viernes, agosto 12, 2011

El otro día Dedé se quejaba. Decía que parece que si no tenés nada para contar relacionado con tipos, sexo y esas cosas, no hay nada que pueda generar interés en una charla con mujeres. Está claro que no estuve de acuerdo, me parece que ella tiene un tema de negación en lo que respecta a su vida romántica, eso en algún punto le molesta y proyecta esa molestia en la mirada ajena; pero más allá de que la acusación estuviera teñida de preconceptos basados en la nada, sí me quedé pensando acerca de la importancia del relato. No importa si conociste a un pibe en un boliche, si te gusta un compañero de la facultad que no sabe de tu existencia o si te estás enamorando del pibe con el que salís; más allá del nivel de intensidad del sentimiento -si es que hay sentimiento, claro-, siempre existe la necesidad de contar lo que está sucediendo. Ese ejercicio femenino del sobreanálisis, del medijo-ledije, de abrir el abanico de realidades paralelas y seguir el camino de cada una hasta el final, es algo que reporta un goce tal que a veces me pregunto si no vamos por ahí a revolcarnos con gente por el placer de tener una anécdota fresca para contar en la próxima reunión. No sé ustedes, yo sí lo he hecho.
Pareciera, entonces -al menos según el criterio de mi amiga-, que me vida es poco interesante. Porque no cuento nada. Pero no. No sé si mi vida pueda interesarle a otros o no´; sí sé que a mí me resulta interesante. Pero a lo que voy es a que ya no cuento como antes. En algún momento dejó de parecerme pertinente el relato de detalles y nimiedades; ya no me divierte, me embola. Ahora tiro los titulares y ya. A veces, ni siquiera eso. Debe ser porque nadie me interesa lo suficiente como para que me ponga a gastar tiempo y energía en narrar cómo fulanito preparó una cena o cómo menganito me hizo saber que estaba casado y con una hija. Digo, hay cosas que son difíciles de transmitir y son esas, justamente, las que me vienen sucediendo últimamente. ¿Cómo hago para explicar que un orgasmo con tal me deja contenta durante 48 horas? ¿Cómo hago para poner en palabras la certeza de saber que estoy conectada cósmicamente con tal otro pero que en este momento no estamos sincronizados? ¿A quién le puede importar si ni siquiera ocupa demasiado lugar en mi cabeza?
Como si, de repente, algo se hubiera despejado. Como si toda esa nebulosa de tipos, conversaciones, presunciones, sospechas, necesidades, impulsos, histeria e insatisfacción se hubiera esfumado. Sinceramente, a veces no sé qué hacer sin toda esa confusión y tristeza, es como si me hubieran dejado la casa sin muebles.
Como si yo no fuera yo.
Como si, de vuelta, tuviera toda una vida por delante.

lunes, agosto 08, 2011

"(...) bueno, así que ya sabés, si en algún momento te sentís juguetona o estás quenchi, avisame, creo que puedo hacer que cambies de opinión respecto a mí"


Esto fue lo que recibí en el día del orgasmo femenino (ah, no sé de dónde salió esto; yo lo leí en twitter). Un banana a pedal que se piensa que puede generar algo en mí "si le doy una oportunidad", sin darse cuenta de que, justamente, es el modo en el que pide esa oportunidad lo que hace que mi libido desaparezca instantáneamente.
Dudo, ¿le contesto? ¿Le explico que la palabra "quenchi" es de coordinador de viaje de egresados que sólo se la pone a adolescentes ebrias? ¿Le aclaro que el verbo jugar entramado en lo sexual debe ser usado con sumo cuidado, porque si no tiene un efecto perjudicial? ¿Le pido que por favor se olvide de mi existencia y vaya a revolotearle a otra con un perfil más acorde a su persona?
Me decido por no contestarle nada, la situación no amerita más que un post en este blog.

quenchi. qué hijo de puta.

martes, agosto 02, 2011

el rubio - el grandote - el fumador - el que vivía con la novia - el morocho - el que tenía hijos - el místico - el hippie - el pelirrojo - el cocainómano - el tímido - el casado - el músico - el extranjero - el positivista - el tímido - el escritor - el petiso - el conservador - el divorciado - el aburrido - el cincuentón - el pelado - el fumón - el artista plástico - el egoísta - el delicado - el idealista - el fotógrafo - el perverso - el salvaje - el narigón - el que nunca me dijo su nombre - el abstemio - el aventurero - el sádico - el canoso - el zaparrastroso - el encantador - el sentimental - el mentiroso - el desconocido - el habilidoso - el flacuchento - el de rastas - el trosko - el moralista - el inestable - el innombrable - el soñador - el que le gustaba a mi amiga - el de anteojos - el puaner - el ambicioso - el religioso - el vegetariano - el borracho - el hedonista - el laburante - el feo - el que sacó a otro clavo - el clandestino - el barbudo - el exhibicionista - el sádico - el cocinero - el negligente - el de rulos - el geek - el cómico - el medicado -el banana - el crédulo - el militante - el nihilista - el pendejo - el aplicado - el reflexivo - el equivocado


A algunos los recuerdo por muchas cosas; a otros, por apenas una.
Igual, a todos los quise, por lo menos por un ratito.
No se puede olvidar lo que se quiso
y a mí me encanta querer.

sábado, julio 30, 2011

Hace un rato entró una señora con cara de orto la librería y me preguntó si tenía Lo Siniestro, de Freud. Le dije que no, que de Freud algún tomo suelto, pero que en ninguno estaba Lo Siniestro. Me preguntó si estaba segura. Odio, detesto, me llena de ira que me pregunten si estoy segura. Claro que no todo el mundo tiene que saber que si no estoy segura me levanto y busco mientras enuncio, para que no queden dudas, "no estoy segura, me voy a fijar...". Le contesté que estaba segurísima porque ese era mi texto favorito de Freud y la mina puso una cara de "¿ese?" que me hizo inundar el cuerpo de indignación. ¿Qué tiene que no curta el greatest hits de Sigmund? Mi texto favorito es Lo Siniestro ¿y qué? Ya sé que no llega a ningún lado, que no desarrolla ninguna idea en especial, no me interesa, me parece genial por lo literario, por el análisis lingüístico, por retratar algo que me pasa todo el tiempo y confundo con superstición. Entonces, decía, la mina con cara de orto me increpaba acerca de mi competencia como librera mientras sacaba una libretita donde tenía anotado qué editorial había editado Lo Siniestro para ver si lo tenía. Le tuve que explicar, nuevamente: no-lo-tengo, no-está, no-vendemos-libros-de-psicología.
Y ahí pasó algo terrible.
Me di cuenta de que la señora con cara de orto había sido MI ANALISTA durante 6 meses, allá por el 2004.
Lo que me molestaba como paciente era que tenía cara de amargura y que siempre parecía que tenía el pelo sucio. No me caía bien, pero en ese momento necesitaba tratamiento a como diera lugar y me ayudó un poco. Cuando me alivié un poco de la angustia, huí, desaparecí.
Sigue teniendo cara de agria. Sigue yendo por la vida con el pelo engrasado.
¿Me habrá reconocido?

miércoles, julio 27, 2011

Buah, resulta que al final la transacción por la venta de la librería se cayó. El comprador tenía un problema con la garantía para el alquiler y blablabla; se fue todo al carajo. También se fueron al carajo mis ilusiones de indemnización y, con ellas, la plata para pagar Pearl Jam. Así que estoy entre frustrada y ansiosa mandando cvs.
La búsqueda laboral se me está tornando un tanto extraña en este momento. Hace casi tres años que no busco trabajo ni tengo una entrevista. Mis prioridades cambiaron desde la última vez que pasé por esto y hay un montón de cosas que no estoy dispuesta a hacer por un sueldo. Necesito un trabajo que me deje el suficiente tiempo para cursar la mayor cantidad de materias posible, así me recibo y listo.
Quiero trabajar desde casa, más allá de que muchos digan que no está tan bueno como suena, es lo que quiero. Quiero manejar mis tiempos y hacer de la joggineta un uniforme. Quiero poder prepararme el almuerzo todos los días y salir a la calle por deseo y no por obligación. Quiero, quiero, quiero.
Así que si alguien sabe de algo, por favor le pido que me chifle. A cambio le regalo algo. No sé qué, un pastel de papas, una clase de latín, una linda versión de The man I love; no tengo mucho más para ofrecer.

lunes, julio 25, 2011

Hace varios años, un tiempo después de abrir el primer blog, se me ocurrió que tenía que darle algún tipo de estructura a mis textos y me puse a tomar clases con un chongo que vivía en lejísimos de mi casa. Yo estaba segura de que era graciosa, cómica, ocurrente y creía que dándole un poco de forma a mi modo de escribir, podía terminar escribiendo una sitcom o algún delirio similar.
La cuestión es que el viernes a la noche me puse a hacer limpieza de mi cuenta de gmail y encontré cosas que escribía en esa época para el taller que hacía con mi amante de zona norte. Una bazofia. Algo realmente desastroso. Más allá de errores de sintaxis, puntuación y coherencia, escribía cosas que no podían hacer reír a nadie salvo a mí. Un juntadero de anécdotas -insólitas algunas, mediocres otras- narradas sin consistencia ni ritmo. Y lo digo con la mayor objetividad posible; pasaron como siete años, puedo darme el lujo de criticarme sin sentir que me estoy atacando. Entonces, agarré y me puse a leer, en orden cronológico, todos los archivos de todos mis blogs. Horas tardé, pero finalmente pude identificar los diferentes momentos, los estilos distintos, qué elegí contar, qué tono decidí aplicar y todas esas cosas que pueden interesarme sólo a mí para mantenerme activa en el ejercicio de la neurosis. Desde el primer momento en el que tomé el espacio como diario íntimo, el intermedio en el que me aboqué a la crónica de lo cotidiano hasta ahora, que ya no me da el cuero para contar con quién garché, qué me dijo fulanito cuando me dejó o hacer un relatominucioso, lleno de reflexiones, acerca de mi sábado a la tarde en plaza francia con Lau y su perra.
Desde la mirada más técnica, hay una evolución. También cambió el rol de la escritura en un costado más íntimo, pero cada vez que estoy frente al cuadrado en blanco de "nueva entrada" me pregunto por qué este blog, para quién, con qué finalidad. Tengo decenas de borradores que nunca me animé a publicar por miedo a herir susceptibilidades; ideas que me parecerían desperdiciadas si las usara para un post y no para un cuento; teorías larry-david-wannabe que prefiero compartir en reuniones con amigas; llantos melodramáticos impublicables.
No sé, no quiero decir con todo esto "entonces voy a cerrar el blog", porque no es la intención, pero sí noto que me da lo mismo escribir acá como no hacerlo; no tengo una motivación. Hay demasiada gente que me conoce que lo lee y después vienen los quilombos del "porque en tu blog vos dijiste x cosa de mí/de fulano/a". Y yo no digo nada de nadie. Hablo de mí y solamente de mí, todos los personajes que aparecen son eso: personajes. Convertir una experiencia en literaria es ficcionalizarla, para mí es algo clarísimo pero, evidentemente, no es así para todos. La verdad es que, en este momento, me dan más ganas de contarle un mail a un amigo sobre con quién me acosté hace dos días, limitarme a los 140 caracteres de twitter o escribir un cuento antes que medir lo que pongo y lo que no. Y el que diga que no me tiene que importar la opinión ajena, no me conoce ni un poco; me importa y no quiero que nadie me rompa las bolas en la misma medida que no quiero romperle las bolas a nadie.
Así que llego a este punto en el que me doy cuenta de que haber tenido un blog durante tanto tiempo me ayudó a crear el hábito de la escritura, pero que ya no me es necesario. Ahora escribo para otros espacios, para el profesorado y en mis .doc que todavía no me animo a mostrar. Se rompió la asociación entre el acto de escribir y la existencia del blog, porque escribir se convirtió en otra cosa, alejada de la descarga y la necesidad de poner en texto los soliloquios que me manijean. Volví a terapía, ya tengo una escena de catarsis.
Y ahora, quién sabe. Quizás me empiecen a pasar cosas absurdas y vuelva a sentir que soy graciosa como para postear acá. O tal vez vuelva a ese estado de observación permanente y vuelva al relato minucioso de lo más cotidiano. Me encantaría hacerme la canchera, poder decir que tengo demasiada vida allá afuera como para perder el tiempo acá (mentira, no lo haría, me encantaría sentirlo, pero no lo haría), pero la realidad es que todo sigue más o menos igual. Sigo resucitando hombres, sigo vendiendo libros, sigo queriendo ser profesora de literatura, sigo viviendo con amigas, sigo tomando whisky, sigo pintándome las uñas de azul. Hay algo que sí empezó a cambiar de un tiempo hasta acá, pero aún no lo tengo del todo identificado. Por lo pronto, sé que escribir ahora representa otras cosas, con eso me alcanza y tengo laburo para rato.

