sólo sexo. Aunque se trate de algo de una noche, aunque no estemos interesados en comprometernos emocionalmente con la otra persona, aunque nos jactemos de poder separar los revolcones del amor. Porque lo que está alrededor del sexo poco tiene que ver con el amor. Así, como núcleo de estructuras psíquicas, el sexo no tiene verbo, no hay manera de poner en palabras un orgasmo, es imposible pasar el éxtasis al espacio del discurso. Por eso ponemos capa sobre capa al asunto. Lo vestimos de relaciones humanas, lo presentamos en forma de monólogos divertidos a los amigos, lo convertimos en sesiones de análisis; pero esos son intentos de cargarlo de sentido, cada cual tendrá la suya -que lo hará sentir mejor o peor-, eso en algún punto nos define, pero la realidad es que cuando nos referimos al sexo, ya estamos en el plano de la resignificación. Como cuando nos acordamos de un sueño de angustia, lo recordado no hace a un todo que justifique la sensación en el cuerpo, el reflejo de lo orgánico. Por eso no puedo escribir acerca de cómo cogía con Juan -o con cualquier otro, dado el caso-. Porque cualquier intento encasillaría la situación en un género. Coger con Juan no era comedia, ni drama, ni romance. Era la mente aquietada después de acabar, el cuerpo satisfecho, el plexo relajado, la falta de palabra.
Nos vimos un par de veces más (¿dos?, ¿tres? Ya no me acuerdo) y en el transcurso de esas semanas se me fueron las ganas de ver a otros. Cuando alguien me gusta no puedo diversificarme, me agota tener que poner energía en más de un lugar -o persona, en este caso-, me disperso y termino estando ausente todo el tiempo, con cada uno de los involucrados. Esa limitación disfrazada de protomonogamia me asustó un poco, sí, pero también me hizo sentir bien. No sólo me gustaba Juan -como no me había gustado un hombre en mucho tiempo-, me gustaba que me gustase de esa manera. Me gustaba cuando cocinaba, cuando contaba historias familiares, cuando me traía un jugo de pomelo a la mañana; me gustaba de una forma tan simple que cuando mis amigas me preguntaban que qué onda, sólo podía responder "todo bien" mientras sonreía.
Me sentía segura. Segura de que tenía ganas de seguir conociéndolo y de que me gustaba lo suficiente como para no andar picoteando por ahí. Segura, sin enroscarme en el me-dijo-le-dije. Segura al punto de poner en stand by todas las inseguridades que cargo a diario para poder experimentar un poco de un vínculo sin enroscarme con cada puta cosa. Por estar segura no me hice problema cuando le mandé un mensaje y tardó dos días en contestármelo. Por estar segura no sospeché nada cuando le dije de vernos y me contestó que estaba con mucho laburo. Por estar segura tardé diez días en darme cuenta de que hacía rato que no lo veía conectado en el msn. Por estar segura me agarró por sorpresa la revelación: el chabón se había borrado.
Y sí, el chabón se borró.


viernes, enero 07, 2011

Era de madrugada, hacía frío y mientras me metía en la cama, tuve la certeza de que al pibe este, Juan -al que le acababa de abrir la puerta para que se fuera-, no lo iba a ver por un largo rato. No sólo porque ya se iba dibujando un perfil de desaparecedor sino porque recién en ese momento me di cuenta de que tal vez no había mostrado mi mejor costado a lo largo de la velada. Estaba muy borracha, demasiado. Una cosa es el halo de descaro y alegría que brinda un rico tinto en la justa medida, otra muy diferente es no acordarme bien de qué dije y qué pasó exactamente en el transcurso de la noche. Ya estar copeteada es algo que juguetea en la línea que divide lo divertido de lo patético, pero a esto se le sumó la sensación de que al tipo no le había gustado un carajo. Esa mirada de la que hablaba antes, una mezcla de desaprobación y enjuiciamiento.

Al par de semanas lo volví a ver conectado. Venía de una semana en la que me habían dejado plantada no una, sino dos veces. Ni siquiera la misma persona. No, dos flacos diferentes decidieron -en el lapso de cinco o seis días- proponer un encuentro para cancelármelo a última hora. Y yo me frustro rápido, baja tolerancia al fracaso le llaman; yo tengo de eso, para tirar al techo. Si un tipo me deja plantada, hago una rabieta, me fumo un porro y a las dos horas ya me olvidé del asunto. Si dos tipos me dejan plantada, asumo que el universo complota contra mi goce o que alguien me echó una maldición que impedirá que me vuelvan a tocar las tetas. No es que quiera justificar el hecho de haberle aceptado a Juan una invitación a cenar por sentirme plantoneada y amargada, ni que quiera menospreciar el entusiasmo con el que accedí al encuentro, pero ahora, mirando para atrás, puedo entender un poco por qué terminé poniéndole fichas al pibe este. OK, eso suena mal, le puse fichas por un montón de cosas que ya contaré, pero también porque todo, absolutamente todo, parecía disolverse antes de llegar a algo concreto. Si me gustaba un pibe, no podía verlo por una variedad de motivos de lo más extensa. Si otro me gustaba menos pero nos veíamos con relativa periodicidad, cada encuentro terminaba en problemas. Nadie me interesaba demasiado, nadie me hacía tener ganas de saber qué más podía haber. Tenía ganas de relacionarme pero me daba fiaca salir a conocer gente. Bueno, al fin y al cabo, era ir a cenar nomás, tampoco me lo pensé tanto.
A la hora de pagar (las pastas caseras buenísimas que comimos) me encontré con que me rompía bastante las pelotas que el tipo ni siquiera hubiese amagado invitarme. No me gusta mucho que paguen lo mío, no por una cuestión de igualdad sino de neurosis recalcitrante, pero así como escucho a mis amigos decir que, si invitan a salir a una chica, pretenden que la mina por lo menos haga la escenita de sacar la billetera, yo también quise que me mintieran un cachito. También me rompió las pelotas que me rompiera las pelotas, a mí, justo a mí que soy tan desprendida de lo material, tan etérea, tan libre, tan desapegada. Yo, que carezco de ambiciones materiales y desprecio la codicia que el dinero genera en las pobres, débiles y aburguesadas almas. ¿Podía acaso sentirme ofendida? Decidí en ese momento que no, que tal nimiedad no podía generarme conflicto alguno y puse los billetes sobre la mesa.
Después fuimos a su casa, que quedaba a unas cuadras. A mí estas cosas no me suelen pasar, porque posta que no me fijo mucho en cuestiones de status o pertenencias de los hombres con quienes estoy -lo que, al parecer, amerita las críticas ininterrumpidas de mi madre capricorniana-, pero cuando entré a la casa de Juan sentí eso que deben sentir algunas cuando el galán de turno les dice que tiene un Alfa Romeo (o alguno de esos autos caros, me parece que mi ejemplo fue muy menemista). ¿Era una de esas torres careta con millones de pisos y amenitis? No. ¿Era un semipiso con vista al río y muebles de diseño? Tampoco. Era un ph de techos altísimos y colores cálidos, que me encantó. Y creo que él me empezó a gustar un poco más por su casa. Y sus gatos. Y sus besos. Y las caricias que me hacía en la cabeza todo el tiempo hasta que mi pelo quedara hecho una maraña.
Cogimos en el sillón del living y fue mucho mejor que la vez anterior. Dicen que la primera vez siempre apesta y no estoy de acuerdo. A veces incluso la primera vez le pasa el trapo al resto de las venideras. Pero sí es cierto que si la primera no deslumbra, hay que ir a por una segunda sin dudarlo. En esta segunda en particular tuve la certeza de que con más confianza la cosa no podía más que seguir mejorando. Eso sí, en un momento determinado, la miradita esa. Está bien, me pasa que algunas veces, después de acabar, entro en una especie de trance en el que me baja la presión y debo verme medio freak, pero ya era la tercera vez que me echaba una de esas miradas y me sentí muy tonta. Por suerte, las endorfinas orgásmicas no me dejaron ponerme demasiado mal.
Me tomé un taxi hasta mi casa y dormí profundamente hasta el mediodía del día siguiente. Cuando me desperté ya sabía que quería volver a verlo.