jueves, julio 21, 2011

La analista sugiere que tal vez me cuesta sostener una relación convencional a través del tiempo porque, en el fondo, quiero algo que se salga de ese molde. Evado darle una respuesta en concreto y me embarco en un relato de mi vida romántico-amoroso-sexual en los últimos 8 años. En resumidas cuentas, yendo a los puntos conflictivos de cada vínculo, me doy cuenta de que tiendo a reciclar, suelo huir en los momentos menos oportunos y desconfío profundamente de la capacidad ajena de brindarme seguridad. Entonces, me escucho y sueno a persona difícil de complacer, una jodida, una histérica. También sueno a despreocupación, diversificación prácticamente involuntaria, enojo efímero y búsqueda sostenida en el ámbito de lo sexual. Termino reconociendo que sí, que en algún punto sigo queriendo lo mismo que a los veinte en materia de afectos-un ideal acuarianísimo-, pero que me fue tan mal las anteriores veces que quise darle forma y aplicarlo que me da un poco de miedo. Ella me corrige, me marca que, a partir de lo que le conté en la última hora. la empecé a pasar mal en el preciso instante en el que traté de volverme convencional.
¿Cómo es que nadie me lo hizo notar antes? ¿Cómo no me di cuenta? ¿Cómo tardé tanto en volver a terapia?

sábado, julio 16, 2011

Me gustaba Tito porque tenía cara de insatisfacción. Tito no se llamaba Tito, tenía un nombre inadecuado para un pibe de 15 años en 1998; pero a mí no me importaba ese nombre de viejo que llevaba, ni que su pelo fuera una masa medio mugrienta con vida propia, ni que siempre tuviera puesto el mismo buzo, porque una vez a principios de tercer año soñé que caminábamos juntos por una plaza y al otro día, al entrar al aula y verlo, supe que me gustaba mucho.
Yo me sentaba al lado de uno de los amigos de Tito, un chico lindísimo que me robaba las biromes y usaba un piloto gris aunque hiciera calor sofocante. El amigo de Tito me cargaba por tener una foto de Leonardo Di Caprio en la carpeta y por escuchar a los BackStreet Boys, aunque yo le dijera que era una etapa superada en mi vida -eso había sido en segundo año, las vacaciones me habían transformado-, que ya no más boys bands y le mostrara la carpeta ausente de fotos, sólo inscripciones en liquidpaper. Todos me cargaban por eso, de hecho, menos Tito, que siempre estaba sumido en su melancolía y Nirvana, con su maraña de pelos horrenda llena de bolitas de papel que le tiraban desde los bancos del costado y su buzo azul con gris que tenía las mangas un poco cortas.
Con el chico del piloto nos sentábamos atrás de todo, última fila a la derecha; Tito se sentaba con un petiso fanático de Pearl Jam que era el más gracioso de la división, anteúltimafila del medio. No presté atención en todo el año, me limité a mantener mi cabeza apenas orientada hacia la izquierda para mirarle en el cuello a Tito y enredar en su porra inexplicable mis fantasías de compartir los auriculares del walkman. Me gustaba de un modo que nunca más, ni antes ni después. Yo quería cuidarlo, escucharlo, cantarle bajito Crystal ship, quería que se sintiera mejor, que dejara de tener tanta tristeza en la mirada. Pero no hacía nada, salvo mirarlo. Mirarlo en el aula, en el recreo, en la puerta antes de entrar, a la salida, los viernes a la noche en la plaza frente al Pizzurno, en el pool de Santa Fe y Larrea. Y no me daba cuenta de que todo el mundo se daba cuenta de cuánto lo miraba; porque siempre -y más en esa época- me sentí medio invisible, como si nadie terminara de registrar mi presencia.
Obviamente, hay algo trágico en la historia. Bueno, trágico para una piba de 15 años que escribía cuentos sobre suicidas y se sentía invisible. La típica, un día sus amigos le dijeron a mis amigas que Tito gustaba de mí y propusieron armar celestinaje. Ellas aceptaron entusiasmadas, intentaron entusiasmarme a mí -sólo lograron ponerme nerviosa- y a los pocos días ellos dijeron que era todo mentira y me dejaron tan expuesta que no me animé a mirar más que al pizarrón durante el resto del año.
Y sí, sufrí mucho y me quedé dormida llorando muchas noches y tuve muchas ganas de no ir a la escuela infinidad de veces y le conté a mi madre que sólo me aconsejó que me alejara de los virginianos; pero lo importante vino después. Nuestro (no)vínculo se instituyó en los recreos. Una vigilancia de su parte que en un principio interpreté como hostigamiento y humillación, hasta que le noté en los ojos la misma melancolía que le espiaba en las clases de contabilidad cuando éramos compañeros. Me miraba a mí, durante los recreos, en la plaza los sábados a la noche, en las fiestas canilla libre de los viernes, en las marchas, en los pasillos, al lado de las máquinas de golosinas, en el anfiteatro, en los antros, subsuelos y galpones con techos sudados donde nos emborrachábamos con tequila de cincuenta centavos el shot. Nos mirábamos y limitábamos el contacto verbal a pedirnos cigarrillos o alcanzarnos cervezas de la heladera del kiosco. Fumaba esos parissienes -el sabor repugnante, el humo espeso, un asco- y tomaba del pico de esas cervezas con una entrega como de bruja en un ritual mágico que nunca más, sólo a los 16 o 17, sólo por Tito.


La entrega de diplomas fue un año después de egresar. A la mañana, tempranísimo, en el salón de actos de la Facultad de Derecho. Un torre absoluto del que escapé a los quince minutos para ir a fumarme un pucho a la puerta. Y sobre una de las columnas enormes que están antes de la escalinata, estaba apoyado Tito, con uno de sus parissienes colgándole de los dedos. Le pedí fuego, nos preguntamos cómo andábamos, nos quedamos en silencio tirando humo. Él había empezado a abrir la boca para decir algo cuando sentí la voz de mi madre taladrándome los tímpanos. Que tenía que entrar ya porque había salido mejor compañera y me tenían que dar la medallita. Puse cara de sorpresa, puso cara de sorpresa, mi mamá siguió gritando y entré casi corriendo.
En algunas de las fotos de ese día, se me puede ver al lado de mis amigas, con el diploma en la mano y el pelo larguísimo. Y a lo lejos, apoyado sobre una columna, Tito mirando al objetivo de la cámara.

domingo, julio 10, 2011

Me puse los lentes, el abrigo y caminé hasta Parque Centenario para votar en la escuela donde hice cuarto y quinto grado. Me busqué en los listados, me encontré y entré.
En la puerta del aula donde me tocaba había un cartel grande, blanco, con letras negras:

CUARTO OSCURO PARA PERSONAS CON NECESIDADES DIFERENTES

Y ahí me sentí re comprendida.

sábado, julio 09, 2011

Doce horas. Doce horas pasaron nada más desde que tengo celular -después de un año y medio sin- y ya recibí un mensaje que me trastornó la cabeza.
Genial.
Fantástico.
Divino.

viernes, julio 08, 2011

El fin de una era: se vendió la librería.

En más o menos un mes, tenemos que organizar este despelote como para que el nuevo dueño pueda encontrar un libro con un criterio más o menos razonable. Hasta ahora, nos manejamos con el método de la memoria y del "debe estar por allá". En más o menos un mes, voy a tener que definir si me quiero quedar bajo las órdenes de un nuevo jefe o si me aventuro a ver qué hay allá afuera. En realidad, está todo bastante definido, me voy a ir. Este lugar ya cumplió su ciclo. O yo me aburrí, lo que es muy probable también. O las dos cosas.

lunes, junio 27, 2011

Ayer cuando me desperté como a las cuatro de la tarde me desilusioné un poco. No tenía resaca, no estaba engripada después de haber chupado mucho frío la noche anterior, ni sentía remordimientos por comportamientos vergonzosos. Me desilusioné porque en el momento en el que abrí los ojos supe que iba a ser un domingo cliché y quería tener al menos una excusa para estar tirada todo el día fumando metida en la cama.
Así que miré la pared mucho tiempo, seguí con la lectura de El Pasado, miré Ghost World, escribí y sentí La Nada en su estado más opresivo y repugnante.
Hoy me desperté peor, al borde del llanto constantemente. Llegué a la librería, me vine para mi compu que está atrás de todod y me cubre de la mirada de los otros para poder llorar tranquila. En un momento vi que mi jefe se levantó para decirme algo y apenas pude pasarme las palmas de las manos por las mejillas para secarme un poco, pero el tipo, como ni enterado de mis ojos rojos e hinchados siguió hablándome como si nada de unos cheques. Por un instante me llené de bronca. ¿Cómo no me preguntaba qué me pasaba? ¿Cómo podía ser tan desalmado? Pero inmediatamente me di cuenta de que es lo mejor que puede suceder. Porque ¿qué le iba a decir? ¿Que me estoy por indisponer y que probablemente era algo hormonal? ¿Que me gustaría que me llame un chico pero como no lo hace me frustro? ¿Que a veces me desbordo emocionalmente porque el resto del tiempo no me permito bajar la guardia ni por un segundo? Entonces, mejor que no le importe, porque realmente no estoy interesada en que mi jefe conozca mis problemas, menos cuando no puedo ni explicarlos.
Después me quedé sola y me calmé, hablé por teléfono con mi mamá, me pasó una erceta de puchero y me dijo que me quería mucho. Puchereé después de cortar, porque a veces me emociona que me quieran así de mucho. Y ahora se me llenan los ojos de lágrimas mientras escribo esto porque estoy convertida en un ser ultrasensible que se conmueve con absolutamente todo.
Esto es insoportable, que alguien me usurpe las hormonas.

sábado, junio 25, 2011

Tengo una sola palabra para decir: moussaka.
Aunque me haya salido todo medio desarmado, aunque me haya quedado apenas corta con el yogurt, aunque hubiéramos comido sushi -hecho por Dedé- antes porque ya había pintado el bajón.
La carne de sabor contundente, con mucha paprika; las berenjenas cremosas, suaves; la acidez del yogurt.
Y mientras esperábamos que gratinara en el horno, recordamos las carnes a la cerveza, la sopa de ajo, los ñoquis rellenos, las feijoadas y los guisos. Porque sí, seremos bajoneras, pero hay una realidad, la comida invernal es una maravilla.
No veo la hora de llegar a casa, poner a cargar Game of Thrones, calentarme una porción y preparar el cuerpo para una siesta épica.
La satisfacción en lo simple.

lunes, junio 20, 2011

No me gusta el contacto físico con la gente extraña. No hablo de estar apretada en el bondi, eso no le gusta a nadie. Más bien me refiero a todo el despliegue de camaradería que se suele tener con personas con las que uno no comparte más que circunstancias espacio-temporales. Hablo de besos en la mejilla, palmadas en la espalda e incluso abrazos. Hablo de compañeros de trabajo, de facultad, clientes y personas que me encuentro por la calle que alguna vez formaron parte efímera de mi vida.
Cuando hacía vida de oficina y trabajaba con un equipo de cerca de quince personas, sufría mientras subía en el ascensor al saber que se acercaba el momento de saludarlos A TODOS con un beso en la mejilla. Era una locura. Todos los días. Un beso en la mejilla. Al llegar y al irse. A todos. Todos los días. O pienso en mi primer año en el profesorado; no saludé a nadie -salvo a La Secretaria y a Amarula, obvio- hasta noviembre más o menos, porque si bien soy bastante tímida y estoy segura de que la gente nunca registra mi presencia, también está esta cosa de negarme a andar besuqueando a la gente, entonces quedo como una antipática, amarga, misántropa, Daria, lalala lalá.
El saludo con beso en mejilla por compromiso me parece una invasión al espacio privado. Un avasallamiento a la intimidad. Un atrevimiento innecesario. Una regla de urbanidad inútil. Un horror. Y ni hablar de cuando me cruzo con esa gente que ni me conoce pero me abraza. O sea, ME ABRAZA. Digo, para mí, el abrazo es una muestra de cariño sincera que valoro mucho cuando viene de alguien cercano, o que brindo cuando me puede la ternura; pero que venga fulana o mengano a rodearme con sus brazos es algo que me crispa los nervios.
De más está decir que la gente esa que va a los parques, con sus carteles de "abrazos gratis" me parecen directamente macabros. No te acepto un abrazo de un desconocido ni que me paguen. Y me pasó algo terrible respecto a esto hace muy poco. Había un pibe que me gustaba mucho desde hacía un tiempo. Alguna vez terminamos los dos en un sillón, hablando muy de cerca, con su manaza masajeándome el cuello; alguna otra vez hablamos durante horas sobre libros y astrología; y aunque nunca haya pasado nada, siempre tuve la certeza de que sólo era cuestión de tiempo. Hasta que. Hasta que un día abrí mi facebook y ahí estaba él, el grandote que me re cabía, etiquetado en un album que se llamaba "abrazos gratis"; ahí estaba, con una sonrisa y abrazando gente desconocida en Plaza Francia; ahí estaba mi deseo, siendo chupado por un agujero negro para nunca jamás volver. Y todos dirán, "pero, nena, ¿qué problema tenés?" o "salí de la pose"; pero yo les digo que me tienen las pelotas llenas con la sobrevaloración de la sociabilidad y el contacto físico. Mirá si voy a dejar que alguien que no me conoce me toque. ¿Qué bienestar me puede generar pegotearme con un extraño?


Ah, me olvidaba, todo esto no aplica cuando se trata de ancianitos o infantes. Ahí sí, soy una más del montón.

viernes, junio 17, 2011

Soy la única impresentable a la que le gusta el yogurt de dulce de leche, ¿verdad?
Es que me hace acordar a la mezcla de mendicrim y dulce de leche de la chocotorta.

viernes, junio 10, 2011

Mail de Jefe:
Blabla blabla blabla... Ayer llegamos a Boston y mañana vamos a visitar Harvard y el MIT blablabla Blablabla. Vendé mucho.

Respuesta a mail de Jefe:
Blablabla blablabla bla bla... Uh, traeme uno del MIT, que me re caben los científicos blablaba Blabla bla. Besos.


Entro en períodos en los que me convierto en algo así como el análogo femenino de cualquier pajero que le mira el culo a todas las minas por la calle. Claro que lo mío es otra cosa, no ando relojeando bultos por la vía pública. Son épocas en las que el "me gustan todos" se acerca a la realidad. Y no se trata de querer encamarme con todos, eh; no, simplemente me pasa que los veo a todos mucho más atractivos.
El chico que hace un rato estaba haciendo un depósito en el cajero de al lado en el banco. El cerrajero de al lado que tiene una espalda maravillosa. El carnicero del chino de Guayaquil. El muchacho que hace un rato pidió Demian, de Hesse. Todo el cast de la última de X-men (menos el rubio con pinta de mariscal de campo). Uno de los personajes de la novela que estoy leyendo. T-O-D-O-S.
Entonces me pongo coqueta y flirteo -porque yo nunca flirteo, no me sale- con los clientes, el chofer del bondi y el verdulero. "Qué puta", me dijo Dedé el otro día, con cariño, pero no, ser puta es otra cosa; esto es como si, de repente, todo se volviera bello y no me quedara otra más que contemplar con una sonrisa. Y qué lindos son todos.
Eso sí, pedirle a mi jefe que me traiga un pibe del MIT porque me caben los científicos, es un error de registro imperdonable.

jueves, junio 09, 2011

Hace un rato un amigo me contó que le va a proponer casamiento a la novia. Me puse muy contenta por él, que es romántico, le gusta ser romántico, disfruta teniendo ese tipo de gestos y lo está haciendo con absoluta seguridad y convencimiento. Pero, claro, el mundo gira alrededor de mí, mi ombligo es un centro gravitatorio, así que no pude evitar empezar a pensar en el asunto desde mi perspectiva; lo ficticio que me parece hacer una propuesta así, el disparate de gastarse dos lucas en un anillo de compromiso, lo absurdo de preparar una fiesta que vale una fortuna -mucho más que lo que pueden juntar en regalos, dejémonos de joder con esa excusa-. También me di cuenta -como lo hago un par de veces por mes- de que nosotros dos vivimos en dimensiones paralelas, que lo que nos une es una comodidad en presencia del otro, pero nada más. Y qué jodido esto de estar feliz por alguien a quien quiero, pero al mismo tiempo tener este cúmulo de juicios de valor a punto de escaparse por la punta del índice acusador. Porque sí, entiendo que pertenecemos a mundos completamente opuestos, porque él eligió abandonar su música y meterse a estudiar una carrera gris en una facultad nefasta y porque yo nunca pude más que hacer sólo lo que me gusta y gratifica, a riesgo de ser la persona que menos se esfuerza en el mundo. Comprendo que él haya elegido eso, porque es sano, bueno, poco neurótico y viene de una de esas familias con almuerzos todos los domingos a la misma hora y una madre amorosa que le puso el límite a los alcances del Edipo en el punto justo. Y también me comprendo a mí y mis elecciones, porque TODO lo convierto en objeto de análisis exhaustivo y vengo de una familia que es un clan de gitanos, con una madre que nunca pudo pasar un domingo conmigo, ni llevarme a un cumpleaños y me mandó a vivir con mi abuela la mitad de mi infancia, y un padre biológico del que no sé ni el apellido, que está escondido detrás de todas las mentiras de mi madre y las versiones de los hechos de mis tías. Así, que sí, entiendo, entiendo todo y por eso me pongo contenta por mi amigo y me dan ganas de abrazarlo, aunque me tenga que conformar con llenarle de emoticones el messenger.
Entonces, quizás ninguno de los dos esté eligiendo mal, ¿no?. Aunque yo piense que se está condenando desde hace diez años a una vida que le queda chica. Aunque él nunca deje de decirme que me complico demasiado con variables desubicadas a su parecer. Aunque él se entregue a la búsqueda de un estilo de vida que a veces me resulta frívolo (ok, a veces se lo envidio, lo reconozco). Aunque él no entienda que no tolero condiciones por fuera de mis ideales y que eso da por resultado una vida austera y sin muchas ambiciones de corte material (ok, a veces me lo envidia, lo reconoce). Y es en este juego de contrastes tan notorios que me encuentro un poco a mí misma y a la gente que quiero. Porque más allá de los antagonismos obvios, hay algo más allá: la capacidad y voluntad de poner amor en cada acto. Y en eso sí somos iguales. El amor con el que él encara su relación de pareja me hace tener esperanza en la humanidad toda. El amor que yo le puse (y pienso seguir poniendo) a cada una de esas decisiones que tomé y me cambiaron la vida, me hace tener fe en mí.
Si me pongo en boba, me imagino una escena muy cursi, muy de peli yanqui, en la que yo hago tintinear una cucharita contra una copa de champagne, para pedir silencio y despacharme con un discurso parecido -no tan narcisista, claro- a lo que escribí acá arriba el día de la boda.
Pero, claro, a ninguna novia le cabe que entre los invitados esté la minita que su flamante esposo se garchaba antes de conocerla.

martes, junio 07, 2011

Hasta hace muy poco, pensaba que "apretar" era un verbo regular. Decía "uh, no me apretes".

Hasta terminada la adolescencia, estaba segura de que "documental" era un sustantivo femenino; "miré una documental", decía.

Una vez, no hace mucho, no garché con un tipo que no estaba nada mal porque me contó que no había podido aprobar Semiología del CBC y no pude no deserotizarme hasta la apatía.

Siempre me confundo y escribo "pretensioso" en lugar de "pretencioso".

Recién el año pasado me enteré de que "capaz" NO es sinónimo de "quizás" o "tal vez". Todavía no me recupero del shock.

Si un tipo escribe sin faltas de ortografía, ya tiene un cuarto del camino hecho. Si, además, tilda con corrección, soy suya.

Después de terminar el curso de ingreso al secundario, me madre me mandó a Pinamar en micro, sola. Para leer en el viaje, me llevé un diccionario.

#listolodije

lunes, junio 06, 2011

Hoy soñé que estaba en mi cama, tal como me había quedado dormida, que tenía los ojos cerrados y que si estiraba las manos, podía tocar la cara de un hombre con barba y labios carnosos. Sabía que estaba soñando y, por eso, también sabía que si abría los ojos, seguramente me iba a encontrar solamente con una pared frente a mí; así que seguía palpando, le acariciaba el labio inferior con la mano izquierda, mientras que apoyaba en su cuello la derecha. Lo que tienen de particular este tipo de sueños son las texturas. Yo no soñé que tocaba un rostro con una barba de tres días, toqué esa cara, sentí la aspereza, todavía lo siento en las manos. Es lo más cercano a la realidad y lo más despojado de simbolismo que puedo experimentar mientras duermo, por eso no quise abrir los ojos; porque cada vez que me sucedió algo así, el querer agregar un sentido a la experiencia dio como resultado el retorno brusco a vigilia. Pero, por otro lado, tenía que saber a quién estaba tocando, mi curiosidad actúa antes que yo muchas veces. Entonces, en el sueño, abrí los ojos. Y ahí estaba, alguien a quien nunca vi. Un hombre de treinta y pocos, muy blanco, ojos marrones y una boca que daban ganas de morder. Él me miraba fijo, sin ninguna expresión definida, dejándose manosear la cara con una calma sorprendente.
Me asusté. Lo tengo que reconocer, me cagué de miedo. De repente, no supe si estaba soñando o si un flaco re lindo se había materializado en mi cama mientras dormía la siesta. El tipo estaba ahí, lo sentía ahí, emanaba calor, me estaba empezando a mordisquear el pulgar que yo tenía a medio meter en su boca y no pude más que hacer un esfuerzo grandísimo por despertarme.
Y claro, me desperté. Abrí los ojos -esta vez los ojos-vigilia, no los ojos-sueño-, miré la pared blanca, me puse triste y volví a cerrarlos, intentando volver al estado anterior, a la barba, la boca, el chico, mis manos y su calor; obviamente, no pude. No tuve mejor idea que recordar. Otras barbas, otros chicos, otros calores. Otras cercanías, otras miradas; algunas verdes, otras negras, otras como delineadas, otras casi transparentes. Otros olores, otras expresiones y otros sentimientos, muy distantes de la tristeza.
Hice el mismo camino que hago siempre cuando decido entregarme a la nostalgia. Y cuando hablo de camino, lo digo casi literalmente. Camino por esa calle en la que corre un viento asesino sea verano o invierno, termino mi cigarrillo en la puerta, muerdo el caramelo que traigo en la boca y trago los pedacitos, toco el timbre y espero. Espero a que abra la puerta, pero también espero el momento ese en el que ya estamos cansados de coger y puedo quedarme dormida aunque me esté abrazando y mi cara esté pegada a su pecho. Espero poder recrear al menos una mínima parte de la sensación que siempre me generó tenerlo cerca; una mezcla de deseo inconmensurable, sentirme muy estúpida y muy chiquita. Como era de esperarse, logré la parte de la estupidez y un poco la del deseo, lo que me dejó en un estado de frustración un poco difícil de quitar, que no se fue con tocarme, aunque quise. Porque él no me tocaba, directamente me penetraba. Desde el momento en el que abría la puerta -en la vida real y en mis recreaciones a ojos cerrados-, se me metía adentro y no salía hasta despedirnos al otro día. Como si la puerta de esa casa fuera el mismo límite de mi cuerpo, parte de mi dignidad y mi deseo. Entrar ahí era dejar que él se diera el lujo de invadirme, penetrarme y someterme; de la misma manera en la que pensarlo es dejarme invadir, penetrar y someter por la imagen que me queda de él.
Extraño, no sé si lo extraño a él. Extraño su manera tan exquisita de faltarme el respeto. La liviandad con la que pasaba por alto mi discurso neurótico y apelaba a lo más primitivo que hay en mi, de la forma más chabacana y divertida. Extraño la saciedad después de haber pasado una noche con él y también extraño las ganas imposibles de aplacar que solo lo tenían a él como objeto; extraño no poder reemplazarlo con nada ni con nadie. Por eso siempre el mismo caminito, la búsqueda de esa intensidad sin llegarle ni a los talones; las mismas escenas, imaginarme las mismas miradas, obsesionarme con las mismas frases, una y otra vez. Noches y noches y noches intentando algo que solo es posible si entro en esa casa, no con mi mente, sino con mis piernas, mis pies y toda yo. Solo posible si me dejo avasallar por sus faltas de respeto que ofenden por lo inofensivas, por su liviandad inherente y por su habilidad para hacerme sentir deseada, estúpida, sometida y maravillosa, todo al mismo tiempo.

Cómo será de fuerte que ya perdí el hilo de lo que quería contar. Lo que quería contar era que soñé con un tipo, un desconocido, pero terminé poniendo la carga del sueño en otro, que sí conozco, y que se me arruinó un cacho del domingo.
Después puse Talking Heads y me sentí mucho mejor.

viernes, junio 03, 2011

***** dice:
a ver... ordena los signos solares con los que tengas más afinidad, del más al menos

Ce dice:
piscis, libra, géminis, escorpio, acuario, sagitario, virgo, tauro, aries, capricornio, leo, cáncer

***** dice:
los de piscis son todos maracas

Ce dice:
jjajaaj sí, son RE maracas

***** dice:
cáncer son trastornados
libra, todo bien, pero hay veces que no saben lo que quieren
geminis: mentirosos

Ce dice:
seeee
MUY mentirosos

***** dice:
escorpio, un gran signo, pero te tenes que saber adaptar, tienen un carácter fuerte y puden ser indomables
acuario: liberales de cuarta

Ce dice:
jajaajaaaaaa

*****dice:
sagitario: solo quieren ir de viaje, no ven más allá del día de hoy

Ce dice:
mmm ahí no sé si estoy tan de acuerdo
pero seguí

***** dice:
virgo: todo lo bello del análisis termina siendo insoportable para el prójimo
tauro = aburrido
aries: intolerantes
capricornio: paranoicos TODOS
y leo... primero yo, después yo, después yo... al final, yo

Ce dice:
sí, totalmente
entonces, *****? no se salva nadie?