jueves, enero 06, 2011

Un taurino neurótico, sin amigos, todavía prendido del fantasma de su ex; pero cómo me hacía reír. Un virginiano apagado, simple, con una extraña obsesión por las tetas. Un capricorniano de ojos increíbles y gran corazón, bueno en los papeles y absolutamente inocuo. Un libriano que ya se ganó todo mi cariño. Un geminiano que constryó en su cabeza una Celeste que no tiene nada que ver con la real, que no entendió nada de nada. Un pisciano lindo, tan lindo; lindo desde todos los ángulos; inspirador, estimulante. Un acuariano que podría ser mi padre; ni mi amante ni mi amigo, sólo mi padre. Otro capricorniano, uno que será siempre un enigma.
Ese fue mi 2010 desde la mirada astrológico-romántico-sexual. Desparejo, desprolijo. A veces aburrido y otras, completamente sorprendente.

El sábado que viene se abre la temporada 2011 con cena-cine acompañada de un acuariano aficionado a la astrología que todavía no sabe que en mi espalda están tatuados los regentes de su signo solar, lunar y ascendente. Un hombre que podría decodificar los símbolos y sorprenderse en vez de preguntar por qué me tatué un número 4 con una sonrisa sobradora y estúpida dibujada en la cara.

Como díriía mi amigo y consejero, yaveremos.

Deséenme suerte.

lunes, enero 03, 2011

Este año no hice balance. Mentira, balance hago casi todos los días. Pero, bueno, a lo que voy es a que mientras tomaba champaña no me puse a pensar en lo bueno y lo malo que me dejó el 2010. Básicamente porque ando bastante anulada y evasiva; por ejemplo, en el transcurso de estos dos últimos días me miré seis películas, terminé la cuarta temporada de Mad Men, empecé la tercera de In Treatment, la única de Freaks and Geeks y me puse un poco al día con la lectura y la escritura.
Eso sí, el balance cinematográfico es un deber anual.

Acá, el mío.
Y el del resto de los bloggers, por supuesto.

Si todavía no viste Machete o Scott Pilgrim vs. The World, realmente no sé qué es lo que estás esperando.
Si todavía no le echaste una mano a Amelie Nothomb, Mario Levrero o Manuel Puig, acercate a tu librería amiga, poné unos pesos y disfrutá de las lecturas de verano.

domingo, enero 02, 2011

Un rato después de las 12 empezó la competencia de fuegos artificiales en alguna manzana cercana a casa. Desde la terraza lo pudimos ver casi todo.
Al principio fue sutil. Uno chiquito verde por acá, otro blanco, un poco más grande, por allá. Pero fue pasando el tiempo y el despliegue pirotécnico fue creciendo hasta dejarnos a los seis con la boca abierta.
Ahí, a metros de mis ojos, racimos de luces coloridas. Círculos, cometas, ramos de coronita de novia, palmeras. Y me sentí una niña. Creo que ni siendo una nena me sentí tan maravillada. Probablemente porque de chiquita era mucho más cínica que ahora.
Los ojos abiertos bien grandes y el corazón latiéndome más rápido que lo usal. Una sonrisa dibujándose en la boca y una sensación difícil de poner en palabras. ¿Ilusión? ¿Esperanza?
Todo eso a partir de fuegos de colores. Todo eso y una emoción que no siempre sé cómo manejar.
Como si tuviera que manejarla.
Como si no alcanzara con dejarme atravesar por los colores y ya.

jueves, diciembre 23, 2010

A Juan lo conocí hace más o menos un año y medio. Salimos un sábado a la noche, charlamos unas cuantas horas y terminé yéndome a casa en un taxi, sola, suponiendo que nunca más iba a verlo en mi vida. No porque no me hubiese gustado, sino porque en ningún momento de la noche el flaco dio algún indicio de interés. Todo muy ameno y un diálogo relativamente fluido, pero no mucho más que eso. Mentira, sí hubo algo más. Algo que en ese momento noté pero no cobró relevancia hasta hace bastante poco: una mirada que me resulta dificilísimo describir. Una mirada que al aparecer siempre me hizo sentir desubicada, distanciada, un poco rechazada. Como si yo estuviera haciendo o diciendo algo inmensamente ridículo y él se horrorizara por verme o escucharme.
Caminando por el pasillo de entrada de mi casa esa madrugada me dije a mí misma que sí, que el muchacho me había gustado, pero que toda la situación me gritaba HE'S JUST NOT THAT INTO YOU, así que decidí no poner ni media ficha y seguir en la mía. En ese momento acababa de salir de un duelo de 6 meses con forma de celibato y, para qué mentir, me estaba poniendo al día por el tiempo perdido.
Para cuando volvió a aparecer yo ya prácticamente me había olvidado de quién era. El tipo mandó un mensaje dos meses después de no haber tenido ningún tipo de contacto y a los pocos minutos de ida vuelta de sms se estaba invitando a mi casa a comer guiso de lentejas casero. Acepté porque estaba en la misma situación que él: caliente y con ganas de comer guiso de lentejas. También porque tenía ganas de cocinarle a un hombre. Aunque supiera que este tal Juan no se merecía (por paracaidista) el placer mezclado con stress que me representa cocinar para un otro, mis ganas de hacerme creer que podía jugar a la casita un rato ganaron. Necesitaba cocinarle a alguien después de tanto tiempo; a alguien que no fuera Nicolás.
Al otro día después de trabajar fui a comprar las cosas para cocinar y me fui para casa. Ani se había ido a lo del novio y Nat estaba de viaje, así que tenía la casa para mí sola. Me bañé, me encremé y me metí en la cocina. Abrí un tinto porque me estaba empezando a poner nerviosa y me puse a cortar, saltear, hervir y guisar. Para el momento en el que el guiso estaba encaminado y él tenía que estar tocando el timbre, yo ya estaba medio borracha, sí, pero bastante más relajada. Tan relajada que no me di cuenta de que no había dejado el fuego al mínimo para que la preparación redujera y pasó lo peor de lo peor: se me quemó el guiso de lentejas. Se me quemó. No hay peor tragedia que se me queme algo; y si es algo que cocino para otro, el sufrimiento es peor.
Ante la desventura culinaria, opté por reprimir mis más puros instintos melodramáticos y me dediqué a seguir entrándole al vino para olvidarme del desastre.
El sexo fue raro. Raro bien, pero raro. Tal vez yo venía demasiado acostumbrada a otro tipo de encuentros, con otro tipo de gente, pero lo que más recuerdo fue la sorpresa -grata- ante su dulzura. No me había parecido en ningún momento un tipo dulce o cariñoso, hasta que me desperté con una caricia muy suave a lo largo de mi brazo y su voz, tranquilísima, diciéndome que se iba.
Recorrí el pasillo de entrada de mi casa como aquella vez hacía dos meses, tratando de ordenar la situación en mi cabeza. Llegué a la misma conclusión que la vez anterior: no poner ni una ficha, seguir con mis cosas; aunque el tipo me gustara. Había algo que no cerraba por ningún costado.

Continuará...



Quiero informar que esto está escrito para el mismo Juan, que, a pesar de haberle pedido que no lea más mi blog, sigue entrando.