***** dice:
jaja
ehhh
no

Ce dice:
qué virginiano lo tuyo

***** dice:
digo lo bueno

Ce dice:
eso, queremos lo bueno

***** dice:
bueno, te hago la parte positiva
a ver
piscis: entienden el sufrimiento, te podés apoyar SOLO para compartir
libra, grandes intelectuales
géminis, son buenos escritores, aprenden rápido
escorpio, te defienden a muerte
acuario, linda combinación de un ser positivo y racional
sagitario, es bueno conocer gente optimista
virgo, siempre están para ayudar
tauro, tienen los pies en la tierra
aries, no se caen nunca
capricornio, siempre consiguen lo que quieren
leo, te protegen
cáncer, son muy afectuosos

Ce dice:
clap clap clap, amo la síntesis virginiana






Creo que está todo dicho.

jueves, junio 02, 2011

Tenía 15 y un cassette de The Doors. Antes de dormir lo metía en el walkman y ponía el lado que tenía Unknown soldier, Love her madly y L.A. woman. También tenía Riders on the storm. Si no te acordás, hacé memoria, porque no voy a subir la canción ni el video; quiero memoria. El ruido de lluvia, el piano de Manzarek; y era como si todo de repente se volviera gris y se llenara de neblina. Me ponía paranoica, supongo que porque there's a killer on the road y if you give this man a ride, sweet family will die. Algo me hacía sentir ajena, sin saber muy bien ajena a qué; pero de eso se trata la adolescencia, ¿no?
A veces -cuando me rateaba de computación-, me tiraba en las escaleras de la plaza que está frente al Pizzurno, me enchufaba los auriculares y cerraba los ojos para sentir que no había nada alrededor, que estaba suspendida en la nada, sintiéndome ajena incluso a mí misma, mientras Jim Morrison me cantaba al oído. En esa época la angustia era una constante real, tangible, una presencia sofocante; no había momentos felices, no había satisfacción de ninguna clase, no había nada, salvo una tristeza que lo envolvía todo y a todos. Y Jim Morrison, y Riders on the storm.

lunes, mayo 30, 2011

- Lo mejor de todo esto es que me acabo de dar cuenta de que no sos buena persona.
- ¿Cómo que no soy buena persona?
- No sos la encarnación del mal, boludo, no digo eso. Digo que no sos bueno. En el sentido mas Heidi del concepto, claro.
- Ah, obvio. ¿Vos pensaste que era bueno? Para ser tan desconfiada, le pifiás mucho.
- Qué tarada, ¿no? Años poniendo las manos en el fuego por tu bondad y resulta que nada que ver. Es la cara la que engaña. ¿Vos sabés que un día una amiga te vio en una foto y dijo que tenías cara de cura?
- No, la cara engaña la primera media hora. Vos pensaste que era un pobre muchacho que buscaba amor de maneras equivocadas y que sólo necesitaba un golpe de efecto del destino para encontrarme con una mujer fantástica, sanadora; la única capaz de entenderme, de captar mi esencia y ponerme de vuelta en mi eje. Como una especie de hada madrina.
- Claro, pero más puta. En vez de varita, una fusta.
- Vos no pensabas que yo fuera bueno, pensabas que era tu equivalente masculino.

sábado, mayo 28, 2011

Esto de estar trabajando sola durante diez horas por día se está convirtiendo en una experiencia rara. Por un lado, me encanta. Tengo los papeles ordenados, escucho la música que quiero, puedo leer sin culpa ciertos libros -y nunca voy a confesar de qué libros hablo, NUNCA- y hablar por teléfono tranquila cuando no hay gente. Pero por otro lado, son demasiadas horas en silencio conmigo misma; más allá de la música, de mi criterio del orden y de los libros pésimos a mi entera disposición, está ese silencio que es como un agujero negro. No sé bien qué hay del otro lado, pero mete miedo.
Entonces el día transcurre sin sobresaltos, o al menos eso parece. Hasta que me subo al bondi, me siento, leo un par de páginas del libro que llevo en la cartera y una frase me dispara hacia 28 pensamientos diferentes, paralelos, versiones más o menos adornadas de exactamente lo mismo; como una piñata de neurosis estallándome en el pecho, en el cerebro, en lo ojos.
Después, lo usual. El llanto disimulado, la careteada constante, los apuntes como herramienta de evasión, los sueños perturbadores, el encierro, la retrospectiva como búsqueda de sentido y fuente de obsesión; el kit de angustia que llevo en una valijita desde que mi mundo es mi mundo.
Me sorprende lo sádica que puedo ser conmigo misma y al mismo tiempo me explico el por qué de muchas cosas. Hay algo en el castigo que es el núcleo de mi esencia, enviste todo lo que soy y hago; que es como una planta carnívora, magnífica, bella, enorme, hipnótica, y se come a los pajaritos inocentes que le revolotean alrededor. Eso y el agujero negro. Meten miedo.

jueves, mayo 26, 2011

Hola, soy la chica que abre blogs.
Ahora, uno de reseñas literarias y crónicas/relatos/anécdotas que tengan que ver con la práctica de la lectura.
Os invito a visitarlo y, por qué no, a participar: Praxis de lectura.

sábado, mayo 21, 2011

- ¿Què pasó? ¿Te apoyó un tipo en el bondi?
- No. Un tipo no. UN NENE DE 13 AÑOS.
- Naaaah. ¿En serio?
- Sí, primero no entendía nada, estaba ahí parada leyendo mi libro y sentí algo raro, la energía apoyadora. Cuando miré de reojo para atrás lo vi al pendejito este que era más bajo que yo, imaginate. Justo cuando me debatía acerca de qué hacer, se desocupó el asiento delante de mí y me senté. ¿Podés creer que me empezó se empezó a apoyar en el brazo?
- Estaba re caliente el borreguito.
- Que el borreguito se haga una paja en su casa mirando Casi Ángeles, que no se suba a un 141 a apoyarle el pitito a una piba que podría ser su hermana mayor.
- O su madre.
- Hermana mayor, la puta que te parió, hermana mayor. Bueh, la cuestión es que lo miré fijo hasta que me miró y le dije bien bajito, pero modulando bien para que entendiera, "basta". Me pidió perdón y yo volví al libro.
- Ay, pobre...
- Sí, me dio un toque de pena, no iba a armarle un escándalo a un pibito, por eso cuidé que nadie se diera cuenta. Pero no va que el desacatado vuelve a apoyarme a los treinta segundos. Ahí sí me enojé y le dije "dejá de apoyarme".
- ¿En voz alta? ¿A los gritos? ¿Lo acusaste con el chófer por pedófilo a la inversa?
- No. un tono normal tirando a bajo. El pibe puso cara de protesta y me saltó con "es que me están empujando". Sí, claro, te están empujando la pija medio dura contra mi brazo. Yo no sé qué cara tendría, porque últimamente no la puedo pilotear, se me escapa el gesto sin control, pero te juro que podía sentir cómo la mirada era un rayo láser. Tomé aire, exhalé, y le dije bieeeen lento "dejá de apoyarte en mi brazo".
- ¿Y?
- Se puso todo colorado y me pidió perdón de vuelta. Hasta cierto punto, se me partió el corazón. En ese momento de vergüenza tenía cara de nene, mirada de nene, gesto de nene. Espero que se haya sentido tan avergonzado que no le den ganas de apoyarse a una mina nunca más en la vida.
- Cel: educando al ciudadano. Latín, lengua y literatura, inglés, diplomacia sexual y urbanidad.

viernes, mayo 20, 2011

Me gusta el formato serie; de 25 minutos o 50. Me gusta eso de plantear un conflicto y que se resuelva rápido, pero que al mismo tiempo haya un hilo conductor que me lleve a mirar el episodio siguiente. Hay épocas en las que mi concentración no se banca una película de dos horas entera (¿por qué todas las películas, de repente, pasaron a durar dos horas mínimo? ¿qué tenía de malo la hora y media?) pero puedo mirar 4 horas seguidas de How I met your mother. La serie me da la posibilidad de ver todo el desarrollo de un personaje, me permite encariñarme y meterme de lleno en la historia. Entonces, para mí, las series son tan trascendentales como las películas. Así como me acuerdo de la adrenalina que sentí mientras estaba sentada en la butaca del cine asombrándome con Jurassic Park, evoco la alegría estúpida que me recorrió el cuerpo cuando Chandler y Monica se encamaron por primera vez. Sin juicios de valor implícados, David Lynch y Kevin Williamson me atravesaron con igual intensidad, cada uno a su manera, claro; no soy tan necia como para decir que están a la misma altura, pero sé muy bien que a los 15 años lloré durante toda una noche con el final de la primera temporada de Dawson's Creek y que a los 20 no dormí en toda otra noche tratando de descifrar Mulholland Drive.

Hasta los primeros años de facultad, las vi todas -TODAS-, pasaba infinidad de horas frente a la televisiòn. Despuès me mudé con mi abuela que no tenía cable, me compré un reproductor de DVD y durante 3 años miré, al menos, una película por día. La dinámica de todo cambió cuando descubrí Lost. La primera temporada, en una semana. La segunda, en 2 días (me clavé 24 capítulos a lo largo de un fin de semana, no puedo ni siquiera empezar a explicar los sueños que tuve en las noches siguientes). La tercera, en lo que duró un fin de semana largo. Ya para la cuarta, iba bajando a medida que se transmitía en Estados Unidos. La quinta y la sexta fueron la cristalización del desesncanto, pero no importa. A partir de Lost, cambió la manera de mirar series. O mejor dicho, poder bajar toda una temporada de un tirón lo cambió todo; pero para mí, ese paso de un modo al otro vino de la mano de Lost y su delirio justificado y sostenido. Después de Lost, la nada; un vacío. Un vacío que traté de llenar con Dexter, The Wire, Breaking Bad o Mad Men; series geniales, impecables, maravillosas, pero no es lo mismo. Nunca más el vértigo de final de temporada, nunca más las charlas de horas y horas con amigos tratando de desentrañar el misterio, nunca más la curiosidad alimentada por pistas sueltas en diálogos; nunca más, una pena.
A lo largo del año pasado le seguí el rastro a J.J. Abrams y me topé con Fringe. Lei la sinopsis y pedí recomendaciones. Me dio la sensación de que era un X-files wannabe y además todos me dijeron que era malísima, salvo mi tía Nilda, que la seguía semana a semana en Warner y estaba chocha, le encantaba. Pasa que mi tía Nilda, a mi parecer, tiene un gusto televisivo horrible y nunca coincidimos en nada. Hace unos meses, un domingo de calor pegajoso y sofocante, me acordé de la serie esta y la busqué en Cuevana. Y sí, terminé el primer episodio ya considerándola una copia tibia de X-files, como casi todos; pero le di play al siguiente porque me dio un poco de intriga. Y al tercero. Y al cuarto. Así, hasta llegar al noveno.
Entonces ahora -que acabo de terminar la segunda temporada y no veo la hora de llegar a casa para entrarle a la tercera- les vengo a decir a todos que Fringe ESTÁ BUENA. No tiene nada que ver con X-files. Es otra cosa, es un delirio alla Lost (duh, comparten creador), sus personajes son mucho más transparentes y queribles, el personaje de Olivia Dunham es de una belleza que me conmueve, el científico Walter Bishop es absolutamente adorable, Pacey se parte al medio solo (siempre será Pacey para mí) y habilita el campo a la curiosidad sobre temas como teorías de universos paralelos, wormholes y viaje en el tiempo.
Nada llenará el espacio que dejó Lost, eso lo sé muy bien; pero, como hoy le decía a Lau, la insatisfacción es un modo de vida y es lo que nos define. En el hambre de estímulo me topé con Fringe, y qué contenta me pone.

jueves, mayo 19, 2011

Desde los 15 años hasta ahora:
- Atendí un local de ropa en la Bond Street
- Corregí pruebas y trabajos prácticos de alumnos de sexto y séptimo grado para un amigo de mi viejo que era maestro.
- Pinté remeras y pantalones para una de mis tías artesanas.
- Mandé a hacer camisolas y las vendí los fines de semana en plaza francia.
- Hice los chirimbolos esos de silicona de colores para pegar en los vidrios.
- Trabajé de vendedora en un local de ropa en Once.
- Fui soporte técnico telefónico de máquinas de revelado fotográfico para USA durante un año.
- Fui soporte técnico telefónico para usuarios de MSN en USA.
- Fui de esas que calientan vía sms en los servicios del estilo "¿querés encontrar pareja? envía AMOR al 2020"
- Fui de esas que leen el futuro vía sms en los servicios referidos en el ítem anterior.
- Tiré las cartas a cambio de dinero.
- Administré órdenes de compra para una gran multinacional durante casi dos años.
- Llamé a muchos morosos latinos residentes en USA instándolos a saldar las deduas que habían contraído comprando juegos de ollas de acero inoxidable.
- Dí clases de inglés.
- Atendí un local de ropa y accesorios en Palermo.

Y la librería desde hace más de dos años, claro. Así que ¿saben qué? estoy cansada de trabajar. Quiero unas vacaciones muy largas. Quiero un año laboralmente sabático. Quiero poder dedicarme al estudio y solamente al estudio por lo menos durante un ciclo lectivo. Quiero una licencia con goce de sueldo hasta sentir que realmente estoy descansada. Quiero un sponsor que me beque simplemente por ser yo. Pero como sé que no es posible, simplemente pido que la librería se venda antes de que tenga que salir a buscar un nuevo trabajo, así recibo la indemnización que me corresponde y hago vida de mantenida durante un par de semanas.
¿Dale, Cosmos, que te copás y mandás un comprador para cuando mi jefe vuelva de viaje?

lunes, mayo 16, 2011

Hoy, en crónicas del multitasking de la inútil: Buscar palabras en el diccionario de latín y pasar las definiciones al cuaderno mientras iba sentada en uno de los asientos de atrás del bondi.

No, no voy a hacer un relato minucioso.
Pero que se sepa: NUNCA MÁS.

sábado, mayo 14, 2011

Se habla de géneros discursivos en la clase de Expresión Oral y Escrita II. Que las convenciones, que loa enunciados, que blabla. En un momento, el profesor -que es lo más de lo más de lo más-, habla de géneros más informales. Por ejemplo, el diario íntimo.
¿Alguien lleva un diario íntimo?, pregunta.
Y yo asiento sin pensar, sin darme cuenta de que el aula es chica y que cualquier movimiento puede ser notado. Así que el tipo me dice que sí, que yo, que hable un poco de eso. Entonces armo una oración atropellada, casi tartamuda, que incluye la frase "bola de catarsis".
Me cago en mi cráneo que asiente automáticamente y en mi falta de adaptación a los espacios. Una hora antes, el tipo me había devuelto un TP diciéndome "muy buena manera de resolverlo" y resulta que me las arreglo para arruinar mi imagen; bola de catarsis, qué estúpida.
Él es amable e indaga sobre otras cosas, por ejemplo, las convenciones. Me pregunta si fecho cada entrada del diario y ahí sí, ya estoy en graciosa-mode y le contesto que claro, que soy neurótica, que necesito el registro.
Todos ríen, el profesor ríe, yo río.

miércoles, mayo 11, 2011

Después de una semana de pura frustración sexual, mi inconsciente me tira una que, por lo menos, me alegró la mañana.
Soñé que me garchaba a Jeff Bridges. Pero no Jeff Bridges ahora, Jeff Bridges en la época de The Big Lebowski.
Me vuelve loca. Cuando tenía 15 años y era una amarga total, me quedaba viendo en HBO esa en la que él es profesor y anda con Barbra Streissand (o como se escriba); moñito usaba y a mí igual me cabía.
Soy tuya, Jeff.

viernes, mayo 06, 2011

Hola, vengo a hablar del hombre que me alegró la vida durante el último mes. No, no hablo de un amante (ay, si yo les contara TODO lo que pasó en el último mes en materia de amantes...), es Mario Levrero. Un señor escritor uruguayo que en realidad no se llamaba así sino Jorge nosécuánto y que se murió en 2004 por culpa de una aneurisma. 64 años tenía, pero, a decir verdad, estaba bastante baqueta. El otro día vi unas fotos suyas muy de entrecasa, en calzoncillos y musculosa blanca, y me sorprendió que pareciera como de 70. Pero, en fin, no creo que sea un dato relevante a la hora de leerlo.


El año pasado, cayó en la consignación de novedades uno de sus libros: La Banda del Ciempiés. Yo había oído muchas veces su nombre en boca de gente de criterio confiable, así que apenas lo saqué de la caja, le avisé al jefe que me lo llevaba. Lo leí en un par de días y la verdad es que me gustó mucho. No sé si es un buen libro, de hecho, dudo que lo sea, pero hubo algo en su prosa que me atrapó. Como si me hubiera venido a chamuyar un flaco no muy lindo ni de muchas luces pero sí rebosante de carisma y buena onda. Me conquistó por completo. Ojo, recomiendo La Banda, me parece que tiene elementos humorísticos que uno hace que se ría sonoramente; y yo no sé ustedes, pero a mí eso no me pasa a menudo. Lo que sucede es que la historia viene bien, mantiene el nivel de tensión, suspenso y humor, pero al final se desinfla, como si al tipo se le hubieran ido un poco las ganas de escribir. Yo lo banco, a mí me pasa todo el tiempo lo mismo; ya se van a dar cuenta el día que publique una novela.

Después, tuve acceso a un par de sus cuentos y a la novela La Ciudad, que es parte de Trilogía Involuntaria, que editó hace poco Debolsillo! y que sale unos morlacos pero que será mi próxima inversión. Habiendo leído más, me cerró por completo. No sé bien qué cerró, mi cariño, supongo. Porque a mí me pasa eso con los escritores, los quiero, los deseo, imagino diálogos con ellos en mi cabeza, les sirvo whiskies imaginarios. Y con Levrero me pasó todo. Quise abrazarlo, charlarle, sacarlo a tomar aire, presentarle a mis amigas, hablar de Jung, que me contara de todas sus mujeres que el describe como diosas, santas proveedoras de experiencias sobrenaturales.

Hace un mes, compré La Novela Luminosa. Lo reconozco, la compré en una librería-monstruo-cadena-parezco-supermercado, pero fue porque nuestro distribuidor no me la traía y yo estaba por terminar el de Patti Smith y no podía concebir viajar en bondi sin un libro.
La cosa es así, en 1984, Levrero comienza a escribir La Novela Luminosa, que tiene poco de novela y mucho de ensayo velado, soliloquio y ventana a su cabeza. Quince años después, aplica para la Beca Guggenheim y la obtiene; su proyecto es, justamente, continuar con La Novela Luminosa y terminarla. Con ese dinero se dedicó a escribir su Diario de la Beca, que no sólo es el prólogo del libro sino también las tres cuartas partes de su contenido. Ese diario es la puerta a la vida de Levrero, su cotidianeidad, su vida onírica y achaques. Es conmovedor hasta en el relato de su lucha para cambiar el sistema operativo de la pc; conmovedor en el sentido más cotidiano de la expresión.
Cuando lo terminé, lloré un poquito. Supongo que porque estaba por indisponerme, pero también porque hacía muchísimo que no me sentía tan cerca de la palabra de alguien; lloré porque me emociona la experiencia de la lectura cuando me toca de ese modo tan particular, tan auténtico.

Un día del año pasado, poco después de terminar La Banda del Ciempiés, fui a lo de Lau a cenar; después de unos vinos, prendió el tocadiscos, puso un disco de Leo Maslíah y me dijo "escuchá esto que es genial". Eso que me hizo escuchar, era esto hecho canción y cuando al otro día me enteré de que era de Levrero me emocioné. Así, sí, se me inundó el cuerpo de una sensación bellísima. Ese hallazgo tan nimio me alegró una tarde de sábado. Y ahora lo entiendo, ahora me cierra. Esa es la luz de Levrero. No soy la misma después de él.

Mi jefe me cuenta sus proezas romántico-sexuales de la juventud. También hace extensos monólogos acerca de su puesto como gerente comercial en diversas editoriales. Me hace fumar sus discursos llenos de orgullo hacia sus burgueses y exitosísimos hijos. Me interna contándome una y otra vez la misma anécdota en la que trata de defenderse ante mis acusaciones de homofobia. A veces también hace que me den ganas de abrazarlo, porque es buena gente; clase media pretenciosa, pero buena gente al fin.
Pero basta ya. No veo la hora de que se vaya de viaje y me deje sola. Voy a vender los libros que YO quiera. Voy a ordenarlos como YO prefiera. Voy a recomendar lo que a MI me parezca. Voy a pintarme las uñas en el mostrador. Ordenar los papeles bajo mi criterio. Sonreírle sugestivamente a los clientes apuestos. Poner la música que a mí me gusta. Leer a la hora de la siesta. Estudiar latín cuando no hay gente.
Y, por supuesto, voy a usar la librería de bulo; que es lo que vengo esperando desde que empecé a trabajar acá.

miércoles, mayo 04, 2011

El flaco me decía que mejor la cortáramos ahí porque yo quería "algo más". Y yo le respondía que claro que quería algo más, pero en un sentido más general de la expresión; que el "algo más" que
él estaba conjeturando era sólo una de las posibilidades de algos-máses a nuestra disposición. Que siempre quiero más y eso no necesariamente tiene que ver con un deseo romanticón de andar juntitos de la mano, de decirle a mi papá "te presento a mi novio" o de irnos juntos un fin de semana a algún lugar de la costa. Que con coger y sólo coger a mí no me alcanza, que es preciso que haya un ingrediente extra, como que el otro tenga mujer y todo tenga gustito a incorrecto y prohibido; o que broten fantasías y morbos como conejos de la galera; o que los diálogos sean tan estimulantes como reflexivos. Algo, lo que sea, pero que para tener orgasmos ya me tenía a mí misma. Así, "para acabar me alcanza conmigo misma".
Él me decía que no terminaba de entender a qué iba con esa declaración de principios y yo me daba cuenta en ese preciso instante de que el tipo no tenía ganas de nada conmigo, que el problema no era el "algo más", sino yo en general. Pero también caía en la cuenta de que él tampoco me alcanzaba y que tenía razón, mejor dejarlo todo ahí.


Genial, hasta en los sueños me hago la cancherita. Yo no sé qué quiere decir este sueño, lo que sí sé es que cuando un diálogo parecido se dio en la vida real hace unos meses, yo quería todos los máses con él y, bueno, él no.
Eso sí, el discurso de mi yo onírico me cierra por todos los costados. Siempre quiero más, más de lo que fuere, pero más.

Cuando salí de la cama me puse a buscar unas hojas cuadriculadas para un tp del profesorado y ahí estaba, escondido entre otros papeles, el guión del corto del hombre soñado. Me acordé de Freud y su texto Lo Ominoso (o Lo Siniestro, según la traducción) y traté de armar redes entre manifestaciones del inconsciente; pero antes de ponerme a especular le eché un vistazo y no sentí ni angustia ni melancolía; todo lo contrario, me dieron muchas ganas de que algún día pueda filmar esa idea tan bella. También deseé que le diera pelota a mis correcciones, pero eso por el bien de la sintaxis.

Y así, mientras dormía, fue que me dije a mí misma que -otra vez- quiero más.
Alguien más.

jueves, abril 28, 2011

Siguiendo lo que empecé el fin de semana pasado con Sex, Lies & Videotapes -ver qué onda las pelis que mis padres no me dejaban ver de nena-, ayer me puse a ver NUEVE SEMANAS Y MEDIA. Me acuerdo de que a principios de los 90's en Telefé pasaban los súper estrenos los lunes a la noche. Me acuerdo también de que en la propaganda de la película esta mostraban un cacho del striptease y la panza chatísima de Kim Basinger con un hielo en la mano de Mickey Rourke por encima. Y la pasaban una y otra vez y yo me moría de ganas de verla porque: 1) sabía que no me iban a dejar. 2) estaba segurísima de que me iba a encantar y 3) medio que me calentaba con las pocas imágenes que mostraban en la publicidad, porque eso del período de latencia a mí no me pasó; fui calentona desde la teta de mi madre en adelante, non-stop.
Bueh, la cuestión es que ayer terminé la primera temporada de Fringe (no sé si notaron, pero es "primera temporada" y no "primer temporada", a ver si nos vamos ilustrando un poco, eh) y después de un rato del juego ese de las burbujitas que explotan y leer Levrero (cómo le quiero a Levrero) ("le quiero" me suena a un amor menos egoísta que "lo quiero", no sé si se entiende la diferencia; como que el "lo quiero" implica posesión) abrí Cuevana y ahí estaba, entre las últimas películas. Así que la culpa la tiene Cuevana. Mentira, la culpa la tengo yo, que con miles de pelis y series a mi disposición fantaseé con que tal vez me re calentaba y me ahorraba andar buscando porno. Me jodo por pajera; pajera en cualquiera de los sentidos. Me jodo porque perdí una hora de mi vida -no, no la terminé de ver- mirando un larguísimo videoclip ochentoso con Kim Basinger y Mickey Rourke de protagonistas. Y no me calenté ni un poco; bah, un cacho cuando él le tira miel por las piernas y después se le tira encima. Loco, la sinopsis decía que era una relación perturbadora. ¿Por qué? ¿Porque el tipo se hace el misterioso y no quiere formar parte de la vida cotidiana de ella? ¿Porque va desplegando un manual de perversiones políticamente correctas? Déjense de joder, a mí lo que me pareció perturbador es que haya como 10 escenas -y eso que miré la mitad nada más- en las que los tipos corren. Corren porque los persiguen unos tipos, corren porque persiguen a unos nenes. Corren porque él la subió a un juego y ella se enoja. La gente no corre tanto en la vida real. La corté antes de llegar al striptease; total, eso sí que lo había visto.