Ya está, eh. Leé cuando quieras. De hecho, me dieron ganas de que tuvieras mi percepción de los hechos. Digo, si tantas ganas tenés de saber qué tengo para escribir cada día -aunque no tengas deseos de lidiar con mi presencia en vivo y en directo-, te doy algo para que leas y te sientas literalmente identificado.

miércoles, diciembre 22, 2010

Me saca de quicio que mi jefe simule que leyó novelas que nunca abrió y que toda esta horda de viejas palermogólicas compre cualquier bazofia sólo porque el librero lo recomienda.
Me enerva hasta la ira en los puños que cuando soy yo la que recomienda cosas -que SI leí- me digan que van a volver a pasar cuando esté el señor.
A veces me dan ganas de salir a la puerta con un megáfono y que lo escuche bien clarito toda el barrio: "ESTE SEÑOR NO LEE UNA GOMA, VECINOS, ES UNA ESTAFA DE LIBRERO. EN SUS ÚLTIMAS VACACIONES SE LLEVÓ DAN BROWN Y DURANTE EL AÑO SE DEDICA AL CUENTO ERÓTICO Y NA-DA-MÁS".
Claro que despuès me doy cuenta de que el problema no es él. Ni las viejas chotas que confían ciegamente en su criterio.

El problema soy yo.
No doy intelectual
ni tengo cara de haber leído mucho
me faltan los lentes o portar cierta actitud
no sé qué, pero algo necesito
no me da el piné
la Cassandra de las libreras:
eso soy

martes, diciembre 21, 2010

Recién sobre el tren yendo a Tigre me enteré de que la casa del papá de Nieves quedaba a dos horas de lancha desde la estación fluvial. Debo haber puesto una cara muy particular, porque por un momento pensaron que me parecía demasiado lejos; hasta que expliqué que no, que todo lo contrario, que, justamente, lo que venía buscando era eso: a-le-ja-mien-to.
El río estaba bastante crecido y el primer día no pudimos hacer mucho más que comer tostadas con dulce de leche, tomar fernet, hacer cantos armónicos y hablar. Hablar, hablar y hablar. ¿Cuánto es que pueden hablar tres mujeres juntas? No hay límite. Si hiciéramos un esquema representativo de los temas tocados, nos quedaría un diagrama de árbol, una escala cromática, un mndala mágico, una vía láctea infinita. El sueño nos agarró relativamente temprano, así que a las 2 ya estábamos profundamente dormidas.
El domingo nos recibió con mucho sol, un vientito divino y el río bastante más bajo. Después de la preparación de la salsa criolla, las ensaldas y de la pasta de berenjenas asadas -que oficio de entrada- nos abocamos al asado propiamente dicho y no paramos de comer y tomar tinto con hielo hasta el mismo hartazgo. Creo que existe una sola característica que une a todas mis amigas: el placer ante el buen comer, el goce al cocinar.

Metido en los recovecos del ocio, el pensamiento tratando de emerger desde lo más profundo de las aguas de la negación. Como si la misma idea me hubiera llevado a aceptar sobre la hora la prpuesta de escapada. Como si hubiese sabido que tras 24 horas de descanso y armonía con el hábitat bajaría la guardia lo sufiente como para reconocerme a mí misma lo que venía esquivando desde hacía días.
Enfrentarme a las decisiones apresuradas y drásticas y reconocer que, tal vez, quizás, quién sabe, me apuré un poquito y me pasé de egocentrismo. Perdonarme, entenderme y obligarme a enmendar el error. Volver a sentir la fortaleza, respirar hondo y darme cuenta de que no es tan difícil.

Volví apenas colorada, bastante en paz y con un sentimiento de gratitud que hasta me sorprende.
De repente, me da la sensación de que estas sí van a ser felices fiestas.

sábado, diciembre 18, 2010

Huyo.
Después de una semana en la que pasó de todo y todavía no termina de caer la ficha.
Una gata nueva, terminar con una relación, flores de Bach, un señor seduciéndome, evasión de responsabilidades académicas, escritura, canto, desorden, malestar físico, ataques de ansiedad, el peso y la responsabilidad que trae la mirada del otro.
Huyo.
Nos tomamos el tren con Sol y Nieves hasta Tigre, nos subimos a la lancha, nos internamos en lo profundo del delta.
Como si eso me permitiera saber qué es lo que extraño tanto y no puedo poner en palabras.
Huyo. Me gusta huir.

martes, diciembre 14, 2010

Hoy, un hombre fue al local de Patricia -ex jefa, amiga, peronista y madre postiza-, compró una pulsera, pidió que se la envolvieran para regalo, escribió una dedicatoria en una tarjetita y pidió que entregaran el regalo a la chica de la librería.
Patricia caminó los pocos metros que la separan de la librería con una bolsa lila con un moño. Hizo la entrega con una sonrisa enorme y esperó a que la chica de la librería reaccionara.
La librera pidió detalles de la situación y Patricia describió al hombre regalador como interesante, educado y seductor. Con esos datos, no tardó en saber de quién se trataba; tampoco tardó en ruborizarse.
El hombre tiene edad suficiente para ser su padre -un padre joven, eso sí- y eso lo convierte en algo nuevo a los ojos de la chica de la librería. El hombre tiene otro código, más tradicional, pero no por eso menos atractivo, todo lo contrario.
La chica de la librería sabe que lo que hizo el hombre le va a alegrar el día, porque esas cosas no le pasan nunca y aunque se haga la canchera, es de público conocimiento que cada vez sucumbe más ante ese tipo de gestos.
El hombre hizo la jugada correcta. Ya le tomó el tiempo a la librera.
Una noche llegué del colegio y fui derecho para mi cuarto a tirarme a llorar en la cama. Hacía unos meses que había empezado primer año y tenía el diario íntimo de Garfield lleno de poemitas chotos dedicados a Alejandro, un pibe que estaba en cuarto año y usaba un gamulán mugriento que me enloquecía.
Mi mamá se sentó en una silla y me preguntó qué me pasaba. Le terminé contando porque sabía que no se iba a tragar excusas del estilo "me saqué un 5 en geografía" o "me peleé con fulanita". Le terminé contando porque estaba absolutamente desbordada por la situación. Tanto deseo me sofocaba. Me acarició el pelo y me dijo que no tenía que llorar por nadie, que cualquiera que me hiciera llorar no me merecía. Ah, porque en el matriarcado hay que manejarse en el orden de la meritocracia; y si una no acepta tal orden resulta que se convierte en una débil, hipersensible y pisoteada solterona.
En ese momento no supe poner en palabras que lo que me estaba diciendo me parecía una estupidez enorme; que lo que necesitaba era un abrazo y punto.
Yo no lloraba porque el del gamulán mugriento no me diera bola, lloraba porque no me entraba en el cuerpo el sentimiento, porque la maravilla que me generaba la sensación de enamoramiento adolescente me llevaba a un punto de emocionalidad casi absurda. Lloraba porque estaba sintiendo, y punto.
Tardé muchos años en volver a contarle algo por el estilo. Si llorar por alguien no estaba permitido, bueno, me encerraba en el baño y lloraba en la ducha. O en la plaza antes de entrar al contraturno de computación. O en el colectivo yendo a gimnasia. O en cualquier lugar en el que ella no estuviera.


Hoy fui a visitar a mi mamá y antes de contarle que había decidido ponerle fin a vínculo que me hizo muy feliz durante los últimos meses pero que también me enfrentó a la disyuntiva repitente del quiero-más-y-no-me-lo-van-a-dar-o-corto-por-lo-sano, le recordé esa noche de 1996.
A los cinco minutos ya me estaba diciendo que no me angustiara. Como si la orden pudiera tener algún efecto a esta altura del partido. Seguí llorando y le expliqué que el llanto no venía por no poder concretar algo más con este muchacho sino por esa misma sensación de enfrentarme al sentimiento que había tenido a los trece años.

No me desarma saberme no elegida; me despedaza el hecho de saberme diferente, más sana.
Despedazada en el sentido más literal. Levantar esos pedazos de lo que fui hasta ahora y ver que debajo yace otra, entera, receptiva a su propio deseo, mucho más auténtica. Fuerte.

No sé si esto es evolución.
Sin lugar a dudas es la revolución.

domingo, diciembre 12, 2010

Me pasé el día de ayer en balcones.
En el primero miré, respiré la lluvia. También lo miré a él, muy de reojo, mientras prendía un pucho tras otro y rompía la mitad de las leyes del Código de Señoritas-que-saben-qué-decir.
En el segundo espié a los vecinos de Sol y me sentí entre entera y despedazada. Fuerte, sí, pero hasta cierto punto ajena de tan hipersensible.
En el tercero, piso 17, miré hacia abajo mucho tiempo. Miré también hacia adelante, miré todas las luces, las antenas, los murciélagos, las nubes, los edificios. Miré durante horas y pensé muchas cosas. Lloré apenitas, porque si no se me corría el delineador.

Esto también va a pasar.
Eso me dije mientras se hacía de día.

jueves, diciembre 09, 2010

Estoy a esto de mandar absolutamente todo al carajo. Bueno, el profesorado no, porque es lo único que me dio alegría este año.
Esto no es evolución. Esto es revolución.

viernes, diciembre 03, 2010

Cuando tenés 15, 18, 20, 23 años que te guste o no un flaco está determinado por una serie de variables: música que escucha, carrera que estudia, instrumento que toca, ideología política, libros que lee, directores de cine favoritos (y si no sabe nada de directores, ¡next!), estilo al vestir y cada una tendrá su juego particular de etecéteras.
Sí, sí, después te enamorás de uno que escucha Jóvenes Pordioseros y estudia Organización de Eventos y la vida te tapa la boca. O al contrario, siempre salís con muchachos con buen gusto, ideales e intelecto inquieto y resulta que a la final terminan siendo unos neuróticos tibios que sólo se permiten escribir historias y nunca vivirlas en carne propia. Se imaginarán cuál de los dos casos me toco a mí.

Cuando tenés 26, 29, 32 años esas variables que antes determinaban el curso de un vínculo ya no tienen tanto peso. Qué importa si se sabe todas las letras de Sabina, devora Sidney Sheldon y vota como gorila. No, bueno, esto último sí importa. ¿Realmente tiene importancia que sea artista plástico, estudiante de física o abogado? No, bueno, abogados nunca más; y ya que estamos, guitarristas tampoco.

Y recién ahora me doy cuenta. Mi manía por etiquetarlo todo me movió el eje durante muchos años. Ahora las variables determinantes son completamente diferentes.
Me he convertido en una romántica. Quién lo hubiera dicho.

lunes, noviembre 29, 2010

Una mezcla de nostalgia, angustia, calentura y hormonazo. Eso siento. Me imagino una escena de sexo en este preciso instante, con este mismo estado de ánimo, y apuesto mis pocas pertenencias a que me convierto en una de esas que lloran cuando cogen. Una sola vez lloré después de acabar, el tipo ni se dio cuenta -como no se dio cuenta de nada, nunca, pero ese es otro asunto-; claro que fue parte de la puesta en escena que me había armado para mí misma: el tormento del amor inefable y nunca correspondido sólo podía ser cristalizado de un solo modo, llorando en silencio después del éxtasis de la intimidad, después de mirarlo a los ojos mientras el orgasmo nos atravesaba el cuerpo. O sea, puro blabla, pero de vez en cuando me gusta armarme shows para hacerme creer que soy una de esas mujeres intensas e inolvidables. Cada cual con su neurosis, no me pidan más que esto, hago lo que puedo.
El problemaa de este estado es que no queda otra más que esperar que decante y yo soy muy ansiosa. Y además, va a terminar mal. Nada bueno sale de la mezcla de nostalgia, angustia, calentura y hormonazo. En el mejor de los casos, me indispongo antes de tiempo. En el peor, salgo desesperada a encamarme con cualquiera para después sentirme vacía y desamparada. En el medio, se despliega un abanico de confusión, ataques de quinceañerismo y activación de los mágicos poderes de la Luna en Acuario.
Tengo el cuerpo impregnado de él. Su olor en mi ropa. La sensación en las uñas de la aspereza de su barba. Flashbacks, cientos de cuadros que forman secuencias, que foman escenas, que recrean momentos. Y todo eso me conmueve, me angustia, me calienta, me alborota.
La nostalgia es un bonus track que me manda la vida, porque es perra.

sábado, noviembre 27, 2010

Divino. Sin darme cuenta, volví a caer en el estado este que me hace sentir absolutamente incomprendida y sola. La palabra clave es SOLEDAD.
Porque claro, soy súper especial; mis sentimientos atraviesan matices desconocidos por el resto de los mortales.
Por eso, cuando trato de explicar qué me sucede nadie me entiende, nadie quiere comprender, todos miran para un costado. Oh, pobre de mí. Pobre insatisfecha salitaria.
Entonces -como siempre, mis mecanismos de defensa son siempre los mismos- el resaltador es el arma con la que batallo contra este estado; o mejor, dicho, es la herramienta que uso para evadirlo y negarlo. Estudio. Estudio unos apuntes de cognitivismo cultural que están hechos para subnormales. Estudio Las Doce Casas de Sasportas y me maravillo con los misterios de la astrología psicológica. Repaso en mi mente las desinencias de la tercera declinación. Conjugo el verbo "satifacer" en el modo subjuntivo. Aunque las clases hayan terminado, aunque ya no haya necesidad. Ocupo mi mente en repasar e incoporar información porque le tengo pavor a empezar de vuelta a pensar en todas esas cosas en las que termino pensando cuando me siento sola e incomprendida.
En los libros que leo no enseñan cómo pedir un abrazo.

viernes, noviembre 26, 2010

Las cosas estaban mal. Yo estaba mal. Cumplía años -algo que siempre me cruza bastante- y había tenido una especie de pelea con Nico. Pero había que festejar. Flor y Nat me ayudaban con los preparativos y ya había mandado el mail invitando a bastante gente; así que no me quedaba otra, iba a tener que tirar la casa por la ventana de un modo u otro.
No recuerdo mucho, pero sí me acuerdo de que Dedé andaba con muletas porque se había accidentado en el laburo, que mi hermana nunca vino, que le tiré las cartas a un amigo del pibe que salía con Flor y que después me hice la linda con otro, incluso le encajé un beso, y que terminó pasando la noche con Nat. Después de darme cuenta de que me le había tirado encima al flaco que había venido chamuyando mi amiga durante toda la fiesta, me encerré en mi cuarto a llorar. Llamé a un lector del blog al que no conocía pero con el que nos mandábamos infinidad de mensajes textos diarios. Sí, cuando estoy borracha y triste me entro a desesperar y llamar a un tipo que no conozco a las seis de la mañana para que venga a mi casa a conocerme me parece de lo más correcto. Lo peor del asunto es que el pibe vino; era raro. Fuimos a comprar puchos, subimos a mi cuarto, nos recostamos en la cama y no pronunció palabra. Está claro que no le gusté ni un poco porque en algún momento atiné a acariciarle el pelo y prácticamente sálió disparado, pidiéndome que fuera a abrirle.
Ya era de día y no podía dormir, la mente me tiraba veinte pensamientos por segundo que se arborizaban en panoramas nefastos de futuros de soledad eterna y reseca. Era una máquina de llanto, no podía parar.
A las once de la mañana bajé a tomar agua y llamé a Nico. Después de mandarme a gritar a la terraza a modo de terapia de descargue, me dijo que quería seguir durmiendo, que cualquier cosa hablábamos más tarde. Seguí llorando hasta que atardeció. También lloré los días siguientes. Lloraba porque Nico cada día se alejaba más, porque nadie me elegía, porque no le podía gustar a nadie. Lloraba día y noche; en el trabajo, en el bondi o en mi casa. Lloraba imperceptiblemente y a lss gritos pelados. Lloré lo que quedaba de primavera y el verano, otoño e invierno siguientes.
Hoy me acordé de ese cumpleaños choto; de ese año choto. Era como si me lo estuvieran contando, como si yo no lo hubiese vivido. Y ahí supe por qué.
Es que soy otra. La misma, pero otra.