De todos modos, quiero seguir con esto. Lo que me falta ahora es recordar qué otra cosa no me dejaban ver por tener supuesto contenido para adultos.
¿Me ayudan a recordar?
- ...con esos ojos negros tan lindos que tenés.
- Mis ojos no son negros.
- Ya sé, pero en el auto se veían negros. Son medio verdosos.
- No, son marrones.

Y en ese momento, aunque hubiera podido, no me puse a pensar en lo terrible que es que alguien que me vio en pelotas ni sepa de qué color tengo los ojos; más bien me puse a recordar miradas en particular. Miradas de hombres de ojos -esta vez sí- verdosos. Miradas un poco achinadas de ojos que sonreían. Miradas de porro, ausentes pero cálidas. Miradas esquivas que no querían encontrar la mía, llena de reproches. Miradas que decían "qué lindo que estés acá" y otras que estaba segura de que me gritaban "no te vayas nunca". Miradas pícaras que me hacían cómplice de maldades de las que no me arrepiento.
Y una, una muy en particular, que evoco y me hace calentar. Una que me scaneaba desde los tobillos a la frente y que cuando se clavaba en mi escote, en el cuello o mis ojos me hacía poner un poco colorada. Era la mirada de veinte camioneros libidinosos después de haber estado cinco años sin garchar; la mirada de cien obreros de la construcción ante un culo perfecto apenas cubierto por una minifalda; la mirada de quinientos quinceañeros ante las tetas asomadas por la abertura entre los botones de la camisa de la profesora de geografía.
Una mirada que me emborrachaba mucho más que el whisky que me servía sin permitir nunca que los hielos quedaran solos en el vaso.
Lástima la resaca del día siguiente.

lunes, abril 25, 2011

No hay peor tortura que la indecisión; ese tira y afloje eterno que me hace sentir estancada, estúpida. Ojo, que así como decido una cosa hoy, mañana decido lo opuesto, no tengo problemas para cambiar de parecer. Acá lo angustiante es no poder elegir entre A y B, que ninguna de las dos partes me genere la suficiente repelencia o el deseo de tomarla.
Ayer estuve seis horas tratando de decidir si iba a la clase de latín o no. La clase dura tres horas y pico y yo estuve debatiéndome durante SEIS. Esas cosas me enferman, me enojo mucho conmigo misma cuando caigo en esos loops neuróticos del quéhagoquéhagoquéhago. Al final, cuando salí de la librería, me mandé para la parada de 12, que me deja a una cuadra del profesorado. Después de esperar eternamente el ascensor y subir los 10 pisos, me merendé con que la muy forra de la profesora había faltado. O sea, no sólo pasé seis horas envuelta en la nube pisciana de la duda al pedo, sino que además me tomé un 12 hasta las bolas y esperé un ascensor durante cinco minutos, todo PARA NADA.
Llegué a mi casa malhumorada, pero me fui neutralizando con un par de capítulos de Fringe y el sobrante recalnetado de una feijoada que hice hace unos días. Después, jugué un rato al jueguito ese de las burbujas que se explotan cuando juntás tres del mismo color, me fijé qué entrada quiero para Mondo Cane -y ahí no tuve problemas de decisión, pullman y ya, sin vueltas-, comí trigo inflado con más capítulos de Fringe y apagué todo para irme a dormir a eso de las 2am.
En la oscuridad y el silencio traté de sentir algo, cualquier cosa. Frustración, tristeza, ansiedad, esperanza, exasperación, algo; pero nada. Un poco de calentura, la suficiente como para tocarme y quedarme dormida hasta hoy a las once de la mañana.

Y cuando me preguntan cómo estoy, no puedo responder otra cosa que un "bien" en voz bastante aguda, resignado, medio falso. La verdad es que no estoy mal, ni bien, ni triste, ni contenta, ni exasperada, ni satisfecha, ni nada; bah, quizás un poco caliente, lo suficiente como para que la paja sea una distracción placentera.
Sí hay peor tortura que la indecisión: esta nada.

sábado, abril 23, 2011

Ayer el dueño de casa me dijo que se podía renovar contrato y me sacó un peso enorme de encima. Ayer también, fui a famacity y compré una tintura que si hubiera sido rubia, me habría quedado la cabeza hecha un fuego; como no soy rubia, tengo dejo cobrizo muy sentador.
Hoy fui a trabajar y después a visitar a mi abuela. Dormí la siesta en el sillón del living y vi America's Next Top Model, me fui antes de que empezara Top Chef porque cada vez que veo ese programa fantaseo con patinarme un sueldo en cuchillos. A la vuelta, mientras caminaba por la cuadra de casa, me resbalé en la bajada de un garage y me caí apoyada en un codo -el izquierdo- y me duele mucho. Ahora espero que se cargue en Cuevana Sex, Lies & Videotapes que es una de esas películas que cuando era una nena me imaginaba que eran re porno y nunca pude ver. Acabo de darme cuenta de que me confundí a Soderbergh con Cronenberg, por lo menos está James Spader que me calienta muchísimo.
Qué aburrimiento. Como el que sentía cuando era una nena y no me dejaban ver películas como Sex, Lies & Videotapes.

martes, abril 19, 2011

Estoy en una de esas épocas en la que no puedo ser demasiado expresiva y me callo todo. Tomo distancia y me evado la mayor parte del tiempo. Evito emociones fuertes y le esquivo a los vínculos que más me movilizan. Es como si tuviera una compuerta en la garganta, que controla todo lo que digo y no deja salir más que un "bien" cuando me preguntan cómo estoy. Y no es que esté mal; no estoy, o estoy en un lugar muy llano en el que no pasa nunca nada, la pampa de las emociones, la estepa del alma. La estepa del alma, qué boluda.
Pero bueno, la cosa es que reaparece mi fantasía de cabecera: aislamiento total y autosuficiencia absoluta. En este estado no puedo entender cómo durante el resto del año le pongo tanta energía a las relaciones interpersonales. Y sé que dentro de un par de días voy a volver a mi estado natural y voy a ver a la Celeste de este instante como a una especie de mosntruo individualista y egomaníaco, pero la verdad es que en este preciso momento no comprendo el instinto gregario y sus consecuencias.
A veces todo es tan nada que lo único que se me ocurre es teñirme el pelo de naranja. Siempre quise ser pelirroja.

domingo, abril 17, 2011

- ... Entonces me contó que fueron con fulanita al barrio chino y la mina se puso a llorar porque se quería comprar ropa y nada le entraba.
- ¿A llorar?
- Sí, pobre, yo la re entiendo. Es que, viste, ella es re tetona. No le entra nada.
- ¿Se puso a llorar porque es TETONA?
- Sí... - Qué tarada. Eso es de tarada. No podés llorar por ser TETONA. Ponele, yo nunca en la vida pude usar una camisa porque los botones salen volando, incluso estando mucho más flaca. ¿Te pensás que me amarga? No, nena. Cualquiera puede vivir sin ropita que no cede, pero ¿vivir sin TETAS? ¿elegir camisa antes que TETAS? ¡Estamos todos locos! Esa mina no merece portar esas tetas. ¿Para qué quiero la camisa si puedo andar en tetas? De hecho, si tenés tetas, ¿quién te mira la camisa? Dejame de joder.

Auspicia este post la remera que hoy llevo puesta. Es como si las entregara con moño, literalmente.

martes, abril 12, 2011

Me torran mis compañeras del profesorado que se autodenominan "antitecnología".
"Prefiero la máquina de escribir", dijo una. Y yo realmente entiendo a la gente a la que no le copa del todo la Gran Madre Hipertextual -internés, para los amigos-, pero cuando ya saltan con el discurso ese en el que le roban la nostalgia a otras generaciones, me irrita un poco. Esta piba tiene, como mucho, 25 años y yo realmente dudo que alguna vez se haya puesto delante de una máquina de escribir el tiempo suficiente como para preferirla a un procesador de texto y un teclado. Más allá de la mística y de que todos queremos ser Hemingway (ah, ¿todos no?), que se deje de joder con la melancolía improductiva.
"Mi abuela tiene Facebook y yo ni siquiera sé lo que es", dijo otra. Y ahí sí que me enojé en serio. Ese desdén con el que lo dicen es lo que me enerva, como si le estuvieran haciendo un favor a la humanidad al no crearse una cuenta en Twitter o desconocer la nueva dimensión que adquirió el verbo "etiquetar" en los últimos tres años.
Como decía ayer La Secretaria camino al subte, no es que ser pro-tecnología quiera decir que sepamos de lenguaje HTML, la brutalidad y la ignorancia son variables en juego, pero sí está bueno disfrutar de los beneficios que brinda una herramienta. Por ejemplo, revivir a un ex desde el Facebook, saldar cuentas pendientes y sanar viejas heridas con un romance primaveral e inolvidable. Por ejemplo, atravesar la brecha y conocer lectores de este blog con quienes compartí momentos geniales. Por ejemplo, saber cuándo entra Juan a leerme el blog (aunque haya desaparecido de vuelta y no sea capaz de contestarme un mail) (ya ni me enojo, lo tomo como un ejercicio de la paciencia). Y lo mismo con Lucas. Y con Nicolás. Y con Alejandro.

lunes, abril 11, 2011

Ayer estuve muchas horas tirada en la cama leyendo. Soy de quedarme dormida mientras leo; cada treinta o cuarenta páginas se me va la cabeza a cualquier lado y entro en un sopor que deviene en una siesta mínima, repleta de imágenes relacionadas con la lectura y las sensaciones que me haya transmitido. Ayer me la pasé en la cama con Mario Levrero y La Novela Luminosa. Llegué a un tope poco saludable de angustia a eso de las 3 am, sabiendo que en cinco horas tenía que estar duchándome para empezar otra semana monótona y llena de hastío.
Apagué la luz pensando en Levrero, en ese diario que es un 90% del libro y que me tiene agarrada del nudo de la garganta desde hace unos días. Me quedé dando vueltas en la cama, a oscuras, hasta quién sabe qué hora, intentando aplacar la compulsión de enunciar a medias lo que me genera terror, el éxtasis de la neurosis. Claro que no pude, a veces me pongo como un perro que su propia cola y me obsesiono circularmente, hago una y mil veces el mismo caminito que me lleva al mismo lugarcito sórdido y espantoso. Quizás el mecanismo se activó al meterme en la intimidad del autor, descubriendo su rosario de manías y paranoias, sintiendo el potencial de identificación; porque sé que ahora no soy así, pero quién te dice, sé que tengo buena pasta para convertirme en uno de esos personajes aislados, un poco ausentes. Bah, lo de ausente es acotación exclusivamente personal, pura proyección. La cosa es que me dormí mal, entre enojada y triste; muy ansiosa.
Después de soñar con la búsqueda infructuosa de uno de los volúmenes de En Busca del Tiempo Perdido de Proust, me desperté de un humor aun peor que el que tenía antes de dormir. Pero mal mal mal mal, eh. Un malestar que ya había olvidado que era capaz de experimentar. Fastidiosa, me pegué una ducha mientras lloraba sin saber bien por qué. Y mientras me enjuagaba el acondicionador decidí que mi vida es algo que ya no tiene remedio y para qué me gasto en tratar de hacerla un poco más pasable si al final siempre es lo mismo, la misma angustia, las mismas reacciones de los otros y la misma sensación de estar persiguiendo la zanahoria y nunca pegar el mordisco. Dramatizo porque es fácil y gratis.
Subí al 141 y me decepcioné, de lejos parecía que venía vacío, pero no; así que me apoyé al costado de la puerta del medio con La Novela Luminosa y sólo levanté la vista una vez antes de encontrar asiento: el tipo que estaba sentado justo en frente de mí hablaba por celular y, al mismo tiempo, sacaba todos los papelitos que tenía dentro de la billetera y los apoyaba sobre su maletín. Hablaba rápido pero con modulación casi perfecta, como los pibes yanquis que están en clubs de debate. Había una pila de tarjetas personales y papeluchos escritos todos con la misma tinta y la misma letra sobre su regazo y los ordenaba con un criterio que no intenté descifrar; le decía a su interlocutor que esa tarde tenía que dar una clase pero que después blabla. "Blabla" porque no escuché más, ahí me lo empecé a imaginar al frente de una clase, hablando rápido pero correctamente y con la billetera a punto de explotar de tantos papelitos; un poco me gustó. Para cuando se desocupó un asiento adelante de todo, Levrero contaba un episodio de necrofilia entre palomas, eso también me angustió, para variar; las palomas me parecen unos bichos horrendos, de aura gris, pero también me dan pena porque se comen el arroz crudo de los recién casados y les explota todo por dentro o porque son una peste infame que a nadie le importa.
Mientras metía el señalador entre las páginas a medio leer, alguien me tocó el hombro: el chico de los papelitos. Me señáló el libro y me dijo que era buenísimo; le contesté que opinaba igual. Me preguntó qué era lo que me gustaba al mismo tiempo que el bondi cruzó Mansilla y titubeé antes de empezar a hablar; él, rápido como en su discurso telefónico, me preguntó si me gustaba por sentirme identificada. Me sentí un poco avasallada, si le decía que sí, el desconocido del colectivo con la billetera llena de papelitos iba a pensar que soy una hipocondríaca neurótica hasta la médula y a mí me pesa demasiado la mirada del otro -más cuando esa mirada es proyección de la propia-. Así que le dije que me conmovía muchísimo poder adentrarme en ese mundo de las miserias del escritor y me levanté para tocar el timbre. Lo saludé y bajé ya sintiéndome medio boluda por no quedarme arriba del colectivo para charlar más sobre Levrero y las palomas necrofílicas.