jueves, noviembre 25, 2010

Él me llamaba La Reina de la Retórica y yo sonreía de costado. No me quedaba otra. Estar enamorada de El Rey de la Manipulación Discursiva te lleva a ciertos lugares de los que después no podés volver. Volví de la tristeza como constante; volví de la absoluta falta de respeto a mis deseos; volví de la desesperanza arraigada en el cuerpo; pero del malabarismo semántico, no. Probablemente porque la cualidad ya estaba ahí, desde siempre. Mi relación con las palabras, con lo discursivo, fue siempre muy estrecha, intensa.
Si no lo digo no lo creo. Si no hay relato -en cualquiera de sus formatos-, no sucedió.
¿Y la palabra ajena? Ah, cierto, la palabra del otro. Esa queda en el limbo del "no te creo nada". Hasta que se demuestre lo contrario.

miércoles, noviembre 24, 2010

"Bastante lejos del convento está esta", dijo mi madre refiriéndose a mi laica soltería.
"Vos buscate DOS, siempre DOS", dijo mi abuela con respecto a las elecciones de maridos.
"También te voy a regalar una canción", dijo mi papá y peló armónica.
"Feliz cumpleaños", me dijeron mis padres, mis dos abuelas, mi abuelo, mis tres tías, mis cuatro tíos, mis cuatro primos, mi hermana, Dedé, una amiga de mi mamá y una prima segunda.
"28", decían las velas sobre la torta.
"Gracias" y "te quiero mucho", dije incontables veces a lo largo de la noche.

viernes, noviembre 19, 2010

El Morochón era una bomba. Medía como dos metros, le estaban empezando a salir canas y tenía una mirada de ojos bien moros que me dejaba pelotuda. Él quería hablar de su producción artística a como diera lugar y yo, con mis 22 recién cumplidos, lo miraba embelezada, proyectando un futuro juntos de bohemia, mientras él monologaba sobre instalaciones, fotografía, guiones y poemas. Sospechaba que era puro blablá, que de arte sólo tenía las ganas, pero no me importaba nada, porque me llevaba un montón de años, era enorme, seductor y cuando menos lo esperaba me decía que inclinaba el cuello de manera exquisita (sic) o que tenía ojos para ser mirados bien de cerca, a distancia beso.
Vivía lejos, en lo profundo de Zona Norte, pero tampoco me importaba eso. Cargaba el morral con algún libro y hacía la combinación subte y 59 que me dejaba casi en la puerta de su casa y me bancaba la hora y media de viaje. El problema era a la vuelta, a altas horas de la madrugada, porque en esa época no había manera de hacerme dormir acompañada. Me pedía un remis y yo bajaba la ventanilla para tirarle un beso mientras el auto arrancaba.
Me dejaba sentarme en su regazo para que le pintara los ojos, me armaba porros y playlists maravillosas. Me besaba durante horas, me leía fragmentos de escritores beat y yo me sentía absolutamente deseada y cuidada; probablemente por eso nunca terminó de conmoverme el Morochón. No me movía ni un pelo a nivel emocional. No hubo caso.
Fui desapareciendo de a poco y aunque en algún momento pidió explicaciones, fueron de compromiso; la realidad es que me dejó ir sin problemas.
Hace un tiempo me lo sugirió el facebook. Pero no, cuarentones no. Todavía me siguen gustando los treintañeros.

martes, noviembre 16, 2010

- Uy, mirá, ahí tenés una cana.
- ¿¿¿Dónde???
- Uh, no. Mejor no te digo, te la vas a querer arrancar.
- No, no. DECIME.
- Acá.
- ME QUIERO MORIR. ESTOY VIEJA. ¡OTRA CANA! Y TENGO ARRUGAS, ¿ME ENTENDÉS? ¡TENGO ARRUGAS!
- ¿Dónde tenés arrugas, Ce?
- Acá. mirá, en la frente. No lo puedo creer. Me salen canas. Tengo arrugas. Es horrible.
- Te van a quedar bien las canas a vos...
- No. Esto es terrible. ¿Y sabés qué va a pasar un día? ¡SE ME VAN A CAER LAS TETAS!

Siempre que estoy por cumplir años, psicotizo. Pero este año es diferente, eh. Porque en realidad la arruga que tengo en la frente me la veo yo sola, la cana ni se nota y mis tetas todavía le vienen ganando a la gravedad. Aparte ayer me cortaron el pelo y parezco más joven.
El retorno de Saturno me va a agarrar hecha una piba.
Busqué el reloj durante tres horas.
Me acabo de dar cuenta de que lo tengo puesto.

No sé si son las endorfinas en sangre o que la memorización de declinaciones me quemó la bocha.

viernes, noviembre 12, 2010

El pletzalej con pastrón y pepino levanta cualquier mediodía.
Sí al hombre con rodete. Sí sí sí.
Mi padre fue todo un visionario al empezar a llamarme Barrileta.
yogurt natural + jugo de naranja + frutillas /duraznos + hielo + licuadora = desayuno de campeona
El ascendente es el signo que se alza en el horizonte en el momento del nacimiento.
Cada día me caen mejor mis compañeros de profesorado.
Los planetas son el qué, los signos son el cómo, las casas dónde/cuándo.
El que se fue sin que lo echen, vuelve sin que lo llamen.
Hace años que no me paso un peine.
is - is - em - is - i - e (sustantivos de 3era declinación, tema en i, masculinos/femeninos, singular)
es - es/is - es - ium - ibus - ibus (plural)
I'm easy. Like Sunday morning.

Y esas fueron las enseñanzas y conclusiones de la semana.

jueves, noviembre 11, 2010

Paso a inaugurar una nueva sección de este blog: A los veinte años me re cabían los treintañeros.
Ahora también me re caben, pero no es ese el punto.

Vamos a inventarle un nombre. Juan Carlos, ponele. Nunca me acosté con nadie llamado Juan Carlos, de hecho, el flaco este tenía un nombre súper lindo, pero en los blogs se acostumbra poner una inicial o un seudónimo y yo respeto el código blogger. Bah, salvo cuando empecé a llamar al Innombrable por su nombre, Nicolás; pero eso es porque dejó de ser un personaje y necesitaba dotarlo de realidad. Que fuera bien clarito para todas las instancias de psiquis: no fue Mr. Blonde quien me rompió el corazón sistemáticamente durante un lustro, no fue El Innombrable el que me dejó hecha una piltrafa célibe; fue Nicolás. Pero nada, estaba hablando de Juan Carlos.