Caminé las pocas cuadras hasta la librería en un estado de ira profunda. Las palomas, los escritores talentosos que se mueren de aneurismas en la aorta, la incertidumbre, los miedos, el yogurt casero, los tipos de ojos claros y traje que hablan rápido, la falta de sueño, los domingos deprimentes, los lunes deprimentes, los 141 llenos, las oportunidades deshechadas, la falta de incentivo, los .doc incompletos, la palabra ajena, la falta de respuesta ajena, la inminencia de ciertas decisiones, Umberto Eco, las fichas de lectura, el cansancio en la espalda, la falta de sexo, las pesadillas, los ex, los que no serán, las uñas despintadas y los platos sucios apilados en la pileta de la cocina.
A veces es como si me fuera a explotar la cabeza. A veces quiero agarrar alguna de esas herramientas de nombre desconocido por mí y extirparme la partecita esta de adelante de la cabeza, el lóbulo prefrontal. A veces quiero la amnesia más efectiva; la lobotomía.
A veces no aguanto más.

viernes, abril 08, 2011

- ¿Tenés algo de Danielle Steel? Es para una chica de doce años.
- ¿Doce años? ¿Danielle Steel?
- Sí.
- Pero... ¿No es demasiado melodramático para una nena de doce años?
- Nah, para nada. Se leyó El Conde de Montecristo, con eso te digo todo.
- Bueno, cuando dije "melodramático" quizás quise decir "malo". Si esta chica leyó El Conde de Montecristo, me parece que está para más que Danielle Steel.
- ...
- ...
- ...
- Ehm... No, bueno, sí, hay muchos de esta mujer: Accidente, Milagro, Deseos Concedidos...
- Accidente no lo tiene, me llevo ese.

Y se lo llevó nomás. Y también, quizás, las esperanzas de que una nena de doce años vaya por el buen camino literario.
Margaritas a los chanchos. Y ya sabemos quién es "los chanchos".

jueves, abril 07, 2011

Esos ex-novios de amigas que tienen una carrera súper exitosa y que una ve desde lejos y un poco contenta se pone. No sólo por el éxito en sí, sino porque cuando éramos jóvenes e inocentes, compartíamos cenas, salidas y espacios y después, plaf, esos noviazgos se terminan y una guarda la admiración en un cajón.
Hasta que.
Hasta que una amiga nos invita a una fiesta de apertura de festival de cine internacional e independiente y, después de dos fernets, una cerveza y un batido de gancia con andá a saber qué, nos cruzamos con el ex-novio en cuestión y además de variados temas de conversación, él pregunta si seguimos escribiendo.
Entonces, decimos que sí, que escribimos mucho sin que nadie lo sepa. Y emociona, en algún punto, que alguien nos identifique con la escritura; habiendo tantas anécdotas con las cuales asociarnos, esta persona nos une al acto de escribir. Acelera el pulso y nos hace sonreír.

También me afané un vasito de shot en el que venía un gazpacho buenísimo.
Ahora tengo de dónde tomar tequila.

jueves, marzo 31, 2011

Después de mi diatriba en clase contra los snobs de Puán -aclaré ante los compañeros que soy prejuiciosa, aunque me da la sensación de que seré tildada de resentida directamente- me di cuenta de que: 1. Tratando de defender una posición, terminé diciendo que leí la mitad de Ulises. No soy snob, soy la mitad de una snob. También recuerdo haber dicho algo sobre Mallarme. 2. Cuando un par de compañeras aseguraron que su escritor favorito era García Márquez, bajé la mirada y me esforcé por no revolear los ojos. Pero en mi interior los puse en blanco y me mordí el labio inferior en gestito de quehammmmbre. Bueno, eso. Eso de ser eso que uno detesta. La proyección. La Casa 7. Lo latente que aflora en forma de Otro. Eso.

miércoles, marzo 30, 2011

La primera canción que grabé con Juan, mi primer profesor de canto, fue Dancing Barefoot, de Patti Smith. Él quería que yo me animara al speech en voz trash del final, pero, claro, hacía sólo un par de meses que nos conocíamos y él me gustaba un poquito, no me iba a atrever; bastante que accedía a agarrar un micrófono y dejarme grabar.
Juan moldeó gran parte de mi gusto musical actual. Yo llegaba a las clases sin saber con qué engrosar el repertorio y él siempre tenía algo para recomendarme que terminaba encantándome. Con el tiempo, nos fuimos volviendo amigos y esa influencia dejó de limitarse al espacio de profesor-alumna y empezó a invadirlo todo. Pasábamos mucho tiempo juntos; él vivía a pocas cuadras de lo de mis abuelos y yo tenía las tardes libres. Mientras llenábamos ceniceros con colillas y tomábamos cantidades industriales de té, la música sonaba y yo me iba maravillando de a poco. Neil Young, Redd Kross, Bob Dylan, Cat Power, Le Tigre y Patti. Oh, Patti.
Y a medida que la amistad se estrechaba, más nos soltábamos nosotros, mirando videos de Cristian Castro o haciendo covers de Britney Spears en los cumpleaños. Con él, cualquier cosa se convertía en juego o arte; la habilidad de Juan de explorarlo todo desde lo lúdica y creativo me generaba admiración pero también me inhibía un poco, sentía que no estaba a la altura. Sin embargo, me incluía, me invitaba, me hacía sentir parte-de en esas reuniones en las que de repente estaba sentada en una mesa con un concertista de piano, un escultor erotómano y un escritor freak, hablando de one hit wonders de los 90's.
Con Juan, con sus amigos, no sólo descubrí que había mucha gente -como yo- que guardaba una cantitdad absurda de información trivial y vital al mismo tiempo, sino que también entendí que había otro camino para hacer las cosas. A mis 21años, cursando materias de psico, ya no estaba tan segura de querer ser psicoanalista, las dudas respecto de lo vocacional cada vez eran más frecuentes y no tenía ni idea de qué podía llegar a hacer de mi vida si abandonaba la facultad. A lo largo de los últimos años me había planteado a mí misma un solo camino, un solo objetivo, pero esa ruta ya marcada no me convencía. Sabía que iba a mandar todo al carajo, lo que no sabía era qué tenía ganas de hacer después. Entonces, escuchaba programas en am de solos y solas en esa casa enorme de Villa Crespo, con Juan y sus roomates; jugábamos al pump-it-up en los videojuegos de Scalabrini y Camargo; preparábamos ñoquis para 12; comprábamos chucherías importadas de China por Lavalle; comprábamos baldes de pochoclo para acompañar pelis malísimas en el cine. Así, durante un par de años en los que grabamos muchas más canciones y nos desvelamos infinidad de madrugadas.
Después, no sé bien qué pasó. No sé si fue que yo empecé mi vida de empleada en multinacional o que el se puso de novio con una chica muy celosa. Nos dejamos de ver, él se mudó a microcentro, yo me fui para caballito. Nos dejamos de ver y si bien al principio me dolió un poco, también supe que era una etapa llegando a su fin; ya sabía que nunca iba a ser psicóloga y que lo que más me gustaba era la lectura, que mi carrera tenía que tener que ver con eso. De alguna forma, supe que Juan y sus amigos me habían ayudado a llegar a ese lugar y me fui olvidando de todo eso de a poquito. Hasta hace unos días.
El fin de semana saqué de la librería el último libro de Patti Smith, en el que relata su llegada a Nueva York a fines de los 60's y describe con un amor que conmueve su relación con Robert Mapplethorpe. Quizás porque fue Juan quien me hizo saber de ella, tal vez porque el retrato que ella hace de Mapplethorpe me hace hace acordar mucho a él, la cosa es que lloro cada 50 páginas, un poco por lo que leo y otro poco por nostalgia al recordar esa època. Lloro de emoción nomás, de hormonal, porque no hay tristeza implicada en los recuerdos que tengo de esos tiempos. Lloro y sonrío al mismo tiempo.

En una pared de la habitación de Lau hay una foto que alguien sacó en 2005. Juan y yo nos abrazamos, miramos a la cámara mejilla contra mejilla. Se nos ve felices, seguro que yo estaba borrachísima, se me nota en la mirada. En esa reunión conocí a Amarula, ella todavía se acuerda de nuestra versión de Baby One More Time. Cada vez que miro esa foto sé que ya se me pasó el cuarto de hora para algunas cosas. Por ejemplo, para tener un amistad cargadísima de tensión sexual y nunca terminar de hacer nada al respecto; para admirar y adorar a un hombre y no expresárselo; para jugar al pump-it-up; para tomar café hasta que se hace de día.
Éramos unos niños.

sábado, marzo 26, 2011

- ... seh, me tiene que venir desde hace como diez días. Ya me tiene harta.
- Ay, Celeste, no estarás embarazada...
- No., má. Ya me hice un test.
- ¿Estás segura?
- Segurísima. De hecho, no me hice un test. Me hice dos. Había dos por uno en Farmacity.
- Es que pasaste mucho stress, hija, este último mes.
- Seh... pero prefiero toda la vida el stress a tener un hijo, creeme. Pienso en hijos y me agarra un escalofrío como si viera un fantasma. Falta MUCHO para eso, ¿sabés cuánto puede pasar hasta que encuentre al padre de mis hijos?
- Vos no necesitás un padre para tus hijos. Necesitás un TÍTULO.
- Ay, mamá, tirás esas máximas y a mí me quedan grabadas en la memoria y en el inconsciente. Tené cuidado con lo que decís.
- Repito, Cele, un-tí-tu-lo. Ese es un buen padre.




- Acá la cagada es la cuadratura Luna-Saturno. Insatisfacción vitalicia.
- Vos sabés cuál es única manera de desanudar la cuadratura esa, ¿no?
- No.
- Estudiando.
- Bueno, hay que ver. Desde los 4 años que no paro de estudiar y me sigo sintiendo abandonada, insatisfecha, insegura y poco querida...
- Imaginate lo que sería de no haberte volcado tanto al estuidio. De todos modos, es Saturno, precisa más disciplina.
- Intuyo, madre, adónde te dirigís: la solución a todos mis males es estudiar metódicamente y recibirme. El título que curará mi neurosis y criará a mis hijos.
- Nos vamos entendiendo.



Damas, caballeros: mi madre.

jueves, marzo 24, 2011

Iba leyendo El Sabotaje Amoroso en el 141 y pensaba. Pensaba que qué difícil es poder volver a traer a conciencia ciertas sensaciones que en su momento fueron de lo más intensas. Por ejemplo, Nothomb habla de una infancia rebosante de belicosidad y perversión. Y es tan sincera, tan cruda y auténtica, que me hizo sentir que para mí sería imposible llegar a esos niveles de honestidad respecto de mi pasado más lejano y decir cosas así de terribles. O sí, pero todavía no me animo. Quién sabe.
Entonces me acordé de la madrugada del domingo pasado. Veníamos con Flor del recital de Pink Martini -y Kevin Johansen y Tryo, caminando desde el Lawn Tenis, con los pies destruidos después de seis horas de puro baile. Nos sentamos al lado de la parada del bondi y hablamos de cosas que ya no registro, hasta que miré para la vereda de enfrente y recordé que justo en ese edificio de ahí a la izquierda vivía un chico al que yo quise mucho. Conté balcones hasta dar con el piso en cuestión y por un rato estuve ahí: cocinando huevos fritos, revisando mails, cantando canciones, cogiendo, durmiendo siestas, dando masajes. Y me vi, lo vi, nos vi y hasta casi que me quiso dar nostalgia; pero no, porque la pura verdad es que no pude entender qué hacía que yo volviera a tocarle el timbre cada semana para cocinar, coger, dar masajes, cantar o dormir siestas. No porque él fuera uno de esos personajes que una preferiría olvidar de una vez y por todas, ni porque el vínculo no hubiera sido intenso. No sé por qué, pero ya no hubo nada más que la perspectiva 2011, desde el escalón de entrada de una casa hacia el balcón de un departamento con las luces apagadas. Eso y los recuerdos, claro. Pero, ¿qué valor tienen esos recuerdos si no hay nada que los complete, si la sensación en el cuerpo ya desapareció y sólo quedan imágenes de un tipo dando vuelta panqueques y una piba usando una cuchara llena de dulce de leche de micrófono? No me cuesta recordar, de nada me olvido, nunca, pero, ¿de qué sirve si eso que evoco a voluntad y sin esfuerzo ya no me inquieta, alborota o perturba?
Cerré el libro, lo metí en la cartera y sobrevino la angustia. Angustia de duelo tardío ante la falta de conmoción frente a escenas recreadas que en otro momento me hacían llorar hasta gastarme un rollo de papel higiénico sonándome la nariz. Angustia de distancia que se agranda cada vez más con el tiempo y me hace preguntarme acerca de la veracidad de mis intenciones, deseos y sentimientos. Angustia neurótica de viaje en colectivo a las 9 de la mañana cuando sólo se han dormido unas pocas horas y el libro que reposa en la cartera inquieta con cada párrafo.