Juan Carlos acababa de cumplir treinta años cuando lo conocí. Noviembre de 2003. Yo salía con un pisciano melanco que siempre me llevaba a Mundo Bizarro a pesar de mis quejas y no podía entender cómo yo prefería que fuéramos a la plaza a fumar un porrito y tomar una cerveza antes que echarme en un sillón de cuerina a beber en copitas triangulares tragos de colores. Y todo bien con el pisciano melanco, pero yo quería más. ¿Más qué? No sé, pero más. Otra cosa. Necesitaba que me sorprendieran. Y Juan Carlos se presentó como todo lo que se suponía que yo quería en un hombre: carisma, inteligencia, pasión, sentido del humor y una profesión que yo pudiera admirar (a esa edad todo el asunto de la profesión me tenía obsesionadísima). Es verdad, era medio banana. Recuerdo que tenía un sweater color natural que lo hacía recién salido de un velero, pero a mí no me importaba, porque era psicólogo, me contaba de sus pacientes y me garchaba en el diván del consultorio. Y ¿qué más podía querer una estudiante de psicología que escenificar la cristalización de sus pulsiones en un ámbito tan emblemático como "el consultorio"? Aparte, no era cualquier tipo de psicólogo, era psicólogo jungiano. Creo que durante lo poco que duró el romance me sentí mi propia ídola. Mentira, había un dejo de "dale, boluda, ¿no querías esto, vos? ¿no encaja con el perfil acaso?".
A decir verdad, era todo muy básico. Me tomaba el taxi, tocaba el timbre, nos manoseábamos en el ascensor, nos revolcábamos apenas él abría la puerta, hablábamos de sus pacientes o mis materias y volvíamos a coger. Después yo hojeaba libros un ratito y le pedía que me llamara un taxi. En la semana chateábamos o nos mandábamos mails softporn para alimentar el deseo y así, siempre lo mismo. ¿Por qué dije "básico"? No sé lo que es básico. Lo que tenía con Juan Carlos era divertido pero poco emocionante, no me satisfacía más que desde un lugar ficticio: "este tipo de hombre es el que vos querés, Cel", me decía a mí misma. Claro que en esa época también me decía que tenía que ser psicóloga y ya sabemos todos en qué terminó ese proyecto.
A él le debe haber pasado algo similar, porque de un día para el otro dejamos de hablarnos. Seguí entonces con el pisciano melanco, con el que teníamos discusiones inverosímiles acerca de nuestra relación y que con el tiempo se convirtió en Francisco-no-da-besos, un personaje monstruoso que me limó el cerebro con sus vaivenes y me dejó lo suficientemente hecha mierda como para que yo considerara que la única opción viable era el amor líquido. Pero esa es otra historia.
A Juan Carlos lo volví a ver un sábado a la mañana mientras esperaba el 124 en Corrientes. Si la memoria no me falla, era invierno de 2006. Iba con una chica de la mano y se lo notaba satisfecho. Ella era una de esas de pelo lacio divino y tenía pinta de ser psicóloga como él. Iban abrigados y felices. Yo andaba con resaca y los lentes me tapaban la mitad de la cara. Esconderme detrás de los vidrios oscuros me dio la libertad para inspeccionarlo de pies a cabeza.
No sentí absolutamente nada.

miércoles, noviembre 10, 2010

- Pero yo tenía la sensación de que te caía bien.
- ¡Obvio que me caías bien!
- ¿Si?
- ¡Claro!
- Y sí, a mí me parecía...
- ...
- Odiabas a todo el mundo. A mí por lo menos no me tratabas mal...

Y ese era el chico que me gustó durante todo segundo año y que mejor me caía de toda la división.
Siempre tuve problemas para demostrar interés, al parecer.

lunes, noviembre 08, 2010

Hay días en los que me reencuentro con ese alguien que fui alguna vez y me gusta el contraste, noto la evolución. Hay noches en las que llego a mi casa tan borracha que no puedo ni colgar las llaves en el ganchito. Hay días en los que llego tardísimo al trabajo y tardes que paso en pelotas, en la cama de un hombre que me gusta mucho. Hay días que arrancan con estudio pero que promediando el mediodía se transforman en bardo y no se apaga el porro hasta la hora de dormir. Hay tardes en las que el bajón viene en forma de licuados y chizitos. Hay días en los que el sueño me vence a las once de la noche y hay noches pobladas de sueños intensos.
Y hay tardes en las que me encierro en el baño de la librería para llorar.
Porque cumplo años en dos semanas y siempre me pegan para atrás los cumpleaños. Porque si no veo no creo y nunca veo nada. Porque -fiuuuu- me indispuse y suelo ponerme sensiblona. Porque sí. Quién sabe.
Hay días de mierda.

jueves, noviembre 04, 2010

En el asado con las chicas surgió el tema del cambio de nombres -tenemos varios ejemplos y anécdotas de gente cercana- y Flor planteó mi caso como algo "romántico" y si bien yo suelo tener una tendencia a subestimar o exagerarlo todo, esta vez me puse seria y dije que no. Cambiarse el apellido a los 18 años no es una cuestión romántica; tampoco es trágico, ojo, pero no le pongamos puntillas a lo que no se lo merece. Que mi papá -el biológico no, el que me crió-me haya querido dar el apellido desde que nací y que mi mamá lo haya esquivado hasta que ellos se casaron cuando yo cumplí 13 es algo que de romántico no tiene un pomo. Que yo me haya hecho la boluda hasta terminar el secundario tampoco tiene mucho de color rosa: estaba absolutamente conflictuada por tener que darle a mis compañeros explicaciones sobre mi pasado. Ahí está, lo dije. No me quise cambiar el apellido hasta terminado el colegio porque la simple idea de tener que pasar un informe acerca de mi situación genético-filial me hacía perder el aire. Claro que nadie me avisó que la entrega de diplomas iba a ser un año después de haber egresado y que las explicaciones las iba a tener que dar igual. Por suerte, para ese momento ya me sentía absolutamente cómoda con mi nuevo apellido y armé un speech explicativo muy canchero con el que todo el mundo quedó bastante conforme.
Así que romance las pelotas. Sí mucha duda, mucha reflexión y amor. No faltó amor. Aceptar el apellido de mi papá fue un acto de amor. Que se haya hecho cargo de mí fue un acto de amor. Que los cuatro sigamos comportándonos como familia es un acto de amor.
Tampoco me quiero poner a elaborar una digresión sobre la importancia del Nombre en cuanto a la identidad, el sentido de pertenencia y la mar en coche; si hace diez años elegí tomarme todo el asunto con la mayor naturalidad posible (porque una vez tomada la decisón fui al registro civil, hice los cambios pertinentes y se acabó el drama) no me voy a poner a neurotizar ahora. Sé que de algún modo me cambió la vida. Llamémoslo "ahora tenés un padre" o "según la numerología este apellido es más copado", o, no sé, a la gente le encanta conjeturar sobre las repercusiones que el hecho tuvo en mi vida. A mí nada más me importa que soy más feliz que cuando era Celeste Gòngora.

Aunque re garparía volver a tener el apellido de soltera de mi vieja para ser una profesora con apellido bien literario.

Mañana voy a la reunión de 10 años de egresados que organiza la escuela. Me dijo la tipa del departamento de alumnos que sigo figurando como Góngora.
Por una noche más vuelvo a ser la otra. Voy a agarrar a la anterior Celeste, esa que fui hasta los 18 y preguntarle "a ver ¿qué aprendiste en estos 10 años?".
Después les cuento qué onda.

miércoles, noviembre 03, 2010

El sábado me disfracé de madama para ir a una fiesta. Me puse un vestido que me prestó Dedé que no les puedo explicar cómo hace resaltar mis atributos delanteros, me calcé unos tacos altísimos -mentira, altísimos para mí que vivo al ras del suelo-, me encimé un coso que no sé cómo se llama pero re da madama y me maquillé un montón. Además de los accesorios de rigor, me llevé mi vaso de whisky, del que no me desprendí en toda la noche. Eso sí, vacío, pero no es ese el punto.

La gente pensó que estaba disfrazada de la viuda de Néstor.

lunes, noviembre 01, 2010

Cuando se acabó el diario para hacer el fuego del asado, bajé hasta mi cuarto, agarré esos dos que ya tenía en la mira y los llevé para arriba.
Lei una oración al azar por cada hoja arrancada, algo así como una manera de despedirme. Todo era sobre él. Mi mundo giraba en torno a una persona.
Fui haciendo bollitos y mirando cómo el fuego los iba consumiendo.
Ya al final él ni aparecía. Sí se nombraba a otros: sucesores, repetidores, receptáculos de proyección, aparentes santos griales, portadores de la salvación. Menos mal que hay otros.
Quemé mis diarios período 2007-2009, vórtices de mi neurosis. La mejor idea que me dieron en los últimos meses.

sábado, octubre 30, 2010

¿Sabés qué está bueno?
Dormir en bolas

Otras cosas también,
pero no es este el momento,
ni el lugar

martes, octubre 26, 2010

Algo que realmente me gustaría es agarrar y viajar hasta el año 2003 y ver cómo me comportaba en ese momento, poder tener acceso a esas miradas que seguramente me devolvía pero a las que nunca me pude enfrentar porque estaba demasiado ocupada mirándome el ombligo.
De todos modos, durante estos años guardé en algún rincón unas cuantas imágenes desde una subjetiva que dispara escenas en tonos fríos. Un dedo paseándose por mi remera rayada; mi mano acariciándole el pelo en la oscuridad; él yendose una madrugada lluviosa; su mano levantando mi pollera violeta.
Me agarra una especie de nostalgia y contrasto esos recuerdos resignificados con un presente que nos reencuentra un poco cansados del enrosque. A los 20 años la neura era una necesidad, llegando a los 28 es un accesorio del que estoy re podrida.
Ahora es como si todo fuera verde. O tonos tierra. Es olor a tierra mojada, que avisa que se viene la lluvia, que dice que la tormenta siempre viene acompañada de sensaciones que intoxican los sentidos.
Y si cierro los ojos todo es negro. Pero los abro, porque no puedo dejar de mirar, ya no puedo permitírmelo.

sábado, octubre 23, 2010

Ayer mientras iba por Salguero rumbo a Santa Fe fui aminorando el paso porque detras de mí venía una parejita casi a los gritos. Sí, soy una chusma. La cosa es que el pibe -que tenía un manejo de la palabra casi sexy- le dijo a la chica "salí de ese cuadradito nefasto donde vivís, por favor" y no se refería a un monoambiente. Después crucé la calle y me quedé con las ganas de saber qué iba a pasar después, pero también me quedé pensando en esos lugares que uno habita en su cabeza. Si sabré de cuadraditos nefastos...
Después me tomé el 29 a lo de Laurita y cancelamos la salida al cine para quedarnos en su cocina hablando. Con las geminianas se puede oscilar entre lo más íntimo y la abstracción más distante con una soltura que aliviana las angustias. Salvo que esas angustias no deban ser alivianadas sino atacadas, machacadas y transformadas, claro.

"¿Cuándo estoy?, ¿en qué momento se puede constatar una real presencia? Si lo único que hago es dejar todo a medio anudar ¿en qué clase de persona me convierte eso?, ¿qué clase de persona soy?"
Después de eso, uno de esos silencios que podrían extenderse hasta siempre, porque el otro acompaña en ese momento maravilloso del no-sonido, de la mente aquietada por la revelación y el abismo ante lo desconocido. Un silencio de llanto inminente sin pensamiento, sin necesidad de entendimiento, sin necesidad de intelectualización.

Esto yo ya lo viví.
digo tu nombre al viento
y el viento me llena los ojos de tierra
digo tu nombre al río
y el río pasa de largo
digo tu nombre entonces
a una canasta llena de huevos
digo tu nombre entonces a un semáforo
digo tu nombre, en fin, a muchas cosas
pero ninguna de estas acciones representa para mí
alguna ventaja apreciable y todo eso me parece
insensato
y en lugar de seguir diciendo tu nombre
salgo puerta por puerta con un portafolios
a vender enciclopedias
y me hago millonario
y después me muero
como todo el mundo

Mario Levrero

viernes, octubre 22, 2010

Después de una jornada HORRIBLE en la que mi jefe me avisó del inminente cierre de la librería, sufrí los espantosos dolores de la depilación para que después me cancelaran un encuentro y me quedaran las manos secas por haber maniobrado toda la tarde con libros polvorientos, me vi la cara en reflejo de la ventanilla del colectivo y era la estampa del más puro odio. Me asusté.
De todos modos, como la vida es perra pero de vez en cuando me sorprende, Lau le hizo dar a mi día un giro de 180 grados. Me regaló la entrada para Massive Attack, me sirvió helado y fue poniendo uno a uno los discos de vinilo de su madre. Empezamos con Carly Simon y Zeppelin, seguimos con Joe Cocker, pasamos por los Beatles en su etapa gurú maharishi y terminamos a los gritos pelados con Janis Joplin. Janis te hace liberar tensiones, es un hecho comprobado.
Me fui a dormir un poco borracha, bastante caliente, un poco desilusionada y un poco contenta. La expresión de odio hacía rato se había borrado de mi cara y pensé y sentí que tal vez nada es tan terrible.

miércoles, octubre 20, 2010

De a poco voy entrando en ese estado del para-qué-si-total-siempre-es-lo-mismo (Luna cuadratura Saturno). Salvo que esta vez veo un dejo de luz al final de túnel. Digo, por lo menos reconozco que la mitad de las veces que todo-termina-en-lo-mismo es culpa de mi capricho innato, como si todavía tuviera cuatro años y el hombre de turno no fuera el hombre de turno sino mi abuelo que siempre siempre claudicaba ante mis llantitos para darme lo que tanto (no) quería; claro que el hombre de turno suele ignorar la existencia de mis ataques infantiles en los que pego un par de gritos y digo que novamás, que seacabó. Simplemente me limito a mantener prudencial distancia para ver si el otro llega a discernir qué carajo es lo que me pasa. O, mejor dicho, me limito a mantener prudencial distancia porque esa es mi reacción automática frente a cualquier estímulo del orden de lo emocional (Luna en Acuario). Por si alguien se lo pregunta, no, nunca nadie se dio cuenta de qué carajo es lo que me pasa. Primero, porque nadie tiene la bola puta mágica y segundo, porque ante la más mínima intención de entendimiento de la situación me hago la canchera, que acá no pasa nada, que entendiste todo mal (exceso del elemento agua en la carta natal y su negación debido a la influencia del elemento aire en la respuesta refleja emocional).
Pero como hoy me crucé en el bondi a mi profesora de Expresión Oral y Escrita, me dijo que tenía pasta de profesora (Sol en 10) y justo yo venía re flasheada de la clase de latín (Saturno en 9) respondo como me sale: subrayo apuntes, hago declinaciones conjuntas, traduzco proposiciones incluidas adverbiales y pateo, pateo el sentimiento para adelante, para el costado (Ascendente cuadratura Mercurio); total, las oportunidades me llueven, mi minusvalía afectiva está sólo en mi cabeza, hay cosas más importantes en la vida que el romance y tengo toda la vida por delante.
Pelotuda.

martes, octubre 19, 2010

Me encanta crear cuentas en todas las redes sociales y cachivaches posibles para después dejar todo abandonado.
Al final me creé el formspring.me, porque cuando era chica me metía en el baño, me paraba frente al espejo, agarraba un cepillo a modo de micrófono y me entrevistaba a mí misma. Esquizofrenia infantil con producción era la mía.

http://formspring.me/celartemis

Pero además de seguir haciendo culto al exhibicionismo coloquial que me caracteriza, también puedo responder dudas gastronómicas, astrológicas, ortográficas, gramaticales y hasta ahí llegamos, mi campo de conocimiento es limitado.

lunes, octubre 18, 2010

Quiero que todos sepan que desde hace cuatro días no como otra cosa que no sean frutas y verduras. Ah, pero qué sana soy, eh. Qué jipi orgánica. Qué saludable.
Mentira, qué gorrrrda. Tengo que hacer esto porque durante todo el invierno le estuve dando duro a los guisos, al delivery y al whisky. Y sufro, no se dan una idea de cuánto sufro; pero como ya me deshinché y los pantalones me quedan flojos, me la bancaré estoicamente hasta el final.
Si no pensara en otra cosa que facturas, podría escribir algo acá; pero bueno, no. Me quiero comer una torta de casamiento entera.

Ah, de paso, le digo felizcumpleaños a mi libriano favorito, que tiene unos ojos que sonríen y que, por tener la Luna en Piscis, me entiende toda toda toda.