Después la gente no entiende por qué me gusta tanto leer.

martes, marzo 22, 2011

Hace justo un año empecé el profesorado. Bueno, mejor dicho, empezamos.
Llegué al aula y me puse feliz al ver la colorada cabellera de La Secretaria, a la que no veía hacía años. Felicidad de reencuentro que ya venía alborotándome desde el día en el que la deduje en un comment de un blkog ajeno. Al rato llegó Amarula, y viendo que el profesor no llegaba -y nunca llegaría, esa materia no tuvo profesor en todo el año- nos fuimos al bar de la esquina a tomar unas cervezas.
Recuerdo que le recomendamos a la secre darle una segunda oportunidad a Houellebecq y que instamos a Amarula a leer La conjura de los necios. También recuerdo que llegamos un poquito tarde al taller de lectura de textos literarios. Ah, medio borrachas, además. Llegamos tarde y un poco ebrias. Un comienzo así sólo puede ser de buen auspicio, pensé; y no me equivoqué. Fue, sin dudas, el año más gratificante y divertido a nivel académico. Y eso que llevo como 10 años de carrera en carrera, eh.
Después, a lo largo del año, descubrir el latín, la tildación impecable, la noche tropical, los caramelos ácidos uno tras otro y los comentarios por lo bajo sin que escuche nadie. Repito, el año más gratificante y divertido, por lejos.

¿Puedo ser sincera?
No veo la hora de que sea lunes para volver al Joaquín.
Me saldrán canas, se me caerán las tetas, tendré problemas en las articulaciones; pero siempre seré ñoña.

lunes, marzo 21, 2011

Como no veo un choto de lejos y llego a la parada de bondi con todo el sueño del mundo, hoy vislumbré un 1 y un 4 en el cartel del colectivo y asumí que era el 141.
Me subí y, no sé cómo, el chofer se dio cuenta de que algo raro pasaba y se quedó sin arrancar, dicíéndome "este es el 104". Yo estaba tan zombie que seguía metiendo monedas en la ranura sin registrar que el tipo se dirigía a mí. Hasta que me di cuenta.
Pedí perdón y me bajé roja de vergüenza.

Me tomé el primer bondi que pqasó y casi termino en cualquier parte.
La historia de mi vida.

viernes, marzo 18, 2011

El ritual por el que toda veinteañera promedio pasa alguna vez: el test de embarazo.

Leer las instrucciones un par de veces. Pensar "¿le llaman "resultado positivo" a estar embarazada? JA". Hacer pis en el cosito. Mirar el reloj y calcular cinco minutos. Prender un pucho sentada en el inodoro. Imaginar una vida con un crío. Mirar el cosito y rogar por que no aparezca la segunda línea. Imaginar una vida sin un crío. Mirar el cosito otra vez. Saber que no se está embarazada pero igual, por las dudas, digo, para quedarse tranquila, ¿no? Volver a mirar el reloj y volver a mirar el cosito. Releer las instrucciones. Sonreír. Resultado negativo. O positivo, depende desde dónde se lo esté mirando.

Y justo había 2x1 de baby check en farmacity.
Si esto no es sentido de la oportunidad...

sábado, marzo 12, 2011

Mi jefe es lento.
l...e...n...t...o...
Tarda. Para todo tarda. Para hacer una factura. Para buscar un pedido. Para tomar un encargo. Para pedirle al distribuidor los libros.
A mí no me molesta, eh. Simplemente me exaspera un poco verlo hacer algo en el triple de tiempo que me hubiera tomado a mí. Pero es una exasperación de corte tierno. Porque mi jefe es un señor mayor y a veces me parte el alma darme cuenta de que con ciertas cosas se pone un poco gagá y se le mezclan todos los tantos.
Así que pasó lo que nunca. Eso que jamás me había permitido en toda mi vida como trabajadora de inverosímiles y diversos rubros. Eso a lo que le esquivé durante mi paso por multinacionales y callcenters exprime-juventudes.
Me siento indispensable para el funcionamiento eficaz de esta librería. Sí, así. INDISPENSABLE. Anteayer me fui una hora antes para anotarme en el profesorado y cuando volví al día siguiente, el patrón se las había apañado para armar todo el bardo que pudo. El miércoles vine a trabajar con casi 38 de fiebre, porqu sabía que si me quedaba en cama no iba a poder dormir pensando en los quilombos que se sembrarían en mi ausencia. Fue ahí -en un 141 lleno, a las 9 am, abrigada, sudando, mientras todos estaban de short y musculosa- cuando me di cuenta de que todo se desmoronaría si no existiera yo, con mi practicidad y rapidez asombrosas; con mi capacidad resolutiva y buena memoria.
Ay, sí, yo, la inigualable e irremplazable.
¿Esto es ponerse la camiseta?
Porque nunca terminé de entender ese concepto.

miércoles, marzo 09, 2011

Ok. Lo reconozco. Salí con un señor 20 mayor que yo sólo porque quería saber qué se sentía estar en una situación así. Por eso y porque acababa de salir de una relación; después de una ruptura, suelo agarrar viaje con el primero que más o menos me convenza. Por eso y porque tuvo gestos de lo más gentiles y caballerosos.
Pero la realidad es que desde el momento en el que me bajé de su auto hace poco más de dos meses, supe que no me interesaba verlo más. Después, una poco feliz charla telefónica en la que terminé cortando ante una ofensa de su parte y un par de mails y mensajes de facebook que nunca contesté.

Cuando el lunes a la tarde -mientras la fiebre iba subiendo y el estado gripal poseía mi cuerpo- sonó el teléfono y me encontré con él del otro lado, me sorprendí tanto que hasta lo traté un poco mal. Al rato me aflojé y pude tener una charla civilizada, entretenida. Esquivé la invitación al cine y fui cerrando la conversación.
"Sos experta en rechazar", me dijo.
"Seh, puede ser", le dije, mientras se me hacía un nudo en la garganta. No llegué a angustiarme porque el tipo no tiene por qué saber que me obsesiona y enferma ser tan distante y desaprensiva.

"Un beso, suerte", también dije.
Y corté.

domingo, marzo 06, 2011

Descubrí un nuevo oráculo.
Aprieto "página aleatoria" en Wikipedia y mis inquietudes se alivian.
Por ejemplo, hace instantes hice uso de esta herramienta.

Dios. Es todo tan predecible.

sábado, marzo 05, 2011

Querida Celeste:
Tomamos posesión de tu rostro hasta nuevo aviso.
Sí, habíamos quedado en que en junio nos íbamos, pero, ¿vos ya te diste cuenta de que Latín II es anual y tiene una carga de 6 hs. semanales?
Que te sea leve, chiquita.

Tus ojeras.

jueves, marzo 03, 2011

Hace unos días, en el apogeo de la caipirinha y el par de secas que me andaban dando vueltas por el cuerpo, la revelación -o tal vez es algo que siempre supe pero formulé de modos diferentes-: Tengo incorporadísima la certeza de que acumulando conocimiento y entendimiento del universo voy a poder curar mi neurosis de angustia. Claro, ni que hubiera descubierto algo realmente interesante, pero para mí, que soy muy narcisista y llego a jodidos niveles de angustia, fue algo cercano a la epifanía.
Si la angustia es la sensación que nos dice que deberíamos saber algo pero sin saber bien qué, ¿qué mejor manera de aplacarla que tratando de entender el funcionamiento de la psiquis, el mundo que nos rodea, o la estructura de la herramienta que nos separa del resto de las especies, el lenguaje simbólico? ¿Cómo no querer conocerlo TODO, que no quede recoveco para lo ignorado, lo no comprendido? ¿Cómo no recorrer todas esas facultades, leer todos esos libros, abandonar esos recorridos? ¿Cómo no aliviar el peso de lo desconocido y amenazante con teorías, hipótesis y fórmulas? ¿Alguien puede explicarme cómo?
Ahora, sobria de tragos, marihuana y conversaciones absolutamente estimulantes, me digo a mí misma que no puedo ser tan pelotuda. Es imposible que la mente sea un camino de salida; al menos si se intenta salir del manijeo, claro. El pensamiento lógico, la categorización y la deducción son calmantes frente a ese dolor que no sé de dónde carajo viene, nunca una solución. Ahora, con el foco puesto más en el cuerpo y en la vida emocional, me digo que me tengo que dejar de romper las pelotas con la sobrevaloración de lo mental y poner voluntad para llegar a alguna especie de equilibrio.

Ahora, metida en la librería, veo entrar a un chico muy lindo. Pálido, ojos bellísimos, alto y un poco encorvado. Me apuro en atenderlo. Me pide libros de matemática: fractales y geometría nosequé. Le sonrío, le digo que no tenemos nada de eso y le recomiendo un par de librerías mientras lo imagino tratando de explicarme qué es una matriz. Lo fantaseo arrinconándome contr un pizarrón lleno de formulas inaccesibles para mí. Cuando se va, alabo a las matemáticas y todas las ciencias exactas. Invento odas a los hombres de ciencia que siempre me generan ese deseo inefable.

Parece que al final no era la mente lo que me abstraía de la neurosis.

martes, marzo 01, 2011

Cuando vino la otra vez yo estaba de vacaciones, así que no pudimos encontrarnos. Hoy me enteré de que está de vuelta en Buenos Aires, así que voy a salir a buscarlo por las calles de la ciudad.
Ah, sí, porque John Cusack está en el Faena hospedándose.
Y yo estoy enamorada de John Cusack desde que era chica y lo veía en las comedias románticas ochentosas.
Ale me dijo que se dice por ahí que es gay, pero me niego a creerlo. Posta, no da gay, ni un poco. ¿O si? ¿Acaso es algo que todos notan y que para mí está velado porque su imagen ha sido objeto de mi fantaseo hollywoodense desde la pubertad?
Además, imagino que me llevaría re bien con Joan Cusack, si esa no es cuñada copada, ¿quién lo es?
Así que, bueno, si lo ven, ¿no le avisan que lo estoy esperando en la librería? No en mi casa, no en su habitación, no en un bosque frondoso donde poder hacer un picnic sobre un mantel a cuadros blanco y rojo; en la librería, donde voy a estar metida por 10 horas todos los días de mi trágica existencia.
Ok, todos no, hasta junio. Déjenme exagerar.

lunes, febrero 28, 2011

Resulta que hoy empezaron las clases y yo tuve que empezar a hacer doble jornada. Y no hablo de jornada completa. Doble jornada. Once horas estoy metida acá. Escuchando a madres criticar a las maestras de sus hijos. Cabeceando frente al monitor porque ayer me quedé despierta hasta tardísimo. Anotando pedidos de libros de texto. Y mientras anoto no puedo entender cómo no les da vergüenza a los editores permitir que haya libros escolares que se llaman "Caramelos de coco y dulce 2" o "Tomi, Pili y Luli 3".
Loco, con el manual Kapelusz -que en Junio ya estaba deshecho- salimos todos bastante bien.
¿O no?

domingo, febrero 27, 2011

Mis amigas están de acuerdo en dos cosas acerca de mí.

1. Si fuera hombre, me iría mucho mejor románticamente. Romance, no sexo. En cuando a vida sexual andaría más o menos igual.
Flor dice que es porque me muero de ganas de portar un pene, yo no estoy tan segura de que así sea. Digo, me parece un sistema fascinante y me encantaría experimentar un par de días qué se siente tener pito; pero no, no es eso. Para mí es porque mis defectos y virtudes serían mejor apreciados si fuera hombre. Eso no me convierte en masculina, simplemente hay algo que está levemente chingado.

2. Si mi vida tuviera género, sería comedia de Woody Allen.
El exceso de neurosis plasmada en el ámbito de lo discursivo convierte mis relaciones en puro blablableo, así que ellas dicen que podría ser una de las comedias esas llenas de parejas, infidelidades, remates ingeniosos y jazz de fondo. En mi opinión, apenas llego a capítulo de Dawson's Creek, aunque les juro que hago lo que puedo.

Están de acuerdo en muchas más cosas, como por ejemplo en que a veces cocino rico, que soy una aparata, que pareciera que todo me chupa un huevo, que tanto libro y película afectaron mi manera de ver la realidad, que me gusta meterme en quilombos y que tengo talento para deletrear; pero eso es de público conocimiento