Mi reino por una lasagna.

martes, octubre 12, 2010

Soñé que era hombre y, por supuesto, tenía pene. Sí, tomá Freud, tenés razón. Mi inconsciente volvió a algún momento previo al complejo de castración y me hizo soñar que tenía pene (yo pondría "pija" que es la palabra que uso siempre, pero capaz es medio violento).
Igual, un bajón. Llegaba con mi mujer (!!!) de una fiesta y yo quería ponerla pero ella estaba muy cansada. La mina mandaba a dormir a nuestros hijos (!!!) y después se tiraba boca abajo en la cama, rendida por el cansancio. Yo trataba de calentarla un toque y la muy aguafiestas me tiraba la onda de que me la cogiera dormida. Ahí se me bajaba por completo; un tremendo garrón.
Al final, me tiraba al lado de ella y también me quedaba dormido.
Hay que ser turra, eh. La única vez que porto aparato reproductor masculino y la guacha no le pone ni un poco de onda.

El tamaño era normal, eh. Nada estrafalario.

viernes, octubre 08, 2010

Es justo en ese momento en el que voy entrando en trance que me gustaría abrir la boca para decir algo más que "sí" o "me encanta"; pero, justamente, porque de eso se trata el trance, mis facultades intelectuales merman para darle paso a lo sensorial. De repente todo es piel y química y pajaritos de colores y fuegos artificiales y esas cosas que los científicos intentan explicar con ECGs y las adolescentes calentonas con canciones de reguetón.
De todos modos reconozco que mi naturaleza es sabia -mucho más sabia que otras partes- y por eso me tapa la boca con un manto de gemidos. Porque ¿qué sería capaz de decir en esos momentos? ¿Podría ser yo una de esas que no ven las líneas divisorias y enuncian tequieros apresurados y cargados de moralina latente? ¿Podría hilvanar un rosario de guarradas irreproducibles en otro ámbito? Quién sabe.
La realidad es que me callo la boca y dicen por ahí que con la mirada todo lo digo.
Las palabras llegan después. Después de descansar y despertar en el mismo estado de ebullición que no me dejó caer rendida sobre la almohada la noche anterior. Me brotan las palabras por todos lados. Me lleno de palabras como hace unas horas me llené de piel, pajaritos y fuegos artificiales.
Te extrañaba, satisfacción.

jueves, octubre 07, 2010

A las nueve me despertó el llamado de una chica que pensó que estaba llamando a canal 7 y que antes de reconocer su equivocación me dijo un montón de cosas que no entendí. Después de un expresivo "¿Eh?" de mi parte, la chica pidió disculpas y yo seguí durmiendo. A las once volvió a sonar el teléfono, pero esta vez nadie se había equivocado. Era para mí y me alegró la mañana. Tanto, que no seguí hasta las doce como tenía planeado sino que salté de la cama para bañarme. No, bueno, salté de la cama porque de repente mi noche de jueves que iba a ser Mad Men y Boardwalk Empire con un cuarto de helado se transformó en velada en casa y cocinar para un muchacho que me llama a las once de la mañana y me saca las primeras sonrisas del día.
Todavía había sol cuando salí a la calle para ir a mi carnicería y verdulería amigas. Yo ando antojada de entraña, pero el carnicero siempre me cuenta la misma historia: que hay una sola por vaca, que le tengo que avisar con anticipación así me reserva, que con una para dos personas está muy bien y blabla. Al final me llevé un buen pedazo de vacío y estuve a punto de pedir bondiola de cerdo, pero por algún motivo me contuve. De ahí, caminé los dos metros hasta los bolivianos que me venden las paltas más cremosas y las espinacas más tiernas. El piola de Antonio, el verdulero, siempre me hace la misma, me llena de halagos a mí, llena de halagos su mercadería y trata de darme más de lo que le pedí, porque claro "no te podés perder estas frutillas, linda, llevate medio, no un cuarto", a lo que yo le tengo que explicar -como lo vengo haciendo desde el 2007- que soy yo sola, que medio kilo de frutillas es igual a que me las olvide en la heladera y las tenga que tirar en unos días. Le terminé debiendo dos pesos y me despidió con una simpatía que le admiro y envidio.
Llegué a casa, puse las cosas en la heladera y aparté unas mandarinas y frutillas para hacerme un licuado.
Medio kilo de frutillas cuando le había pedido un cuarto. Un kilo de mandarinas cuando estoy casi segura de que pedí medio. Antonio, petiso pícaro, si serás estafador.

miércoles, octubre 06, 2010

Si bien suelo ser víctima del mal timing, a veces es como si la sincronización estuviera de mi lado.
Claro que siempre es para cosas de lo más pelotudas, nunca para las importantes, pero bueno, algo es algo.
Mientras hoy lloraba frente al monitor por cosas que no vienen al caso y que tampoco podría publicar (porque esto de que todo mi pequeño mundo lea este blog es un peligro y ya me tiene las tetas re llenas), se terminó de bajar la segunda temporada de Mad Men.
Plop, hizo el torrent. Y yo me pasé el dorso de la mano derecha por la mejilla para secar lágrimas y puse rápido play. Sólo pude ver veinte minutos de Don Draper y su mirada misteriosa. Don Draper en remera blanca y su espalda contundente. Don Draper y sus Lucky sin filtro.

Me esperan unos días de hacerme cargo de ciertos límites que me había prometido poner por ahí. Me esperan encarnizadas luchas con mi ego y sus embates codependientes. Menos mal que tengo horas y horas de Don Draper.

viernes, octubre 01, 2010

Terminé el post anterior diciendo que caminar es la clave, el tema es que estando acá sentada desde hace cinco horas todo me empieza a sugerir que no, caminar no, que un par de medidas de black label sí, o que coger sin poder parar durante un par de horas también.
Claro que ir en vez de ir en busca de algo que me haga sentir momentáneamente mejor, me quedo acá atrás, fuera del alcance de la vista de mi jefe y lloro. Por ser tan minita, por que es viernes y no puedo ir sola al cine porque está lleno de gente, por ser tan minita, por ver a una madre siendo en extremo tierna con su hijita preciosa, por ser tan minita, por necesitar un abrazo eterno y no tener fuerza para pedirlo, por ser tan minita, por extrañar lo que nunca sucedió, por ser tan minita, por ser tan yo, por todo, por nada.
Insoportable.
Cuando ayer apagué la luz a las doce de la noche me dije que hoy a la mañana me iba a ir hasta el Parque Centenario a caminar. Todo esto calculando, como una monstruosidad, diez horas de sueño; el plan era darle un par de vueltas al parque, volver, pegarme un baño y hacer compras de almuerzo y cena. Abrí los ojos a las ocho y no, no way, todo tiene un límite, no voy a ser una de esas personas que se despiertan a las ocho de la mañana porque sí, así que me obligué a seguir durmiendo. Cuando miré el reloj ya eran las once y media. Me zampé once horas y media de sueño sin siquiera estar cansada. Voy a reencarnar en marmota.
Empecé entonces este día mal parido. Cancelé la idea de caminata en el parque por falta de tiempo. Me metí a ducharme y me tuve que lavar el pelo con jabón líquido porque se me acabó el shampoo. Me contaron chismes que sólo confirmaron mi premisa: "nadie me elige". Me pasé con el limón de la ensalada y uno de los aros de mi corpiño favorito me empezó a lastimar el costado de la teta.
Sin pensar demasiado, cargué mi aparatito de mp3 con la discografía de Faith no more y L7. Nunca escucho música fuera de mi casa, pero esta vez salí con los auriculares puestos y tiempo de sobra.
Hidalgo hasta Ángel Gallardo, que después es Estado de Israel y después Córdoba, en Medrano doblé a la izquierda y seguí hasta Charcas. Llegué a la librería un poco acalorada y con la mente en blanco.
La clave es caminar.